Pensando juntos un modelo de desarrollo

Desde comienzos de año, un pequeño grupo de magallánicos (por nacimiento y/o vocación y/o domicilio) comenzamos a reunirnos para discutir en torno a un concepto que de tanto uso hoy raya en lo trillado, pero cuyo verdadero alcance y significación no siempre se comprenden bien. El principal objetivo era entender de qué se habla cuando se habla de desarrollo sustentable. Más específicamente, nos planteamos la pregunta respecto a nuestro territorio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de desarrollo sustentable para Magallanes?

Para partir la investigación, lo primero fue buscar la definición general de desarrollo sustentable o sostenible, como prefieren llamarle algunos: “el desarrollo que satisface las necesidades de las generaciones actuales sin poner en riesgo la habilidad de futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades” (Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, 1987). Para que un emprendimiento sea sustentable, no basta entonces con que las cifras económicas sean azules al final; se necesita también que los costos sociales y ambientales no queden en rojo.

Con esta idea en mente, lo próximo fue ver cómo se utiliza hoy este término aplicado a nuestra realidad. Y… ¡oh, sorpresa! Véase, por ejemplo, la Estrategia Regional de Desarrollo Magallanes y Antártica 2012-2020, elaborada por el Consejo Regional de Desarrollo del gobierno regional. En esta suerte de plan maestro de cómo y hacia dónde queremos avanzar, la imagen objetivo es que, al 2020, nuestra región “habrá logrado un crecimiento y desarrollo económico sostenido y sustentable”. Las 32 veces que aparece este término a lo largo del documento, sin embargo, la referencia es casi exclusivamente a lo económico, dejando lo social y ambiental en segundo plano. Así, entre las industrias sustentables se mencionan la producción de carbón, la industria pesquera, la ganadería y la extracción de bosque nativo. Lo que no se dice en ninguna parte es cómo se quieren lograr todas estas “sustentabilidades” una por una, y todas juntas a un mismo tiempo (suponiendo que ello sea posible), ni si se pretende jerarquizarlas de acuerdo a algún criterio convenido en común.

Tomando en cuenta que, para quienes saben de planificación, el 2020 se encuentra a la vuelta de la esquina, parece urgente plantearnos hoy un modelo de desarrollo sustentable para Magallanes que cumpla al menos dos requisitos hoy ausentes en la actual Estrategia. Primero, dicho modelo no puede basarse simplemente en una aceptación incondicional de las actividades económicas y productivas que de hecho existen hoy en la región, sino que debe plantearse críticamente ante ellas, midiendo qué tan sustentables o insustentables son en sí mismas y en el contexto de nuestra institucionalidad. De acuerdo a ello puede elaborarse entonces una lista con aquellos emprendimientos que queremos y que no queremos, elaborando incentivos y desincentivos acordes. Por ejemplo, en lugar de asumir como una inevitabilidad histórica nuestra vocación carbonífera, habría que evaluar entre otras cosas si ésta se concilia con nuestra otra vocación, aquella que nos hace conocidos en el mundo entero: destino estelar para el turismo de intereses especiales de naturaleza; y uno de los últimos recovecos del planeta donde la locura extractiva aún no se ha desatado sin frenos.

Hecho este ejercicio clasificatorio, un segundo requisito es jerarquizar las actividades de acuerdo a una idea madre. Una estrategia sólo puede hacerse una vez que se tiene un objetivo claro, sea éste ganar una medalla olímpica o llegar a la hora al dentista. Al contrario, parece imposible tratar de avanzar hacia algún lado teniendo 29 lineamientos muchas veces contradictorios compitiendo entre ellos—que es como se encuentra planteada la actual Estrategia. Al menos estos dos puntos deberían ser tomados en cuenta por quienes sean llamados a pensar la nueva Estrategia de Desarrollo (Sustentable) de Magallanes del 2021 en adelante.

Como Plataforma Ciudadana por el Desarrollo Sustentable de Magallanes (nuestra autodenominación provisional, porque entre las preguntas que debemos hacernos está si desarrollo sustentable es en sí mismo un concepto útil/deseable), creemos que la ciudadanía ampliada debe participar en estos cuestionamientos y deliberaciones. Ya hemos organizado tres conversatorios enfocados en tres áreas de importancia clave para la región en Puerto Natales y Punta Arenas: fracking, salmonicultura y patrimonio cultural y ambiental. Pronto tendremos dos conversatorios más, sobre turismo y energía, y del conjunto de éstos esperamos elaborar un documento con evaluación y propuestas concretas. La concurrencia de público y el interés hasta aquí nos ha sorprendido positivamente, y estamos abiertos a las propuestas de temas y actividades. Aunque parezca un cliché, creemos que en Magallanes todavía tenemos la posibilidad de hacer las cosas de otra manera. Invitamos a todos quienes quieran a pensar y ver cómo concretar juntos esta posibilidad.

La pregunta por los recursos naturales

apple treeSi pudiera hacerles una sola pregunta a los nueve candidatos en los debates que vienen, sería la siguiente: ¿Qué rol les asigna a nuestros recursos naturales y cuál será su política respecto a ellos si sale elegido o elegida?

Obviamente, imagino que habría una ronda inicial de respuestas obvias y vacías, como que son “el capital de Chile”, “Nuestra mayor riqueza”, “Un tema sobre el cual debemos discutir de manera amplia”, “una preocupación fundamental”, y otras cosas por el estilo. Si se les exige mayor profundidad y contenido, sin embargo, me temo que – con la excepción del candidato verde, Alfredo Sfeir – poco capaces serían los ochos restantes de presentar una visión integral e integrada, donde no se vaya simplemente reaccionando a los distintos desafíos en esta área a medida que se presentan, como ha sucedido hasta ahora.

A muchos les puede parecer que esta pregunta es secundaria, si se la compara con los Grandes Temas que debemos resolver antes: la mala educación, las jubilaciones indignas, la reforma tributaria pendiente y, por supuesto, el cambio de la Constitución. Sin embargo, si se examina más de cerca, resulta que la manera en que abordemos éstos dependerá en buena parte de lo que resolvamos en torno a aquéllos. Los seres humanos en general, y los chilenos en particular, dependemos de los recursos naturales mucho más de lo que queremos y estamos dispuestos a admitir.

Aquí va una lista de sólo algunas de las preguntas que quien llegue a La Moneda debería aspirar a responder antes de sentarse en el sillón presidencial.

¿Debe el agua seguir siendo un recurso privatizable y monopolizable, como lo es desde el Código de Aguas de 1981, de manera tal que una sola empresa pueda convertirse en la dueña de hasta el 80 por ciento de los derechos de agua para la producción de electricidad?

¿Cuál será la política energética del próximo gobierno? Hasta ahora, lo que se ha visto en los gobiernos anteriores es improvisación, reacción a los problemas inmediatos y palabrería apresurada y poco meditada. ¿Seguiremos privilegiando megaproyectos destructivos y poco sustentables como HidroAysén en lugar de apelar por fin a soluciones de pequeña y mediana escala? ¿Seguiremos aprobando termoeléctricas a carbón? ¿Continuará el presupuesto de la Agencia Chilena de Eficiencia Energética achicándose, en lugar de aumentar? ¿Realizaremos por fin nuestro inmenso potencial eólico y solar o seguiremos siendo en esta materia el país del futuro… y que siempre lo será?

¿Cómo equilibrará el futuro gobierno los intereses de las grandes compañías forestales con la mantención y protección de nuestro ya tan raleado bosque nativo? ¿Será la nueva Ley de Fomento Forestal una mera continuación del Decreto Ley 701 que, desde 1974, contribuyó a la pinificación y eucaliptización de nuestro sur en desmedro de las especies nativas?

En cuanto al cobre, ¿habrá siquiera discusión acerca de quiénes son sus legítimos dueños? Si la nacionalización no está dentro del programa de ninguno de los presentes candidatos, ¿lo está al menos replantearse el tema del royalty para que el sueldo de Chile quede de verdad en manos chilenas? Nótese que esta pregunta se conecta directamente con las Grandes Preocupaciones, como las pensiones y la educación. Bien distribuidos, los fondos obtenidos por este concepto deberían alcanzar para dar a todos los chilenos el acceso a una educación decente y la garantía de una vejez digna.

Por último (y no porque no haya más temas, sino porque el espacio se acaba), ¿qué posición tomará el futuro gobierno respecto a proyectos de ley como el de Obtentores Vegetales o como el proyecto de modificación de ley para abrir Chile a la producción interna de transgénicos? ¿Optaremos por el principio precautorio o nos uniremos a nuestros vecinos latinoamericanos – Brasil, Argentina y Paraguay – inundando los campos chilenos de soya transgénica para alimentar pollos y chanchos europeos?

Nuevo Especial de Verdeseo: Mundos en Movimiento, Vidas sin Represas

Hace dos años, en Verdeseo, decidimos juntar nuestras ideas en torno a lo que estaba ocurriendo con el conflicto desencadenado por la idea de represar la Patagonia, promovida por HidroAysen. El primer producto de ese proyecto fue “7 Argumentos Para Una Patagonia Sin Represas”, donde expusimos nuestros motivos para rechazar una idea tan burda como la de HidroAysén. Luego, publicamos ”Más Allá de Hidroaysén”, buscando abiertamente superar la discusión en torno a las represas, llevando el problema de la energía al centro de la discusión por el tipo de país que queremos construir.

Dos años después, mucha agua sigue corriendo libre por los ríos de la Patagonia, y el espíritu de la aventura colectiva desatada bajo el lema ‘Patagonia Sin Represas’ se ha encarnado en muchas otras movilizaciones y causas a lo largo de todo el país. Quienes han sido olvidados por el triunfalismo y la autocomplacencia, han puesto su humanidad en las calles reclamando el derecho a una vida digna sin atropellos. A todas ellas y ellos les dedicamos esta publicación que ahora compartimos con ustedes, una publicación que busca resaltar el rol del activismo como forma de existencia; un reconocimiento para quienes han hecho de esto un modo de vivir, llamándonos a no flaquear en el esfuerzo por crear alternativas.

Mundos en Movimiento, Vidas Sin Represas: Historias de Comunidades Construyendo Alternativas a Mega-Proyectos. Verdeseo pone a disposición del público una nueva publicación, esta vez de historias del mundo y Chile de comunidades que han logrado hacer una diferencia y construir alternativas. No se la pierdan!

http://verdeseo.cl/2013/08/05/especial-mundos-en-movimiento-vidas-sin-represas/

Worlds in Movement, Living Without Dams: Communities Building Alternatives to Large-Scale Projects. Verdeseo presents its new publication, this time with stories from the world and Chile about communities that are making a difference and building alternatives. Don’t miss it!

http://verdeseo.cl/2013/08/05/worlds-in-movement-living-withouth-dams/

Tu basura es mi energía

banana fuel

Vengo llegando de Tromsø, ciudad noruega de 70 mil habitantes ubicada en el paralelo 70 norte, donde a estas alturas del año el sol da vueltas en redondo sin jamás ponerse. Una que cree, como puntarenense, que en materia de días largos y noches cortas ya lo ha visto todo, igual se queda con la boca abierta enfrentada a 24 horas de luz diurna. La luna y las estrellas se van de vacaciones en estos meses de verano boreal, y los pájaros andan más despistados y trasnochados que los turistas, cantando a las 2 de la mañana como si fuera mediodía.

De vuelta en Oslo, los días sí son largos, pero algo de noche queda. Lo que me deja la boca abierta aquí, sin embargo, no son los fenómenos naturales, sino la última ocurrencia de la municipalidad: una campaña publicitaria para explicarle a la población que ahora toda su basura orgánica (léase restos de comida, cáscaras varias, bolsas de té, yogures vencidos, etc.) es transformada en biocombustible que mueve los buses de la ciudad. Ya son más de 100 máquinas las que andan circulando con este sistema, y el objetivo es llegar a 400, la totalidad de la flota. En los afiches en cuestión aparecen niños con babero de distintas nacionalidades jugueteando con los restos del almuerzo y una leyenda en distintos idiomas (los de las mayorías inmigrantes) que dice algo así como: “Con lo que dejas en el plato movemos nuestra flota verde de buses”. Plop.

En verdad, Noruega ya hace rato que hace noticia por convertir la basura en energía. Mientras que la orgánica se usa para biocombustible y biofertilizante, los demás desechos domésticos e industriales van a unos incineradores gigantes que producen electricidad suficiente para calentar la mitad de Oslo durante los meses más fríos.

Tanta es la demanda que ya están importando basura de Inglaterra, Irlanda y Suecia, y estudian nuevos “mercados” de donde traerla. Negocio doblemente redondo, ya que estos países le pagan a las empresas noruegas por deshacerse de los desechos, y éstas a su vez cobran a sus consumidores por la energía producida. Pero, ¿por qué la obsesión de transformar la basura en energía, en un país donde hay instaladas más de mil mini centrales hidroeléctricas y donde el carbón y el petróleo brillan por su abundancia?

Considerando que su exportación número uno y la fuente de su riqueza es el petróleo, sindicado como el principal responsable del cambio climático, los noruegos se han propuesto reducir su impacto ambiental partiendo por casa, y una manera de hacerlo es ésta. Además de producir mucho menos emisiones de CO2 que con la quema de combustibles fósiles, los incineradores convierten a los vertederos en cosa del pasado. El biometano que resulta de tratar los desechos orgánicos, en tanto, no genera emisiones extra. Todo el proceso ya está bien estudiado y ordenado: los desechos domésticos en Noruega se dividen en una bolsa azul para plásticos y otra verde para restos de comida (vidrios, latas, cartones y papel van aún en otros contenedores). Estas bolsas se reparten gratis en los supermercados y, luego de ser ocupadas y recolectadas por el camión de la basura, son clasificadas por un robot para luego ser enviadas a sus respectivos centros de reaprovechamiento.

Cuan loable parezca el proyecto, sin embargo, me parece que hay un motivo para intranquilizarse y es que, dependiendo de cómo se administre, puede generar incentivos perversos. Como ya han apuntado algunos, el objetivo principal debería ser disminuir la cantidad de basura industrial y doméstica total, antes que buscar transformarla en una fuente de energía. Si en unos años más se ve que la basura industrial y doméstica sigue aumentando o se mantiene constante, habría buenas razones para revisar la lógica del sistema. Si, peor aún, otros países europeos siguen el ejemplo noruego (como ya lo están haciendo Suecia, Alemania y Austria), ¡podría llegarse al absurdo de que la basura escasee! En la búsqueda de ese delicado equilibrio es que Noruega y los demás debieran jugarse su reputación de verdes de verdad.

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La Ley Finnmark, Patagonia Sin Represas y la redemocratización de los recursos naturales

Finnmark es el nombre de una región en el extremo noreste de Noruega que ocupa un área equivalente a las regiones de Los Lagos o Tarapacá. Es un lugar de extremos, donde el sol brilla a medianoche en verano y se esconde de noviembre a enero, en los meses más crudos del invierno. Es el hogar de 200,000 renos, unos pocos lobos y la aurora boreal – ese espectáculo celeste que atrae a miles de turistas cada año. Es también donde los nativos Sami han vivido por miles de años como pastores nómades, pescadores y cazadores. 40.000 en toda Noruega, la mitad de los Sami viven en Finnmark, donde representan un cuarto de la población.

 Aunque también los hay en Suecia, Finlandia y Rusia, los Sami noruegos son quizás los mejor conocidos, por la especial relación que han logrado forjar con el Estado noruego y su gente. Aunque sin poder legislativo, la creación del Parlamento Sami en 1987 les dio una oportunidad para ser oídxs en la arena política, luego de décadas de relativo abandono. Su reconocimiento en la Constitución en 1988 fue un paso para preservar su cultura, idioma y tradiciones. Pero fue la ratificación de la Ley Finnmark, en 2005, la que marcó un salto cualitativo en término de poder político. ¿Qué es esta ley, cómo se forjó y cómo se relaciona con una Patagonia sin Represas?

La primera en su tipo en el mundo, la Ley Finnmark transfirió el 95 por ciento de esta región desde el Estado noruego a sus habitantes, representados por una agencia a cargo de administrar el uso del agua y la tierra. Compuesta de seis miembros, tres son elegidos por el Parlamento Sami, y tres por el Consejo del Condado de Finnmark (donde hay Samis y no Samis). El líder del directorio es elegido de manera alternada por ambos organismos.

Lo que hace única a la Ley Finnmark es que propone un nuevo camino para la administración de la tierra y los recursos naturales dentro de los Estados, abriendo una tercera categoría entre lo privado y lo público: esto es, lo localmente controlado. Aunque inspirada en gran medida por la necesidad de reconocer las actividades económicas tradicionales de los Sami y su concepto de tenencia de la tierra (donde la propiedad privada está fuera de su mapa conceptual), esta ley debe ser vista ante todo como un instrumento legal que da especial reconocimiento a las demandas territoriales de quienes han transformado su entorno y se han dejado transformar por él – más allá de si son indígenas o no. Claro está que la ley admite mejoras. Dos puntos polémicos son que sólo incluye los recursos renovables – dejando fuera el petróleo y los minerales –, y excluye los derechos de pesca en aguas marinas, seguramente una concesión a la poderosa industria pesquera. Éstos, sin embargo, no están fuera de la discusión, y la posibilidad de que se integren en el futuro no está completamente cerrada.

¿Cómo se forjó la Ley Finnmark? Mi interpretación favorita es que fue el producto final y no intencionado de un largo movimiento de reivindicación de los derechos Sami y, más profundamente, de los derechos de las comunidades locales a tener control real – y no meramente voz – sobre las decisiones que los afectan directamente. Este movimiento fue gatillado por lo que se conoce como la controversia de Alta, un proyecto para construir una represa en el río Alta, en Finnmark, a fines de los ’70. El plan inicial fue rechazado porque implicaba inundar un pequeño pueblo Sami y afectaba sus actividades de pastoreo de renos y pesca de salmón. Unidos a grupos ambientalistas, los Sami presentaron demandas judiciales, organizaron protestas y huelgas de hambre y participaron en actos de desobediencia civil, encadenándose frente al sitio de construcción. La batalla, sin embargo, se perdió, cuando en 1982 la Corte Suprema le dio la razón al gobierno noruego, y la represa fue finalmente construida.

Lo que parece una derrota a primera vista, sin embargo, fue un cimiento para la organización de los Sami como grupo y para su aparición en la agenda política. Pero no sólo eso. Hizo que el gobierno noruego y su gente se abrieran a la posibilidad de que personas con diferentes concepciones de la tierra, el territorio y la propiedad pueden convivir en un mismo país, incluso si esa coexistencia requiere negociaciones por ambos lados y paciencia para el diálogo.

¿Qué tiene que ver esto con la actual oposición al proyecto Hidroaysén en la Patagonia chilena y, más en general, con la oposición al modus operandi habitual del Estado chileno cuando evalúa proyectos de este tipo? Más de lo que aparece a primera vista.

 Quienes conocen nuestra historia de controversias ambientales seguramente señalarán aquí que el punto de comparación obvia con Alta es la oposición de los Pehuenche a la central Ralco (también de Endesa, una de las dos compañías detrás de Hidroaysén). Este proyecto hidroeléctrico fue aprobado en 1998, luego de años de oposición de ambientalistas y comunidades indígenas del Alto Bío-Bío, forzadas a desplazarse. En vez de marcar un antes y después, sin embargo, lxs que se opusieron a Ralco permanecieron ignoradxs por el Estado chileno. Para colmo de males, un Museo Pehuenche fue construido en los alrededores, convirtiendo a la cultura viva que acababa de ser hundida en un ítem histórico.

Es cierto que la controversia de Ralco sirvió tanto a ambientalistas como a grupos indígenas a organizarse, levantar una sola voz y captar la atención de los medios. Pero no sirvió para cambiar los métodos jerárquicos y centralizados del Estado chileno al evaluar megaproyectos que amenazan tener un profundo impacto a corto y largo plazo en las poblaciones locales y el medio ambiente. Usando ese mismo enfoque se aprobó la planta de celulosa Celco en Valdivia, que provocó la muerte (como era predecible) de más de dos mil cisnes de cuello negro; y también Pascua Lama, a pesar de la amenaza de contaminación y escasez de agua para los agricultores del valle del Huasco. Con ese mismo enfoque también se aprobaron las cinco represas del proyecto Hidroaysén, en 2011, generando protestas masivas en la región y en todo Chile. Está por verse lo que sucederá con la segunda parte del proyecto: la línea de transmisión de más de dos mil kilómetros.

Dada la creciente presión sobre recursos naturales cada vez más escasos, las decisiones sobre cómo administrarlos serán cada vez más disputadas. En países ricos en dichos recursos, como Chile y Noruega, esto debería llevar a la decentralización de los procesos de toma de decisión y a una real democratización, donde no sólo participen los sospechosos de siempre. En este sentido, mientras los efectos prácticos de la Ley Finnmark aún están por verse, el ejemplo que pone – donde la comunidades locales tienen mayor poder sobre las decisiones que las afectan – debería ser una inspiración para quienes se oponen a que el Sur (esto es, la Patagonia) se convierta en el motor del Norte (esto es, la poderosa industria minera).

Esta columna también puede leerse en Lamansaguman

¿El verdadero fin de “la fiesta del gas”?

A un año y medio de las protestas por el alza en los precios del gas domiciliario en Magallanes, el conflicto sigue latente. Frente a los rumores de que “el gas se acaba”, la voz definitiva de la autoridad en esta materia sigue siendo una incógnita.

Cuando era niña y viajábamos con mi familia al sur de Argentina, uno de mis recuerdos más vívidos es del camino entre Punta Arenas y Río Gallegos. Allí, en medio de la pampa desnuda, algo que capturaba poderosamente mi atención eran unos chorros de fuego eternamente prendidos que salían de unas largas cañerías; el único signo de presencia humana en kilómetros a la redonda. Cada vez que aparecía uno, preguntaba qué era esa llama y de dónde salía. Entonces, los grandes me explicaban que Enap (la Empresa Nacional del Petróleo y “niña símbolo” de Magallanes), no sabía qué hacer con tanto gas, y no les quedaba otra que quemarlo. La respuesta me dejaba entre atónita y orgullosa de la riqueza de mi tierra natal, sentada al parecer sobre un pozo de combustible tan abundante que podíamos derrocharlo. Y en efecto, la actitud y el estilo de vida magallánico por esos años confirmaba la abundancia: la cuenta del gas, motor de nuestra región, solía ser más barata que la del agua potable, y abrir las ventanas junto a la estufa prendida era un hábito generalizado que a nadie se le ocurría cuestionar.

Al mismo tiempo, la dependencia de este elemento para nuestras vidas era un hecho que se olvidaba hasta que ocurría una emergencia. Alguna vez, en pleno invierno, se cortó el suministro y el resultado fue la paralización de la ciudad. El par de días que duró el corte se suspendieron las clases y la mayoría de la gente tuvo que quedarse en casa. Como en una imagen sacada de novela naturalista del siglo XIX, recuerdo cómo nos vimos obligados a congregarnos alrededor de la chimenea; cocinando en una parrilla improvisada, tejiendo, escuchando la radio a pilas y haciendo las tareas bajo la luz de las velas. Bajo una mirada menos romántica, era la constatación de que nuestra economía – como dicen hoy los técnicos – se hallaba “indexada” al valor del gas. No sólo la calefacción (vital en este clima), sino también la electricidad y muchos de los autos privados y públicos quedaron parados, a la espera de superar la emergencia.

Dos décadas más tarde, todavía acostumbrados a que el gas cayera como maná del cielo, los magallánicos entraron en estado de shock cuando se anunció el alza en casi 17 por ciento del precio del gas residencial. Esto, para paliar las millonarias pérdidas de Enap, que vende el gas a la distribuidora regional Gasco a un precio muy menor al del mercado internacional. Era enero de 2011 y la región no se organizaba tan masivamente para protestar por algo desde los cacerolazos contra la dictadura. El gobierno central amenazaba con el fin de la “fiesta del gas”, y los magallánicos respondían bloqueando los accesos a la capital regional y haciendo rodar cabezas de ministros. El conflicto terminó con el compromiso del gobierno de reajustar los precios de gas domiciliario de acuerdo al IPC hasta 2016, enviar un proyecto de ley de tarificación y dar prioridad a los consumidores residenciales en caso de futura escasez. Quedó en el aire, sin embargo, la sensación de que ya nada sería como antes. Abrir las ventanas junto a la estufa prendida pronto sería una memoria para contarle a los nietos.

Hoy, a sólo un año y medio del conflicto, los rumores en Punta Arenas van y vienen. Mientras el recién nombrado intendente asegura que hay gas domiciliario para por lo menos cinco años más, un parlamentario regional da la alarma de que no quedan más que dos antes de que comience el racionamiento. En tanto, la planta petroquímica Methanex (la mayor consumidora industrial, que se lleva tres cuartos de la producción de Enap), anuncia que paralizará sus operaciones en 2013 por el alto costo del combustible. La Asamblea Ciudadana de Magallanes pide en declaración pública que Enap le haga frente a la crisis, acelerando las prospecciones de nuevos pozos, mientras algunos ya promueven la “nueva” fuente de energía regional: el decimonónico carbón… ahora gasificado. Y un 60 por ciento más caro.

¿Quién podrá defendernos? No hay que ser analista especializado para darse cuenta de que en el planteamiento mismo de este problema algo huele mal. Por un lado, Enap llora sus pérdidas y se anuncia que el fisco le transferirá de manera directa 30 mil millones en 2013, para seguir subsidiando el precio del gas domiciliario. Las autoridades locales, mientras, no ofrecen ninguna estrategia clara acerca de cómo se enfrentaría un racionamiento energético a corto plazo (y un radical cambio de la matriz energética, a mediano y largo plazo). Por otro lado, nos enteramos de que empresas privadas como Geopark y Petromagallanes sacan cuentas alegres de sus últimas prospecciones. Trabajando bajo los Contratos Especiales de Operación Petrolera, CEOPs (aprobados durante el reinado de la Concertación), quienes han llegado a Magallanes a explotar el petróleo y el gas natural no se han quejado hasta ahora de escasez ni pérdidas. Al contrario, los titulares de la prensa especializada se refieren más bien a sus crecientes utilidades, al descubrimiento de nuevos pozos y a sus alianzas estratégicas con los consumidores industriales. En concreto, por ejemplo, Geopark firmó en 2008 un acuerdo con Methanex para entregarle por diez años el cien por ciento del gas obtenido en el bloque Fell (uno de sus más importantes yacimientos, del cual adquirió completo control en 2006, tras renegociar su contrato con Enap).

La complejidad del lenguaje de las operaciones gasíferas y petroleras impide que una lega como la suscrita compare aquí los costos de explotación de Enap versus los de estas compañías privadas, analice sus respectivas estrategias de exploración y prospección y saque conclusiones iluminadoras acerca de por qué, puestas sobre el mismo territorio, muestran resultados tan diferentes. Un análisis de este tipo, sin embargo, se necesita urgente para poder decidir de manera bien informada cuál es el verdadero problema de Magallanes hoy en materia energética: la escasez de gas y punto, o un problema de gas acumulado en pocas manos.

Dicho esto, y más allá de cuántas reservas queden y cuál sea el costo de explotarlas, algo que la región hoy necesita urgente es una campaña de ahorro y de eficiencia en el uso de energía. Por ejemplo, la termoaislación no puede seguir siendo entendida como un lujo, sino como una necesidad, y promoverla – sobre todo cuando se trata de viviendas de autoconstrucción – debería ser prioritario.

Por último, recordarnos que la matriz energética de Magallanes se funda sobre un recurso no renovable debería dar el impulso para explorar más sistemáticamente el uso hasta ahora tímido de energías renovables no convencionales, como sol y viento (sobre el ir y venir de las políticas de estado en esta materia puede leerse en una anterior columna de Verdeseo). Se haga lo que se haga, es de esperar que sea con una mirada a largo plazo y no frente a los hechos consumados, esto es, con los habitantes tiritando de frío en la oscuridad en torno a la chimenea.

Esta columna apareció originalmente en Verdeseo y puede leerse también en El Ciudadano

¡A quitarse la tontera!

Cuando primero lo vi creí que era una tomadura de pelo. Mi amiga Colombina me mandó el link por mail, diciendo que no sabía si era para reír o para llorar. La primera vez me reí. Mucho. La segunda, no tanto, y la tercera me empezó a bajar entre furia y vergüenza. Todavía no lloro, pero quizás si lo veo de nuevo se me caiga una lágrima. La campaña televisiva del Ministerio de Energía, “A quitarse la corbata”, parece diseñada por los peores enemigos del gobierno, para dejar a sus masculinos miembros del gabinete en ridículo y convertir un tema de importancia crítica para el país en una chacota.

Como bien dijo Colombina en una columna aparecida en Sentidos Comunes, la idea de solucionar el problema energético sacándoles la corbata a los pocos que la usan y que además trabajan en oficinas con aire acondicionado es reduccionista, mentirosa e injusta: reduccionista, porque creer que el derroche energético se soluciona con estos “pequeños gestos” es como creer que el calentamiento global se frena cambiando las ampolletas normales por LEDs; mentirosa, porque omite que quienes realmente deberían “sacarse la corbata” son las grandes empresas mineras (que se tragan más de un tercio del consumo país); e injusta, porque asume que los que controlan la temperatura de Chile son un puñado de machos de camisas bien planchadas y corbatas a rayas (¡y las mujeres que nos abaniquemos, como sugirió la Ministra de Medio Ambiente!).

A esto agregaría un par de agravantes más. El único contenido relevante del mensaje aparece al comienzo, en apenas tres segundos y en letra chica (tal como en los comerciales de los bancos, donde las condiciones y peligros de los créditos de consumo aparecen ilegiblemente chicos y a mil por hora, al final). De hecho, la única forma de capturar esa información es viendo el aviso online y poniéndole pausa. Ahí uno se entera, primero, de que con este “pequeño gesto” se espera ahorrar un 3,31% de consumo energético en el sector público y comercial. Según cifras del Balance de Energía 2008, de la Comisión Nacional de Energía, los dos sectores juntos representan aproximadamente un 14% del consumo total de electricidad. O sea, el gran ahorro se reduce a un 3,31% del 14% total: menos de un 0,5%. Habría que sacarse harto más que las corbatas para realmente hacer una diferencia con esta metodología.

Segundo, el ahorro en dinero es de diez millones de dólares, algo así como 15 casas con piscina en un sector ABC1 de Santiago. Quince casas de ministros, por decirlo así. No hay que ser discípulo de Milton Friedman para darse cuenta de que no es para tanto.

Tercero, se reducen las emisiones de CO2 en 120 mil toneladas. Claro, esto parece bastante, hasta que uno cae en la cuenta de que las emisiones totales de nuestro país en 2010 fueron más de cien millones de toneladas. ¡Y entonces el gran ahorro se reduce a 0,1%!

No sigo, porque no quiero marear a nadie con más datos, y creo que el mensaje a estas alturas debería estar claro: ¡Basta de soluciones cosméticas! ¡Basta de tapar hoyos con aserrín! ¡La eficiencia energética en Chile no se logra sacándose la corbata, sino sacándose la tontera! Que el 2012 sea el año para hacerlo es mi deseo.

Hidroaysén en subjuntivo

La gramática de la lengua española estipula que hay tres formas básicas que pueden tomar los verbos: el modo indicativo, típico de los relatos (“Me levanté, leí las noticias sobre Hidroaysén y me deprimí); el modo imperativo, para dar órdenes (¡No vote por ese proyecto!); y el modo subjuntivo, generalmente usado en cláusulas subordinadas, para referirse a eventos irreales o que aún no han tenido lugar (“Si hubiera estado en Santiago, habría ido a Plaza Italia a protestar”). A pocos días de que la comisión de evaluación ambiental de Aysén aprobara por 11 votos a favor y una abstención el proyecto Hidroaysén, para construir 5 mega-represas en esa región, me parece urgente conminar a ciertos medios de comunicación y autoridades a releerse esta sección de la gramática y corregir sus dichos y sus actos consecuentemente. Aunque parezcan a primera vista inocuos, los modos verbales mal usados distorsionan no sólo la información, sino también las percepciones; y de eso ya se ha visto demasiado en este debate.

Si se revisan las noticias aparecidas sobre este polémico proyecto en los medios de comunicación masivos, se sorprenderá el lector al ver que todos se refieren a Hidroaysén en futuro simple del indicativo, o sea, como si no quedaran dudas de que finalmente se llevará a cabo. “Generará 2.750 megawatts”, “la energía se llevará por una línea de transmisión de más de 2 mil kilómetros”, “la inversión tendrá un costo cercano a los 7.500 millones de dólares”, son todas frases que hemos escuchado y leído repetidamente desde mucho antes que la comisión sesionara siquiera. Las amenazas a la población, de rechazarse la iniciativa, también se han conjugado como si describieran un futuro cierto y aciago: “Chile se quedará a oscuras” (¡Buuh, y vendrá el cuco por añadidura!). Sin embargo, por tratarse sólo de una hipótesis –a pesar de lo que diga la minoría que lo apoya–, les pediría a los señores editores, en aras de la claridad de lo que informan, que se limitaran a usar en este tema el modo subjuntivo. Por ejemplo: “Si se aprobara la línea de transmisión, ésta cruzaría seis parques nacionales y 11 reservas nacionales, entre otras áreas sensibles”. “Si llegaran a construirse finalmente, las represas inundarían más de cinco mil hectáreas de ecosistema patagónico”. “Si se decidiera seguir adelante, esto sería contra la opinión de la mayoría ciudadana”. Et cétera.

A esta confusión de subjuntivos por indicativos se suma un problema mayor: por un lado, el de hacer pasar ciertos subjuntivos por imperativos y, por otro, el de creer que lo son y seguirlos. En abstracto, que alguien diga que sería muy bueno para Chile si se aprobara Hidroaysén no es más que la expresión de un deseo, una esperanza, una opinión lanzada al viento o al micrófono; un puro e inofensivo subjuntivo. Cuando es el ministro del interior horas antes de la votación quien sale con esa frase, sin embargo, el subjuntivo gramatical se convierte en imperativo político, y resulta en la votación de todos menos uno de sus subordinados a favor del sueño ministerial. La mala gramática resulta entonces en mala política. A ver si en lo que viene de debate las vamos mejorando…

¡No a Hidroaysén!

El “recurso” más valioso de la Patagonia no es supotencial hidroeléctrico, sino su naturaleza casi intocada por el hombre, fuente de biodiversidad. Los chilenos todavía tenemos la oportunidad única de llevar a cabo una política energética inteligente, sustentable y que beneficie a todos (y no sólo a unos pocos), pero la única manera de lograrlo es dejar las miradas cortoplacistas de quienes buscan dividendos rápidos.

Si no se hacen las represas en Patagonia, no nos quedaremos a oscuras: a oscuras nos quedaremos si optamos por repetir errores de los que otros hoy se arrepienten, a oscuras nos quedaremos si se persiste en una mirada centralizadora que ve a las regiones como fuentes de suministro de materias primas; a oscuras nos quedaremos si se insiste en descalificar a quienes se oponen a Hidroaysén como fanáticos verdes opuestos al “crecmiento país”. La desidia nunca ha sido una virtud, y de desidia pecaremos los chilenos si se aprueba este megaproyecto destructivo que promete luz barata hoy a cambio de altísimos e irreversibles costos ambientales mañana.

Para una historia similar a ésta y que, afortunadamente, tuvo final feliz, ver La lección de Tasmania, en Verdeseo