Dos tipos de paternalismo

En Noruega diríase que hasta los zancudos confían en el estado de bienestar. Al contrario de sus pares latinoamericanos, ávidos chupasangre nocturnos, los zancudos noruegos son pura buena onda. Vuelan lento, no meten ruido y cuando pican apenas dejan huella. Es como si tuvieran la certidumbre de que la comida no les va a faltar, como si supieran– a diferencia de sus pares de países sumidos en un neoliberalismo mal concebido – que sus existencias transcurrirán más o menos apaciblemente, independiente de cuanto luchen o se esmeren, o cuán emprendedores se muestren.

Esta actitud, presente hasta en los insectos, se manifiesta obviamente en toda su claridad en los humanos, y marca una diferencia fundamental en lo que se refiere a la propia “parada ante la vida”. Para una que viene de un país donde una enfermedad grave, un accidente inesperado, un recorte de personal en el trabajo o un embarazo de trillizos constituyen un vuelco radical y – dependiendo de los recursos propios – una verdadera tragedia personal y familiar, encontrarse con una sociedad donde todos esos eventos están “cubiertos” es un impacto mayor. Claro está, el cáncer no es menos doloroso ni terrible aquí que en cualquier parte, pero quienes lo padecen pueden tener la seguridad de que no les faltarán ni los paliativos ni la red de apoyo para sobrellevarlo de la manera más digna posible. Aquellos que están solos (y que son muchos, en estas sociedades) reciben diariamente lo que se llama hjemmehjelp, “ayuda a domicilio”, profesionales contratados por el Estado o la municipalidad respectiva para visitar a quienes por uno u otro motivo no pueden valerse solos. Hasta los padres primerizos reciben apoyo: las primeras semanas después del parto es común recibir la visita de una enfermera o matrona que los instruye en los cuidados básicos.

La lógica de fondo no es, como predican sus detractores, que el Estado haga las veces de “niñera” y trate a ciudadanos adultos como infantes incapaces de cuidarse por sí solos. Más bien, lo que hay bajo este mullido colchón de protección social es la certeza de que, para que una sociedad sea lo más justa posible, las oportunidades deben ser también lo más parejas posibles para todos. Lejos de creerse el cuento de que el mérito es un asunto plenamente individual, aquí se parte de la base de que lo que somos es resultado sólo en parte de nuestra dotación genética y habilidades innatas, pero mucho más de nuestra crianza, de nuestro entorno y red social, y de los estímulos que tuvimos o no a lo largo de nuestro desarrollo desde la infancia hasta la adultez. Se asume así que quienes son más exitosos que otros (sobre todo en materia económica) tienen tanto que agradecerle a la sociedad en la que están insertos como a sí mismos. Y pagar impuestos proporcionalmente más elevados no es así considerado como un asalto de la máquina estatal, sino como un justo devolver la mano.

Lo raro de quienes critican los fundamentos del estado de bienestar así entendido es que generalmente olvidan criticar lo mucho que hay de paternalismo soterrado en el sistema que ellos mismos proponen. “Que cada uno decida qué educación darle a sus hijos”, “que cada uno vea el fondo de pensión que más le acomoda”, “que cada cual elija el sistema de salud que quiere para él y su familia”, son las típicas frases con las cuales los anti-bienestaristas creen apuntar al corazón de sus enemigos. Pero yerran el blanco. La falacia implícita en argumentos de este tipo es creer que eliminando el papel protector del Estado se eliminan también todo tipo de paternalismos inaceptables, de ésos que desnivelan la cancha de juego y dejan a los individuos – según la suerte que les tocó – a un centímetro del arco o en medio de la cancha sin ningún prospecto de llegar a meter nunca un gol. Cuando no es el Estado quien garantiza un colchón mínimo de seguridad para sus ciudadanos, son cada uno de éstos los que tienen que procurárselo a sus hijos, amigos y cercanos. De esta manera, son literalmente los “hijos de papá” y aquellos “bien conectados” quienes van seguros por la vida.

Quienes se oponen al Estado “niñera”, en suma, debieran oponerse también a la familia “niñera” y partir eliminando leyes paternalistas por definición, como la de herencia. Si se quiere de verdad que cada uno se rasque con sus propias uñas, decida libremente y se valga por sí mismo, esto sería lo menos que se podría pedir como punto de partida. Dudo que ninguno de los que se llenan la boca con el discurso de reducir los impuestos y promover la iniciativa individual esté dispuesto a cortar con este tipo de privilegios. Y no hay nada obvio, sin embargo, en considerar a este tipo de paternalismo más aceptable que aquél.

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Tolerancia de museo

Estoy en Dunedin, la segunda ciudad más grande en la isla sur de Nueva Zelandia, pintorescamente ubicada en una geografía de laderas escarpadas que miran una angosta bahía. Dunedin, que significa ‘Edimburgo’ en gaélico, tiene en verdad todo el aire de Escocia, con su calle principal llena de tiendas pequeñas que casi permiten olvidarse del presente globalizado; pubs que ofrecen catas de whisky y mil tipos de cervezas diferentes; y un frío invernal que hace comprender por qué las ovejas crecen aquí como si fueran nativas.
Como suele ocurrirme en los viajes, terminé en el museo de Otago (el nombre de esta región), en busca de lo peculiar y característico de este paisaje y de esta cultura. Y como suele ocurrirme en los museos de países desarrollados, salí enrabiada a pesar de lo cuidado de la exposición y de la belleza de ciertos objetos: esqueletos de pájaros extinguidos, porcelanas de la época colonial, albatroses gigantes embalsamados y pedazos completos de las aldeas de los habitantes originarios.
La peor parte fue recorrer las galerías de la Polinesia, con máscaras temibles de Vanuatu, una canoa ceremonial melanésica de unos 20 metros de largo tallada con un nivel de detalle que nada tenía que envidiarle a las catedrales góticas, y hasta un petit moai de Rapa Nui. Todo presentado, como digo, con el máximo rigor museológico y sin escatimar costos. Espacios amplios y bien iluminados. Historias de apoyo bien contadas. Un trabajo bien hecho, por decir lo menos.
Creo que lo que provocó mi irritación esta vez fue recordar el precario museo en Port Vila, la capital de Vanuatu, y compararlo con éste, con una colección mil veces mejor y más completa. ¿Es que no sería mejor dejar a los dueños de estas culturas presentar por sí mismos su historia, en lugar de que otros la cuenten por ellos?
La tolerancia de museo me parece que esconde una intolerancia profunda, en último término, hacia las culturas que busca representar. De alguna manera, lo que acaba en el museo se asume muerto, domesticado, dominado, aunque por encima se lo presente como objeto de admiración y reverencia.  Si alguna vez tuviera un enemigo acérrimo y quisiera vencerlo, creo que una de las cosas que haría sería convertirlo en objeto de estudio museológico. Sería una manera de ganarle la partida con elegancia, con un paternalismo disfrazado de benevolente que en realidad añora ponerle el pie encima para mantenerlo bajo control.
No digo que todos los museos sean así, pero suele ser el caso que en los que se dedican a revivir culturas que ellos mismos (o sus antepasados) destruyeron, se respira la violencia contenida… como si los dioramas fueran a estallar en cualquier momento y los nativos allí representados fueran a salir a defenderse de los visitantes con sus arcos y flechas; como si las máscaras fueran a revivir para maldecir eternamente a quienes les quitaron sus poderes mágicos poniéndolas en ese contexto aséptico.
Si bien valen para satisfacer el goce estético, estas visitas me dejan siempre un mal sabor social, moral, político. Y me pregunto si no será una estrategia sucia, después de todo, intentar desviar la mirada desde el horror de lo que fue aniquilado hacia la belleza de lo que sobrevivió.

02/01/10 Diminutivos peligrosos

Tuve una vez un jefe (ya no más, por suerte) que cuando llegaba, cada mañana, pasaba por mi oficina y nos decía a las tres mujeres que la habitábamos: “Buenos días, niñitas”. Puntarenense como soy, nunca había escuchado antes semejante expresión, así que la atribuí primero a la manera santiaguina de expresar afecto. “Niñitas, no se olviden de que hoy hay reunión de pauta”. “Niñitas, esto”. “Niñitas, lo otro”. Pero mi hipótesis dejó de funcionar un día en que el susodicho se asomó por la puerta no con una sonrisa, sino con rostro lívido: “Niñitas, tenemos que hablar”. El tono ya no era cariñoso, sino autoritario y condescendiente. Aunque las tres hacía rato habíamos dejado de jugar con barbies y temerle al cuco, nos trataba como mentes infantiles a las que se apela con mandatos y no con argumentos. Apenas tenía un par de años más que nosotras, pero por medio de este artilugio lingüístico creaba una distancia intimidatoria. Para peor, el trato no era simétrico: nosotras éramos sus “niñitas”, pero él no era nuestro “chiquito”. Me pregunto qué habría dicho si le hubiéramos llamado así. Ganas no me faltaron de probar, pero prudentemente me abstuve.
Desde entonces, cada vez que alguien emplea el diminutivo para referirse a otro, me pongo en estado de alerta; más aún cuando ambos no se hallan en una relación de igualdad (como de “chanchito” a “chanchita”, o de “gordito” a “gordita”), sino de subordinación. Es el caso del político que, para probar su empatía y su “sincera preocupación” por el pueblo llano, apela a “Doña Juanita” como el objeto de todos sus desvelos y todos sus afanes. Es claro que “Doña Juanita” aquí no tiene derecho a opinión, sino a recibir y a agradecer tan sólo la benevolente ayuda de quienes la gobiernan; éstos últimos saben de verdad lo que ella necesita, mientras ella sólo cree saberlo. Si se convirtiera en “Juana”, sería un peligro, una molestia, una voz más a la que escuchar.
Lo mismo ocurre entre los patrones y el personal de servicio. Durante años tuvimos en casa a una empleada que era como un miembro más de la familia: la Úrsula, más conocida como “Ucha”. “No me llamo ‘Ucha’, me llamo ‘Úrsula”, alegaba todo el rato, y yo no podía entender el motivo. Ahora le encuentro toda la razón. No es justo que a uno lo tuteen, sin poder tutear de vuelta. No es justo que a uno lo disminuyan, si el otro no está preparado para disminuirse también.
Cuando el uso del diminutivo es unilateral, es un signo –consciente o no¬– de que no nos tomamos en serio al otro, de que le faltamos el respeto. Los viejos son un ejemplo más de esto. Por supuesto que hay amor y cariño en el trato a los Tatitas y Nonitas, pero hay también –dependiendo del contexto– un reconocimiento de que el otro se ha vuelto más indefenso, más dependiente, menos autónomo. Claro que es más fácil vivir en un mundo de pocos iguales y muchos inferiores, pero que sea lo más fácil no significa que sea lo más justo. Una reforma en el uso de la lengua cotidiana contribuiría en esta dirección.