Pappapermisjon

Una amiga de visita por tierras noruegas me comentó sorprendida, después de hacer el city tour de rigor por Oslo, que nunca se habría imaginado que había tanto hombre cesante dando vueltas. Intrigada por el comentario, le pregunté que de a dónde había sacado esa idea, si la tasa de desempleo promedio del país no llega ni al cuatro por ciento… ¡todo un récord para Europa! “¿Y entonces cómo vi a tantos papás paseando a las guaguas en coche a pleno día?”, preguntó la muy despistada. “Pues muy simple – respondí. El secreto se llama ‘pappapermisjon’ (literalmente, ‘permiso de papá’).”

Los que mi amiga había tomado por cesantes resignados a cuidar a los hijos a falta de trabajo fijo eran en realidad padres que se toman los tres meses de permiso pagado que ofrece el Estado noruego a aquellos que han tenido un hijo recientemente (distribuyendo el posnatal de la madre entre los dos). La medida, que comenzó a regir hace más de una década, se tomó pensando en incentivar a los hombres a asumir una relación más igualitaria a la hora de criar a sus hijos, y fue ganando popularidad a través de los años. Hoy nadie se sorprende de ver a parejas de amigos paseando a sus respectivos retoños por los parques de la ciudad, ni de ver a un papá sentado solo en un café dándole mamadera a su guagua. En términos laborales, ha servido para disminuir el estigma de que contratar a una mujer en edad reproductiva es un mal negocio; al fin y al cabo, aquí también los hombres en edad reproductiva son “un mal negocio” si optan por tomar su ‘pappapermisjon’, compartiendo así el tiempo de posnatal con sus parejas.
Esta cultura más igualitaria que ha costado trabajo construir está, sin embargo, en peligro. Bajo el nuevo gobierno de centro-derecha, uno de los proyectos de ley más bullados consiste precisamente en dar a los padres la opción de acortar en cuatro semanas el permiso legal que tienen hoy, de 14. El fin de la medida, dicen, es darle a la familia la libertad de decidir por sí misma si quieren dividirse el posnatal o no, en lugar de imponerles a los padres un permiso que quizás no tienen ningún interés en tomar: ¿quién tendría interés, después de todo, en cambiar un tranquilo trabajo de 9 a 4 por una imparable vorágine de cambios de pañales, esterilización de mamaderas y chillidos mucho peores que los del más tiránico de los jefes, por 24 horas y sin domingos ni festivos?

El nuevo gobierno no entiende que lo que llama “libertad” es en verdad un retroceso a la manera tradicional occidental cuando se trata de criar hijos: mamá en casa y papá puertas afuera. Si se da a los padres la “opción” de acortar su permiso, la presión para que lo hagan aumentará, sobre todo de parte de los empleadores menos dados a respetar estas cuotas igualitarias. Lo que no entienden (o prefieren ignorar) quienes proponen la nueva medida es que las “libertades” de los ciudadanos no están determinadas sólo por leyes, sino mucho más por un completo aparataje de usos, costumbres y expectativas no escritas, que se construyen quizás en parte a través de dichas leyes, pero que van al mismo tiempo mucho más allá de ellas.

Es de esperar que Noruega no tuerza el rumbo hacia el pasado y que, al contrario, muchos más países implanten el ‘pappapermisjon’ en el futuro próximo. La idea es buena para todos: las madres, que reciben el apoyo necesario cuando más lo necesitamos; los hijos, que desde pequeños tienen una relación más cercana con sus padres; y los padres, que desarrollan un aspecto de su personalidad antes atrofiado bajo la dualidad de roles masculino-femenino. La que más gana, al fin, es la sociedad en su conjunto, más integrada y menos discriminadora.