¿El verdadero fin de “la fiesta del gas”?

A un año y medio de las protestas por el alza en los precios del gas domiciliario en Magallanes, el conflicto sigue latente. Frente a los rumores de que “el gas se acaba”, la voz definitiva de la autoridad en esta materia sigue siendo una incógnita.

Cuando era niña y viajábamos con mi familia al sur de Argentina, uno de mis recuerdos más vívidos es del camino entre Punta Arenas y Río Gallegos. Allí, en medio de la pampa desnuda, algo que capturaba poderosamente mi atención eran unos chorros de fuego eternamente prendidos que salían de unas largas cañerías; el único signo de presencia humana en kilómetros a la redonda. Cada vez que aparecía uno, preguntaba qué era esa llama y de dónde salía. Entonces, los grandes me explicaban que Enap (la Empresa Nacional del Petróleo y “niña símbolo” de Magallanes), no sabía qué hacer con tanto gas, y no les quedaba otra que quemarlo. La respuesta me dejaba entre atónita y orgullosa de la riqueza de mi tierra natal, sentada al parecer sobre un pozo de combustible tan abundante que podíamos derrocharlo. Y en efecto, la actitud y el estilo de vida magallánico por esos años confirmaba la abundancia: la cuenta del gas, motor de nuestra región, solía ser más barata que la del agua potable, y abrir las ventanas junto a la estufa prendida era un hábito generalizado que a nadie se le ocurría cuestionar.

Al mismo tiempo, la dependencia de este elemento para nuestras vidas era un hecho que se olvidaba hasta que ocurría una emergencia. Alguna vez, en pleno invierno, se cortó el suministro y el resultado fue la paralización de la ciudad. El par de días que duró el corte se suspendieron las clases y la mayoría de la gente tuvo que quedarse en casa. Como en una imagen sacada de novela naturalista del siglo XIX, recuerdo cómo nos vimos obligados a congregarnos alrededor de la chimenea; cocinando en una parrilla improvisada, tejiendo, escuchando la radio a pilas y haciendo las tareas bajo la luz de las velas. Bajo una mirada menos romántica, era la constatación de que nuestra economía – como dicen hoy los técnicos – se hallaba “indexada” al valor del gas. No sólo la calefacción (vital en este clima), sino también la electricidad y muchos de los autos privados y públicos quedaron parados, a la espera de superar la emergencia.

Dos décadas más tarde, todavía acostumbrados a que el gas cayera como maná del cielo, los magallánicos entraron en estado de shock cuando se anunció el alza en casi 17 por ciento del precio del gas residencial. Esto, para paliar las millonarias pérdidas de Enap, que vende el gas a la distribuidora regional Gasco a un precio muy menor al del mercado internacional. Era enero de 2011 y la región no se organizaba tan masivamente para protestar por algo desde los cacerolazos contra la dictadura. El gobierno central amenazaba con el fin de la “fiesta del gas”, y los magallánicos respondían bloqueando los accesos a la capital regional y haciendo rodar cabezas de ministros. El conflicto terminó con el compromiso del gobierno de reajustar los precios de gas domiciliario de acuerdo al IPC hasta 2016, enviar un proyecto de ley de tarificación y dar prioridad a los consumidores residenciales en caso de futura escasez. Quedó en el aire, sin embargo, la sensación de que ya nada sería como antes. Abrir las ventanas junto a la estufa prendida pronto sería una memoria para contarle a los nietos.

Hoy, a sólo un año y medio del conflicto, los rumores en Punta Arenas van y vienen. Mientras el recién nombrado intendente asegura que hay gas domiciliario para por lo menos cinco años más, un parlamentario regional da la alarma de que no quedan más que dos antes de que comience el racionamiento. En tanto, la planta petroquímica Methanex (la mayor consumidora industrial, que se lleva tres cuartos de la producción de Enap), anuncia que paralizará sus operaciones en 2013 por el alto costo del combustible. La Asamblea Ciudadana de Magallanes pide en declaración pública que Enap le haga frente a la crisis, acelerando las prospecciones de nuevos pozos, mientras algunos ya promueven la “nueva” fuente de energía regional: el decimonónico carbón… ahora gasificado. Y un 60 por ciento más caro.

¿Quién podrá defendernos? No hay que ser analista especializado para darse cuenta de que en el planteamiento mismo de este problema algo huele mal. Por un lado, Enap llora sus pérdidas y se anuncia que el fisco le transferirá de manera directa 30 mil millones en 2013, para seguir subsidiando el precio del gas domiciliario. Las autoridades locales, mientras, no ofrecen ninguna estrategia clara acerca de cómo se enfrentaría un racionamiento energético a corto plazo (y un radical cambio de la matriz energética, a mediano y largo plazo). Por otro lado, nos enteramos de que empresas privadas como Geopark y Petromagallanes sacan cuentas alegres de sus últimas prospecciones. Trabajando bajo los Contratos Especiales de Operación Petrolera, CEOPs (aprobados durante el reinado de la Concertación), quienes han llegado a Magallanes a explotar el petróleo y el gas natural no se han quejado hasta ahora de escasez ni pérdidas. Al contrario, los titulares de la prensa especializada se refieren más bien a sus crecientes utilidades, al descubrimiento de nuevos pozos y a sus alianzas estratégicas con los consumidores industriales. En concreto, por ejemplo, Geopark firmó en 2008 un acuerdo con Methanex para entregarle por diez años el cien por ciento del gas obtenido en el bloque Fell (uno de sus más importantes yacimientos, del cual adquirió completo control en 2006, tras renegociar su contrato con Enap).

La complejidad del lenguaje de las operaciones gasíferas y petroleras impide que una lega como la suscrita compare aquí los costos de explotación de Enap versus los de estas compañías privadas, analice sus respectivas estrategias de exploración y prospección y saque conclusiones iluminadoras acerca de por qué, puestas sobre el mismo territorio, muestran resultados tan diferentes. Un análisis de este tipo, sin embargo, se necesita urgente para poder decidir de manera bien informada cuál es el verdadero problema de Magallanes hoy en materia energética: la escasez de gas y punto, o un problema de gas acumulado en pocas manos.

Dicho esto, y más allá de cuántas reservas queden y cuál sea el costo de explotarlas, algo que la región hoy necesita urgente es una campaña de ahorro y de eficiencia en el uso de energía. Por ejemplo, la termoaislación no puede seguir siendo entendida como un lujo, sino como una necesidad, y promoverla – sobre todo cuando se trata de viviendas de autoconstrucción – debería ser prioritario.

Por último, recordarnos que la matriz energética de Magallanes se funda sobre un recurso no renovable debería dar el impulso para explorar más sistemáticamente el uso hasta ahora tímido de energías renovables no convencionales, como sol y viento (sobre el ir y venir de las políticas de estado en esta materia puede leerse en una anterior columna de Verdeseo). Se haga lo que se haga, es de esperar que sea con una mirada a largo plazo y no frente a los hechos consumados, esto es, con los habitantes tiritando de frío en la oscuridad en torno a la chimenea.

Esta columna apareció originalmente en Verdeseo y puede leerse también en El Ciudadano

Depresión post-paro

Aunque viví el histórico paro contra el alza del precio del gas a diez mil kilómetros del epicentro, enterarme de que se había llegado a acuerdo me emocionó igual. Admito, a riesgo de sonar cursi que, contra todos mis instintos anti-chauvinistas y pro-cosmopolitas, me enorgullecí de ser parte de ese ethos puntarenense, patagónico y porfiado. A la euforia, sin embargo, siguió un malestar creciente que se transformó en depresión. Ya sé, dirán algunos, que éste es el momento para celebrar y no para lamentarse. El problema fue que me puse a pensar en el futuro. Y el futuro es siempre incertidumbre, y la incertidumbre es siempre angustia. Esto fue lo que pensé:

Si la movilización ciudadana en Magallanes fue un éxito rotundo y transversal, se debió en gran parte a que la medida contra la cual se estaba luchando afectaba de capitán a paje, a toda la pirámide económica desde los micro-organismos (las micros Movigas) hasta los grandes depredadores o consumidores (y digo esto sin ánimo de sonar peyorativa: industria, empresa eléctrica y grandes negocios). No hay mejor acicate para la acción que cuando a uno le tocan el bolsillo, no importa cuán grande o cuán estrecho. Y eso se vio claro en la unidad desplegada. Pero, y aquí viene la primera pregunta depresiva: ¿será capaz Magallanes de mantener una sola voz cuando se discutan proyectos como Mina Invierno en Isla Riesco, de impacto profundo, pero cuyos efectos no le parecerán tan tangibles ni tan urgentes a la mayoría? Isla Riesco, a pesar de formar parte de la región, nos suena a quienes no somos estancieros a terra incognita, tal vez ni siquiera visitada; un espacio entre la realidad y el sueño de cuyas maravillas se oye hablar, pero del que ni siquiera se tiene una imagen mental. Para no perder más tiempo (el proyecto ya está siendo evaluado por CONAMA), pido a los lectores que cierren los ojos e intenten recrear en su cabeza lo que sería un hoyo negro de 180 metros de profundidad y casi 500 hectáreas de diámetro. ¿Lo toleraría en su patio, o en Tres Puentes, o camino a Natales? Sin duda preguntarían si me había vuelto loca, y no dudarían en organizarse contra la propuesta. Pero eso es más ni menos lo que se quiere hacer en uno de los lugares más prístinos de Chile, para luego alimentar con el carbón extraído las plantas termoeléctricas del Norte. Aquí a la vuelta, a sólo 160 kilómetros del indio de la plaza.

Segunda pregunta depresiva: ¿Mantendrá LAN ese altruismo a toda prueba que desplegó hacia los pasajeros varados durante las jornadas de paro? Reconozco que me tuve que leer la noticia dos veces. ¿LAN Airlines, dispuesta a compensar a las víctimas de la contingencia de último minuto? Creí estar en un mundo paralelo. Qué diferente sería la vida de los magallánicos si el respeto por las emergencias personales –y no sólo regionales– contara para las líneas aéreas no por pocos días, sino todo el año. Aprovechando el impulso, me atrevo a sugerirles que lo intenten, que no van a quebrar por hacerlo y que hasta se podrían ganar el respeto de sus clientes, que muchas veces no lo son por opción, sino porque no hay alternativa. Lo dejo hasta aquí, y perdón si he contagiado a alguien con mis cuitas.

 

Más información sobre el proyecto carbonífero Mina Invierno en El lado oscuro del carbón

La “fiesta” del gas

Antes que nada, un reconocimiento: ¡Gracias, magallánicos, por cumplir apenas comenzando el 2011 mi pedido de Navidad, formulado hace un par de semanas en este mismo espacio! Decía ahí que esperaba que “los consumidores por fin nos demos cuenta de que tenemos el poder, lo asumamos y lo ocupemos para batallar contra las injusticias globales y locales, para mejorar fallas que pueden fácilmente corregirse y para hacer de este frágil planeta un lugar más acogedor no sólo para unos pocos humanos afortunados, sino para todos los que lo habitan.” Dicho y hecho. La amenaza de un alza de casi 17 por ciento en las cuentas de gas de la región ha logrado generar una movilización ciudadana transversal, como de las que hace tiempo no se tenía noticia, y Magallanes se muestra ante el país y el mundo como un bloque unido y organizado. Al tiempo que escribo, comienza el paro indefinido hasta que el gobierno dé una mejor respuesta que un par de subsidios y la ofensiva recomendación de  “acabar la fiesta” (como si consumir gas natural fuera un hobby magallánico). Aquí aprovecho la ocasión para analizar tres justificaciones –a mi parecer insuficientes– que se han dado para la medida.

Primero, se ha dicho que ésta tiene como finalidad permitir la sobrevivencia y el futuro desarrollo de la ENAP. No soy ingeniera, pero no hay que serlo para darse cuenta de que esta afirmación no resiste análisis. La diferencia que pagarán los clientes magallánicos –residenciales, industriales, vehiculares y EDELMAG– no va a pagar la deuda de 4 mil millones de dólares que desangra hoy a la empresa estatal. Más aún, en proporción éstos consumen sólo un décimo de lo que se lleva Methanex, así que si es por juntar fondos, hacia otro cliente debiera dirigirse la mirada. El problema de ENAP no es meramente financiero, sino ante todo de estructura y cultura institucional. Si en algún lugar debería acabarse la fiesta es en esa empresa, donde algunos todavía se creen en tiempos de bonanza, cuando los trabajadores se tomaban el jugo de las latas de duraznos y botaban el resto a la basura (Literalmente. Ésta era una de las historias favoritas que me contaba mi padre cuando niña).

Segundo, se ha justificado el alza como una medida de justicia para el resto de los chilenos, que pagan hasta ocho veces más por un consumo similar. Objeción 1: la gran mayoría del “resto de los chilenos” viven en un clima donde el uso del gas se limita gran parte del año a calentar el agua para la ducha y cocinar los tallarines, y además poseen otras alternativas energéticas. Objeción 2: Si ecualizar para peor es el concepto de justicia que manejan nuestras autoridades, pues entonces con la misma lógica que apliquen precios magallánicos a las frutas y hortalizas del Mercado Central. A ver qué cara pone la casera cuando le cobren dos lucas por el kilo de tomates.

Tercero, se ha dicho que el alza responde al agotamiento del recurso, que se nos acaba el gas en un par de años. Me parece poco creíble que éste sea el caso (dadas las noticias aparecidas en años anteriores sobre nuevos yacimientos), pero más allá de eso creo que es aquí donde la crisis debería transformarse en oportunidad. Si por “derroche” se entiende un uso desmedido, entonces es cierto que en Magallanes se derrocha gas (y energía en general), pero no con dolo, sino por la simple razón de que la mayoría de las casas no cuentan con la aislación térmica adecuada. Y en esto estamos lejos de ser la excepción nacional. Si la idea de desarrollar fuentes energéticas alternativas es en serio, ¿por qué no hacer de Magallanes la pionera? Con paneles solares se tendría una excelente fuente de calefacción y agua caliente; y el viento podría gracias a granjas eólicas convertirse por fin de enemigo en aliado. Esperar que esta iniciativa surja de los privados, sin embargo, no tiene destino. Sólo el Estado fijando requerimientos de construcción más estrictos, haciendo campañas para el ahorro energético, dando incentivos económicos adecuados y creando subsidios constructivos (y no meramente parche) puede gatillar un cambio así. Sería histórico.