“Caso Pollos”: La furia equivocada

Mucho se ha hablado estos últimos días sobre el fallo del Tribunal de Defensa de la Libre Competencia (TDLC) que acogió el requerimiento de la Fiscalía Nacional Económica (FNE) y sancionó por colusión a las tres mayores empresas productoras de pollo en Chile, Agrosuper, Ariztía y Don Pollo. Entre 2006 y 2011, se acusa a estas empresas de haber controlado los precios a través de la Asociación de Productores Avícolas (APA), ahora disuelta también por orden del Tribunal. Tras el fallo, el ministro de economía Luis Felipe Céspedes se refirió al “Caso Pollos” como “el delito más grande de la competencia en Chile,” si se tiene en cuenta que “este producto constituye algo así como el 40 por ciento del consumo interno en materia de carnes, y afecta directamente al bolsillo de todos los chilenos.” A la sanción de 60 millones de dólares que deberán pagar entre las tres empresas (25, 25 y 10, respectivamente), el SERNAC por su parte anunció que podría sumar nuevas acciones legales para compensar a los consumidores que se vieron afectados por el ilícito. La Sofofa, en tanto, declaró toda mala práctica que atente gravemente contra nuestra economía.

Los titulares y noticias al respecto suman y siguen, pero el enfoque no cambia demasiado. Aquí el ilícito fue ir contra las leyes del mercado y de la libre competencia; coordinarse para controlar la producción y así mantener un nivel “rentable” de precios a costa del público; perjudicar a la dueña de casa que tuvo que pagar veinte pesos más por la doble pechuga que lo que habría debido pagar si las curvas de oferta y demanda hubieran fluctuado sin manos negras interviniéndolas. Aquí las víctimas fueron los chilenos y sus bolsillos, la reputación del empresariado nacional y la economía misma, contra la cual se atentó gravemente. Pero, ¿y los pollos? ¿No se llama el escándalo “Caso Pollos”?

El TLDC declara en un comunicado que el acuerdo respecto a la cantidad a producir por las tres empresas “fue controlado o ajustado mediante sugerencias de carga, matanza de crías u otras políticas o mecanismos coordinados.” ¿Matanza de crías? ¿Cuántas en total, cuántas al año, en qué circunstancias? ¿Y a dónde fueron a parar sus cadáveres? Quienes reportearon la noticia pasaron por encima del sufrimiento inútil de miles de animales sacrificados gratuitamente por una pingüe ganancia económica. No debería parecer tan rara dicha omisión, dirán algunos, en una sociedad donde los animales “para carne” son tratados como si tuvieran un estátus ontológico independiente de los demás. Los animales “para carne” son tratados como objetos, no como seres que sufren y gozan igual que nosotros, a su manera claro está; los animales “para carne” no tienen rostro, sino que se transforman en sus partes (pechugas, trutros, lomo, asiento, chuleta); los animales “para carne” no se ven nunca en vida, sino tan solo ya procesados y enfundados en alusaplast sobre asépticas bandejas de plumavit. Si nos diéramos la molestia de ver las vidas que llevan, quizás, más de alguno que se jacta de lo rico que le queda el pollo a la naranja lo reemplazaría raudo por un buen plato de porotos. Es más fácil, para poder seguir dándonos nuestros gustitos pequeños sin remordimientos, ignorarlos, esconderlos y dejarlos a la sombra de toda publicidad, ajenos a las cámaras, invisibles (¿cuántos de quienes comen pollo, pavo y cerdo ha entrado a la granja industrial y luego al matadero a ver cómo los “procesan”?)

El Caso Pollos, a mi parecer, revela dos enfermedades que debemos enfrentar pronto como sociedad. Una, ya bien diagnosticada por el TDLC, es la enfermedad del lucro por el lucro, cuando ninguna utilidad es suficiente y se está dispuesto a ir contra la ley y contra ciertos mínimos principios morales si ésa es la única manera de aumentar los ceros al final del balance. La otra enfermedad, igual o más grave, es la insensibilidad casi total con la que tratamos hoy a cientos de miles de animales que hacemos nacer para criar amontonados y cautivos en condiciones que nadie quiere ver, y que sacrificamos para ponerlos al plato innecesariamente (considerando la cantidad de alternativas que existen a una dieta carnívora). Otro de los datos que pasó inadvertido en el Caso Pollos fue que, dentro de los diferentes tipos de animales que se consumen en Chile, los pollos ocupan casi la mitad, con un consumo promedio de 30 kilos per cápita al año. En una población de 16 millones de chilenos, eso significan 480 millones de kilos … ¿a cuántos animales muertos equivale esa cantidad? ¿Alguien se ha puesto siquiera a hacer el cálculo?

Si no por compasión y empatía mínima, al menos por preocupaciones sanitarias (tanto hacia el medio ambiente como hacia la salud humana) deberíamos cuestionarnos estas cifras. Tanto como para denunciar las malas prácticas empresariales, el Caso Pollos debería servirnos para revisar nuestras malas prácticas como consumidores – y, en último término, como animales humanos tratando y maltratando a los demás.

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Ojos que no ven, corazón que no siente

ojos que no venSi hay un refrán que haría desaparecer de la faz del idioma es “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Éste hace pensar en ciertos rasgos que corroen a una sociedad en lugar de fortalecerla; que ensalzan lo que no es motivo de ensalzamiento; que celebran como una gracia lo que de gracioso nada tiene. Hipocresía, mentiras, omisiones culpables, elección de la ignorancia como forma de vida. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, piensa la mujer que pretende no saber que su hombre le es infiel porque es mejor estar casada, después de todo, que separada o divorciada. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dicen aquellos que saben de un jefe abusador, pero han tenido la suerte de no ser abusados. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es la actitud de todos aquellos que compran sus patitas de pollo en aséptica bandeja de plumavit, prefiriendo ignorar de dónde salió el pollo, cómo fue su vida y qué cosas hicieron posible que llegara al lejano estante de supermercado.

Tiene que ocurrir algo que dañe demasiado a los ciegos por elección para que el refrán se deje de lado. Esto ocurre cuando el marido infiel ya no es sólo infiel, sino además golpeador; cuando uno mismo se transforma en el objeto de los abusos del jefe; cuando resulta que el aséptico pollo no es tan aséptico y termina enfermando a quienes lo consumen. Esto último acaba de ocurrir hace poco con la noticia de que 43 mil kilos de pollo de Agrosuper (o mejor dicho 21 mil animales, si se quiere ser humano con el uso del lenguaje) presentaban altos niveles de dioxina, un agente tóxico con efectos nocivos para la salud humana a corto y largo plazo. Episodios así tienen que salir a la luz para que los medios y la opinión pública fijen su atención en la producción industrial de carne y cuestionen sus métodos. Aunque la actitud general sigue siendo que es mejor no saber demasiado acerca de qué comemos (¡las sorpresas desagradables que nos llevaríamos!) si está en juego el propio bienestar, pues ahí cambia la cosa.

De ahí la importancia de desenmascarar, para que los consumidores tarde o temprano extiendan su preocupación exclusiva por la salud propia a la preocupación por el bienestar de aquellos seres sacrificados a su servicio.

Este desenmascaramiento es precisamente lo que busca eliminar una ley que ya ha sido aprobada en varios estados de Estados Unidos y que, es de esperar, no se contagie a otros lares. Conocida como la Ley de Terrorismo Animal y Ecológico (Animal and Ecological Terrorism Act), lo que pretende es justamente convertir el refrán citado más arriba en una obligación legal: quien se atreva a fotografiar o filmar lo que pasa dentro de un criadero de pavos o chanchos o cualquier otra granja industrial no sólo será calificado de criminal, sino que además será ingresado en un registro nacional de “terroristas animales y ecológicos.” Parece de Orwell, pero es cierto, y es el resultado del poderoso lobby de aquellos que buscan mantener al público en la ignorancia para seguir vendiendo carne tan poco ética como saludable. Una medida así es para ponerse en alerta: si se califica de “terroristas” a quienes valientemente fiscalizan por sus propios medios lo que las instituciones estatales deberían fiscalizar (y esto ad honorem y para beneficio de humanos y no humanos), pues entonces qué hay de todo otro tipo de fiscalización independiente? ¿Se transformará “buen periodista” en sinónimo de “terrorista”, y se condenará toda investigación que no sea llevada a cabo por agentes oficiales?

Lo terrorista y terrorífico, en realidad es prohibirles a los consumidores que sepan lo que consumen. Si éstos prefieren seguir con la banda sobre los ojos, allá ellos. Pero elegir el camino de ojos que no ven, corazón que no siente, debería ser una decisión propia y nunca impuesta por quienes se dicen representantes de la ciudadanía.

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¿VGM? ¡S.O.S! (Parte II)

Para quienes no leyeron la columna anterior y para quienes la leyeron pero necesitan refrescar la memoria, un resumen ejecutivo: el gobierno presentó a mediados de marzo una indicación sustitutiva al proyecto de ley sobre vegetales genéticamente modificados (VGMs) que ampliará su uso actual (hasta ahora limitado a la producción de semillas de exportación) a la producción para consumo interno. Mientras la SNA celebra, investigadores independientes y algunas ONGs protestan preocupadas por lo que creen podría derivar en problemas para los pequeños agricultores y para la salud humana y del medio ambiente.

Para iluminar esta discusión, creo que es útil partir distinguiendo entre VGMs y VGM. En principio, los transgénicos son plantas a las que se ha insertado un gen de otra, que cambia sus propiedades convencionales poniéndola en ventaja en algún sentido. Por ejemplo, insertando el gen de plantas tolerantes a la sequía o a suelos salinos en otras que no lo son, como un tomate, se puede hacer que éstos crezcan en condiciones desérticas. También hay VGMs que son resistentes a ciertas enfermedades que diezman a sus parientes convencionales, o VGMs extra nutritivos. En Australia, por ejemplo, se cultiva un plátano enriquecido con vitamina A y minerales, y en India están experimentando con una papa que contiene un 60 por ciento más de proteínas que las convencionales. También hay VGMs que resisten plagas y evitan así el uso de insecticidas. En todos estos casos, si bien aún no se saben los posibles efectos para la salud humana y del medio ambiente a largo plazo, podría decirse que la idea de adoptar estos cultivos en Chile suena atractiva: por ejemplo, ante un futuro de sequías, si se quiere asegurar que todos los chilenos tengan algo que echar a la olla suena sensato dar facilidades para que se empiecen desde ya a plantar VGMs que resistan la falta de agua. El problema es que éstos constituirán una proporción mínima de los que probablemente se plantarán.

Si los transgénicos han sido vilipendiados por los ambientalistas –y si hoy todavía se encuentran prohibidos en la Unión Europea–, no es por este tipo de plantas super nutritivas o resistentes a sequías o salinidades extremas, sino sobre todo por aquellas resistentes al herbicida round-up. El chiste es que tanto este herbicida (el más vendido en el mundo) como las plantas diseñadas para resistirlo son propiedad de la misma compañía: la transnacional Monsanto, que controla el 90 por ciento de estos cultivos en todo el planeta y cuenta entre sus top de ventas la soya, el maíz y la canola “round-up ready”, que son lo único que queda vivo después de regar los campos con dicho herbicida. Además del desequilibrio ecológico, la contaminación genética de las plantas nativas, la aparición de “super-malezas” y los problemas de salud para quienes viven cerca de los campos “round-up” (denunciados in extenso en el documental El mundo según Monsanto, de la periodista francesa Marie-Monique Robin), la adopción de estos cultivos plantea serios problemas a la soberanía alimentaria de un país. Esto, en al menos dos sentidos. Por un lado, una excesiva dependencia de ellos puede resultar catastrófica si son atacados por una peste o enfermedad. Pero aún más grave, porque están patentadas por la compañía, estas plantas no pueden reutilizarse año a año, sino que los agricultores deben comprar las semillas desde cero cada temporada. Lo que es peor, si un viento inesperado hace que las semillas transgénicas aterricen en su patio, pues podría usted tener que pagar una multa de varios miles por violar la propiedad intelectual de la compañía (éste es el caso de cientos de pequeños agricultores que han sido demandados por Monsanto en Norteamérica). Si se dicta esta nueva ley, mi recomendación sería amurallar y techar su terruño como medida precautoria, Señor Agricultor.

 

Una versión in extenso de esta columna puede leerse en Chile Sin Transgénicos

¿VGMs? ¡S.O.S! (Parte I)

Chile transgénico

 

Si usted cree que sabe lo que come, pero no sabe lo que significa el título de esta columna, entonces lamento comunicarle que no sabe lo que come. Los VGM, vegetales genéticamente modificados o transgénicos, llevan años en nuestros platos sin etiqueta y sin aviso. En Chile los consumimos sobre todo en forma de derivados del maíz y de la soya, en aceites, leches, harinas, salsas, galletas, queques y un largo etcétera de alimentos procesados e importados de países como Argentina y Estados Unidos. Pero ahora el gobierno quiere que comencemos a producirlos también aquí para el consumo interno.

Hasta ahora, la ley chilena sólo autoriza el cultivo de VGMs para semillas de exportación (principalmente soya, maíz y raps), que ocupan unas 25 mil hectáreas entre las regiones I y X y palidecen en comparación a los 66 millones de hectáreas sembradas en Estados Unidos y a los 22 millones allende los Andes. De aprobarse la indicación sustitutiva presentada en marzo al proyecto de ley sobre VGM (que duerme en el Congreso desde 2006), el uso de éstos se facilitaría tanto para uso “controlado” (de investigación o producción de semillas), como para uso “liberado” (con fines comerciales). En el caso de los primeros, se los aprueba de manera automática, mientras en el caso de los segundos sólo se solicita una evaluación de riesgo inicial presentada por los mismos interesados, y apelable en caso de ser rechazada: ¡Bendita fe en la auto-regulación empresarial! Mientras, de manera nada democrática, el Ministerio de Agricultura se reserva el derecho a declarar ciertas áreas como “centros de origen y de diversidad”, para resguardar ciertas plantas nativas de la contaminación por VGM, que –como se ha visto en países como México y Canadá– se ha convertido en una amenaza a la biodiversidad. Por último, de manera nada transparente, el etiquetado de productos que quieran declararse libres de transgénicos es optativo, pero el de los que sí lo son no es obligatorio. O sea, la presencia de VGMs en nuestra dieta diaria sigue siendo un misterio y el peso de la prueba se invierte: ahora son los productos convencionales los que tienen que diferenciarse si quieren, mientras que los recién llegados pueden pasar anónimos los controles.

Voces opuestas han surgido tras comunicarse estas indicaciones. Por un lado, la Sociedad Nacional de Agricultura aprueba la moción, con el argumento de que elimina la desventaja de los productores chilenos frente a los extranjeros que sí ocupan VGMs, y facilita la coexistencia de cultivos convencionales y transgénicos. Demás está decir, las grandes trasnacionales que dominan el mercado de semillas transgénicas también están de este lado, encabezadas por Monsanto (que merece columna aparte). Por otro lado, han surgido voces de alerta de investigadores independientes –como Isabel Manzur, de la Fundación Sociedades Sustentables– y de ONGs que denuncian los efectos nocivos que la liberación de VGMs ha tenido en otros países: entre ellos, empobrecimiento de los pequeños agricultores, campos transformados en “desiertos verdes” de monocultivos y problemas de contaminación genética, con la consiguiente pérdida de biodiversidad. En estos casos, lo que se cuestiona es un tipo específico de VGMs: más precisamente, la canola, soya, algodón, canola, maíz y remolacha “round-up ready”, resistentes al herbicida Round-up de Monsanto, que mata todo en su pasada menos a estas plantas. Hay, sin embargo, transgénicos y transgénicos, y no todos deberían ponerse en el mismo saco…

Una versión in extenso de esta columna puede encontrarse en El Ciudadano y en Chile Sin Transgénicos

Adam Smith en CasaPiedra

Adam Smith, filósofo y economista (1723-1790)

Rara vez oímos hablar de las asociaciones de patrones y frecuentemente de las de obreros. Pero quien se imagine por esto que los patrones rara vez se asocian, es tan ignorante del mundo como del tema.

De buenas a primeras, la cita parece sacada del Capital, pero lo cierto es que pertenece a Adam Smith, uno de los autores más malinterpretados y tergiversados de la historia de la filosofía y economía. En su tratado magistral sobre La riqueza de las naciones (que es donde aparece esta cita y las siguientes) el escocés afirma –es cierto– que el desarrollo económico de un país ocurre gracias al interés propio y no a la benevolencia. De ahí a convertirlo en el supuesto padre de un capitalismo desbocado que todo lo permite hay, sin embargo, una brecha profunda; una brecha insalvable.

Si algo conozco a Smith (que, debo confesar, es uno de mis autores favoritos), no me cabe duda de que por estos días se revuelca en su tumba edimburguesa. Frente al estado doméstico y global de creciente concentración económica, donde las medidas “liberalizadoras” se practican unilateralmente sobre los más débiles, mientras los fuertes siguen protegiendo sus mercados con tarifas y subsidios, Adam sin duda levantaría la voz, rojo de escocesa furia.

Si viviera hoy, seguramente, el catedrático de Glasgow se pasaría la vida de conferencia en conferencia, auspiciado por think-tanks ansiosos de oír su opinión. Y si de soñar se trata, imagino que lo invitan a Chile, a Santiago, por supuesto, a dar una conferencia en CasaPiedra, por la cual los asistentes pagan una entrada de cinco cifras. Comienza diciéndoles:

Cuandoquiera que la legislatura intenta regular las diferencias entre patrones y trabajadores, sus consejeros siempre son los patrones.

Como, está demas decirlo, quienes escuchan a Smith en ese momento clasifican en la primera y no en la segunda categoría de aludidos, hay en la audiencia incómodos cruces de miradas y crujir de asientos. Smith se lamenta de las asimetrías de poder, donde el obrero necesita al patrón, y el patrón al obrero, pero este último de manera mucho más inmediata y urgente, por lo que las negociaciones entre ambos nunca son equitativas. Muchos a estas alturas se preguntan si no se habrán equivocado de seminario. Pero no: es Adam, el mismísmo padre del liberalismo económico quien les habla, el promotor del mercado desregulado y del capitalismo, sí, pero a escala humana y no corporativa. La crítica de Napoleón, de que Inglaterra era, siguiendo el modelo smithiano, una “nación de comerciantes” apuntaba precisamente a esto: a que la verdadera riqueza de las naciones ocurre cuando el poder se encuentra disperso entre miles, y no concentrado en unos pocos.

A la hora de las preguntas, sigo soñando, alguien le pide al ilustre invitado que dé su opinión sobre el reciente juicio por adulteración fraudulenta de precios que se lleva contra 18 ejecutivos de las tres mayores farmacias de Chile y de cinco grandes laboratorios. A lo que responde tajante:

Los empresarios del mismo rubro rara vez se juntan para divertirse, pero [cuando lo hacen] la conversación termina en conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios.

Si estuviera allí, pienso, le pediría que dé su dictamen también sobre la fusión Lan-Tam, la creciente concentración de la generación eléctrica en el Sistema Interconectado Central (SIC) y la desaparición de los minimarkets a manos de un par de gigantes del retail. Pero no hay necesidad, me digo, pues ya se lo que respondería… y sé que sería algo tras lo cual los patrones, perdón, presentes, se retirarían indignados.

 

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Mi pedido de Navidad

Suponiendo que los oscuros pronósticos mayas y hollywoodenses para el 2012 pasen tan sin pena ni gloria como los augurios de Nostradamus para el 2000, y que el 2011 no sea simplemente el año para despedirse de nuestra existencia antes de la hecatombe, me gustaría que lo viviéramos de la siguiente manera: con razón de ser, como si por fin hubiéramos caído en la cuenta de quiénes somos y qué cosas nos están destinadas en este fugaz paso por la infinitamente minúscula (pero única e irremplazable) Tierra.

Mi pedido para este año es uno solo, pero no está en mis manos cumplirlo, sino en las de miles de millones. Es simple y, como todas las cosas simples, más complicado de lo que parece: pido que los consumidores por fin nos demos cuenta de que tenemos el poder, lo asumamos y lo ocupemos para batallar contra las injusticias globales y locales, para mejorar fallas que pueden fácilmente corregirse y para hacer de este frágil planeta un lugar más acogedor no sólo para unos pocos humanos afortunados, sino para todos los que lo habitan.

El consumismo es una y otra vez vilipendiado, acusado del cambio climático, de la miseria de millones, del colapso de la biodiversidad y del rápido agotamiento de los recursos naturales. Con puras malas connotaciones, se presenta ante el público como una verdad inevitable, el sino al cual la Humanidad está predestinada.

Lo que se dice menos y creo que debería recalcarse, al contrario, es que consumir es opinar, es dar nuestro voto, es hacerle un tic al costado a nuestro candidato preferido (sea lavalozas, línea aérea o marca de ropa). Más aún, tan análogo es consumir a acudir a las urnas electorales que incluso podemos votar nulo si no nos gusta ninguna de las opciones: no compramos, pasamos de largo, no agregamos ese ítem al carro de compras. Créanlo o no, señoras y señores, ese acto marca una diferencia.

Si Revlon decidió a fines de los años ’90 dejar de testear sus productos en animales, fue por la amenaza de un grupo organizado de compradoras de abandonar en bloque su lealtad a la marca. Si Coca-Cola Zero le quitó por fin el ciclamato de sodio a su versión latinoamericana fue por la protesta de asociaciones de consumidores de diferentes países, cuando descubrieron que se trataba de un agente cancerígeno prohibido en Estados Unidos y Europa. Si en 2015 California no tendrá más pollos enjaulados es por la presión que ciudadanos contrarios al maltrato animal pusieron sobre la legislación vigente. Si Nike ha mejorado en algo sus condiciones laborales y ambientales en sus fábricas asiáticas, ha sido por la activa oposición y denuncia de organizaciones de derechos humanos y medio ambiente.

Que a la lista de arriba siga un largo etcétera depende de cada uno de nosotros, pero no separados, sino todos juntos. Ahí está lo simple y lo complicado de este deseo de año nuevo. Al menos me comprometo aquí a hacer mi parte para cumplirlo.

22/08/10 Lógica aérea

En la universidad uno de mis ramos favoritos era la lógica, aristotélica o modal, con silogismos y tablas de verdad, si y sólo sis, para todos, et cétera. La belleza de la disciplina, se decía, era que sus reglas funcionaban de manera universal y sin excepciones, y así lo creí hasta hace poco, cuando fui introducida por fuerza mayor al dominio de la lógica aérea.
Para empezar, creía yo saber que x es menor que 2x, es decir, que para cualquier valor positivo de x, el doble de x debía ser necesariamente mayor. Pues bueno: me enteré consultando por los pasajes aéreos a Santiago que esta regla elemental no vale cuando se trata de volar. Si asumimos que el tramo Punta Arenas-Santiago o Santiago-Punta Arenas corresponden a x, cabría esperar que viajar sólo el primer tramo costara la mitad que viajar ida y vuelta. ¡Pero no! Resulta ser que en lógica aérea la ida sola cuesta más del doble que ir y volver. ¡O sea, x es mayor que 2x! En pesos chilenos, 232 mil contra “apenas” 108. La explicación dada por la aerolínea es que su negocio no es vender pasajes de ida, sino con retorno. Ah, bueno, dice uno, estos señores están preocupados de que las personas no se entusiasmen con quedarse en nuevos lugares, y vuelvan siempre al nido, al origen, al hogar. Qué considerados, después de todo… ¡Pero no es así tampoco!
Hasta donde yo tenía entendido, pasaje ida y vuelta significa ir de A a B y de B a A, o de B a A y de A a B. En lógica aérea, sin embargo, ida y vuelta puede ser de A a B y de B a C, siempre y cuando C quede en algún punto de la línea entre A y B. Para ponerlo en términos geográficos, ida y vuelta puede ser viajar de Punta Arenas a Santiago y de Santiago a Concepción. ¡Sí, como lo lee, señor lector: ¡a Concepción! (o, en su defecto, a Rancagua, Temuco, Valdivia o Balmaceda). El imperativo categórico es retroceder a destino, no importa cuánto, pero retroceder. Y la manera más barata para quienes quieren viajar a un lugar sin retorno es entonces buscarse “la vuelta” más corta: en este caso, como ya dije, a Concepción.
Hay todavía un tercer ejercicio de lógica aérea que le sorprenderá a cualquiera que crea dominar las reglas del De interpretatione. Por ejemplo, digamos que uno compra un pasaje de ida sin derecho a cambios, pero uno de vuelta flexible y con todos los derechos. Pues bueno: si tuvo el viajero la mala fortuna de no poder abordar la aeronave en el primer tramo, éste pierde automáticamente la vuelta, sin importar que llegue más tarde a destino en barco, velero, helicóptero o a pie. Es decir, la flexibilidad de la vuelta sólo vale si y sólo si ya se viajó de ida. Y cada peso extra invertido en esa flexibilidad se pierde si éste no es el caso. Si al no viajar de ida se pierde la vuelta, diría la lógica, aplicando la misma regla de manera inversa: si uno viaja de ida, pero no vuelve, entonces debería quedar debiendo ese primer tramo a la aerolínea. Afortunadamente (porque a estas alturas uno ya da gracias) esta última cláusula todavía no se les ha ocurrido a los genios de los cielos. ¿Se tratará de un supremo acto de beneficencia o de un simple desliz más de su lógica propia?