Auto-cuidado

Tras un año y medio viviendo en Oslo, la capital de Noruega, si hay una cosa que no deja de sorprenderme es la cultura de auto-cuidado escandinava, que se presenta como todo un desafío para quienes estamos acostumbrados a las alertas, avisos, letreros de “¡Peligro!” y barreras de contención. La idea de que hay que hacerse responsable por los propios pasos desde que se tiene conciencia está tan enraizada en este país del norte que a los extranjeros al comienzo nos cuesta entenderlo… tanto que muchos debemos pegarnos un par de porrazos antes de internalizarlo.

La escuela del auto-cuidado (para horror de quienes hemos sido educados a la usanza latina-mediterránea) se inicia en el mismo barnehage o jardín infantil, que aquí parte desde el año (o sea, incluye la sala cuna). Como está rodeada de bosque, muchos de los jardines infantiles en Oslo quedan literalmente en medio de la naturaleza, y quienes los administran no se preocupan mucho de hacer que ésta sea menos dura con sus pequeños clientes. A la vuelta de donde vivo, por ejemplo, hay un miljobarnehage, que significa que todas las actividades se desarrollan puertas afuera – en invierno, verano, otoño y primavera, llueva, truene o relampaguee. Pues bien, en el gran patio que es este jardín hay una formación de rocas de unos dos metros de alto, y a la transeúnte que aquí escribe le toca ver todos los días niños jugando al borde del precipicio o trepándose a él como si tal cosa. Lo que en cualquier otro país estaría cercado y señalizado como prohibido aquí es parte de lo cotidiano. La teoría es que hay que aprender desde niño a darse porrazos y a caer, y hay que saber levantarse. Cómo regular la intensidad del porrazo es el talento secreto que aún no logro descubrir: se ven niños parchados y enyesados, sí, pero al parecer los accidentes nunca son tan serios como para cambiar de política.

Lo mismo vale para los paseos, urbanos o no. Existe, por ejemplo, una popular caminata que sigue a lo largo del río que divide la ciudad. Hay partes donde éste cae torrentosamente y, especialmente después de la lluvia, el caudal es para respetarlo. Mientras en otros lares se habrían ocupado de cerrar y poner letreros alertando a caminantes despistados, aquí el sendero corre en partes literalmente junto al agua, sin vallas de por medio. Un día le pregunté curiosa a una amiga noruega que cómo lo hacía una madre paseando a su guagua en coche si, por mala suerte, se le resbalaba éste al torrente. La respuesta no fue que eso nunca pasa, sino al contrario: me contestó muy suelta de cuerpo que a su mejor amiga le había pasado exactamente eso, pero que no pasó a mayores, ¡porque el coche se enredó entre unos troncos un par de metros río abajo! (Es de suponer que el pequeño tripulante a bordo al menos iba con cinturón de seguridad.)

En el bosque, en tanto, sorprende cómo en invierno los esquiadores cruzan tranquilos por el medio de grandes lagos que suponen congelados. Por ninguna parte se ven avisos de “Seguro cruzar” o “Hielo quebradizo”, pero los noruegos saben. Saben dónde meterse y dónde no. Y se sorprenden cuando ven a una afuerina al borde del hielo cavilando a ver si se lanza o no a la aventura.

Los ejemplos podrían seguir: miradores al borde de acantilados sin barreras ni avisos que entorpezcan la estética; niños sin casco lanzándose en trineo a toda velocidad por la pendiente; peatones que surcan las calles congeladas como bailarines por las pistas, a pesar de lo resbaloso. Por mi parte, creo que un solo letrero valdría la pena poner y éste estaría en el aeropuerto dando la bienvenida: “¡Cuidado que aquí no hay letreros advirtiendo cuidado… excepto éste.”

Pappapermisjon

Una amiga de visita por tierras noruegas me comentó sorprendida, después de hacer el city tour de rigor por Oslo, que nunca se habría imaginado que había tanto hombre cesante dando vueltas. Intrigada por el comentario, le pregunté que de a dónde había sacado esa idea, si la tasa de desempleo promedio del país no llega ni al cuatro por ciento… ¡todo un récord para Europa! “¿Y entonces cómo vi a tantos papás paseando a las guaguas en coche a pleno día?”, preguntó la muy despistada. “Pues muy simple – respondí. El secreto se llama ‘pappapermisjon’ (literalmente, ‘permiso de papá’).”

Los que mi amiga había tomado por cesantes resignados a cuidar a los hijos a falta de trabajo fijo eran en realidad padres que se toman los tres meses de permiso pagado que ofrece el Estado noruego a aquellos que han tenido un hijo recientemente (distribuyendo el posnatal de la madre entre los dos). La medida, que comenzó a regir hace más de una década, se tomó pensando en incentivar a los hombres a asumir una relación más igualitaria a la hora de criar a sus hijos, y fue ganando popularidad a través de los años. Hoy nadie se sorprende de ver a parejas de amigos paseando a sus respectivos retoños por los parques de la ciudad, ni de ver a un papá sentado solo en un café dándole mamadera a su guagua. En términos laborales, ha servido para disminuir el estigma de que contratar a una mujer en edad reproductiva es un mal negocio; al fin y al cabo, aquí también los hombres en edad reproductiva son “un mal negocio” si optan por tomar su ‘pappapermisjon’, compartiendo así el tiempo de posnatal con sus parejas.
Esta cultura más igualitaria que ha costado trabajo construir está, sin embargo, en peligro. Bajo el nuevo gobierno de centro-derecha, uno de los proyectos de ley más bullados consiste precisamente en dar a los padres la opción de acortar en cuatro semanas el permiso legal que tienen hoy, de 14. El fin de la medida, dicen, es darle a la familia la libertad de decidir por sí misma si quieren dividirse el posnatal o no, en lugar de imponerles a los padres un permiso que quizás no tienen ningún interés en tomar: ¿quién tendría interés, después de todo, en cambiar un tranquilo trabajo de 9 a 4 por una imparable vorágine de cambios de pañales, esterilización de mamaderas y chillidos mucho peores que los del más tiránico de los jefes, por 24 horas y sin domingos ni festivos?

El nuevo gobierno no entiende que lo que llama “libertad” es en verdad un retroceso a la manera tradicional occidental cuando se trata de criar hijos: mamá en casa y papá puertas afuera. Si se da a los padres la “opción” de acortar su permiso, la presión para que lo hagan aumentará, sobre todo de parte de los empleadores menos dados a respetar estas cuotas igualitarias. Lo que no entienden (o prefieren ignorar) quienes proponen la nueva medida es que las “libertades” de los ciudadanos no están determinadas sólo por leyes, sino mucho más por un completo aparataje de usos, costumbres y expectativas no escritas, que se construyen quizás en parte a través de dichas leyes, pero que van al mismo tiempo mucho más allá de ellas.

Es de esperar que Noruega no tuerza el rumbo hacia el pasado y que, al contrario, muchos más países implanten el ‘pappapermisjon’ en el futuro próximo. La idea es buena para todos: las madres, que reciben el apoyo necesario cuando más lo necesitamos; los hijos, que desde pequeños tienen una relación más cercana con sus padres; y los padres, que desarrollan un aspecto de su personalidad antes atrofiado bajo la dualidad de roles masculino-femenino. La que más gana, al fin, es la sociedad en su conjunto, más integrada y menos discriminadora.

Dos tipos de paternalismo

En Noruega diríase que hasta los zancudos confían en el estado de bienestar. Al contrario de sus pares latinoamericanos, ávidos chupasangre nocturnos, los zancudos noruegos son pura buena onda. Vuelan lento, no meten ruido y cuando pican apenas dejan huella. Es como si tuvieran la certidumbre de que la comida no les va a faltar, como si supieran– a diferencia de sus pares de países sumidos en un neoliberalismo mal concebido – que sus existencias transcurrirán más o menos apaciblemente, independiente de cuanto luchen o se esmeren, o cuán emprendedores se muestren.

Esta actitud, presente hasta en los insectos, se manifiesta obviamente en toda su claridad en los humanos, y marca una diferencia fundamental en lo que se refiere a la propia “parada ante la vida”. Para una que viene de un país donde una enfermedad grave, un accidente inesperado, un recorte de personal en el trabajo o un embarazo de trillizos constituyen un vuelco radical y – dependiendo de los recursos propios – una verdadera tragedia personal y familiar, encontrarse con una sociedad donde todos esos eventos están “cubiertos” es un impacto mayor. Claro está, el cáncer no es menos doloroso ni terrible aquí que en cualquier parte, pero quienes lo padecen pueden tener la seguridad de que no les faltarán ni los paliativos ni la red de apoyo para sobrellevarlo de la manera más digna posible. Aquellos que están solos (y que son muchos, en estas sociedades) reciben diariamente lo que se llama hjemmehjelp, “ayuda a domicilio”, profesionales contratados por el Estado o la municipalidad respectiva para visitar a quienes por uno u otro motivo no pueden valerse solos. Hasta los padres primerizos reciben apoyo: las primeras semanas después del parto es común recibir la visita de una enfermera o matrona que los instruye en los cuidados básicos.

La lógica de fondo no es, como predican sus detractores, que el Estado haga las veces de “niñera” y trate a ciudadanos adultos como infantes incapaces de cuidarse por sí solos. Más bien, lo que hay bajo este mullido colchón de protección social es la certeza de que, para que una sociedad sea lo más justa posible, las oportunidades deben ser también lo más parejas posibles para todos. Lejos de creerse el cuento de que el mérito es un asunto plenamente individual, aquí se parte de la base de que lo que somos es resultado sólo en parte de nuestra dotación genética y habilidades innatas, pero mucho más de nuestra crianza, de nuestro entorno y red social, y de los estímulos que tuvimos o no a lo largo de nuestro desarrollo desde la infancia hasta la adultez. Se asume así que quienes son más exitosos que otros (sobre todo en materia económica) tienen tanto que agradecerle a la sociedad en la que están insertos como a sí mismos. Y pagar impuestos proporcionalmente más elevados no es así considerado como un asalto de la máquina estatal, sino como un justo devolver la mano.

Lo raro de quienes critican los fundamentos del estado de bienestar así entendido es que generalmente olvidan criticar lo mucho que hay de paternalismo soterrado en el sistema que ellos mismos proponen. “Que cada uno decida qué educación darle a sus hijos”, “que cada uno vea el fondo de pensión que más le acomoda”, “que cada cual elija el sistema de salud que quiere para él y su familia”, son las típicas frases con las cuales los anti-bienestaristas creen apuntar al corazón de sus enemigos. Pero yerran el blanco. La falacia implícita en argumentos de este tipo es creer que eliminando el papel protector del Estado se eliminan también todo tipo de paternalismos inaceptables, de ésos que desnivelan la cancha de juego y dejan a los individuos – según la suerte que les tocó – a un centímetro del arco o en medio de la cancha sin ningún prospecto de llegar a meter nunca un gol. Cuando no es el Estado quien garantiza un colchón mínimo de seguridad para sus ciudadanos, son cada uno de éstos los que tienen que procurárselo a sus hijos, amigos y cercanos. De esta manera, son literalmente los “hijos de papá” y aquellos “bien conectados” quienes van seguros por la vida.

Quienes se oponen al Estado “niñera”, en suma, debieran oponerse también a la familia “niñera” y partir eliminando leyes paternalistas por definición, como la de herencia. Si se quiere de verdad que cada uno se rasque con sus propias uñas, decida libremente y se valga por sí mismo, esto sería lo menos que se podría pedir como punto de partida. Dudo que ninguno de los que se llenan la boca con el discurso de reducir los impuestos y promover la iniciativa individual esté dispuesto a cortar con este tipo de privilegios. Y no hay nada obvio, sin embargo, en considerar a este tipo de paternalismo más aceptable que aquél.

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Un libro de texto (pero sobre todo de subtexto)

Tras más de medio año viviendo en Oslo sin entender mucho los cantados balbuceos a mi alrededor, he decidido tomar el noruego por las astas y meterme a un curso intensivo para así al menos poder preguntar por la ubicación de una calle, el precio de las naranjas y entender los titulares de los diarios. Como preámbulo, partí pidiendo un libro diseñado para adultos que llegan para quedarse y necesitan aprender el idioma: una condición para la residencia permanente es pasar un test de noruego básico-intermedio. Aunque éste no es mi propósito, el libro me llamó la atención desde el título: “Møt Amina”, o sea, “Conoce a Amina” o “Te presentamos a Amina”. Sin quererlo, el ejemplar en cuestión es un festín semiológico, un tesoro sobre el cual Roland Barthes podría haber dictado cátedra durante horas, por la cantidad de niveles de significado que pueden descubrirse en él. Partiendo por el título: Amina es un nombre árabe, o sea, pertenece a uno de los grupos mayoritarios de inmigrantes aquí. No se dice de qué país proviene, pero sí se dice que en él las condiciones de vida no eran buenas. Que faltaba la comida. Que las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres. Que los niños no reecibían la atención gratis de doctor y dentista que reciben aquí. “Qué suerte vivir en Noruega”, es el mensaje más o menos evidente que supura de cada página: “Qué agradecidos que debemos sentirnos de haber venido a parar a este paraíso escandinavo”.

Cuando no se ha salido mucho del propio país, hay una cantidad de reglas y costumbres que damos por obvias hasta que vemos otras realidades, y nos damos cuenta de que no lo son. Los cuatro hijos de Amina (como la mayoría de los inmigrantes, la protagonista ha contribuido a la explosión demográfica) no han pasado por las dificultades que ha pasado su madre y representan a la nueva generación, que será plenamente integrada en sociedad y que no conoce aún las realidades de otros lares. Cuando se dan duchas demasiado largas, Amina recuerda su país, donde el agua potable era un lujo. Cuando quieren salir con los amigos en vez de ayudar a hacer el aseo el sábado por la mañana, Amina les dice que aquí los niños tienen que participar en las labores hogareñas y que las madres no son (como en latitudes como la suya), sirvientas sin goce de sueldo. Cuando piden irse al “vinterhytta” o cabaña de invierno de los compañeros de curso para el feriado de Pascua, Amina se alegra de que sus hijos, a diferencia de los de sus amigas en su país de origen, puedan disfrutar de la infancia. Y así.

Capítulo por capítulo, se van aprendiendo nuevos verbos, adjetivos, adverbios y sustantivos, pero sobre todo las nuevas maneras que deben adoptarse y aceptarse para pasar a formar parte de esta sociedad que se ve a sí misma como igualitaria, democrática, solidaria y llena de oportunidades. Así, se nos informa que aquí los profesores de colegio pueden ser hombres o mujeres, que niñas y niños practican deportes juntos, y que la educación es gratis para ambos. Cuando la vecina de Amina, una turca casada con noruego, se queda embarazada, nos enteramos de que aquí las madres tienen un año de post natal pagado y los padres hasta tres meses, pero también que se puede libremente abortar hasta las doce semanas de embarazo. Cuando llega la hora de la reunión de apoderados, se nos dice que aquí las parejas pueden estar casadas o convivir, que la mitad de los niños nacen fuera del matrimonio y que la mitad de quienes se casan se divorcian. También hay parejas de hombres con hombres y mujeres con mujeres. Gays y lesbianas aquí no van a la cárcel, ni son apedreados, ni deben esconder su realidad por miedo a la discriminación.

Gracias a “Conoce a Amina” he aprendido no sólo a pedirle lo que necesito en noruego a la vendedora de la tienda. Ante todo he aprendido hasta qué punto es clave la educación para mantener vivos los rasgos predominantes de una cultura, sobre todo cuando ésta recibe grandes cantidades de nuevos residentes, crecidos con otros hábitos y prejuicios integrados. Me he preguntado, en el fondo, cuál es el punto en que la educación se transforma en lavado de cerebro, y si todos los lavados de cerebro son igual de reprochables, sobre todo cuando el cerebro que se lava viene de un país como el de Amina. Concluyo que incluso el más escandinavo de los paraísos debería unir al deseo de integrar a los alienígenas una dosis de autocrítica. Si no, un libro aparentemente inocuo como éste puede revelarse como una biblia de las propias taras exaltadas como virtudes u omitidas por completo, haciendo perder en él lo que sí es valorable: una descripción honesta de lo que una sociedad considera como sus valores esenciales.

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Tu basura es mi energía

banana fuel

Vengo llegando de Tromsø, ciudad noruega de 70 mil habitantes ubicada en el paralelo 70 norte, donde a estas alturas del año el sol da vueltas en redondo sin jamás ponerse. Una que cree, como puntarenense, que en materia de días largos y noches cortas ya lo ha visto todo, igual se queda con la boca abierta enfrentada a 24 horas de luz diurna. La luna y las estrellas se van de vacaciones en estos meses de verano boreal, y los pájaros andan más despistados y trasnochados que los turistas, cantando a las 2 de la mañana como si fuera mediodía.

De vuelta en Oslo, los días sí son largos, pero algo de noche queda. Lo que me deja la boca abierta aquí, sin embargo, no son los fenómenos naturales, sino la última ocurrencia de la municipalidad: una campaña publicitaria para explicarle a la población que ahora toda su basura orgánica (léase restos de comida, cáscaras varias, bolsas de té, yogures vencidos, etc.) es transformada en biocombustible que mueve los buses de la ciudad. Ya son más de 100 máquinas las que andan circulando con este sistema, y el objetivo es llegar a 400, la totalidad de la flota. En los afiches en cuestión aparecen niños con babero de distintas nacionalidades jugueteando con los restos del almuerzo y una leyenda en distintos idiomas (los de las mayorías inmigrantes) que dice algo así como: “Con lo que dejas en el plato movemos nuestra flota verde de buses”. Plop.

En verdad, Noruega ya hace rato que hace noticia por convertir la basura en energía. Mientras que la orgánica se usa para biocombustible y biofertilizante, los demás desechos domésticos e industriales van a unos incineradores gigantes que producen electricidad suficiente para calentar la mitad de Oslo durante los meses más fríos.

Tanta es la demanda que ya están importando basura de Inglaterra, Irlanda y Suecia, y estudian nuevos “mercados” de donde traerla. Negocio doblemente redondo, ya que estos países le pagan a las empresas noruegas por deshacerse de los desechos, y éstas a su vez cobran a sus consumidores por la energía producida. Pero, ¿por qué la obsesión de transformar la basura en energía, en un país donde hay instaladas más de mil mini centrales hidroeléctricas y donde el carbón y el petróleo brillan por su abundancia?

Considerando que su exportación número uno y la fuente de su riqueza es el petróleo, sindicado como el principal responsable del cambio climático, los noruegos se han propuesto reducir su impacto ambiental partiendo por casa, y una manera de hacerlo es ésta. Además de producir mucho menos emisiones de CO2 que con la quema de combustibles fósiles, los incineradores convierten a los vertederos en cosa del pasado. El biometano que resulta de tratar los desechos orgánicos, en tanto, no genera emisiones extra. Todo el proceso ya está bien estudiado y ordenado: los desechos domésticos en Noruega se dividen en una bolsa azul para plásticos y otra verde para restos de comida (vidrios, latas, cartones y papel van aún en otros contenedores). Estas bolsas se reparten gratis en los supermercados y, luego de ser ocupadas y recolectadas por el camión de la basura, son clasificadas por un robot para luego ser enviadas a sus respectivos centros de reaprovechamiento.

Cuan loable parezca el proyecto, sin embargo, me parece que hay un motivo para intranquilizarse y es que, dependiendo de cómo se administre, puede generar incentivos perversos. Como ya han apuntado algunos, el objetivo principal debería ser disminuir la cantidad de basura industrial y doméstica total, antes que buscar transformarla en una fuente de energía. Si en unos años más se ve que la basura industrial y doméstica sigue aumentando o se mantiene constante, habría buenas razones para revisar la lógica del sistema. Si, peor aún, otros países europeos siguen el ejemplo noruego (como ya lo están haciendo Suecia, Alemania y Austria), ¡podría llegarse al absurdo de que la basura escasee! En la búsqueda de ese delicado equilibrio es que Noruega y los demás debieran jugarse su reputación de verdes de verdad.

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La Ley Finnmark, Patagonia Sin Represas y la redemocratización de los recursos naturales

Finnmark es el nombre de una región en el extremo noreste de Noruega que ocupa un área equivalente a las regiones de Los Lagos o Tarapacá. Es un lugar de extremos, donde el sol brilla a medianoche en verano y se esconde de noviembre a enero, en los meses más crudos del invierno. Es el hogar de 200,000 renos, unos pocos lobos y la aurora boreal – ese espectáculo celeste que atrae a miles de turistas cada año. Es también donde los nativos Sami han vivido por miles de años como pastores nómades, pescadores y cazadores. 40.000 en toda Noruega, la mitad de los Sami viven en Finnmark, donde representan un cuarto de la población.

 Aunque también los hay en Suecia, Finlandia y Rusia, los Sami noruegos son quizás los mejor conocidos, por la especial relación que han logrado forjar con el Estado noruego y su gente. Aunque sin poder legislativo, la creación del Parlamento Sami en 1987 les dio una oportunidad para ser oídxs en la arena política, luego de décadas de relativo abandono. Su reconocimiento en la Constitución en 1988 fue un paso para preservar su cultura, idioma y tradiciones. Pero fue la ratificación de la Ley Finnmark, en 2005, la que marcó un salto cualitativo en término de poder político. ¿Qué es esta ley, cómo se forjó y cómo se relaciona con una Patagonia sin Represas?

La primera en su tipo en el mundo, la Ley Finnmark transfirió el 95 por ciento de esta región desde el Estado noruego a sus habitantes, representados por una agencia a cargo de administrar el uso del agua y la tierra. Compuesta de seis miembros, tres son elegidos por el Parlamento Sami, y tres por el Consejo del Condado de Finnmark (donde hay Samis y no Samis). El líder del directorio es elegido de manera alternada por ambos organismos.

Lo que hace única a la Ley Finnmark es que propone un nuevo camino para la administración de la tierra y los recursos naturales dentro de los Estados, abriendo una tercera categoría entre lo privado y lo público: esto es, lo localmente controlado. Aunque inspirada en gran medida por la necesidad de reconocer las actividades económicas tradicionales de los Sami y su concepto de tenencia de la tierra (donde la propiedad privada está fuera de su mapa conceptual), esta ley debe ser vista ante todo como un instrumento legal que da especial reconocimiento a las demandas territoriales de quienes han transformado su entorno y se han dejado transformar por él – más allá de si son indígenas o no. Claro está que la ley admite mejoras. Dos puntos polémicos son que sólo incluye los recursos renovables – dejando fuera el petróleo y los minerales –, y excluye los derechos de pesca en aguas marinas, seguramente una concesión a la poderosa industria pesquera. Éstos, sin embargo, no están fuera de la discusión, y la posibilidad de que se integren en el futuro no está completamente cerrada.

¿Cómo se forjó la Ley Finnmark? Mi interpretación favorita es que fue el producto final y no intencionado de un largo movimiento de reivindicación de los derechos Sami y, más profundamente, de los derechos de las comunidades locales a tener control real – y no meramente voz – sobre las decisiones que los afectan directamente. Este movimiento fue gatillado por lo que se conoce como la controversia de Alta, un proyecto para construir una represa en el río Alta, en Finnmark, a fines de los ’70. El plan inicial fue rechazado porque implicaba inundar un pequeño pueblo Sami y afectaba sus actividades de pastoreo de renos y pesca de salmón. Unidos a grupos ambientalistas, los Sami presentaron demandas judiciales, organizaron protestas y huelgas de hambre y participaron en actos de desobediencia civil, encadenándose frente al sitio de construcción. La batalla, sin embargo, se perdió, cuando en 1982 la Corte Suprema le dio la razón al gobierno noruego, y la represa fue finalmente construida.

Lo que parece una derrota a primera vista, sin embargo, fue un cimiento para la organización de los Sami como grupo y para su aparición en la agenda política. Pero no sólo eso. Hizo que el gobierno noruego y su gente se abrieran a la posibilidad de que personas con diferentes concepciones de la tierra, el territorio y la propiedad pueden convivir en un mismo país, incluso si esa coexistencia requiere negociaciones por ambos lados y paciencia para el diálogo.

¿Qué tiene que ver esto con la actual oposición al proyecto Hidroaysén en la Patagonia chilena y, más en general, con la oposición al modus operandi habitual del Estado chileno cuando evalúa proyectos de este tipo? Más de lo que aparece a primera vista.

 Quienes conocen nuestra historia de controversias ambientales seguramente señalarán aquí que el punto de comparación obvia con Alta es la oposición de los Pehuenche a la central Ralco (también de Endesa, una de las dos compañías detrás de Hidroaysén). Este proyecto hidroeléctrico fue aprobado en 1998, luego de años de oposición de ambientalistas y comunidades indígenas del Alto Bío-Bío, forzadas a desplazarse. En vez de marcar un antes y después, sin embargo, lxs que se opusieron a Ralco permanecieron ignoradxs por el Estado chileno. Para colmo de males, un Museo Pehuenche fue construido en los alrededores, convirtiendo a la cultura viva que acababa de ser hundida en un ítem histórico.

Es cierto que la controversia de Ralco sirvió tanto a ambientalistas como a grupos indígenas a organizarse, levantar una sola voz y captar la atención de los medios. Pero no sirvió para cambiar los métodos jerárquicos y centralizados del Estado chileno al evaluar megaproyectos que amenazan tener un profundo impacto a corto y largo plazo en las poblaciones locales y el medio ambiente. Usando ese mismo enfoque se aprobó la planta de celulosa Celco en Valdivia, que provocó la muerte (como era predecible) de más de dos mil cisnes de cuello negro; y también Pascua Lama, a pesar de la amenaza de contaminación y escasez de agua para los agricultores del valle del Huasco. Con ese mismo enfoque también se aprobaron las cinco represas del proyecto Hidroaysén, en 2011, generando protestas masivas en la región y en todo Chile. Está por verse lo que sucederá con la segunda parte del proyecto: la línea de transmisión de más de dos mil kilómetros.

Dada la creciente presión sobre recursos naturales cada vez más escasos, las decisiones sobre cómo administrarlos serán cada vez más disputadas. En países ricos en dichos recursos, como Chile y Noruega, esto debería llevar a la decentralización de los procesos de toma de decisión y a una real democratización, donde no sólo participen los sospechosos de siempre. En este sentido, mientras los efectos prácticos de la Ley Finnmark aún están por verse, el ejemplo que pone – donde la comunidades locales tienen mayor poder sobre las decisiones que las afectan – debería ser una inspiración para quienes se oponen a que el Sur (esto es, la Patagonia) se convierta en el motor del Norte (esto es, la poderosa industria minera).

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Esquí para todos, vino para pocos

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Me vengo bajando de los esquíes. Después de todo, le hallo sabiduría al dicho de que “donde fueres, haz lo que vieres”, y en las tierras altas escandinavas lo que se ve es mucha gente esquiando. Verdaderas hordas. De lunes a viernes y ni qué decir fines de semana y festivos. Familias completas, desde los abuelitos hasta las guaguas, herméticamente selladas en unas cápsulas-trineo arrastradas por el padre de familia, y escoltados todos por el perro regalón, que generalmente lleva chaqueta de polar y zapatitos para que no se le hielen las almohadillas de los pies.

En Oslo, donde me encuentro, esquiar es más barato que hacer yoga o ir al gimnasio. Más sorprendente aún, en oferta un equipo completo de esquís de cross-country (que son los más populares dada la geografía circundante) cuesta lo mismo que doce botellas de Gato Negro Cabernet Sauvignon, o que cinco de algún vino francés Château Quelque-chose más encopetado. Considerando que los inviernos duran casi la mitad del año (de noviembre a marzo, aproximadamente), la inversión se paga rápido, y la diversión no tiene precio. En Scandi – como le dicen sus hinchas a Escandinavia – se da la paradoja de que un deporte tan elitista como esquiar es lo más democrático del mundo, mientras que una necesidad tan democrática como tomarse una copa de vino está reservada para las élites (o para quienes, como la escribiente, prefieren sacrificar otras cosas con tal de que nunca falte el tinto). Tiendas de esquí hay por montones compitiendo por ofrecer los mejores precios; tienda de vino, en cambio, hay una sola: el Vinmonopolet, abierto en horarios más restringidos que embajada, y cobrando unos impuestos para hacer temblar hasta a quienes se creen socialdemócratas. La escala de valores, definitivamente, es otra, e internalizarla sirve para reflexionar sobre la propia y sacar un par de conclusiones. Aquí van dos.

En primer lugar, si bien es cierto que el clima influye en buena parte sobre las maneras y los hábitos de la gente, no hay que confundir influencia con determinismo. La típica queja puntarenense de que el sedentarismo y la obesidad regional son culpa del clima, por ejemplo, huele a mala excusa tan pronto se compara el estilo de vida propio con el de habitantes de este hemisferio a similar latitud. Oslo es tan frío y oscuro como Punta Arenas en invierno, y peor, pero nadie ocupa el termómetro como fundamento para arrellanarse en el asiento o convertirse en el rey de la sopaipilla. Al revés, hasta en los días de más cruda nevazón anda la gente caminando por las calles, y a los niños se los premia con naranjas en vez de chocolate… lo que a la madre magallánica le da frío de sólo pensarlo. El punto es que el ambiente influye, sí, pero está en cada uno atajar la entropía y no dejarse llevar.

En segundo lugar, es claro el rol de las leyes como formadoras de hábito a corto y mediano plazo, y de cultura a largo plazo… la que a su vez inspira nuevas leyes. Que el esquí y la vida al aire libre sean parte de la vida cotidiana en Noruega se debe en buena parte a los incentivos institucionales para que así sea: entre ellos, que el transporte público llega hasta las pistas mismas y que la ley laboral exige a los empleadores dejar una hora y media semanal para que los empleados practiquen deportes. Que casi no haya borrachos, por otro lado, es también un efecto de las leyes, más que del espíritu abstemio escandinavo. Se puede estar de acuerdo o no con estas medidas (el monopolio estatal del alcohol, por muy bien intencionado que sea, distorsiona los precios; y quizás el fútbol es mejor que el esquí para la salud pública), pero el punto es otro: las normas y regulaciones, o ausencia de ellas, terminan por internalizarse en las conductas cotidianas. Dictar normas y regulaciones que nos encaminen hacia donde queremos ir ya es dar un primer paso hacia esa meta.

El pastel noruego

Skrik!, Edvard Munch

Sigo con la boca abierta como en el Grito del pintor noruego Edvard Munch (arrriba), pero afortunadamente por estos lares ya hace demasiado frío para que entren moscas. Hace dos semanas, escribí sobre lo que llamé la “receta noruega”: una exitosa combinación de políticas públicas democráticas y participativas, cultura igualitaria y ganancias billonarias gracias a las exportaciones de petróleo, que convierten a este país en un envidiado modelo. En la presente columna, quiero decir algo más sobre el “pastel noruego” a través de tres episodios.

Siguiendo las usanzas locales, el fin de semana partí al Marka (el bosque vecino a Oslo) a recolectar las últimas callampas de la temporada. ¿Instinto suicida? No. Simple aplicación del principio que aquí reina: la confianza. Como buena chilena, harto me costó creerle a mi guía experto que estábamos sacando los champiñones comestibles, y que no íbamos a terminar peripatéticos al primer mordisco. Como sería mi suspicacia que lo dejé a él que probara primero, cual gato de pescador en época de marea roja. Como era de esperar, sigo vivita y coleando, y la generosa platada de chanterelles quedará registrada en mi memoria.

Además del ejercicio de confiar, me ha tocado practicar también el de la ley pareja… tan pareja que no se puede creer. Invitada por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oslo, tuve la suerte de coincidir con otra visita: nada menos que el archiconocido y archipolémico filósofo estadounidense Noam Chomsky. Como era de esperar, la facultad le organizó una comida para homenajearlo, con sólo 30 invitados. ¡Y entre ellos estaba yo! Después de mis experiencias laborales en mi propia tierra, donde varias veces quedé descalificada de las cenas de aniversario y de fin de año por falta de méritos, resulta que aquí, apenas llegada, me hacen parte del equipo y me invitan al evento más exclusivo del año. Si eso no es buena práctica para ganarse la lealtad de la gente, no sé qué podría serlo.

La tercera parte del pastel no es tan alegre, me temo, y tiene que ver con el petróleo, motor de la bonanza económica del país y del alto estándar de vida de sus habitantes. “¿Cómo puede salir algo tan verde de algo tan negro?”, me preguntó retórico un amigo. Y no podría haber sintetizado mejor el dilema de una sociedad que se dice y se cree sustentable, pero cuya principal fuente de ingresos de sustentable no tiene nada. Quizás porque ven venir lo que se conoce como peak oil (el punto máximo de extracción de petróleo mundial, tras el cual viene el declive sí o sí), crearon el Fondo de Pensiones Noruego, donde van a parar todas las ganancias de esta industria, incluidos los impuestos y royalties a las compañías privadas que lo explotan. Gracias a él, las generaciones actuales de noruegos tienen su vejez asegurada. Después, algo inventarán o quién sabe qué vueltas dará el destino. Por mientras, sus menos de cinco millones de habitantes pueden seguir huyendo en sus autos eléctricos a sus “cabañas” de fin de semana de cinco habitaciones y con jacuzzi incluido, trotando para la salud de lunes a viernes y disfrutando intensamente del pastel que todavía no se acaba.

Auto eléctrico enchufado en una calle de Oslo

La receta noruega

Estoy en Oslo, con la boca abierta la mayor parte del tiempo y una reacción de entre sana envidia y suspicacia que no logro quitarme. Estoy, después de todo, en la capital de Noruega, país convertido en mito por aquellos que creen que el Estado no es inevitablemente un elefante torpe que absorbe recursos sin provecho; un ejemplo favorito para quienes buscan demostrar que el Estado de bienestar fundado en una democracia activa funciona, y genera una sociedad donde nadie tiene que angustiarse porque mañana no tendrá pan en la mesa, ni educación para sus hijos, ni una buena cobertura de salud en caso de emergencias.

Si hay barrios callampa en esta ciudad, todavía no los encuentro, y debo decir que me he pasado buenas horas recorriéndola de punta a punta gracias a un servicio de transporte público que está entre los mejores del mundo. Mendigos he visto varios, gitanos sobre todo, pero noruego ninguno. Para ver que la igualdad hombre-mujer funciona basta pasearse por las calles: nunca había visto más padres llevando coches que aquí, y no sólo los domingos, sino toda la semana. El friluftsliv, o vida al aire libre, es otra nota alta de la salud social: uno de cada tres noruegos practica deportes de manera sistemática, y en el invierno el esquí es gratis para todos: basta con tomarse el metro hasta la estación Frognerseteren, en la punta del cerro, y volver a casa esquiando, por los senderos municipales que en invierno se convierten en pistas.

¿Cuál es el secreto noruego? En un artículo llamado “El modelo nórdico: ¿Sustentable y exportable?”, los economistas Carlos Joly y Per Ingvar Olsen dan seis razones que apuntan a explicar por qué el estado de bienestar no es un mito y no genera necesariamente masas de sanguijuelas felices de vivir a costa de los demás. En breve, éstas son las razones que dan (y que cuentan también para los demás escandinavos): un mecanismo constitucional para resolver disputas laborales, que rara vez termina en huelga y donde el Estado es mediador; un régimen de impuestos que, contra lo que generalmente se cree, no es altísimo para los más ricos, sino más bien igualitario (28% sobre utilidades en promedio), con bajísima evasión y un impuesto sobre los recursos naturales que, por sobre cierto nivel de utilidades, obliga a las empresas a pagar extra por “cosechar” dichos recursos. (Me pregunto cuánto habría pagado Escondida bajo estas leyes. Sólo este primer semestre, la minera australiana aumentó sus utilidades en 23%, de 1.607 a 1.979 millones de dólares).

A lo anterior se suma que no se cuestiona el rol del Estado como regulador del mercado; que las fuentes más importantes de patrimonio son las propiedades (casas y tierra), y no los papeles volátiles que llevaron a la economía mundial al colapso. Los bancos y aseguradoras, además, son mayoritariamente locales y no transnacionales y, por último, el sistema está armado de tal manera que los incentivos son para colaborar en lugar de competir con los demás.

Dicho esto, creo que hay al menos otros dos ingredientes indispensables en la “receta” noruega: primero, la cultura democrática e igualitaria –y con fuertes raíces protestantes– que ha tomado siglos  construir, y la riqueza generada por el petróleo (son los sextos exportadores en el mundo). Que todas las anteriores condiciones no son sólo suficientes, sino también necesarias para llegar al resultado noruego es mi sospecha… sospecha que, de ser cierta, pone la vara alta para quienes quieran replicarlo.

Esta columna también se encuentra en La Prensa Austral