Etiqueta negra

A poco más de un mes de la partida de la nueva ley de etiquetado de alimentos del Ministerio de Salud, hay ciertos aspectos que pueden criticarse por insuficientemente explicados. Por ejemplo, ¿por qué se decidió hacer las mediciones teniendo como referencia 100 gramos o 100 ml en lugar de una porción individual? La respuesta que da el Ministerio de Salud en su página web es, por decir algo, metafísica: “lo más importante es conocer la calidad nutricional de los alimentos, y al medir los nutrientes en 100 gr o 100 ml se está observando la esencia del alimento en sí mismo.” Plop, Condorito. Hasta Aristóteles habría quedado cachudo con esta explicación… En virtud de esta decisión, quedan con etiquetas negras (y, por lo tanto, de advertencia por poco saludables) cosas como barras de cien gramos de chocolate amargo 85 por ciento cacao que nadie en su sano juicio podría comer completas, y que en cuadraditos individuales no representan un real riesgo para la salud. Quedan también con etiqueta negra productos que, “por su esencia misma” – siguiendo con la jerga ministerial – son altos en calorías, azúcares, grasas saturadas y sodio. Pero, ¿no es una pérdida de tinta señalar que cien gramos de mantequilla son altos en grasa o que cien gramos de azúcar son altos en… azúcares?

Más allá de esto, sin embargo, la decisión de orientar a los consumidores hacia productos más sanos y de proponerse un calendario para ir aumentando las exigencias nutricionales de éstos es bienvenida en un país donde los índices de obesidad comienzan a escalar desde la sala cuna. Esto no quita que el ministerio pudiera implementar nuevas medidas que reforzaran las actuales, garantizando realmente que quienes están más expuestos a la mal llamada “comida” chatarra (que de “comida” poco tiene) se vieran libres de ella. Me refiero a las medidas que quedan por tomar respecto a educación en alimentación infantil.

Cuál no habrá sido mi shock durante un matrimonio al que asistí recientemente y en el que había instalada una mesa especial para los niños. “Genial idea”, pensé yo, ingenua: “Vamos a llegar a la fiesta tipo 8.30, y éstos podrán comer su comida mientras los grandes pasamos al cóctel”. Pues nada parecido. La mesa para niños era una selección de etiquetas negras de la peor calaña, desde sapitos y marshmallows hasta papas fritas envasadas y, cómo no, Coca-Cola. Mientras los grandes comíamos nutricionales ceviches y quiches de alcachofa, nuestros retoños se solazaban en cachureos altos en azúcares, grasas saturadas, calorías y sodio… aperitivos que fueron coronados por un plato de fondo a la altura: ¡salchipapas!

Esto es sólo un ejemplo de ese mal hábito enraizado en nuestra sociedad de ganarnos el favor de los niños abarrotándolos de azúcar a la vena y calorías de mala calidad. Multar a los banqueteros que en eventos privados les dan veneno a nuestros hijos sea tal vez demasiado difícil de convertir en ley, pero hay otras medidas que podrían fortalecer los buenos efectos que ya está teniendo la nueva ley de etiquetado. Sugiero dos. Primero, tomando en cuenta que los colores y los monitos son el gancho de atracción de la mayoría de golosinas pobres nutricionalmente y ricas en etiquetas negras, podría obligarse a todos los alimentos con alguna etiqueta a cambiar su gama de envasado desde los colores llamativos a los sobrios grises, beige y pastel. La presencia de una etiqueta negra en un envase brillante no es disuasivo suficiente para un pre-escolar, como sí lo sería envolver la chatarra en cambuchos cafés en lugar de plásticos fosforescentes. Segundo, el ministerio debería tomar la altura promedio de niños de 14 años (que es la edad fijada por el ministerio bajo la cual se prohíbe publicidad de cachureos poco saludables) y ordenar a los almacenes y supermercados (¡y farmacias!) que no coloquen bajo esa altura nada que tenga etiqueta negra. Hoy son precisamente las pócimas más tóxicas las que se encuentran al alcance de los niños. En el futuro, al revés, así como los medicamentos con receta se encuentran detrás del mesón, los brebajes y “comidas” etiquetados podrían ir en las estanterías superiores, evitando así pataletas innecesarias de los pequeños consumidores y dejando en los adultos la capacidad de decisión.

Obesidad a la magallánica

Se supo recientemente que Magallanes ocupa el primer lugar a nivel nacional de obesos mayores de 15 años, con un 34 por ciento de este segmento de la población en esa categoría (versus el 26 por ciento del promedio nacional). Por si eso fuera poco, nuestra región también lidera el ranking de niños obesos menores de seis años, con más de un 13 por ciento del total (versus el casi 10 por ciento nacional). Le planteo el tema a una amiga doctora, que lidia día a día con quienes llevan a cuestas esos kilos demás, y me responde en una frase: prevención es la solución.

Basta con mirar un poco alrededor, sin embargo, para darse cuenta de que los incentivos para prevenir no están dados. Al contrario, lo que más hay son soluciones parches (literalmente) para quienes ya cruzaron el umbral hace rato. Cuando es más fácil dejar que un cirujano plástico nos abra para sacarnos la grasa acumulada que cerrar la boca para dejar que esa grasa se haga parte de nosotros, la tentación es grande de recurrir al primero. Cuando hacerse un baipás gástrico se convierte en algo tan común como taparse una caries, muchos gorditos pierden la mala conciencia de seguir sumando kilos. Total, los pecados se expían en la sala de operaciones… y con anestesia. Y a la hora de las compras, ¿para qué comprar verduras y frutas frescas, cuando muchas veces son más baratos los alimentos envasados, los chocolates, las galletitas? Diabéticos, hipertensos e infartados, los magallánicos no estamos para ganar maratones, ni siquiera las que se corren en nuestra propia tierra.

El ejemplo más indesmentible de que la campaña para prevenir la obesidad no existe es nuestro templo de la salud: el Hospital Regional. Aquellos que han estado en alguna cola o sentados esperando su turno sabrán a qué me refiero cuando digo que el olor a fritanga fresca (y no a desinfectante) es el aroma distintivo de dicho recinto. Diligentes comerciantas se hacen la América vendiendo sus creaciones hipercalóricas por los pasillos, y tentando de capitán a paje. Más de alguien rememorará la experiencia de llegar al mesón y ser atendido por una funcionaria que empuña el lápiz en una mano y disimula con la otra un milcao bien grasiento envuelto en alusa (añorando que llegue la hora de colación para zampárselo). Y esto, para no hablar de la cafetería con la comida menos de hospital del mundo. En ésta, el combo de desayuno más sano es el nescafé con aliado de jamón y queso derretido. Las alternativas son nescafé con sopaipillas chilotas, o calzones rotos, o masitas con crema pastelera. ¿Habrán oído alguna vez hablar del colesterol alto y de las arterias tapadas? ¿O será que están necesitados de clientes, y desde la cafetería los derivan directo a pabellón? ¿Qué dirán los nutricionistas del recinto, si es que los hay? ¿O se habrán tomado un sabático?

Por un lado, es admirable la honestidad brutal de este lugar. Es como si hasta los propios doctores hubieran tirado la toalla y hubieran asumido que somos la capital de la obesidad en Chile, ¡y a mucha honra! Por otro lado, es penoso que se sigan curando las enfermedades que resultan de la gordura con pastillas, cuando sería mucho más eficiente cortar la dosis de chicharrones y punto. Si no toma la iniciativa quien pone el afrecho, desgraciadamente, difícil será pedirle abstención a los chanchitos.

Contra el libertinaje alimenticio

Entre tanta mala noticia, la aprobación en el Senado de la ley para regular la venta y etiquetado de alimentos fue lejos lo mejor de la semana. Que se prohíba la venta de comida chatarra en los colegios es sin duda el punto más importante dentro de ésta: con uno de cada cuatro menores de seis años con sobrepeso, la única manera de atajar este problema es educando. Y esta ley reconoce que la educación no pasa sólo por la lectura de textos y por la entrega de panfletos informativos, sino también y sobre todo por transmitir una forma de vivir y de comer más saludable. El tema de etiquetar claramente los contenidos de sal, grasa y azúcar de los productos también es clave, considerando que los artilugios de los publicistas para vender productos chatarra como saludables son infinitos. A modo de ejemplo: aquí en Australia publicaron hace poco un estudio donde mostraban cómo los cereales para niños más dulces y menos alimenticios atraían a los padres compradores con el mensaje de “enriquecido con calcio y minerales”. Por suerte, este “lavado de ingredientes” fue denunciado, pero por mucho tiempo pasó anónimo.

Que esta ley esté por salir adelante, sin embargo, no ha sido gratis. De hecho, pasó por comprometerse a aceptar un veto presidencial que supuestamente la “suavizará” y eliminará algunos de los artículos que más nerviosos pusieron a ciertos empresarios, autoridades y supuestos liberales. Hay una afirmación de estos últimos, sobre todo, que me gustaría analizar: que esta ley generará un mercado negro de golosinas, ¡sólo comparable a la ley seca de alcoholes que rigió a Estados Unidos en los años ’20!, y que viola la libertad de elegir de los consumidores, asumiendo que éstos son incompetentes para tomar decisiones sobre su alimentación.

Creo que quienes hacen este tipo de declaraciones confunden libertad con libertinaje. Amenazar a la audiencia con estos argumentos sobre un “negro” verde panorama donde lo único que podremos comer –por orden del Estado serán pepinos y lechugas, desinforma y confunde. La comida chatarra no se prohíbe en todo el territorio chileno, sino sólo en los colegios, estos recintos donde se inculcan –querámoslo o no– buena parte de los hábitos de los futuros ciudadanos. Además, hasta donde sé, la ley tampoco prohíbe la venta ni consumo de estos productos menores de 18 años, por lo que fuera de estos establecimientos los niños y jóvenes pueden comer lo que quieran (si a estos padres les preocupan tanto las libertades de sus niños, pues que los abarroten de golosinas llegando a casa… ) Presentar la ley sólo como prohibitiva tampoco es justo, ya que ésta también propone: incluye entre sus puntos el fomento de la actividad física en los colegios (problema crítico para la generación virtual), y programas educativos sobre alimentación saludable.

En cuanto a revelar claramente el contenido de los alimentos en las etiquetas, si esto no es aumentar la libertad de los consumidores, entonces ¿qué es? ¿No es más libre acaso quien sabe lo que come que quien lo desconoce? Quienes de verdad se preocupen de la autonomía de los consumidores actuales y potenciales debería estar celebrando –y no entrabando– esta ley de buen sentido.

It was good to have coffee the other day. Let’s do it again soon.