Intervenciones ordinarias

intervencion 1En un artículo póstumo, “Es la pobreza extrema una causa justa? Intervención humanitaria extraordinaria”, mi lamentablemente fallecido amigo y filósofo, Gerhard Øverland, plantea una idea que posiblemente parecerá tan genial a los amantes de la especulación bien entendida como descabellada a quienes buscan soluciones reales para el mundo real. Cansado de la pasividad de los países desarrollados, que durante años han ido postergando la adopción de medidas para eliminar la pobreza a nivel global, Øverland propone contactar a alienígenas más iluminados que los humanos para que aterricen de improviso en el planeta y realicen una “intervención humanitaria extraordinaria”. Esta consistiría en obligar a los más poderosos, por ejemplo, a eliminar por fin subsidios y aranceles dañinos para los países en desarrollo, cambiar las leyes de patentes y propiedad intelectual para beneficio de los más necesitados, establecer un impuesto global para garantizar universalmente el derecho de subsistencia, y comprometer a las actuales potencias económicas a ser más generosas con sus políticas de ayuda externa en el futuro. Hecho esto, los extraordinarios visitantes extraterrestres se retirarían en silencio… pero seguirían paso a paso desde la distancia el cumplimiento de las medidas impuestas.

Si bien para algunos este experimento mental no pasará de chacota, su fondo es bastante más profundo de lo que aparece. El problema que preocupaba a Øverland (y que es perenne entre los teóricos de la filosofía política y del derecho internacional) era el de cómo obligar a hacer lo correcto a estados que no quieren hacerlo, cuando no pesa sobre ellos más jurisdicción que la propia o la que les conviene. ¿Por qué habría de obligarse un estado a seguir los lineamientos impuestos por un acuerdo internacional, por ejemplo, si este acuerdo perjudica sus intereses, y si no hay ningún chicote superior que vaya a castigarlo si se niega a ser parte? ¿Cómo darles fuerza a medidas necesarias que sin embargo dependen para su cumplimiento de la voluntad, y nada más que de la voluntad, de quienes deben someterse a ellas?

A nivel doméstico se da un dilema parecido. En los países democráticos, una vez elegidos, los miembros del Poder Legislativo son quienes deciden qué leyes se aprueban y qué leyes no, y esto incluso cuando dichas leyes afectan sus propios intereses (a menos que se encuentren desaforados). En el caso que nos compete, que es la elección del nuevo fiscal nacional, actuales senadores cuyo futuro judicial y político depende directamente de quién sea el nombre elegido no tienen más restricción que la voz de su conciencia para inhabilitarse y no votar. En estas circunstancias, varios de ellos han metido la propia al clóset y han cerrado la puerta con llave para no escucharla (suponiendo que todavía la tienen). Y lo más serio es que frente a ello nada se puede hacer. ¿O sí se puede?

Aquí es donde la idea de mi amigo Gerhard vuelve a mi memoria y me imagino lo bueno que sería convocar a extraterrestres para que intervinieran extraordinariamente el Senado el próximo miércoles y les pusieran cinta adhesiva en los labios y esposas en las manos a quienes quieren usar sus votos para favorecer sus propios, mezquinos intereses. Como es poco probable que ello ocurra, lamentablemente, me consuelo pensando en las “intervenciones ordinarias” que como simples ciudadanos podemos ejercer sobre nuestros elegidos: por lo pronto, sumarse a las funas virtuales y por escrito para dejar en evidencia su techo de vidrio; a mediano y largo plazo, hacerles cruz en las próximas elecciones. Pensar en otros métodos de intervención ordinaria se hace imperioso en un contexto donde los elegidos trabajan para el mejor postor y no para la mayoría de votantes.

De chorreo a gotera

Adam Smith dice en su Teoría de los Sentimientos Morales que el rico avaro, por muy rico y avaro que sea, no puede abarcar con su estómago lo que abarca su vista, por lo que se ve en la obligación de compartir sus posesiones, una vez que su apetito se haya satisfecho. En esta sana idea se basa el maleado concepto capitalista del “chorreo”, que supone que la riqueza inevitablemente se distribuye en la sociedad, permitiendo que hasta el más pobre se beneficie –directa o indirectamente– de las grandes fortunas.

Un espíritu similar habita, tres siglos más tarde, Una Teoría de la Justicia, del filósofo estadounidense, John Rawls. En este ya clásico volumen de filosofía política, Rawls se pregunta cómo construir una sociedad moderna y liberal que se funde sobre la justa cooperación de sus habitantes. Para ello, Rawls imagina qué principios de justicia elegirían personas como nosotros tras un velo de ignorancia, es decir, sin saber qué lugar ocupan en la escala económica y social, si son hombres o mujeres, blancos o negros, doctorados o analfabetos. El resultado de este experimento mental, que llama “posición original”, es que la sociedad se regiría por dos principios: el primero, un respeto prioritario por las libertades básicas civiles y políticas (de conciencia, palabra, reunión, integridad física y mental); y el segundo, justa igualdad de oportunidades (en la postulación a cargos públicos, etc.) y respeto por el “principio de diferencia”. ¿Qué significa este último? Pues que las desigualdades  económicas sólo son aceptables cuando mejoran la situación de quienes están peor (es decir, una confirmación de que el chorreo siempre es bueno, cuando de verdad ocurre).

Me siento frente Smith y a Rawls después de hacer un rápido escaneo por la prensa local y mundial, y me pregunto si estos grandes teóricos imaginaron siquiera la dirección que podía tomar el capitalismo en el que tanta fe depositaron. Partiendo por casa, veo en Forbes que el grupo Luksic pasó de tener recursos por 11.000 millones a 19.000 millones de dólares en 2010, mientras que el holding de Horst Paulmann subió de 5.000 a 10.500 en el mismo período. Para ponerlo en lenguaje lego, suponiendo un gordo de loto de 500 millones de pesos, Luksic se ganó 7.800 gordos en un solo año, y Paulmann, 5.500. ¡Y uno que se queda feliz con sacarse una quina o una terna de vez en cuando! A nivel mundial, por poner sólo un ejemplo: la minera australiana BHP Billiton acaba de reportar un récord de utilidades en sólo seis meses por 10.600 millones de dólares, algo inédito en su historia (con esas cifras, los 4 millones de dólares que gastó en campañas publicitarias contra el tan batallado proyecto de impuesto a la minería parece un rasguño).

Pero mientras el número de billonarios y las ganancias de las transnacionales siguen creciendo a escala global, la evidencia de que la pobreza disminuya no es tan clara. ¿Será, parafraseando a Adam Smith, que los estómagos de los ricos han crecido junto con sus fortunas? ¿O será que, pasado cierto punto, las desigualdades económicas dejan de beneficiar a los menos aventajados, contra lo que pensaba Rawls? Voto por lo segundo. El chorreo, cuando los de arriba están tan lejos de los de abajo se transforma en gotera.

El derecho de necesidad

Uno de los debates más apasionantes del momento en filosofía política es el tema de la justicia global, donde se pregunta fundamentalmente cuáles son los deberes morales que tienen los ricos del mundo (sean países o individuos) hacia los pobres y necesitados. Las respuestas suelen dividirse en dos: por un lado, están quienes creen que los ricos han dañado o colaborado en dañar (y continúan dañando y colaborando en dañar) a los pobres. Ya sea por medio de instituciones o reglas globales y locales mal diseñadas, lo que se está cometiendo es una injusticia. El remedio está en rediseñar esas instituciones y reglas de manera justa, y entonces la eliminación de la pobreza ocurrirá de manera natural. Ésta es la línea discursiva que siguen autores como Thomas Pogge, en La pobreza en el mundo y los derechos humanos. Por otro lado, hay quienes prefieren hablar de deberes de humanidad de los ricos hacia los pobres: más allá de si existen injusticias o no, lo que importa es aliviar el sufrimiento de los más necesitados. En lugar de sentarse a decidir cómo cambiar el orden institucional global y local, los ricos deberían más bien hacer un cheque y enviarlo adonde se necesite, ¡ya! Tom Campbell presenta esta idea en su ensayo Humanidad antes que Justicia.

Frente a esta dicotomía, recuerdo el derecho de necesidad planteado en el siglo XII por teólogos cristianos y me pregunto si no podría servir para iluminar el debate. Tal como ahora, aunque a nivel doméstico y no global, se desató en el Medievo toda una polémica acerca de si los hambrientos tenían derecho al pan de los bien alimentados, y qué implicaba ese derecho. La conclusión compartida (si bien con variaciones) durante los siglos siguientes fue que alguien en extrema necesidad podía usar la propiedad de otro si ésa era su única opción de sobrevivir, y que dicho acto no constituía robo, porque era parte de la ley natural. Tomás de Aquino fue uno de los defensores de esta idea, que implicaba no sólo que los pobres tenían el derecho a pedir, sino sobre todo que los ricos tenían el deber de dar. En su terminología, esto no era un acto de caridad, sino justicia, y quien no cumpliera con su deber podía ser citado a rendir cuentas frente a las autoridades eclesiales. Además, existía también la posibilidad de que otros ejercieran este derecho a nombre de terceros: Robin Hood es el perfecto ejemplo de alguien que se arriesgaba a sufrir el castigo de la ley humana por cumplir con la ley moral (y divina), y la fuerza de su figura todavía hoy nos atrae. El derecho de necesidad, sin embargo, declinó de manera inversamente proporcional al alza del derecho de propiedad, hasta hallarnos en una situación como la de hoy: donde nadie concibe siquiera que le puedan tocar sus posesiones, que se consideran más sagradas e inviolables incluso que otras vidas.

Creo que tomarse el debate de justicia global en serio implica por lo menos re-examinar el antiguo derecho de necesidad y preguntarse si no será una buena idea reimplantarlo, en una versión secular. Un ejército de modernos Robin Hoods podría constituir un buen comienzo.

25/04/10 ¿El fin del Tercer Mundo?

El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha anunciado recientemente “el fin del Tercer Mundo” y el inicio de una nueva era multipolar donde norte y sur, oriente y occidente dejan de tener connotaciones económicas e ideológicas y vuelven a ser los meros cuatro puntos cardinales que marca la brújula. Así como 1989 vio la caída de los comunismos, 2009 vio el fin de una era de polarización mundial, dice. El más inclusivo G-20 reemplaza a los elitistas G-7 y G-8; las categorías de líderes y seguidores, victimarios y victimizados ya no corren, enfatiza el ex asistente personal de Bush padre y ex secretario de Estado de Bush hijo. A renglón seguido, aclara que esta renovación no traerá, sin embargo, el fin de la institución que preside. Al contrario: el Banco Mundial está buscando su primer aumento de capital en 20 años y quiere reformarse para servir –esta vez sí que sí– los intereses de los menos aventajados.
El discurso continúa por páginas, pero creo que este breve resumen alcanza para desvelar una retórica que, si no ingenua (y es difícil creer que lo sea, viniendo de alguien en semejante posición), es dañina. Ésta supone que cambiando las palabras cambiarán las realidades, siendo que lo que se requiere aquí es un cambio de estructuras y actitudes.
Zoellick dice que el Tercer Mundo se acabó. Me gustaría saber en qué mundo viven según él las más de tres mil millones de personas que hoy subsisten con menos de dos dólares diarios (menos que lo que recibe en subsidios una vaca europea, como dice el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz). Con casi 800 millones de analfabetos, podría bautizarse “Mundo sin letras”. O, más poéticamente, “La Cara Oscura de la Tierra”, haciendo honor a los 1600 millones que no tienen ni acceso a electricidad.
Zoellick agrega que en este nuevo escenario atender al petitorio de los países en desarrollo ya no es un asunto de caridad ni solidaridad, sino de interés propio. Me pregunto cuándo ha sido de otra manera. Y concluye que lo que se necesita son instituciones multilaterales rápidas y flexibles, legítimas y eficientes –¡como su banco!– que rindan cuentas públicas y manejen abundantes recursos.
Ante esto, no puedo dejar de pensar que su discurso tiene algo del canto del cisne en el último acto del famoso ballet de Strauss. Hay algo de cierto en su diagnóstico, y es que instituciones como el propio Banco Mundial o el FMI tienen los días contados, a menos que sufran una transformación profunda. Pero la afirmación de que los bloques se acabaron y de que de hoy en adelante Davides contra Goliats jugaremos gallito en igualdad de condiciones no tiene sustento. Como ya lo han planteado varios teóricos de la globalización, la “igualdad de condiciones” entre países desarrollados y en desarrollo no quiere decir “las mismas reglas para todos”, sino “a cada uno las reglas que se ajustan a su realidad”. De eso Zoellick dice poco o nada. Y mientras no lo haga, las agujas de la brújula seguirán marcando algo más que meros puntos cardinales.