Jineteadas patagónicas: ¿deporte nacional?

jin noContra la idea tradicional de definición, donde se busca especificar la característica esencial de una cosa, Ludwig Wittgenstein sugirió en sus Investigaciones Filosóficas que aquellas cosas que llamamos por el mismo nombre están conectadas por una serie de similitudes y coincidencias que se traslapan, sin haber un solo rasgo común a todas ellas. En un ejemplo que se ha tornado famoso en la filosofía del lenguaje, Wittgenstein pregunta cómo sabemos que una actividad determinada es un juego. Sin necesitar una definición, dice Wittgenstein, resulta que podemos usar la palabra correctamente, y decir qué es un juego y qué no lo es; vemos (intuitivamente) el parecido de familia entre el ajedrez, el bridge, las escondidas y el solitario, aunque ninguno de ellos comparta todas las características que podrían mencionarse como definitorias: competitividad, placer, respeto a ciertas reglas… Un punto fundamental aquí es que el uso de las palabras está atado al contexto y no puede disociarse de él. Surge de formas de vida y modos de ver el mundo, por lo que sin entender estas formas o estos modos difícilmente entenderemos qué cabe en una palabra y qué no.

Con esto en mente, me parece que el proyecto de ley que busca convertir las jineteadas patagónicas en deporte nacional se inserta en una forma de vida y un modo de ver el mundo donde el maltrato a animales todavía se considera deporte, y donde se reviste lo supuestamente tradicional con un manto de corrección e inviolabilidad – como si agregarle este adjetivo a algo lo hiciera mejor o preferible a sus alternativas no tradicionales. Uno de los autores del proyecto, el diputado DC por Aysén Iván Fuentes, dice que ésta es una “fiesta donde se dan cita la destreza del jinete y la fuerza del pingo, pero además el arte, la cultura, la artesanía local.” El otro autor, el diputado DC por Magallanes Juan Morano, recalca que, de convertirse en ley, las jineteadas “se van a poder practicar en todo Chile, y las organizaciones van a tener mayor facilidad a la hora de pedir permiso y financiamiento público.”

El proyecto, que ya fue aprobado por seis votos a favor y una abstención en la Comisión de Deportes de la Cámara de Diputados, hoy espera ser discutido en la Sala y ser votado por el Senado durante septiembre. Ante esto, varias organizaciones pro defensa de los derechos animales han alzado su voz de preocupación, y ya convocaron a una marcha de protesta para el 5 de septiembre en diez regiones del país, además de armar una lista de firmas para quienes quieran oponerse al proyecto.

Volviendo a Wittgenstein, creo que en esta discusión lo que hay que atacar es tanto la comprensión de lo que es maltrato como de lo que es deporte, y de lo que tiene de especial (o no) la tradición. Además, algo hay que decir acerca del carácter nacional de esta propuesta que, de aprobarse, será financiada por todos los chilenos.

Lo que se busca legalizar aquí es un tipo de actividad que, si bien puede haberse considerado normal en un cierto contexto histórico (inicio de la actividad estanciera, soledad de los trabajadores, falta de sensibilidad y de información científica respecto al sufrimiento animal) ya no tiene justificación. He escuchado de algunos que buscan aprobar el proyecto que “el caballo de la jineteada es menos maltratado que el novillo del rodeo”. O sea, se reconoce el maltrato, pero se da el consuelo de los tontos: ¡los animales protagonistas del rodeo lo pasan peor! Al revés, ¿no debería ser ésta una razón para prohibir el rodeo en vez de aprobar las jineteadas? Otros simplemente no ven maltrato en domar a un potro a punto de golpes, patadas, chorros de agua fría y fuerza bruta. Se presenta como poesía y arte una subyugación obligada y sometimiento innecesario del animal a estrés. Para peor, se presenta el espectáculo de la jineteada como familiar, perpetuando así en nuestros hijos la creencia de que azotar al vecino es malo, pero azotar a un caballo es deporte. Si queremos una sociedad cuya forma de vida sea más compasiva y comprensiva con el sufrimiento de otros (humanos y no humanos), deberíamos dejar fuera de la categoría deporte todo aquello que implicara abuso de fuerza y daño a otros, cuando este potencial daño no es mutuamente consensuado (como sí lo es, por ejemplo, en el caso del boxeo).

Además de desconocer que el maltrato es maltrato y no deporte, el otro argumento de quienes promueven las jineteadas es que son una actividad arraigada en la cultura local, que se ha hecho toda la vida. Para empezar, toda la vida debe entenderse aquí como 150 años o menos, que son los que tiene la cultura estanciera en la Patagonia (hasta donde sé, no tengo antecedentes de que los Selknam hayan jineteado a los guanacos y, aunque lo hubieran hecho, tampoco le daría más peso al argumento). Para seguir, la violencia intra-familiar, la conducción bajo los efectos del alcohol y la tenencia irresponsable de mascotas también son prácticas arraigadas en nuestra cultura local. ¿Las convertimos también en deportes nacionales? El argumento de que lo tradicional es bueno, por sí solo, es tan malo como el argumento de que el Iphone 6 será mejor que el 5.

En cuanto al carácter nacional de la iniciativa, me parece preocupante que los impuestos de los chilenos terminen financiando este tipo de actividades. Si lo que se quiere es preservar al gaucho patagónico, mejor que el dinero se invierta en capacitarlos en la técnica de susurro a los caballos, que usa el amor en vez del chicoteo. Esa sí que sería una linda postal y una buena manera de promover a nuestra región en Chile y el mundo: gauchos susurradores de nueva generación surcando la pampa.

jin siPor último, si bien no menos importante, en su apuro porque el proyecto sea aprobado, el diputado Morano calificó de “ofensa a los magallánicos” la posición del diputado independiente por la región, Gabriel Boric, que retiró su inicial patrocinio al proyecto luego de revisar antecedentes de maltrato animal durante las jineteadas. Si le sirve de consuelo, Diputado Boric, a mí como magallánica no me ofende nada (al contrario, me tranquiliza) que nuestra región tenga representantes capaces de enmendar sus errores a tiempo y no persistir en ellos por honor mal entendido. Además, me parece anti-democrático por parte del diputador Morano meter a todos los magallánicos al saco de partidarios de las jineteadas sin haber hecho una consulta previa al respecto.

Amarrar a un potro a un palenque para luego pegarle hasta lograr taparle los ojos, ensillarlo y montarlo por la fuerza no debiera ser considerado como un deporte, y y menos debiera ser financiado por todos los chilenos. Es de esperar que diputados y senadores se informen, piensen y se pongan no sólo en los zapatos del jinete sino también en las herraduras del caballo antes de votar este proyecto.

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“Caso Pollos”: La furia equivocada

Mucho se ha hablado estos últimos días sobre el fallo del Tribunal de Defensa de la Libre Competencia (TDLC) que acogió el requerimiento de la Fiscalía Nacional Económica (FNE) y sancionó por colusión a las tres mayores empresas productoras de pollo en Chile, Agrosuper, Ariztía y Don Pollo. Entre 2006 y 2011, se acusa a estas empresas de haber controlado los precios a través de la Asociación de Productores Avícolas (APA), ahora disuelta también por orden del Tribunal. Tras el fallo, el ministro de economía Luis Felipe Céspedes se refirió al “Caso Pollos” como “el delito más grande de la competencia en Chile,” si se tiene en cuenta que “este producto constituye algo así como el 40 por ciento del consumo interno en materia de carnes, y afecta directamente al bolsillo de todos los chilenos.” A la sanción de 60 millones de dólares que deberán pagar entre las tres empresas (25, 25 y 10, respectivamente), el SERNAC por su parte anunció que podría sumar nuevas acciones legales para compensar a los consumidores que se vieron afectados por el ilícito. La Sofofa, en tanto, declaró toda mala práctica que atente gravemente contra nuestra economía.

Los titulares y noticias al respecto suman y siguen, pero el enfoque no cambia demasiado. Aquí el ilícito fue ir contra las leyes del mercado y de la libre competencia; coordinarse para controlar la producción y así mantener un nivel “rentable” de precios a costa del público; perjudicar a la dueña de casa que tuvo que pagar veinte pesos más por la doble pechuga que lo que habría debido pagar si las curvas de oferta y demanda hubieran fluctuado sin manos negras interviniéndolas. Aquí las víctimas fueron los chilenos y sus bolsillos, la reputación del empresariado nacional y la economía misma, contra la cual se atentó gravemente. Pero, ¿y los pollos? ¿No se llama el escándalo “Caso Pollos”?

El TLDC declara en un comunicado que el acuerdo respecto a la cantidad a producir por las tres empresas “fue controlado o ajustado mediante sugerencias de carga, matanza de crías u otras políticas o mecanismos coordinados.” ¿Matanza de crías? ¿Cuántas en total, cuántas al año, en qué circunstancias? ¿Y a dónde fueron a parar sus cadáveres? Quienes reportearon la noticia pasaron por encima del sufrimiento inútil de miles de animales sacrificados gratuitamente por una pingüe ganancia económica. No debería parecer tan rara dicha omisión, dirán algunos, en una sociedad donde los animales “para carne” son tratados como si tuvieran un estátus ontológico independiente de los demás. Los animales “para carne” son tratados como objetos, no como seres que sufren y gozan igual que nosotros, a su manera claro está; los animales “para carne” no tienen rostro, sino que se transforman en sus partes (pechugas, trutros, lomo, asiento, chuleta); los animales “para carne” no se ven nunca en vida, sino tan solo ya procesados y enfundados en alusaplast sobre asépticas bandejas de plumavit. Si nos diéramos la molestia de ver las vidas que llevan, quizás, más de alguno que se jacta de lo rico que le queda el pollo a la naranja lo reemplazaría raudo por un buen plato de porotos. Es más fácil, para poder seguir dándonos nuestros gustitos pequeños sin remordimientos, ignorarlos, esconderlos y dejarlos a la sombra de toda publicidad, ajenos a las cámaras, invisibles (¿cuántos de quienes comen pollo, pavo y cerdo ha entrado a la granja industrial y luego al matadero a ver cómo los “procesan”?)

El Caso Pollos, a mi parecer, revela dos enfermedades que debemos enfrentar pronto como sociedad. Una, ya bien diagnosticada por el TDLC, es la enfermedad del lucro por el lucro, cuando ninguna utilidad es suficiente y se está dispuesto a ir contra la ley y contra ciertos mínimos principios morales si ésa es la única manera de aumentar los ceros al final del balance. La otra enfermedad, igual o más grave, es la insensibilidad casi total con la que tratamos hoy a cientos de miles de animales que hacemos nacer para criar amontonados y cautivos en condiciones que nadie quiere ver, y que sacrificamos para ponerlos al plato innecesariamente (considerando la cantidad de alternativas que existen a una dieta carnívora). Otro de los datos que pasó inadvertido en el Caso Pollos fue que, dentro de los diferentes tipos de animales que se consumen en Chile, los pollos ocupan casi la mitad, con un consumo promedio de 30 kilos per cápita al año. En una población de 16 millones de chilenos, eso significan 480 millones de kilos … ¿a cuántos animales muertos equivale esa cantidad? ¿Alguien se ha puesto siquiera a hacer el cálculo?

Si no por compasión y empatía mínima, al menos por preocupaciones sanitarias (tanto hacia el medio ambiente como hacia la salud humana) deberíamos cuestionarnos estas cifras. Tanto como para denunciar las malas prácticas empresariales, el Caso Pollos debería servirnos para revisar nuestras malas prácticas como consumidores – y, en último término, como animales humanos tratando y maltratando a los demás.

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Ojos que no ven, corazón que no siente

ojos que no venSi hay un refrán que haría desaparecer de la faz del idioma es “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Éste hace pensar en ciertos rasgos que corroen a una sociedad en lugar de fortalecerla; que ensalzan lo que no es motivo de ensalzamiento; que celebran como una gracia lo que de gracioso nada tiene. Hipocresía, mentiras, omisiones culpables, elección de la ignorancia como forma de vida. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, piensa la mujer que pretende no saber que su hombre le es infiel porque es mejor estar casada, después de todo, que separada o divorciada. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dicen aquellos que saben de un jefe abusador, pero han tenido la suerte de no ser abusados. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es la actitud de todos aquellos que compran sus patitas de pollo en aséptica bandeja de plumavit, prefiriendo ignorar de dónde salió el pollo, cómo fue su vida y qué cosas hicieron posible que llegara al lejano estante de supermercado.

Tiene que ocurrir algo que dañe demasiado a los ciegos por elección para que el refrán se deje de lado. Esto ocurre cuando el marido infiel ya no es sólo infiel, sino además golpeador; cuando uno mismo se transforma en el objeto de los abusos del jefe; cuando resulta que el aséptico pollo no es tan aséptico y termina enfermando a quienes lo consumen. Esto último acaba de ocurrir hace poco con la noticia de que 43 mil kilos de pollo de Agrosuper (o mejor dicho 21 mil animales, si se quiere ser humano con el uso del lenguaje) presentaban altos niveles de dioxina, un agente tóxico con efectos nocivos para la salud humana a corto y largo plazo. Episodios así tienen que salir a la luz para que los medios y la opinión pública fijen su atención en la producción industrial de carne y cuestionen sus métodos. Aunque la actitud general sigue siendo que es mejor no saber demasiado acerca de qué comemos (¡las sorpresas desagradables que nos llevaríamos!) si está en juego el propio bienestar, pues ahí cambia la cosa.

De ahí la importancia de desenmascarar, para que los consumidores tarde o temprano extiendan su preocupación exclusiva por la salud propia a la preocupación por el bienestar de aquellos seres sacrificados a su servicio.

Este desenmascaramiento es precisamente lo que busca eliminar una ley que ya ha sido aprobada en varios estados de Estados Unidos y que, es de esperar, no se contagie a otros lares. Conocida como la Ley de Terrorismo Animal y Ecológico (Animal and Ecological Terrorism Act), lo que pretende es justamente convertir el refrán citado más arriba en una obligación legal: quien se atreva a fotografiar o filmar lo que pasa dentro de un criadero de pavos o chanchos o cualquier otra granja industrial no sólo será calificado de criminal, sino que además será ingresado en un registro nacional de “terroristas animales y ecológicos.” Parece de Orwell, pero es cierto, y es el resultado del poderoso lobby de aquellos que buscan mantener al público en la ignorancia para seguir vendiendo carne tan poco ética como saludable. Una medida así es para ponerse en alerta: si se califica de “terroristas” a quienes valientemente fiscalizan por sus propios medios lo que las instituciones estatales deberían fiscalizar (y esto ad honorem y para beneficio de humanos y no humanos), pues entonces qué hay de todo otro tipo de fiscalización independiente? ¿Se transformará “buen periodista” en sinónimo de “terrorista”, y se condenará toda investigación que no sea llevada a cabo por agentes oficiales?

Lo terrorista y terrorífico, en realidad es prohibirles a los consumidores que sepan lo que consumen. Si éstos prefieren seguir con la banda sobre los ojos, allá ellos. Pero elegir el camino de ojos que no ven, corazón que no siente, debería ser una decisión propia y nunca impuesta por quienes se dicen representantes de la ciudadanía.

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Pasándolo chancho

Tras lo ocurrido en el criadero de cerdos de Agrosuper, en Freirina, si hay algo que me ha llamado la atención es la manera de enfocar el problema por parte de los medios: con el ojo puesto exclusivamente en esa pobre gente que ha tenido que soportar los malos olores por meses y meses, y una nula atención a las verdaderas víctimas del caso: aquellos 500 mil animales creciendo hacinados y viviendo vidas que no vale la pena vivir.

Ya lo han dicho varios estudios científicos. Los chanchos son más inteligentes que los perros, y más también que un ser humano de tres años. Además, cualquiera que haya tenido la oportunidad de verlos creciendo libres sabe lo sociables que son y cómo se relacionan con su parentela. Lo que sigue son simples datos de la causa que, a mi juicio, deberían hacerle al lector pensar dos veces antes de comprar la próxima chuleta. Y quien quiera más información puede encontrarla en la página de PETA, el grupo de Personas por el Tratamiento Ético de los Animales.

En granjas industriales como la recién clausurada de Agrosuper, las madres chancho (que, en condiciones normales, igual que las humanas, forman lazos duraderos con sus crías), pasan la mayor parte de su vida en jaulas de “gestación”, tan pequeñas que ni siquiera pueden darse vuelta. Cuando dan a luz, se las deja por unos 10 días con sus hijos, tras los cuales se las separa, para preñarlas de nuevo. Así se la pasan de tres a cuatro años hasta que se las manda al matadero.

Para evitar el canibalismo y la agresión, considerando las condiciones de hacinamiento en que crecen, a los chanchitos se les da la bienvenida al mundo cortándoles la cola y a veces se sacándoles los dientes (por supuesto, sin anestesia). Luego de que alcanzan el peso deseable para carnearlos, se los manda desde el “criadero” hacia la “planta procesadora de alimentos”, dos magníficos eufemismos para lo que en realidad deberían llamarse “cárcel en vida” y “matadero”.

En Estados Unidos, donde se han infiltrado activistas para denunciar la manera en que se termina con su corta y miserable vida, muchos chanchos están vivos todavía cuando se los lanza a las piscinas de agua hirviendo, diseñadas para suavizar su piel y hacer que pierdan el pelo, una vez muertos. En Chile, hasta donde sé, no ha habido denuncias explícitas al respecto, más que el video captado en la planta de Agrosuper por la agrupación Eligeveganismo.

A estos datos se suman aquellos que apuntan al daño ambiental de la carne producida industrialmente. Se calcula que un chancho promedio produce unos tres kilos de excrementos al día. Si esto se multiplica por el número de animales que había en la planta de Agrosuper, da 1500 toneladas diarias de caca. Ni modo que hayan salido malos olores. Por último, nadie se ha referido a la locura que significa ubicar un criadero de este porte en medio de una de las zonas más desérticas del país, donde el agua vale oro y probablemente el consumo del criadero se llevó un buen porcentaje.

Si es verdad que somos seres racionales y capaces de actuar humanamente, pues demostrémoslo, y partamos por nuestro plato: nadie se va a morir por no comerse una chuleta, pero sí le ahorraremos a un animal inteligente vivir una vida que no se merece.

Lunes sin carne: respuesta a algunas objeciones

Como era esperable ante la sugerencia de dejar de lado la carne por un solo día de la semana (en pro de la salud propia, de las demás personas, del medio ambiente y sobre todo en pro del bienestar de los animales mismos), recibí varias respuestas e inquietudes de lectores y amigos que paso a atender en lo que sigue:

  1. “Los Tuaregs no pueden vivir en el desierto y no comer carne.”

La idea del comentario es que comer carne, para al menos algunas culturas, es parte esencial de lo que son y de cómo lo son. Ok, toda la razón. Mi prima Berta vive en La Chacra, cerca de Castro, y parte de su negocio es vender lechones para la época del reitimiento chilote. No por eso la quiero menos ni la creo desalmada: en su mesa respeto que ellos coman carne, así como ellos también respetan que me quede con las papas y la lechuga. Pretender que el Lunes Sin Carne se transforme en una medida autoritaria y universal sería denegar que ciertos grupos humanos, efectivamente, aún la tienen como su sustento fundamental. El punto es que son minorías y que, la mayoría de las veces, son ellos mismos los que producen lo que comen: no conocen las bandejas de pechugas, sino sólo los pollos completos. En términos medio ambientales, en otras palabras, su daño es mínimo comparado con el que ocasionan las granjas industriales, que son lamentablemente las que proveen carne para la mayoría.

  1. “Yo como carne, y uno de los argumentos que más me conmueven y me invitan a pensar en dejarla es el del sistema productivo de la carne. Aunque más que dejarla, eso me hace pensar en disminuir el consumo y/o hacerlo más selectivo. El argumento del sufrimiento animal no me conmueve mucho, ya que pienso que hacemos sufrir a los animales (más bien a los ecosistemas) de muchas otras formas, como al consumir papel, sillas, vegetales, etc, todo eso implica cambio en el uso del suelo y por lo tanto perdida de habitat para animales.”

Entiendo que, para muchos, no es obvio que hacer sufrir a los animales sea algo moralmente incorrecto. Ésta es una de las preguntas más capciosas que me aparecen cuando me enfrento a un grupo de omnívoros: “¿Y si las espinacas también sufren? ¿Te morirías de hambre?” Pues no, obvio que no. Me la seguría comiendo, porque con lo poco que sé de biología me basta para saber que, sin sistema nervioso desarrollado, su “sufrimiento” (si existiera) sería tan extraño a nuestra comprensión que no podríamos aprehenderlo siquiera. Al contrario, el sufrimiento de un cerdo, de una vaca o de un pollo incluso me parecen tan evidentes e incuestionables que no tengo nada más que decir al respecto. Dicho esto, comparto la aprehensión de que hacemos sufrir a otros animales indirectamente, a través del consumo de madera o papel, por ejemplo. Y esto me hace pensar que, mientras no nos detengamos a pensar para qué consumimos todo lo que consumimos, seguiremos ganándonos el premio limón de las especies planetarias. Si bien no una solución, creo que en este caso específico el pensamiento de Albert Schweitzer es visionario: no nos queda más que asumir que para vivir necesitamos destruir, y ésa es la tragedia de la vida humana. Ante eso, la ética se impone como un deber de reflexión antes de la acción, pensar antes de actuar, preguntarnos con honestidad si de verdad el placer de comer foie gras vale el sufrimiento del pato al que le reventaron el hígado con grasa para que quedara más sabroso. En suma: pisar lo más livianamente posible sobre la Tierra, para parafrasear a otro filósofo visonario, el noruego Arne Naess.

  1. “Y si no nos comemos a los animales, ¿qué vamos a hacer con ellos?”

Esta pregunta-objeción es la que menos debería preocuparnos en la coyuntura en la que nos encontramos. Estamos a tantos años luz de que esto llegue a ocurrir siquiera, que no vale la pena ni preocuparse por responderla. En todo caso, es obvio que los 27 millones de pollos que mueren diariamente en Estados Unidos solamente (sólo por dar una cifra) no existirían si no fuera por el consumo desbandado. Y no puedo ver sino como tremendamente positivo que esos millones de vidas de miseria dejen de existir… Si bien hay algunos que quieren ir más lejos y apuntan a eliminar por completo la tenencia de animales, incluso domésticos, sólo lograr a la eliminación de las granjas industriales sería ya un paso gigante. En el vegetarianismo, como en todas las áreas donde se quiere crear conciencia, creo que no resulta ser talibán. Pero explicar esto sería motivo de otra columna…

Peras con perros

Leo en la página web de Fundación Terram que, según reciente información entregada por el Ministerio Público, Carabineros e Investigaciones, los dos principales delitos contra la naturaleza que se cometen en Chile son el maltrato animal y la contaminación de aguas. Si mi inolvidable y estrictísima profesora de matemáticas, Nelda Barassi, hubiera leído la noticia, no me cabe duda de que habría exclamado “¡No mezcle peras con manzanas, mijito!”
Poner en el mismo saco la matanza de quiltros callejeros en la comuna de San Joaquín con los derrames de químicos contaminantes en la Laguna de Aculeo no sirve para aclarar el marco normativo –tanto ético como legal– al que deberíamos aspirar en nuestro trato con los animales no humanos, por un lado, y con el medio ambiente en general, por otro. Si lo que se quiere es una institucionalidad ambiental de verdad mejorada, deberíamos partir por trazar estas distinciones. Por un lado, están en juego los intereses de seres que sienten placer y dolor como nosotros (en el caso de los mamíferos superiores), que tienen vidas propias y cuyas capacidades cognitivas y emocionales apenas empezamos a comprender –la etología es una ciencia en pañales y sus descubrimientos suelen ser el mejor antídoto para el orgullo antropocéntrico. Por otro lado, está en juego la salud y sustentabilidad de los complejos hábitats donde estas vidas se desarrollan y de los cuales éstas dependen.
Pero la inconsecuencia no termina ahí. Entre los casos de maltrato animal, se incluye como emblemático el “asado” de dos culebras de cola larga perpetrado durante un reality show de Canal 13. Terrible, sin lugar a dudas, pero cabe la pregunta obvia: ¿por qué es maltrato animal comerse a las culebras y no lo es el asado de vacuno dominical de cientos de miles de chilenos? ¿Porque son nativas y están en extinción, porque simplemente está mal comerse a otros seres vivos y sintientes como nosotros, o porque es de pésimo –y literal– mal gusto? Si se opta por la primera respuesta, pues entonces lo que importa no es el sufrimiento del individuo, sino la importancia que éste tiene dentro del sistema, y el delito debería recalificarse como daño al medio ambiente –así como lo es cortar alerces milenarios para fabricar tejas. Si lo que importa es el daño directo al individuo, entonces si se castiga el asado de serpientes con más razón debería penalizarse el de vacas, chanchos, pavos y pollos, con quienes compartimos una historia evolutiva más larga y con quienes empatizamos mucho más. Podría decirse, incluso, que estos últimos la pasan mucho peor que las serpientes, quienes al menos tuvieron una existencia digna y libre antes de morir, y no vivieron encerradas bajo luces de neón prendidas 24 horas. Y que, por tanto, deberíamos preocuparnos por el bienestar de éstos de manera más urgente que por el bienestar de aquéllas. Por último, si lo que se está castigando es el gusto torcido de cazar serpientes y comérselas, la justicia estética debería prohibir con más razón los mataderos y los criaderos industriales de aves y cerdos.
Mientras no nos detengamos a revisar las similitudes y diferencias que deberíamos trazar entre leyes animales y leyes ambientales, pues ni modo que seguiremos confundiendo peras con manzanas, o mejor dicho, peras con perros.

Esta columna apareció originalmente en El Magallanes

Carne (i)rracionalidad

Desde que opté por el vegetarianismo, cada nuevo año que no paso en Magallanes – lamento admitirlo – es un alivio. Decir que no a la chuleta de cordero en ambiente tan festivo es para los demás comensales y, sobre todo para el cocinero o anfitrión, como un baldazo de aguas glaciales. Lo peor de todo es que la pregunta por las razones cae siempre, para los vegetarianos, cuando es menos propicia: cuando uno ya se ha tomado un par de pisco sours y probablemente también unas copas de vino, y la pasión por los animales vivos – y no por sus cadáveres – se hace más intensa. Da lo mismo lo que uno responda, los inquisidores se sentirán casi siempre agredidos, como si fuera una ofensa despreciarles al muerto… Y no importa cuán discreto trate uno de ser disfrutando de los acompañamientos, pasará a la memoria de los comensales como el aguafiestas.

Después de años de práctica, lo primero que les recomendaría a los carnívoros que de verdad se interesen en conocer los argumentos de los vegetarianos es que no los pidan en la mesa. Para dar una respuesta acabada, en muchos casos, hay que recurrir a hechos de la causa bastante concretos que probablemente le hagan perder el apetito. Les pediría también que sofistiquen su defensa. A estas alturas, los contra-argumentos ya me los sé de memoria. Aquí van los clásicos, con la réplica respectiva. Uno: “¿Y cómo sabes que la lechuga no sufre?” Aplico biología elemental. La lechuga no es un mamífero como nosotros, en cambio los chanchos, vacas y ovejas sí lo son, con un sistema nervioso muy similar y reacciones ante el dolor que sólo un escéptico mala leche podría negar. Dos: “Pero y si los otros animales se comen entre ellos, ¿no es natural que nosotros también los comamos?” Si natural significa del Cuaternario, cuando había que corretear al mamut para no morirse de hambre, entonces sí es lo más natural del mundo. Pero ahora, cuando la pechuga de mamut se vende congelada en el supermercado, seguir comiendo carne de natural no tiene nada. Menos aún cuando se sabe de dónde viene: en su mayoría, de fábricas de muerte, donde se trata a seres vivos sensibles e inteligentes como un mero artículo de consumo. Es más, si algo nos distingue del resto del mundo animal es justamente nuestra libertad, ésa que según Scheler abre al hombre al “mundo” y no lo limita sólo a un “medio”. Nadie está predestinado a comer bife; y si seguimos optando por éste es simplemente por intereses egoístas. Tres: “Si dejamos de comer carne, estos animales se extinguirán…” A quien esté preocupado por la extinción de chanchos y pollos, le recomiendo que adopte a un par, les ponga nombre y disfrute de su inteligencia y de sus huevos frescos, respectivamente. Entre un mundo con miles de millones de animales que llevan vidas miserables para satisfacer un capricho humano, mejor uno con menos, pero mejor cuidados. Y cuatro: “Si nos hacemos todos vegetarianos se alterará el equilibrio ecológico.” La industria animal es una de las principales fuentes contaminantes de ríos y lagos, y los gases y flatulencias de bovinos y ovinos son tan responsables del calentamiento global como toda la industria del transporte. Podría seguir, pero se me acaba el espacio. Sigo esperando una buena razón para justificar la costilla al plato… y algo me dice que será larga la espera.

 

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Mi pedido de Navidad

Suponiendo que los oscuros pronósticos mayas y hollywoodenses para el 2012 pasen tan sin pena ni gloria como los augurios de Nostradamus para el 2000, y que el 2011 no sea simplemente el año para despedirse de nuestra existencia antes de la hecatombe, me gustaría que lo viviéramos de la siguiente manera: con razón de ser, como si por fin hubiéramos caído en la cuenta de quiénes somos y qué cosas nos están destinadas en este fugaz paso por la infinitamente minúscula (pero única e irremplazable) Tierra.

Mi pedido para este año es uno solo, pero no está en mis manos cumplirlo, sino en las de miles de millones. Es simple y, como todas las cosas simples, más complicado de lo que parece: pido que los consumidores por fin nos demos cuenta de que tenemos el poder, lo asumamos y lo ocupemos para batallar contra las injusticias globales y locales, para mejorar fallas que pueden fácilmente corregirse y para hacer de este frágil planeta un lugar más acogedor no sólo para unos pocos humanos afortunados, sino para todos los que lo habitan.

El consumismo es una y otra vez vilipendiado, acusado del cambio climático, de la miseria de millones, del colapso de la biodiversidad y del rápido agotamiento de los recursos naturales. Con puras malas connotaciones, se presenta ante el público como una verdad inevitable, el sino al cual la Humanidad está predestinada.

Lo que se dice menos y creo que debería recalcarse, al contrario, es que consumir es opinar, es dar nuestro voto, es hacerle un tic al costado a nuestro candidato preferido (sea lavalozas, línea aérea o marca de ropa). Más aún, tan análogo es consumir a acudir a las urnas electorales que incluso podemos votar nulo si no nos gusta ninguna de las opciones: no compramos, pasamos de largo, no agregamos ese ítem al carro de compras. Créanlo o no, señoras y señores, ese acto marca una diferencia.

Si Revlon decidió a fines de los años ’90 dejar de testear sus productos en animales, fue por la amenaza de un grupo organizado de compradoras de abandonar en bloque su lealtad a la marca. Si Coca-Cola Zero le quitó por fin el ciclamato de sodio a su versión latinoamericana fue por la protesta de asociaciones de consumidores de diferentes países, cuando descubrieron que se trataba de un agente cancerígeno prohibido en Estados Unidos y Europa. Si en 2015 California no tendrá más pollos enjaulados es por la presión que ciudadanos contrarios al maltrato animal pusieron sobre la legislación vigente. Si Nike ha mejorado en algo sus condiciones laborales y ambientales en sus fábricas asiáticas, ha sido por la activa oposición y denuncia de organizaciones de derechos humanos y medio ambiente.

Que a la lista de arriba siga un largo etcétera depende de cada uno de nosotros, pero no separados, sino todos juntos. Ahí está lo simple y lo complicado de este deseo de año nuevo. Al menos me comprometo aquí a hacer mi parte para cumplirlo.