Nuevo Especial de Verdeseo: Mundos en Movimiento, Vidas sin Represas

Hace dos años, en Verdeseo, decidimos juntar nuestras ideas en torno a lo que estaba ocurriendo con el conflicto desencadenado por la idea de represar la Patagonia, promovida por HidroAysen. El primer producto de ese proyecto fue “7 Argumentos Para Una Patagonia Sin Represas”, donde expusimos nuestros motivos para rechazar una idea tan burda como la de HidroAysén. Luego, publicamos ”Más Allá de Hidroaysén”, buscando abiertamente superar la discusión en torno a las represas, llevando el problema de la energía al centro de la discusión por el tipo de país que queremos construir.

Dos años después, mucha agua sigue corriendo libre por los ríos de la Patagonia, y el espíritu de la aventura colectiva desatada bajo el lema ‘Patagonia Sin Represas’ se ha encarnado en muchas otras movilizaciones y causas a lo largo de todo el país. Quienes han sido olvidados por el triunfalismo y la autocomplacencia, han puesto su humanidad en las calles reclamando el derecho a una vida digna sin atropellos. A todas ellas y ellos les dedicamos esta publicación que ahora compartimos con ustedes, una publicación que busca resaltar el rol del activismo como forma de existencia; un reconocimiento para quienes han hecho de esto un modo de vivir, llamándonos a no flaquear en el esfuerzo por crear alternativas.

Mundos en Movimiento, Vidas Sin Represas: Historias de Comunidades Construyendo Alternativas a Mega-Proyectos. Verdeseo pone a disposición del público una nueva publicación, esta vez de historias del mundo y Chile de comunidades que han logrado hacer una diferencia y construir alternativas. No se la pierdan!

http://verdeseo.cl/2013/08/05/especial-mundos-en-movimiento-vidas-sin-represas/

Worlds in Movement, Living Without Dams: Communities Building Alternatives to Large-Scale Projects. Verdeseo presents its new publication, this time with stories from the world and Chile about communities that are making a difference and building alternatives. Don’t miss it!

http://verdeseo.cl/2013/08/05/worlds-in-movement-living-withouth-dams/

La Ley Finnmark, Patagonia Sin Represas y la redemocratización de los recursos naturales

Finnmark es el nombre de una región en el extremo noreste de Noruega que ocupa un área equivalente a las regiones de Los Lagos o Tarapacá. Es un lugar de extremos, donde el sol brilla a medianoche en verano y se esconde de noviembre a enero, en los meses más crudos del invierno. Es el hogar de 200,000 renos, unos pocos lobos y la aurora boreal – ese espectáculo celeste que atrae a miles de turistas cada año. Es también donde los nativos Sami han vivido por miles de años como pastores nómades, pescadores y cazadores. 40.000 en toda Noruega, la mitad de los Sami viven en Finnmark, donde representan un cuarto de la población.

 Aunque también los hay en Suecia, Finlandia y Rusia, los Sami noruegos son quizás los mejor conocidos, por la especial relación que han logrado forjar con el Estado noruego y su gente. Aunque sin poder legislativo, la creación del Parlamento Sami en 1987 les dio una oportunidad para ser oídxs en la arena política, luego de décadas de relativo abandono. Su reconocimiento en la Constitución en 1988 fue un paso para preservar su cultura, idioma y tradiciones. Pero fue la ratificación de la Ley Finnmark, en 2005, la que marcó un salto cualitativo en término de poder político. ¿Qué es esta ley, cómo se forjó y cómo se relaciona con una Patagonia sin Represas?

La primera en su tipo en el mundo, la Ley Finnmark transfirió el 95 por ciento de esta región desde el Estado noruego a sus habitantes, representados por una agencia a cargo de administrar el uso del agua y la tierra. Compuesta de seis miembros, tres son elegidos por el Parlamento Sami, y tres por el Consejo del Condado de Finnmark (donde hay Samis y no Samis). El líder del directorio es elegido de manera alternada por ambos organismos.

Lo que hace única a la Ley Finnmark es que propone un nuevo camino para la administración de la tierra y los recursos naturales dentro de los Estados, abriendo una tercera categoría entre lo privado y lo público: esto es, lo localmente controlado. Aunque inspirada en gran medida por la necesidad de reconocer las actividades económicas tradicionales de los Sami y su concepto de tenencia de la tierra (donde la propiedad privada está fuera de su mapa conceptual), esta ley debe ser vista ante todo como un instrumento legal que da especial reconocimiento a las demandas territoriales de quienes han transformado su entorno y se han dejado transformar por él – más allá de si son indígenas o no. Claro está que la ley admite mejoras. Dos puntos polémicos son que sólo incluye los recursos renovables – dejando fuera el petróleo y los minerales –, y excluye los derechos de pesca en aguas marinas, seguramente una concesión a la poderosa industria pesquera. Éstos, sin embargo, no están fuera de la discusión, y la posibilidad de que se integren en el futuro no está completamente cerrada.

¿Cómo se forjó la Ley Finnmark? Mi interpretación favorita es que fue el producto final y no intencionado de un largo movimiento de reivindicación de los derechos Sami y, más profundamente, de los derechos de las comunidades locales a tener control real – y no meramente voz – sobre las decisiones que los afectan directamente. Este movimiento fue gatillado por lo que se conoce como la controversia de Alta, un proyecto para construir una represa en el río Alta, en Finnmark, a fines de los ’70. El plan inicial fue rechazado porque implicaba inundar un pequeño pueblo Sami y afectaba sus actividades de pastoreo de renos y pesca de salmón. Unidos a grupos ambientalistas, los Sami presentaron demandas judiciales, organizaron protestas y huelgas de hambre y participaron en actos de desobediencia civil, encadenándose frente al sitio de construcción. La batalla, sin embargo, se perdió, cuando en 1982 la Corte Suprema le dio la razón al gobierno noruego, y la represa fue finalmente construida.

Lo que parece una derrota a primera vista, sin embargo, fue un cimiento para la organización de los Sami como grupo y para su aparición en la agenda política. Pero no sólo eso. Hizo que el gobierno noruego y su gente se abrieran a la posibilidad de que personas con diferentes concepciones de la tierra, el territorio y la propiedad pueden convivir en un mismo país, incluso si esa coexistencia requiere negociaciones por ambos lados y paciencia para el diálogo.

¿Qué tiene que ver esto con la actual oposición al proyecto Hidroaysén en la Patagonia chilena y, más en general, con la oposición al modus operandi habitual del Estado chileno cuando evalúa proyectos de este tipo? Más de lo que aparece a primera vista.

 Quienes conocen nuestra historia de controversias ambientales seguramente señalarán aquí que el punto de comparación obvia con Alta es la oposición de los Pehuenche a la central Ralco (también de Endesa, una de las dos compañías detrás de Hidroaysén). Este proyecto hidroeléctrico fue aprobado en 1998, luego de años de oposición de ambientalistas y comunidades indígenas del Alto Bío-Bío, forzadas a desplazarse. En vez de marcar un antes y después, sin embargo, lxs que se opusieron a Ralco permanecieron ignoradxs por el Estado chileno. Para colmo de males, un Museo Pehuenche fue construido en los alrededores, convirtiendo a la cultura viva que acababa de ser hundida en un ítem histórico.

Es cierto que la controversia de Ralco sirvió tanto a ambientalistas como a grupos indígenas a organizarse, levantar una sola voz y captar la atención de los medios. Pero no sirvió para cambiar los métodos jerárquicos y centralizados del Estado chileno al evaluar megaproyectos que amenazan tener un profundo impacto a corto y largo plazo en las poblaciones locales y el medio ambiente. Usando ese mismo enfoque se aprobó la planta de celulosa Celco en Valdivia, que provocó la muerte (como era predecible) de más de dos mil cisnes de cuello negro; y también Pascua Lama, a pesar de la amenaza de contaminación y escasez de agua para los agricultores del valle del Huasco. Con ese mismo enfoque también se aprobaron las cinco represas del proyecto Hidroaysén, en 2011, generando protestas masivas en la región y en todo Chile. Está por verse lo que sucederá con la segunda parte del proyecto: la línea de transmisión de más de dos mil kilómetros.

Dada la creciente presión sobre recursos naturales cada vez más escasos, las decisiones sobre cómo administrarlos serán cada vez más disputadas. En países ricos en dichos recursos, como Chile y Noruega, esto debería llevar a la decentralización de los procesos de toma de decisión y a una real democratización, donde no sólo participen los sospechosos de siempre. En este sentido, mientras los efectos prácticos de la Ley Finnmark aún están por verse, el ejemplo que pone – donde la comunidades locales tienen mayor poder sobre las decisiones que las afectan – debería ser una inspiración para quienes se oponen a que el Sur (esto es, la Patagonia) se convierta en el motor del Norte (esto es, la poderosa industria minera).

Esta columna también puede leerse en Lamansaguman

Hidroaysén en subjuntivo

La gramática de la lengua española estipula que hay tres formas básicas que pueden tomar los verbos: el modo indicativo, típico de los relatos (“Me levanté, leí las noticias sobre Hidroaysén y me deprimí); el modo imperativo, para dar órdenes (¡No vote por ese proyecto!); y el modo subjuntivo, generalmente usado en cláusulas subordinadas, para referirse a eventos irreales o que aún no han tenido lugar (“Si hubiera estado en Santiago, habría ido a Plaza Italia a protestar”). A pocos días de que la comisión de evaluación ambiental de Aysén aprobara por 11 votos a favor y una abstención el proyecto Hidroaysén, para construir 5 mega-represas en esa región, me parece urgente conminar a ciertos medios de comunicación y autoridades a releerse esta sección de la gramática y corregir sus dichos y sus actos consecuentemente. Aunque parezcan a primera vista inocuos, los modos verbales mal usados distorsionan no sólo la información, sino también las percepciones; y de eso ya se ha visto demasiado en este debate.

Si se revisan las noticias aparecidas sobre este polémico proyecto en los medios de comunicación masivos, se sorprenderá el lector al ver que todos se refieren a Hidroaysén en futuro simple del indicativo, o sea, como si no quedaran dudas de que finalmente se llevará a cabo. “Generará 2.750 megawatts”, “la energía se llevará por una línea de transmisión de más de 2 mil kilómetros”, “la inversión tendrá un costo cercano a los 7.500 millones de dólares”, son todas frases que hemos escuchado y leído repetidamente desde mucho antes que la comisión sesionara siquiera. Las amenazas a la población, de rechazarse la iniciativa, también se han conjugado como si describieran un futuro cierto y aciago: “Chile se quedará a oscuras” (¡Buuh, y vendrá el cuco por añadidura!). Sin embargo, por tratarse sólo de una hipótesis –a pesar de lo que diga la minoría que lo apoya–, les pediría a los señores editores, en aras de la claridad de lo que informan, que se limitaran a usar en este tema el modo subjuntivo. Por ejemplo: “Si se aprobara la línea de transmisión, ésta cruzaría seis parques nacionales y 11 reservas nacionales, entre otras áreas sensibles”. “Si llegaran a construirse finalmente, las represas inundarían más de cinco mil hectáreas de ecosistema patagónico”. “Si se decidiera seguir adelante, esto sería contra la opinión de la mayoría ciudadana”. Et cétera.

A esta confusión de subjuntivos por indicativos se suma un problema mayor: por un lado, el de hacer pasar ciertos subjuntivos por imperativos y, por otro, el de creer que lo son y seguirlos. En abstracto, que alguien diga que sería muy bueno para Chile si se aprobara Hidroaysén no es más que la expresión de un deseo, una esperanza, una opinión lanzada al viento o al micrófono; un puro e inofensivo subjuntivo. Cuando es el ministro del interior horas antes de la votación quien sale con esa frase, sin embargo, el subjuntivo gramatical se convierte en imperativo político, y resulta en la votación de todos menos uno de sus subordinados a favor del sueño ministerial. La mala gramática resulta entonces en mala política. A ver si en lo que viene de debate las vamos mejorando…

¡No a Hidroaysén!

El “recurso” más valioso de la Patagonia no es supotencial hidroeléctrico, sino su naturaleza casi intocada por el hombre, fuente de biodiversidad. Los chilenos todavía tenemos la oportunidad única de llevar a cabo una política energética inteligente, sustentable y que beneficie a todos (y no sólo a unos pocos), pero la única manera de lograrlo es dejar las miradas cortoplacistas de quienes buscan dividendos rápidos.

Si no se hacen las represas en Patagonia, no nos quedaremos a oscuras: a oscuras nos quedaremos si optamos por repetir errores de los que otros hoy se arrepienten, a oscuras nos quedaremos si se persiste en una mirada centralizadora que ve a las regiones como fuentes de suministro de materias primas; a oscuras nos quedaremos si se insiste en descalificar a quienes se oponen a Hidroaysén como fanáticos verdes opuestos al “crecmiento país”. La desidia nunca ha sido una virtud, y de desidia pecaremos los chilenos si se aprueba este megaproyecto destructivo que promete luz barata hoy a cambio de altísimos e irreversibles costos ambientales mañana.

Para una historia similar a ésta y que, afortunadamente, tuvo final feliz, ver La lección de Tasmania, en Verdeseo

7 Argumentos para una Patagonia Sin Represas

VerDeseo entrega esta publicación de libre divulgación para que la ciudadanía conozca siete argumentos para oponerse fundadamente al mega proyecto hidroeléctrico HydroAysén. Este proyecto está a punto de resolver su aprobación o desaprobación en el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA) en Chile. Disfruten, difundan y participen!

http://verdeseo.cl/2011/04/26/siete-argumentos-para-una-patagonia-sin-represas/

El pdf de esta publicación de Verdeseo se puede descargar aquí: HidroAysén (Final)

Distinguirse

Un par de columnas atrás hablaba sobre las repúblicas bicenteañeras de América Latina, jóvenes y  bullantes, pero faltas de experiencia y a veces irreflexivas en la toma de decisiones, análogas a un humano adolescente. Vuelvo sobre la misma idea, pero esta vez pensando en un aspecto específico en que Chile podría hacer las cosas de otra manera (mejor a mi juicio)… si dejara de ser tan bicenteañero.

En el último tiempo, me ha tocado encontrarme con distintos extranjeros relativamente bien informados sobre nuestro país y nuestra geografía, y cada vez que hemos llegado al tema de los recursos energéticos, ha surgido un comentario similar a éstos: “¡Ustedes sí que aprovecharán la energía solar con ese tremendo desierto!”, “Con esa larga línea costera, ¿son pioneros en el tema de la energía maremotriz?”, “¿Tienen muchas plantas geotérmicas cerca de los volcanes, como Italia e Islandia?” Y entonces me toca responder: “No, la verdad es que no.” Ante la contrapregunta de dónde sacamos la energía, simplemente me sonrojo: “Centrales a carbón e hidroelectricidad, pero nos estamos quedando cortos, así que uno de los proyectos que hoy se discuten es hacer cinco represas en Patagonia, y transportar la energía dos mil kilómetros al norte, que es donde se necesita.”

Para esos oídos extranjeros –y para cualquiera que revise la información disponible–, la sola sugerencia de inundar no importa si una o mil hectáreas en Patagonia para crear hidroelectricidad está en las antípodas de lo que se entiende por energía renovable. La Patagonia es uno de los escasos lugares en el Planeta (no en Chile, entiéndase, en el Planeta) que todavía evoca imágenes de tierra virgen y naturaleza viva, tesoro de biodiversidad y paisaje prístino. “¡En Patagonia!” me reclaman mis interlocutores. “Sí, en Patagonia”, respondo cada vez más avergonzada, aunque sin todavía perder completamente la esperanza de que quienes hoy dirigen mi país recapaciten y entiendan de una vez por todas lo que tanto les cuesta entender a los políticos: que el mundo continúa cuando ellos terminan su período, pero que la decisiones que toman en ese período no se terminan con ellos y son irreversibles.

¿Qué tiene que ver esto con el síndrome bicenteañero? Pues lo siguiente. Antes de hacernos adultos, pasamos por un período de imitación, donde queremos ser como el resto, pertenecer a la masa, pasar indiferenciados. Es un período donde hacemos caso omiso de nuestros potenciales particulares y optamos simplemente por copiar: en este caso, optando por lo más conocido y –engañosamente– más barato (entendiendo por “barato” lo que cuesta menos a cortísimo plazo).

En lugar de seguir fórmulas de otros (de las que muchos ya vienen de vuelta con la cola entre las piernas), debemos atrevernos a distinguirnos, a llevar la delantera, a aprovechar nuestras ventajas comparativas. En la práctica, eso se traduciría en la Plataforma Solar Atacama, en exploración geotérmica y maremotriz todo a lo largo del país, en granjas eólicas en Magallanes, Chiloé y Aysén. Tenemos todo para marcar la diferencia y ser pioneros mundiales en energía renovable. La única excusa posible si no lo hacemos son los intereses egoístas de quienes tienen el efímero poder, o pura y simple tontera. Ambas opciones son impresentables.

Esta columna puede leerse también en la edición online de El Magallanes

Más información sobre los graves problemas del proyecto Hidroaysén puede encontrarse en…

06/06/10 De Tasmania a la Patagonia (Parte II)

Hace 27 años tuvo lugar el histórico fallo “Tasmania versus Commonwealth”, por el cual el Tribunal Supremo de Australia prohibió la construcción de la represa del río Franklin, que prometía reactivar la economía de ese estado-isla a costa de inundar un biosistema único, declarado patrimonio natural de la humanidad. La tasa de desempleo era de 10 por ciento, la más alta del país, y se convirtió en una de las principales razones esgrimidas –principalmente por grandes industriales y empresarios– para justificar la construcción de la represa. Contra ellos, los miembros del naciente Partido Verde y de la Wilderness Society (Sociedad para la Protección de la Vida Silvestre), junto a una serie de grupos comunitarios y ciudadanos independientes, propusieron otro modelo de crecimiento: uno basado en el cuidado de sus paisajes naturales, con énfasis en la industria de servicios. Desde la distancia, la elección fue acertada. Hoy, junto con la minería, el turismo es la principal actividad económica de medio millón de tasmanos, generando mil millones de dólares anuales (la mitad de los ingresos totales de la industria turística chilena) y atrayendo a casi un millón de visitantes (Chile recibe algo más de dos millones por año).
¿Cómo pudieron persuadir a la gente y a las autoridades de que ésta era la opción viable? ¿Y qué podría aprender de ello el movimiento “Patagonia sin represas”? Tres puntos son dignos de mención.
Primero, gracias a una sólida campaña de comunicaciones, el movimiento de “No a las represas en Tasmania” logró pasar de ser un grupo reducido hasta sobrepasar las fronteras de Australia. Con frecuentes encuestas de opinión mostraron cómo, a medida que se conocían sus implicancias, crecía la oposición al proyecto. Y demostraciones masivas concientizaron a quienes primero no se sentían identificados con el tema. Segundo, los opositores llevaron su lucha a la arena política, más allá de la mera “decisión técnica”. Tercero, lo que ya mencioné en una columna anterior, se sirvieron del arte para difundir su mensaje no sólo con argumentos, sino también con imágenes poderosas.
El Consejo para la Defensa de la Patagonia Chilena ha logrado generar vía internet una campaña extendida y potente. Pero llevarla in situ a todos los rincones del país ayudaría sin duda a que quienes se sienten lejanos al proyecto se involucraran más y no lo sintieran como ocurriendo “al fin del mundo”. Que la decisión es política y no técnica lo dejó claro el bando contrario cuando Enel, dueña mayoritaria de Endesa, mandó a su director ejecutivo Fulvio Conti a conversar con Piñera, a comienzos de este año. Al revés, la gira europea del Consejo ha servido para que los políticos de esos países –con quienes Chile mantiene acuerdos comerciales– se informen y pidan explicaciones al Estado chileno (como ya lo hizo en marzo pasado la Comisión para la Cooperación Ambiental de Canadá). Por último, un documental pronto a aparecer, “Patagonia rising” (Patagonia Levantándose) podría capturar la atención de las masas. Así como una imagen vale más que mil palabras, al fin, una Patagonia vale más que mil represas.

22/05/10 De Tasmania a la Patagonia (Parte I)

La fotografía dejaba sin palabras: un río de aguas esmeralda baja tranquilo por una garganta rocosa, sobre la que se elevan árboles milenarios, medio escondidos en la niebla del amanecer. “¿Votaría por un partido que quiere destruir esto?”, aparecía la pregunta más abajo. Pocos se habrían atrevido a decir que sí.


Morning Mist, Rock River Bend, Peter Dombrovskis®.

El aviso, que fue a toda página en los principales diarios de Australia en 1983, antes de las elecciones federales, fue decisivo para evitar la construcción de la polémica represa Franklin en Tasmania, la pequeña isla-estado al sur de ese país. Mientras el gobierno liberal local apoyaba el proyecto, que buscaba reactivar la economía a costa de inundar una zona declarada patrimonio mundial por la Unesco, los laboristas triunfantes en las elecciones del gobierno federal unieron fuerzas con los detractores, generando la mayor campaña ambiental en la historia australiana; una que no habría podido tener éxito de no haber sido por la organización, persistencia y habilidad estratégica de sus dirigentes.
Tras cinco años de marchas masivas, protestas y bloqueo pacífico, los opositores a la represa lograron convencer finalmente al Tribunal Supremo de que era inconstitucional, porque violaba tanto leyes nacionales como tratados internacionales suscritos por Australia. El fallo, conocido como “Tasmania versus Commonwealth”, se convirtió en un clásico del derecho ambiental.
No puedo dejar de comparar este caso con el proyecto de construcción de cinco mega-represas en la Patagonia, que pretenden generar 2.750 MW (¡15 veces más que la represa Franklin!) para saciar la sed energética del Norte. Si en Tasmania al menos la energía producida iba a ser para consumo local, aquí el plan sería acarrearla 2.300 kilómetros, por una de las más largas líneas de transmisión de nuestro planeta. Creo que los chilenos deberíamos hacernos conocidos por otros récords.
En este sentido, la campaña “Patagonia ¡Sin represas!” del Consejo de Defensa de la Patagonia Chilena, me parece bien encaminada. Son más de 30 agrupaciones chilenas y extranjeras las que están trabajando para salvar un ecosistema único de morir inundado… o atravesado por cables de alta tensión. Los argumentos sobran: que la opción más barata hoy será a mediano y largo plazo la más cara (e irreversible); que no es la única alternativa, porque tenemos sol, geotermia y viento en abundancia; que si beneficia a alguien, no es a los locales; y que un número creciente de estudios científicos muestran que las grandes represas no son la energía limpia que claman ser.
Está claro, sin embargo –y aquí el ejemplo de Tasmania es decisivo–, que en estas batallas los argumentos no son lo único que importa. Las espectaculares fotografías de Peter Dombrovskis que se usaron en esa campaña, el jingle “Deja fluir al río Franklin” que sonaba en todas las radios y la pasión de los manifestantes (que en un momento repletaron las cárceles del estado), fueron todos símbolos poderosos a la hora de formar e informar a la opinión pública. Por estas y otras razones –que dejo para la próxima– una mirada a este caso histórico es iluminadora para quienes queremos una Patagonia sin Represas.

Más información en:
National Geographic: Patagonia to be drowned by dams?
Patagonia Sin Represas, página principal