Pensando juntos un modelo de desarrollo

Desde comienzos de año, un pequeño grupo de magallánicos (por nacimiento y/o vocación y/o domicilio) comenzamos a reunirnos para discutir en torno a un concepto que de tanto uso hoy raya en lo trillado, pero cuyo verdadero alcance y significación no siempre se comprenden bien. El principal objetivo era entender de qué se habla cuando se habla de desarrollo sustentable. Más específicamente, nos planteamos la pregunta respecto a nuestro territorio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de desarrollo sustentable para Magallanes?

Para partir la investigación, lo primero fue buscar la definición general de desarrollo sustentable o sostenible, como prefieren llamarle algunos: “el desarrollo que satisface las necesidades de las generaciones actuales sin poner en riesgo la habilidad de futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades” (Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, 1987). Para que un emprendimiento sea sustentable, no basta entonces con que las cifras económicas sean azules al final; se necesita también que los costos sociales y ambientales no queden en rojo.

Con esta idea en mente, lo próximo fue ver cómo se utiliza hoy este término aplicado a nuestra realidad. Y… ¡oh, sorpresa! Véase, por ejemplo, la Estrategia Regional de Desarrollo Magallanes y Antártica 2012-2020, elaborada por el Consejo Regional de Desarrollo del gobierno regional. En esta suerte de plan maestro de cómo y hacia dónde queremos avanzar, la imagen objetivo es que, al 2020, nuestra región “habrá logrado un crecimiento y desarrollo económico sostenido y sustentable”. Las 32 veces que aparece este término a lo largo del documento, sin embargo, la referencia es casi exclusivamente a lo económico, dejando lo social y ambiental en segundo plano. Así, entre las industrias sustentables se mencionan la producción de carbón, la industria pesquera, la ganadería y la extracción de bosque nativo. Lo que no se dice en ninguna parte es cómo se quieren lograr todas estas “sustentabilidades” una por una, y todas juntas a un mismo tiempo (suponiendo que ello sea posible), ni si se pretende jerarquizarlas de acuerdo a algún criterio convenido en común.

Tomando en cuenta que, para quienes saben de planificación, el 2020 se encuentra a la vuelta de la esquina, parece urgente plantearnos hoy un modelo de desarrollo sustentable para Magallanes que cumpla al menos dos requisitos hoy ausentes en la actual Estrategia. Primero, dicho modelo no puede basarse simplemente en una aceptación incondicional de las actividades económicas y productivas que de hecho existen hoy en la región, sino que debe plantearse críticamente ante ellas, midiendo qué tan sustentables o insustentables son en sí mismas y en el contexto de nuestra institucionalidad. De acuerdo a ello puede elaborarse entonces una lista con aquellos emprendimientos que queremos y que no queremos, elaborando incentivos y desincentivos acordes. Por ejemplo, en lugar de asumir como una inevitabilidad histórica nuestra vocación carbonífera, habría que evaluar entre otras cosas si ésta se concilia con nuestra otra vocación, aquella que nos hace conocidos en el mundo entero: destino estelar para el turismo de intereses especiales de naturaleza; y uno de los últimos recovecos del planeta donde la locura extractiva aún no se ha desatado sin frenos.

Hecho este ejercicio clasificatorio, un segundo requisito es jerarquizar las actividades de acuerdo a una idea madre. Una estrategia sólo puede hacerse una vez que se tiene un objetivo claro, sea éste ganar una medalla olímpica o llegar a la hora al dentista. Al contrario, parece imposible tratar de avanzar hacia algún lado teniendo 29 lineamientos muchas veces contradictorios compitiendo entre ellos—que es como se encuentra planteada la actual Estrategia. Al menos estos dos puntos deberían ser tomados en cuenta por quienes sean llamados a pensar la nueva Estrategia de Desarrollo (Sustentable) de Magallanes del 2021 en adelante.

Como Plataforma Ciudadana por el Desarrollo Sustentable de Magallanes (nuestra autodenominación provisional, porque entre las preguntas que debemos hacernos está si desarrollo sustentable es en sí mismo un concepto útil/deseable), creemos que la ciudadanía ampliada debe participar en estos cuestionamientos y deliberaciones. Ya hemos organizado tres conversatorios enfocados en tres áreas de importancia clave para la región en Puerto Natales y Punta Arenas: fracking, salmonicultura y patrimonio cultural y ambiental. Pronto tendremos dos conversatorios más, sobre turismo y energía, y del conjunto de éstos esperamos elaborar un documento con evaluación y propuestas concretas. La concurrencia de público y el interés hasta aquí nos ha sorprendido positivamente, y estamos abiertos a las propuestas de temas y actividades. Aunque parezca un cliché, creemos que en Magallanes todavía tenemos la posibilidad de hacer las cosas de otra manera. Invitamos a todos quienes quieran a pensar y ver cómo concretar juntos esta posibilidad.

Salmonicultura y desarrollo sustentable: Parte II

En una columna anterior, plantée la pregunta de si se puede hablar de salmonicultura y sustentabilidad sin contradicción en los términos, y sugerí que se necesitaba más información antes de dar una respuesta. En lo que sigue, propongo ponerse imaginativos y suponer que, tras realizarse los estudios respectivos se concluye que—tomando una serie de medidas preventivas, paliativas y restaurativas—la salmonicultura sí puede llevarse a cabo sin comprometer las posibilidades de generaciones futuras para satisfacer sus necesidades (que es el criterio para definir algo como “sustentable”). La pregunta entonces es si puede hacerse salmonicultura sustentable en Chile. ¿Qué implicaría esto?

Si uno revisa la crisis del virus ISA del 2007, las plagas de piojos de mar que aquejan continuamente a los salmones de criadero, la mortandad “normal” de un 15 por ciento de peces en las jaulas, la abundancia de desechos plásticos regados por la industria en las playas de la X y XI Regiones, y la reciente muerte masiva de miles de peces por culpa de un bloom de algas en Chiloé (cuya causa sería El Niño, pero que bien podría tener la sobre-densidad de los cultivos como factor agravante del problema), queda la sensación de que el currículum ambiental de las empresas salmoneras en Chile no ha sido el mejor—por decirlo diplomáticamente. Queda la sensación, también, de que el trabajo de quienes tienen la misión de velar por el correcto funcionamiento de la industria (esto es, SERNAPESCA) deja también mucho que desear. Con “alumnos” e “inspectores” una y otra vez reprobando el examen, ¿cómo garantizar un desarrollo sustentable de la industria a futuro?

“De la historia pasada no pueden sacarse conclusiones futuras”, se defenderá alguien con razón. El asunto es cómo no repetir los errores y moverse hacia un escenario donde, por un lado, el comportamiento de la industria mejore y, por otro, comience a fiscalizarse en serio. Para que esto suceda, se necesitan al menos tres cosas: promover la investigación científica independiente en torno al tema, aumentar los recursos de SERNAPESCA y modificar el marco regulatorio de la industria.

Partiendo por la investigación científica, hay que conocer mejor los efectos de introducir un depredador exótico y a gran escala en el mar chileno; un depredador que muchas veces termina arrancándose de la jaula e interactuando con peces nativos. Cabe preguntarse también qué efectos producen tanto para el ambiente como para los propios salmones las diferentes densidades en las jaulas (que en algunos centros chilenos han llegado hasta 30 kilos por metro cúbico, aunque hoy la recomendación es de 13); cómo interactúan fenómenos locales naturales (como los bloom de algas) con fenómenos artificiales (la presencia de jaulas salmoneras); los efectos que tiene el uso de antibióticos en salmones, consumidores y otras especies nativas (incluida la humana); y un largo etcétera. Estas investigaciones podrían financiarse con un fondo administrado de manera independiente con aportes de la propia industria—a través de un aporte obligatorio pagable después de cada ciclo productivo, por ejemplo.

En cuanto a la modificación del marco regulatorio, vayan dos ejemplos. Actualmente, las concesiones sólo pueden instalarse en lugares donde no exista un banco natural, es decir, en lugares donde no exista una abundancia de otros productos marinos, como centollas, erizos u ostiones. El detalle es que esto se mide hasta los 30 metros de profundidad. Es decir, si la familia de erizos tuvo la mala suerte de vivir a los 35 metros, pues entonces los buzos de SERNAPESCA reportarán que el lugar en cuestión no es banco natural y podrá instalarse la salmonera… con las consecuencias para las especies nativas que no es difícil imaginar. Un segundo aspecto a repensar es que a las salmoneras se les exige simplemente una Declaración de Impacto Ambiental (DIA) en lugar de un Estudio de Impacto Ambiental (EIA), porque se asume que su impacto en el medio es limitado. Esto es problemático sobre todo en zonas de alta densificación de la industria, donde el impacto de una con la del vecino y la de más allá se potencian. Para hacer una analogía, es como si para la instalación de una industria contaminante en la Región Metropolitana se pidiera una DIA en lugar de un EIA, porque su sola contribución a la contaminación del aire es irrelevante (cuando lo que hay que medir en zonas saturadas es el efecto acumulativo de las fuentes emisoras, y no el de cada una por separado).

De los recursos limitados de SERNAPESCA puedo poner como ejemplo a Magallanes, donde las utilidades de la industria llegaron a 180 millones de dólares en 2015, con poco más de 30 centros funcionando, mientras el presupuesto anual de SERNAPESCA no alcanzó los 90 millones de pesos para fiscalización (esto es, poco más de 130 mil dólares). Sin contar con lancha ni robot submarino, la entidad fiscal debe arrendar una lancha para cada fiscalización que realiza, o (menos frecuentemente) enviar a sus fiscalizadores en las mismas embarcaciones de las empresas salmoneras. Con ocho fiscalizadores en toda la región, en 2015 se visitó cada centro un promedio de tres veces. Y nótese que, para los que lo consideren poco, ¡los salmoneros en Magallanes se precian (o lamentan) de ser los más fiscalizados de Chile!

Cuando nuevas solicitudes para concesiones comienzan a apilarse en la Araucanía y Magallanes (hasta 2020 existe una moratoria en las regiones X y XI), es imperioso que los ciudadanos nos informemos y discutamos el lugar que queremos dar a la salmonicultura en el desarrollo productivo del país. Si bien cabe la posibilidad de que esta actividad se ejerza sin producir daños irreparables en el medio ambiente, se necesita más información antes de convertir nuestra región en un nuevo centro salmonicultor. Y, ante todo, se necesita voluntad política y recursos para quienes tienen la misión de garantizar su sustentabilidad.

Las dos partes de esta columna pueden leerse juntas en El Mostrador

Salmonicultura y desarrollo sustentable: Parte I

La definición canónica de desarrollo sustentable proviene del Informe Brundtland (1987), preparado por la Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, creada en 1983. Allí, el desarrollo sustentable se entiende como “el desarrollo que satisface las necesidades de las generaciones actuales sin poner en riesgo la habilidad de futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades”.

En lo que sigue me gustaría examinar el panorama de la industria salmonera a la luz de esta definición, para ver si se puede hablar coherentemente de desarrollo sustentable de ésta, o si hacerlo es una contradicción en los términos. El tema en sí mismo da para un libro más que para una simple columna, pero esbozaré a continuación dos preguntas que me parecen claves a la hora de pensar esta relación. Primero, si la salmonicultura como actividad per se clasifica como sustentable, independientemente de donde se practique; y segundo, si la salmonicultura puede realizarse en Chile—y más específicamente en Magallanes—de manera sustentable. Sin hacer juicios categóricos aún, anticipo que las respuestas a ambas preguntas es negativa, y sugiero en conclusión la actitud que deberíamos tomar respecto al desarrollo de esta industria. En esta columna me abocaré a la primera pregunta, e invito desde ya a los interesados a participar en un seminario sobre el tema, a realizarse el 29 de junio a las 17.30 en el Salón Terra Australis de la UMAG.

Para empezar, cabe preguntarse si una actividad económica en sí misma puede satisfacer las necesidades de generaciones actuales sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para satisfacer las propias. Volver a la leña y el carbón como principal fuente de energía planetaria sería un ejemplo de decisión claramente no sustentable. Convertir las granjas industriales en la principal fuente de proteína animal de los siete mil millones de humanos que somos es otro ejemplo de decisión no sustentable, en cuanto la producción de proteína animal requiere la producción previa de proteína vegetal y animal que podría ser consumida de manera directa por los seres humanos.

He aquí una primera razón de por qué cuesta justificar la sustentabilidad de las salmoneras (y de la industria de la carne en general, pero ese tema lo dejo para otra ocasión): para criar salmones se necesita darles un alimento en base a productos que bien podríamos llevar al plato sin intermedios—como anchoas, jureles y sardinas, hoy pescados casi exclusivamente para hacer harina y aceite de pescado y con ellos pellets para el consumo de animales de criadero. Eso, en el mejor de los casos. En el peor de los casos, también se alimenta a los salmones con harina de pluma y de hueso (proveniente de pollos y pavos), y con otros salmones muertos antes del fin del ciclo productivo, los que se llevan a las plantas faenadoras de harina de pescado en un gesto de máxima eficiencia… si “eficiencia” puede llamársele a alimentar a una especie con miembros de su misma especie.

En segundo lugar, hay que poner atención a la definición de desarrollo sustentable como un tipo de desarrollo que satisface ante todo necesidades. En un mundo donde las necesidades alimenticias básicas de 800 millones de personas aún se encuentran insatisfechas, cuesta catalogar como sustentable a una industria cuyo mercado es un selecto grupo de consumidores, y que depende para su funcionamiento de la extracción de una gran cantidad de recursos marinos. Los mentados beneficios para la salud humana que aporta el salmón (como ácidos grasos Omega-3 y vitaminas B6 y B12) no llegan a quienes más lo necesitan, sino a quienes pueden darse el lujo de pagarlo.

En tercer lugar, no existen suficientes estudios sobre los efectos de la salmonicultura en el medio ambiente. Antes de permitir el crecimiento exponencial que anuncia esta industria a nivel mundial, se requiere de manera urgente tener más información sobre, por ejemplo: el estado en que queda el fondo marino tras un ciclo productivo dependiendo, entre otras cosas, de la densidad de cultivo; el efecto que tienen las salmoneras en los peces nativos y en otras especies marinas, como los lobos de mar (su principal “competencia”); la cantidad de desechos plásticos y metálicos que se producen; y la salud y bienestar de los propios peces en las jaulas durante los 22 meses que dura aproximadamente su cultivo.

En toda esta discusión, para finalizar, he dado por sentados conceptos como “recursos” y “ciclo productivo”, pero bien cabe preguntarse si podemos hablar de sustentabilidad y seguir ocupando al mismo tiempo estas categorías que objetivizan y economizan a seres vivos sintientes. Así las cosas, me parece que la salmonicultura no puede ponerse el adjetivo de “sustentable” hasta que no se tenga un conocimiento más acabado de su impacto en el medio. Mientras ello no ocurra, lo lógico sería adoptar un enfoque precautorio y congelar su expansión.

Esta columna junto con la segunda parte pueden leerse juntas en El Mostrador

El pastel noruego

Skrik!, Edvard Munch

Sigo con la boca abierta como en el Grito del pintor noruego Edvard Munch (arrriba), pero afortunadamente por estos lares ya hace demasiado frío para que entren moscas. Hace dos semanas, escribí sobre lo que llamé la “receta noruega”: una exitosa combinación de políticas públicas democráticas y participativas, cultura igualitaria y ganancias billonarias gracias a las exportaciones de petróleo, que convierten a este país en un envidiado modelo. En la presente columna, quiero decir algo más sobre el “pastel noruego” a través de tres episodios.

Siguiendo las usanzas locales, el fin de semana partí al Marka (el bosque vecino a Oslo) a recolectar las últimas callampas de la temporada. ¿Instinto suicida? No. Simple aplicación del principio que aquí reina: la confianza. Como buena chilena, harto me costó creerle a mi guía experto que estábamos sacando los champiñones comestibles, y que no íbamos a terminar peripatéticos al primer mordisco. Como sería mi suspicacia que lo dejé a él que probara primero, cual gato de pescador en época de marea roja. Como era de esperar, sigo vivita y coleando, y la generosa platada de chanterelles quedará registrada en mi memoria.

Además del ejercicio de confiar, me ha tocado practicar también el de la ley pareja… tan pareja que no se puede creer. Invitada por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oslo, tuve la suerte de coincidir con otra visita: nada menos que el archiconocido y archipolémico filósofo estadounidense Noam Chomsky. Como era de esperar, la facultad le organizó una comida para homenajearlo, con sólo 30 invitados. ¡Y entre ellos estaba yo! Después de mis experiencias laborales en mi propia tierra, donde varias veces quedé descalificada de las cenas de aniversario y de fin de año por falta de méritos, resulta que aquí, apenas llegada, me hacen parte del equipo y me invitan al evento más exclusivo del año. Si eso no es buena práctica para ganarse la lealtad de la gente, no sé qué podría serlo.

La tercera parte del pastel no es tan alegre, me temo, y tiene que ver con el petróleo, motor de la bonanza económica del país y del alto estándar de vida de sus habitantes. “¿Cómo puede salir algo tan verde de algo tan negro?”, me preguntó retórico un amigo. Y no podría haber sintetizado mejor el dilema de una sociedad que se dice y se cree sustentable, pero cuya principal fuente de ingresos de sustentable no tiene nada. Quizás porque ven venir lo que se conoce como peak oil (el punto máximo de extracción de petróleo mundial, tras el cual viene el declive sí o sí), crearon el Fondo de Pensiones Noruego, donde van a parar todas las ganancias de esta industria, incluidos los impuestos y royalties a las compañías privadas que lo explotan. Gracias a él, las generaciones actuales de noruegos tienen su vejez asegurada. Después, algo inventarán o quién sabe qué vueltas dará el destino. Por mientras, sus menos de cinco millones de habitantes pueden seguir huyendo en sus autos eléctricos a sus “cabañas” de fin de semana de cinco habitaciones y con jacuzzi incluido, trotando para la salud de lunes a viernes y disfrutando intensamente del pastel que todavía no se acaba.

Auto eléctrico enchufado en una calle de Oslo

Sí, pero también…

Tengo una buena amiga australiana, ingeniera, que trabaja en un departamento de estado dedicado a mejorar la eficiencia energética de las cosas más diversas –desde motores de auto hasta refrigeradores y bombas de piscina. Aunque no me cabe duda de que sus intenciones son las mejores, frecuentemente chocamos acerca de lo que en realidad es la solución al problema. El otro día, por ejemplo, me contaba de un proyecto para convertir un alto porcentaje de los autos de Canberra, la capital australiana, de diesel y gas a electricidad. Considerando que la mayoría de los desplazamientos son distancias relativamente cortas, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, bastaría con que los dueños dejaran cargando la batería cada noche para que el sistema funcionara, decía. A lo que repliqué que por qué mejor no se olvidaban de los autos, mejoraban la frecuencia y cobertura del transporte público y promovían el uso de las ya existentes y excelentes ciclovías. Con un aire de entre ingenuidad y desconcierto, respondió simplemente: “Porque no hay cultura para eso.”

En este país (o al menos en su capital), como ya me he quejado antes, el transporte público está reservado casi sólo para ancianos, estudiantes e inmigrantes pobres y uno que otro ciudadano que vive del seguro social. Los senderos de bicicleta, hay que decirlo, son espectaculares, pero su uso es eminentemente recreativo. Las frecuencias de los buses fuera de las horas punta son de uno por hora ¡ay la catástrofe de perderlo! Y los precios de los taxis son prohibitivos, a 15 dólares por un par de cuadras que no tardan más de diez minutos en recorrer.

Contra la respuesta de mi amiga, creo que la solución no es adaptar las medidas para mejorar la eficiencia energética a las costumbres ciudadanas, sino ir a la raíz y trabajar para cambiar estas últimas. Es cierto: modificar las actitudes de las personas tarda años, pero es una apuesta segura. Cuando era niña, por ejemplo, nadie en Chile usaba cinturón de seguridad y, de hecho, creo que la generación de mis padres todavía le hace el quite. Hoy en día, sin embargo, para la mayoría de los jóvenes ponerse el cinturón es lo natural y obvio. A fuerza de multas, partes y campañas de educación pública, se logró concientizar a choferes y pasajeros. La opción rápida en este caso habría sido, análogamente, acolchar las curvas peligrosas para que los choques hubieran sido menos dañinos. Afortunadamente, se entendió a tiempo que la “cultura” de la gente no es un dato fijo e inmóvil, sino maleable y sensible a los incentivos.

Son estas apuestas por cambiar de chip –id est, de actitud– las únicas que pueden enfrentar con éxito a largo plazo problemas como el excesivo uso del auto en la capital australiana,  o, para llevar el tema a casa, la ‘escasez’ energética en Chile. Esto no es decir no a los avances tecnológicos, sino “sí, pero también…”

Vanu ¿qué?, Parte II

Mi amiga Georgina, cocinando un delicioso budín de caramelo con leche de coco

Vanuatu fue elegido como el país más feliz de la tierra según el primer “índice de felicidad planetaria”, publicado en 2006. Eso, a pesar de –o, mejor dicho, gracias a– que en los rankings de desarrollo humano de las Naciones Unidas aparece cayéndose de los márgenes: bajo ingreso per cápita (5 mil dólares anuales, un tercio de Chile); limitado acceso a electricidad, agua potable y alcantarillado; pocos años de escolarización promedio; una pirámide demográfica casi perfecta, típica de país joven tercermundista; y casi un 80 por ciento de población rural, que practica en su mayoría una economía de subsistencia.

Si los ni-Vanuatu salieron primeros en dicho índice, no fue por la cantidad de sonrisas por cada mil habitantes (aunque son muy risueños), ni porque sean particularmente buenos para contar chistes (aunque sí lo son), ni porque vivan en un jardín del edén en la tierra (aunque tienen en abundancia árboles frutales y pescado fresco a pocos metros de la playa). El índice, más bien, relacionaba bienestar y calidad de vida con el impacto ecológico implicado en lograrlo. Y ahí, demás está decir, les dieron combo y patada a australianos, noruegos, suecos y todos esos otros países del primer mundo que se precian de sus altísimos estándares de vida, pero que se meten al bolsillo el costo ambiental que ello implica para sus respectivos países, pero sobre todo para el mundo entero.

En Vanuatu, la calidad de vida no se mide (todavía) por el modelo de auto, los metros cuadrados de la casa ni lo acolchada que esté la cuenta corriente. En el archipiélago de 83 islas y 110 idiomas, esas cosas que tanto importan en la ciudad no tienen mayor uso. Lo que vale es la fuerza de la vida en comunidad y la mantención de tradiciones de vieja data. A excepción de Port-Vila (la capital) y sus alrededores, la tierra no tiene título de propiedad y se sigue administrando como siempre: de padres a hijos varones. Gracias a ese sistema patrilineal todos tienen donde caerse muertos o, más importante aún, donde pararse vivos… y cultivar lo necesario para el día a día.

Los niños son mayoría en Vanuatu

Es fácil idealizar lugares como éste cuando se visitan por un par de semanas y, a la Rousseau, se comienza a fantasear con la idea de una vida ajena al progreso, a la ciencia y a la civilización. Pero lo cierto es que Vanuatu está bajo presión, y eso el índice no lo muestra: presión inmobiliaria, económica, política. La primera es la más evidente: más del 90 por ciento del negocio turístico (que es una de las principales fuentes de ingreso del país) está en manos de “expats”, expatriados de Australia y Nueva Zelanda, China e India, que pagan chauchas a los locales y cobran una fortuna a los turistas. La evasión fiscal es descarada y los beneficios de la industria van a parar a miles de kilómetros de allí. Esto genera a su vez presión económica entre los habitantes, que empiezan a ver cómo el vecino que trabaja en el resort se compra las chalas más caras y le pone un motor más grande al bote… y bienvenida, Envidia. En términos políticos, no hay gobierno que dure mucho y generalmente la ayuda de potencias como Australia y Estados Unidos viene cargada de condiciones que las autoridades de turno deben acatar sin chistar. Que Vanuatu siga siendo el país más feliz de la tierra dependerá por cierto de cómo reaccione frente a estos nuevos desafíos.

05/09/10 El Monte

En su libro Fundamentos de Ética Medioambiental, el filósofo estadounidense Eugene Hargrove escruta aquellas actitudes presentes en la cultura occidental que servirían para fundar una ética de respeto por la naturaleza: desde las propiamente filosóficas, pasando por las estéticas hasta las científicas. En un pasaje muy interesante, que trata las relaciones de propiedad y uso de la tierra, el autor explica cómo, al momento de constituirse los primeros parques nacionales en Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, uno de los argumentos de los opositores sostenía que esas hectáreas se iban a convertir en wasteland: tierra perdida o desechada. El valor de la tierra lo ponía el trabajo del hombre, decían, remitiéndose a la tradicional doctrina del derecho de propiedad de John Locke. Una tierra sin peregrinos ni vacas pastando no tenía razón de ser. Había que domarla, colonizarla y conquistarla antes de que ella nos conquistara a nosotros.
Afortunadamente para sus hijos y nietos, sus razones no convencieron lo suficiente y fue posible el nacimiento de parques como Yellowstone, con sus bosques poblados por el oso Yogi y sus géisers que atraen a miles de visitas cada año. Esa idea de que la tierra intocada y sin la presencia humana carece de todo valor y necesita ser domesticada se mantiene viva, sin embargo, y nos toca de cerca. Baste con examinar la relación que mantienen aún hoy los chilotes con “El Monte”.
¿Qué es “El Monte”? Pues lo contrario de la tierra “limpia” para el pastoreo; ese lugar de difícil acceso, desde donde salen los zorros por la noche a comerse las gallinas, desde donde se oye el misterioso canto del chucao y donde probablemente viven el Trauco, la Fiura y el Basilisco. El monte es tierra desaprovechada, porque no deja lugar para la habitación humana ni para el ganado ni para el cultivo. Sólo cuando se ha talado, rozado y arado sube de status.
Sería interesante estudiar cómo los valores heredados por los antiguos colonizadores españoles aún se mantienen vivos en la conciencia chilota. A su llegada, hace más de cuatro siglos, el bosque nativo se presentaba sin duda como el principal enemigo del hombre, aquél que le impedía avanzar y que amenazaba con cercarlo al menor descuido. Mientras los huilliches convivían en armonía con su medio, los colonizadores importaban el modelo europeo de agricultura, donde la pradera era el summum bonum.
Así fueron “limpiando” la Isla Grande y también las pequeñas (muchas de ellas hoy tienen que importar leña de otros lugares), y así fueron llegando males asociados, como el espinillo, plaga que inunda las praderas abandonadas y que cada vez se extiende más al sur.
¿Cómo detener la tala y preservar lo que queda? ¿Cómo hacer que “El Monte” pase de tener una connotación negativa a una positiva? Poco a poco, parece, los chilotes se han ido dado cuenta de lo que tienen y de lo que vale. Que un inversionista de ojo certero hoy laboralmente reconvertido se haya comprado el 15 por ciento de la isla donde más “Monte” hay, algo debería indicar. Ojalá pronto sea una perogrullada decir que la naturaleza está recuperando el valor que durante tantos siglos le fue injustamente negado.

29/08/10 Termoeléctricas: el lado B***

***Escribí esta columna el día antes de que el Presidente rechazara la decisión de la Corema de la IV Región de instalar la central Barrancones en las cercanías Punta de Choros. Las protestas con argumentos de peso por parte de parlamentarios, ONGs y activistas surtieron efecto… por el momento. Lo que no cambia es la conexión entre la nueva serie de termoeléctricas que esperan aprobación en Chile y el carbón de Isla Riesco, que -cabe suponer- será una de sus fuentes de energía principales. El problema de las termoeléctricas, entonces, no es sólo cuánto contaminan in situ, sino también cuánto contamina la extracción del carbón que las echa a andar.

Tras la aprobación inicial del proyecto para construir la central termoeléctrica Barrancones, en la costa de la IV Región, han surgido escandalizadas voces de protesta, calificándola como “el mayor crimen ecológico del último tiempo”, “un desastre”, “una pésima noticia” y “crónica de una muerte anunciada”.
La empresa franco-belga Suez Energy pretende construir una central a carbón bituminoso y sub-bituminoso de casi 600 MW de potencia, con una inversión de 1.100 millones de dólares, a pocos kilómetros del santuario natural Punta de Choros-Isla Damas. Además de ser el hábitat del 80 por ciento de la población mundial de pingüinos de Humboldt, abundan en estas costas los delfines nariz de botella, los lobos marinos y ballenas ocasionales. Las aguas turquesas de la isla invitan a los buzos a explorar el rico fondo marino; la costa escarpada y las kilométricas playas de arena blanca, matizadas por antiguos conchales dejados por los pescadores, son un placer para el visitante que puede perderse por horas a lo largo de ellas (lo digo por experiencia propia).
Una vez más, los chilenos vemos con impotencia cómo un puñado de agentes auto-interesados toman decisiones que significan un cambio de vida radical, y para peor, no sólo para los seres humanos sino también para otras especies (muchas veces únicas). Y una vez más hay que guardar la esperanza de que algún abogado ingenioso, un par de congresistas desalineados y un grupo de ONGs activas le pongan freno como sea: reclamando ante el Consejo Directivo de la Conama, interponiendo recursos de protección en los tribunales de justicia, dando a conocer la noticia internacionalmente, para generar presión desde afuera, etc.
Considerando que Barrancones es sólo la primera en una serie de termoeléctricas que esperan ser aprobadas en el norte (Cruz Grande y Castilla son otras en la lista), me surgen dos preguntas al menos. La primera, ya formulada por otros: ¿en qué quedará la promesa del hoy presidente de la República, que como candidato aseguró que promovería las energías renovables en desmedro de estas otras decimonónicas y sucias? Es de esperar que no haya sido sólo eso, una promesa, y que ante esta decisión de unos pocos seremis y gobernadores tenga algo que decir.
La segunda pregunta, más urgente, es de dónde se pretende sacar el carbón necesario para funcionar. Y la respuesta es preocupante. Parece evidente que estos proyectos termoeléctricos asumen que, cuando sean aprobados, estará aprobado también el proyecto carbonífero Mina Invierno, en la XII Región, hoy en estudio; un forado a tajo abierto de 500 hectáreas en medio de Isla Riesco, tesoro natural y turístico en potencia. Hoy más del 90 por ciento del carbón usado en Chile es importado, pero ésta podría proveer en pocos años el 30 por ciento de la oferta. Todo con un alto costo ambiental de por medio.
Ante esto, me parece que hay que aunar fuerzas y hacer de estas dos causas una sola: sin termoeléctricas, no se necesita carbón. Quienes quieren evitar la contaminación de un paraíso conocido, como lo es Punta de Choros, deben querer evitar también la contaminación de Isla Riesco, un paraíso aún por descubrir.

15/08/10 Empleo tipo salmón

Leo con sorpresa en los diarios locales que se anuncia para Magallanes el alba de una nueva industria; una industria que promete generar sólo en su primer año de producción tres mil nuevos empleos, lo que bajaría a la mitad la tasa de desocupación regional (hoy de un seis por ciento) y se convertiría en uno de los polos más importantes del desarrollo económico.
Se trata de entregar 600 concesiones para instalar jaulas salmoneras, desperdigadas por los bordes costeros de Magallanes, Última Esperanza y Tierra del Fuego. Precarias instalaciones flotantes en medio de fiordos y paisajes agrestes; en lugares recónditos hasta ahora, pero que pronto dejarían de serlo.
Dice el subsecretario de pesca, Pablo Galilea, que la expansión salmonicultora a nuestra región es “una imperante necesidad”. Y yo me pregunto a qué se refiere. ¿Imperante necesidad porque sin nuestra participación peligra el ranking de Chile como top exportador de este pescado a nivel mundial? ¿Imperante necesidad porque, tras la hecatombe del virus ISA en la X región, a las empresas salmoneras no les quedó otra que mirar hacia el austro? ¿Imperante necesidad porque hay que generar empleos como sea, sin importar su calidad?
Referirse a la estela de problemas ambientales y sanitarios que dejó esta industria en Chiloé ocuparía la edición completa de este diario dominical y mucho más. Entre los más serios: pérdida de biodiversidad tanto por el escape masivo de estos depredadores marinos como por la matanza de lobos y aves, contaminación de aguas y playas, uso excesivo de antibióticos, competencia por los recursos pesqueros silvestres para dárselos como alimento a los voraces salmones.
Pequemos de confiados, sin embargo, y asumamos que estos errores no volverán a repetirse, porque las autoridades habrán aprendido y esta vez sí habrá fiscalizadores que defiendan el patrimonio de los ciudadanos y no de las empresas; y multas que duelan y no den risa o a lo más, cosquillas.
Centrémonos en el tipo de empleos que se espera generar. Para los que padecen de memoria de corto plazo, recuérdese que, en la edad de oro del salmón chilote, la mitad de los cerca de 50 mil trabajadores estaban subcontratados y el 80 por ciento recibía el salario mínimo. Las mujeres conformaban la mayoría del cuerpo laboral, dedicadas al faenamiento. Las LER (lesiones por esfuerzo repetitivo) se pusieron tan de moda como la artritis, por las bajas temperaturas a las que se veían obligadas a trabajar. Sólo entre 2005 y 2006, se supo que 50 personas perdieron la vida en faenas relacionadas con la industria. Mientras, ésta facturaba tres mil millones de dólares anuales. Demás está decir que las oficinas de las principales empresas no quedaban en Chonchi ni Mechuque.
Si lo que hoy se vende como la promesa de desarrollo económico para Magallanes va a ser la continuación de la triste historia con triste final de Chiloé, llamo a luchar por evitarla. A quien le queden dudas, que se comunique con algunos de los 20 mil cesantes que dejó la industria en su paso por la X región, y que oiga de la fuente misma lo que son los empleos tipo salmón.

Empleo tipo salmón puede leerse también en VerDeseo, El Repuertero y HolaVerde

25/07/10 El lado oscuro del carbón

Sobre fondo blanco e inmaculado, dice en la página web del proyecto Mina Invierno, de Minera Isla Riesco, que se planea la explotación a rajo abierto, para producir anualmente entre 3 y 6 millones de toneladas de carbón sub-bituminoso (de baja capacidad calórica) por un plazo de hasta 30 años. La inversión, de 200 a 300 millones de dólares, incluye un puerto para despachar el mineral al norte; con esto se espera disminuir la dependencia nacional de fuentes extranjeras, que hoy constituyen casi el total de la oferta. Se anuncia además que durante la construcción se crearán mil empleos, para bajar en las próximas décadas a unos 400 directos y 300 indirectos. Agregan en la sección Medio Ambiente que éste es de “vital importancia”, y que van a aminorar el impacto “restituyendo la capa vegetal al término de la explotación”. En cuanto a las relaciones con la comunidad, aseguran seguir la “política del buen vecino”.
¿Qué es lo que habría que agregar a la blanca e inmaculada página? Vamos por orden. Luego de siglos de minería de carbón sub terra, graficada en las novelas de Baldomero Lillo y en los dibujos de Van Gogh (en carboncillo, valga la ironía), hoy la tendencia son las minas en superficie, del tipo propuesto aquí. Menos peligrosas para los trabajadores, que antes morían por miles reventados por el gas grisú o con los pulmones tapados de hollín, éstas últimas tienen sin embargo un mayor impacto en el medio ambiente. Como lo acredita la fundación Environmental Literacy Council, explotar el carbón a rajo abierto provoca no sólo erosión y pérdida de hábitat, sino que además contamina el aire con partículas tóxicas y exige remover cantidades enormes de suelo. Para darse una idea, para obtener una tonelada de carbón se calcula que hay que sacar 25 toneladas de tierra. Suponiendo que Mina Invierno alcance su máxima producción anual de seis millones de toneladas, se extraerían… ¡150 millones de toneladas de tierra cada año! O sea, ¡4.500 millones de toneladas en las tres décadas que se la quiere hacer producir! ¿A dónde irían a parar? Nada se ha dicho, pero probablemente el montículo podría pasar a formar parte de las altas cumbres de la Cordillera Riesco.
Prosigamos. Parte clave de la inversión se destinará a construir un puerto para despachar desde allí el mineral adonde lo necesitan, o sea, lejos de aquí, a las centrales termoeléctricas de la zona norte y centro. Éstas son generadoras como ninguna de emisiones de carbono, que Chile se comprometió a reducir en la cumbre de Copenhague en 2009. Como dato anecdótico, los grupos económicos Angelini y Von Appen, dueños de Minera Isla Riesco, suman juntos un 50 por ciento de participación en Guacolda, la mayor importadora de carbón en Chile y abastecedora de energía para la cuarta región.
En lo referente a empleos, nada se detalla acerca de la calidad de éstos o de cuántos serán para magallánicos. Como suele ocurrir con los proyectos mineros, además, la creación de trabajos es modestísima con relación a la inversión y a las ventas.
Si el medio ambiente les concierne, es por lo menos curioso que la única medida mencionada para paliar los efectos negativos de explotar una mina a rajo abierto de 500 hectáreas y 180 metros de profundidad sea plantar pasto al final. Falta también aclarar qué se hará con el drenaje ácido generado, que contamina las fuentes de aguas subterráneas y superficiales. Si un plan de mitigación ni se nombra en la página web, es de esperar que exista al menos en el EIA presentado ante la Corema.
Por último, cabe preguntarse qué se entiende por política del “buen vecino”. Los cuarteles generales de la compañía quedan en Avenida el Bosque Norte 500, Las Condes. En Punta Arenas sólo tienen una oficina y una casilla.
Uno de los directores de Minera Isla Riesco declaró que este proyecto, junto con Hidroaysén, constituían las dos grandes promesas con las que contaba Chile para paliar el problema de la energía. No creo que ni el uno ni el otro sean la solución. Mientras éste se plantee desde la perspectiva de la oferta, ni el carbón, ni la mega-hidroelectricidad, ni siquiera una central nuclear darán abasto. Lo que hay que hacer más bien es ver cómo reducir la demanda, optimizando e incentivando esa optimización, por ejemplo, con subsidios a construcciones con aislación adecuada y paneles solares. La tierra ya está bien caliente. ¿Para qué echarle más carbón?

Esta columna también puede verse en el diario El Ciudadano y en la página web de No a la mina.
La versión completa en dos partes puede leerse aquí:
El lado oscuro del carbon Iy El lado oscuro del carbon II.
Para un ejemplo de los efectos que tienen estas minas a tajo abierto en Estados Unidos, aquí un excelente reportaje del New York Times.