Jineteadas patagónicas: ¿deporte nacional?

jin noContra la idea tradicional de definición, donde se busca especificar la característica esencial de una cosa, Ludwig Wittgenstein sugirió en sus Investigaciones Filosóficas que aquellas cosas que llamamos por el mismo nombre están conectadas por una serie de similitudes y coincidencias que se traslapan, sin haber un solo rasgo común a todas ellas. En un ejemplo que se ha tornado famoso en la filosofía del lenguaje, Wittgenstein pregunta cómo sabemos que una actividad determinada es un juego. Sin necesitar una definición, dice Wittgenstein, resulta que podemos usar la palabra correctamente, y decir qué es un juego y qué no lo es; vemos (intuitivamente) el parecido de familia entre el ajedrez, el bridge, las escondidas y el solitario, aunque ninguno de ellos comparta todas las características que podrían mencionarse como definitorias: competitividad, placer, respeto a ciertas reglas… Un punto fundamental aquí es que el uso de las palabras está atado al contexto y no puede disociarse de él. Surge de formas de vida y modos de ver el mundo, por lo que sin entender estas formas o estos modos difícilmente entenderemos qué cabe en una palabra y qué no.

Con esto en mente, me parece que el proyecto de ley que busca convertir las jineteadas patagónicas en deporte nacional se inserta en una forma de vida y un modo de ver el mundo donde el maltrato a animales todavía se considera deporte, y donde se reviste lo supuestamente tradicional con un manto de corrección e inviolabilidad – como si agregarle este adjetivo a algo lo hiciera mejor o preferible a sus alternativas no tradicionales. Uno de los autores del proyecto, el diputado DC por Aysén Iván Fuentes, dice que ésta es una “fiesta donde se dan cita la destreza del jinete y la fuerza del pingo, pero además el arte, la cultura, la artesanía local.” El otro autor, el diputado DC por Magallanes Juan Morano, recalca que, de convertirse en ley, las jineteadas “se van a poder practicar en todo Chile, y las organizaciones van a tener mayor facilidad a la hora de pedir permiso y financiamiento público.”

El proyecto, que ya fue aprobado por seis votos a favor y una abstención en la Comisión de Deportes de la Cámara de Diputados, hoy espera ser discutido en la Sala y ser votado por el Senado durante septiembre. Ante esto, varias organizaciones pro defensa de los derechos animales han alzado su voz de preocupación, y ya convocaron a una marcha de protesta para el 5 de septiembre en diez regiones del país, además de armar una lista de firmas para quienes quieran oponerse al proyecto.

Volviendo a Wittgenstein, creo que en esta discusión lo que hay que atacar es tanto la comprensión de lo que es maltrato como de lo que es deporte, y de lo que tiene de especial (o no) la tradición. Además, algo hay que decir acerca del carácter nacional de esta propuesta que, de aprobarse, será financiada por todos los chilenos.

Lo que se busca legalizar aquí es un tipo de actividad que, si bien puede haberse considerado normal en un cierto contexto histórico (inicio de la actividad estanciera, soledad de los trabajadores, falta de sensibilidad y de información científica respecto al sufrimiento animal) ya no tiene justificación. He escuchado de algunos que buscan aprobar el proyecto que “el caballo de la jineteada es menos maltratado que el novillo del rodeo”. O sea, se reconoce el maltrato, pero se da el consuelo de los tontos: ¡los animales protagonistas del rodeo lo pasan peor! Al revés, ¿no debería ser ésta una razón para prohibir el rodeo en vez de aprobar las jineteadas? Otros simplemente no ven maltrato en domar a un potro a punto de golpes, patadas, chorros de agua fría y fuerza bruta. Se presenta como poesía y arte una subyugación obligada y sometimiento innecesario del animal a estrés. Para peor, se presenta el espectáculo de la jineteada como familiar, perpetuando así en nuestros hijos la creencia de que azotar al vecino es malo, pero azotar a un caballo es deporte. Si queremos una sociedad cuya forma de vida sea más compasiva y comprensiva con el sufrimiento de otros (humanos y no humanos), deberíamos dejar fuera de la categoría deporte todo aquello que implicara abuso de fuerza y daño a otros, cuando este potencial daño no es mutuamente consensuado (como sí lo es, por ejemplo, en el caso del boxeo).

Además de desconocer que el maltrato es maltrato y no deporte, el otro argumento de quienes promueven las jineteadas es que son una actividad arraigada en la cultura local, que se ha hecho toda la vida. Para empezar, toda la vida debe entenderse aquí como 150 años o menos, que son los que tiene la cultura estanciera en la Patagonia (hasta donde sé, no tengo antecedentes de que los Selknam hayan jineteado a los guanacos y, aunque lo hubieran hecho, tampoco le daría más peso al argumento). Para seguir, la violencia intra-familiar, la conducción bajo los efectos del alcohol y la tenencia irresponsable de mascotas también son prácticas arraigadas en nuestra cultura local. ¿Las convertimos también en deportes nacionales? El argumento de que lo tradicional es bueno, por sí solo, es tan malo como el argumento de que el Iphone 6 será mejor que el 5.

En cuanto al carácter nacional de la iniciativa, me parece preocupante que los impuestos de los chilenos terminen financiando este tipo de actividades. Si lo que se quiere es preservar al gaucho patagónico, mejor que el dinero se invierta en capacitarlos en la técnica de susurro a los caballos, que usa el amor en vez del chicoteo. Esa sí que sería una linda postal y una buena manera de promover a nuestra región en Chile y el mundo: gauchos susurradores de nueva generación surcando la pampa.

jin siPor último, si bien no menos importante, en su apuro porque el proyecto sea aprobado, el diputado Morano calificó de “ofensa a los magallánicos” la posición del diputado independiente por la región, Gabriel Boric, que retiró su inicial patrocinio al proyecto luego de revisar antecedentes de maltrato animal durante las jineteadas. Si le sirve de consuelo, Diputado Boric, a mí como magallánica no me ofende nada (al contrario, me tranquiliza) que nuestra región tenga representantes capaces de enmendar sus errores a tiempo y no persistir en ellos por honor mal entendido. Además, me parece anti-democrático por parte del diputador Morano meter a todos los magallánicos al saco de partidarios de las jineteadas sin haber hecho una consulta previa al respecto.

Amarrar a un potro a un palenque para luego pegarle hasta lograr taparle los ojos, ensillarlo y montarlo por la fuerza no debiera ser considerado como un deporte, y y menos debiera ser financiado por todos los chilenos. Es de esperar que diputados y senadores se informen, piensen y se pongan no sólo en los zapatos del jinete sino también en las herraduras del caballo antes de votar este proyecto.

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Humanismo animalista (o de una dicotomía inexistente)

ImagenHasta ahora, el debate por los derechos animales en Chile ha estado teñido de extremos. Por un lado, los animalistas acérrimos criminalizan a los omnívoros. Por otro, los omnívoros caricaturizan a quienes buscan elevar el estatus moral de los animales no humanos. Es tiempo de avivar un humanismo animalista, que disuelva la dicotomía inexistente entre derechos humanos y derechos animales.

En pleno incendio de Valparaíso, el columnista del diario The Clinic, Rafael Gumucio, fue objeto de las más acérrimas descalificaciones a propósito de un polémico twitteo suyo, donde calificaba de #vergüenzaajena la conducta de “algunos hipster” que fueron a salvar perros y gatos en lugar de compatriotas. Tanta fue la oleada de comentarios odiosos y hasta amenazantes que recibió, que Gumucio se dio el trabajo de escribir una columna defendiéndose de los ataques y lamentando que mientras “unos pocos, muy pocos discuten lealmente y no pocas de sus razones tienen lógica o demuestran al menos un buen corazón, la mayoría, una mayoría aplastante, una mayoría aterrante insulta y sigue insultando hasta que pidas disculpas por no pensar como ellos.”

Tiene razón Gumucio de que desearle la muerte a alguien por atreverse a manifestar su punto de vista no es la mejor estrategia si lo que se quiere es hacer valer las propias convicciones mediante los argumentos y no la fuerza bruta y la intimidación. Pero tanto él como sus más extremistas adversarios se equivocan al presentar la defensa de los animales como una causa mayoritariamente opuesta a la defensa de los humanos; como si los derechos humanos y los derechos animales fueran excluyentes, como si no se pudiera respetar ambos sin contradicción.

En el caso específico del incendio de Valparaíso, si alguien merece crítica es la gran mayoría que se quedó sentada mirando las imágenes espectaculares del fuego desde su sofá y no ayudó ni a sus pares ni tampoco a perros ni gatos. La vergüenza ajena, en buenas cuentas, es para quienes se quedaron impávidos en lugar de ayudar a alguien, humano o no humano. “Claro – dirá Gumucio –, el problema con los animalistas es que, si tienen que elegir entre salvar a una guagua o a un gatito, salvarán al segundo”. Pero aquí no existió nunca esa disyuntiva, ya que había abundancia de manos para ser tendidas a quienes lo necesitaban, bípedos o cuadrúpedos.

En cuanto a los casos donde sí se presenta la disyuntiva y donde realmente nos vemos obligados a elegir entre salvar a una persona o a cualquier otro animal no humano, ninguna de las posiciones éticas más relevantes que promueven los derechos animales favorecen necesariamente el rescate del segundo sobre el primero. Si se toma una perspectiva utilitarista a la Peter Singer, la mayor cantidad de preferencias coartadas a futuro bastan para preferir al Homo Sapiens (mientras esté en uso de sus capacidades racionales) por sobre cualquier otro animal no humano. Si se toma una perspectiva deontologista a la Tom Regan, sólo son sujetos de derecho quienes tienen algún grado de autoconciencia (y, dentro de éstos, con más razón quienes más racionalidad poseen), restringiendo de nuevo las posibilidades de optar por el no humano sobre el hombre.

En cuanto a una ética de la virtud que considere a animales no humanos como sujetos morales, la complejidad psíquica y emocional mayor de los primeros por sobre los segundos también favorecería salvar a aquéllos antes que a éstos. Incluso para quienes defienden los derechos de los animales a no ser utilizados instrumentalmente (como Gary Francione), no sería obvia la elección del gato por sobre la guagua, por así decirlo: a lo más, la disyuntiva plantearía un dilema ético, una situación en la cual no hay opción moralmente correcta y hágase lo que se haga dañará los intereses fundamentales de alguien… humano o no .

En resumen, preferir la salvación de un gato por sobre un hombre (porque el primero es gato y el segundo, “miembro de la especie más dañina que ha pisado la Tierra” – como diría Gumucio que dirían los fanáticos) está lejos de constituir la postura mayoritaria de quienes promueven el respeto por los animales y buscan elevar su estatus moral. Al revés, la sensibilidad por la causa de los animales va generalmente aparejada a una mayor sensibilidad hacia la causa de los derechos humanos: una postura que bien podría denominarse “humanismo animalista”.

Exponente paradigmático de una posición tal fue Albert Schweitzer, médico voluntario en África cuando el concepto de “Médicos sin fronteras” aún no existía, y proponente al mismo tiempo de una ética de reverencia por la vida. Ésta, en breve, consiste en reconocer que necesitamos matar para vivir y que lo único que podemos hacer al respecto es hacernos cargo de ello, tomando decisiones responsables que minimicen el daño causado. En la práctica, esto se traduce en preferir, por ejemplo, comer legumbres que cerdos, vestir parkas de polar en lugar de abrigos de piel, y no derrochar recursos que puedan servir a otros.

Ahora bien, si hay un punto en el que el humanismo animalista sí va a contrapelo de las creencias comunes y corrientes, y de las normas morales tan inculcadas en la sociedad que se hacen invisibles, es en la negación de que cualquier vida humana siempre y sin excepciones tenga precedencia por sobre cualquier otro tipo de vida, por el solo hecho de ser eso: humana. Esto es el cuestionamiento a lo que el psicólogo Richard Ryder bautizó en 1970 como “especiecismo”: una preferencia moral injustificada por los miembros de la propia especie en desmedro de los miembros de otras.

Este dogmatismo especiesista tan fanático como el que Gumucio denuncia es lo que un humanismo animalista bien entendido pone en duda, y el que ha hecho que animalistas como el propio Singer reciban (si no amenazas de muerte) insultos y escupitajos de audiencias ciegamente pro Homo Sapiens. Cuestionar las normas morales aceptadas y las creencias establecidas es así el objetivo primordial de un humanismo animalista bien concebido, y no la salvación de perros y gatos a costa de seres humanos. Esto último es una caricaturización de dicha postura, así como también sugerir que nada bueno puede esperarse de los vegetarianos si Hitler era uno. (Con esa misma lógica, ¿qué diríamos de la brutalidad de los omnívoros, considerando que Stalin, Pol Pot, Milosevic y Atila – y prácticamente la lista completa de genocidas a lo largo de la historia – sí comían animales?
En fin, la tónica del debate por los derechos animales en Chile ha sido hasta ahora una de extremos, y ya sería tiempo de abandonarla. Hay medidas simples y que ya se han tomado en otros países para avanzar en esta materia (principalmente regulaciones para acabar con la industrialización de la vida animal), pero no llegaremos a ellas desde las posiciones extremas que caricaturizan o criminalizan a sus oponentes. Las posturas intransigentes siempre son más fáciles que las tolerantes. Es hora de que nos movamos hacia las segundas.

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Ojos que no ven, corazón que no siente

ojos que no venSi hay un refrán que haría desaparecer de la faz del idioma es “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Éste hace pensar en ciertos rasgos que corroen a una sociedad en lugar de fortalecerla; que ensalzan lo que no es motivo de ensalzamiento; que celebran como una gracia lo que de gracioso nada tiene. Hipocresía, mentiras, omisiones culpables, elección de la ignorancia como forma de vida. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, piensa la mujer que pretende no saber que su hombre le es infiel porque es mejor estar casada, después de todo, que separada o divorciada. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dicen aquellos que saben de un jefe abusador, pero han tenido la suerte de no ser abusados. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es la actitud de todos aquellos que compran sus patitas de pollo en aséptica bandeja de plumavit, prefiriendo ignorar de dónde salió el pollo, cómo fue su vida y qué cosas hicieron posible que llegara al lejano estante de supermercado.

Tiene que ocurrir algo que dañe demasiado a los ciegos por elección para que el refrán se deje de lado. Esto ocurre cuando el marido infiel ya no es sólo infiel, sino además golpeador; cuando uno mismo se transforma en el objeto de los abusos del jefe; cuando resulta que el aséptico pollo no es tan aséptico y termina enfermando a quienes lo consumen. Esto último acaba de ocurrir hace poco con la noticia de que 43 mil kilos de pollo de Agrosuper (o mejor dicho 21 mil animales, si se quiere ser humano con el uso del lenguaje) presentaban altos niveles de dioxina, un agente tóxico con efectos nocivos para la salud humana a corto y largo plazo. Episodios así tienen que salir a la luz para que los medios y la opinión pública fijen su atención en la producción industrial de carne y cuestionen sus métodos. Aunque la actitud general sigue siendo que es mejor no saber demasiado acerca de qué comemos (¡las sorpresas desagradables que nos llevaríamos!) si está en juego el propio bienestar, pues ahí cambia la cosa.

De ahí la importancia de desenmascarar, para que los consumidores tarde o temprano extiendan su preocupación exclusiva por la salud propia a la preocupación por el bienestar de aquellos seres sacrificados a su servicio.

Este desenmascaramiento es precisamente lo que busca eliminar una ley que ya ha sido aprobada en varios estados de Estados Unidos y que, es de esperar, no se contagie a otros lares. Conocida como la Ley de Terrorismo Animal y Ecológico (Animal and Ecological Terrorism Act), lo que pretende es justamente convertir el refrán citado más arriba en una obligación legal: quien se atreva a fotografiar o filmar lo que pasa dentro de un criadero de pavos o chanchos o cualquier otra granja industrial no sólo será calificado de criminal, sino que además será ingresado en un registro nacional de “terroristas animales y ecológicos.” Parece de Orwell, pero es cierto, y es el resultado del poderoso lobby de aquellos que buscan mantener al público en la ignorancia para seguir vendiendo carne tan poco ética como saludable. Una medida así es para ponerse en alerta: si se califica de “terroristas” a quienes valientemente fiscalizan por sus propios medios lo que las instituciones estatales deberían fiscalizar (y esto ad honorem y para beneficio de humanos y no humanos), pues entonces qué hay de todo otro tipo de fiscalización independiente? ¿Se transformará “buen periodista” en sinónimo de “terrorista”, y se condenará toda investigación que no sea llevada a cabo por agentes oficiales?

Lo terrorista y terrorífico, en realidad es prohibirles a los consumidores que sepan lo que consumen. Si éstos prefieren seguir con la banda sobre los ojos, allá ellos. Pero elegir el camino de ojos que no ven, corazón que no siente, debería ser una decisión propia y nunca impuesta por quienes se dicen representantes de la ciudadanía.

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Activismo animalista: ¿una nueva religión?

En su Estudio Científico de la Religión (1970), M. Yinger propone que muchos sistemas de creencias contemporáneos, sin tener Dios ni santos a quienes prender velas, funcionan sin embargo como las religiones tradicionales y cumplen, como éstas, el mismo rol dador de sentido. Una religión funcional, de acuerdo con Yinger, se define por cinco categorías. Primero hay conversión, es decir, el individuo puede dividir su vida en un antes y un después de haber tenido “la revelación” gracias a la cual el mundo para él cambió para siempre. Segundo, comunidad: una vez convertido, el individuo tiende a sumarse a otros como él y reafirmar así sus convicciones, dejando atrás (o al lado) a sus antiguos amigos y familia. Tercero, las religiones funcionales constan de un sistema completo de creencias más o menos consistentes. Cuarto, existe un código de conducta acorde a esas creencias, y quienes se salen del código se sienten culpables pecadores – aún cuando no crean que esos pecados se paguen en un infierno extraterrenal. Quinto, hay un culto formado por símbolos y rituales compartidos, que les sirven a los miembros para diferenciarse de otros grupos.

Siguiendo esta tipología, W. Jamison, C. Wenk y J. Parker plantean en un provocador ensayo que el activismo animalista (esto es, la defensa de los derechos de los animales no humanos), cumple con todas las categorías de las religiones funcionales y debe, por tanto, considerarse como tal.

Tras extensas entrevistas con vegetarianxs y veganxs militantes de Estados Unidos y Suiza, los autores concluyeron que en todxs ellxs había conversión (cuando se atragantaron en la mitad del sandwich de jamón y se dieron cuenta del mal que hacían, por ejemplo); comunidad (la búsqueda de otros como ellos para apoyarse y compartir recetas y tips); credo (que causar sufrimiento animal es malo, que no tenemos derecho a dominio sobre ningún otro animal, etc.); códigos de conducta (usar sólo ropa sintética, declinar las invitaciones a parrilladas); y culto (por ejemplo, a través de la propagación de imágenes de abuso explícito para choquear a las audiencias– como videos de chinchillas desolladas vivas, pollitos triturados, etc.)

Dicho esto, los autores plantean además que el movimiento animal hoy se ve a las puertas de un cisma: por un lado, están los “bienestaristas”, más ecuménicos, abiertos a la política de compromisos y a garantizar al menos un mejor trato a los animales, sin erradicar su uso; por otro, están los más sectarios, que buscan la liberación animal completa. La analogía con los movimientos abolicionistas es inevitable: los bienestaristas se asemejan a quienes abogaban por dar un mejor trato a los esclavos, mientras que los liberacionistas se asemejan a quienes buscaban acabar de raíz con la esclavitud.

Por cierto, si se mira el caso de Chile, existen grupos que parecen calzar en mucho con la descripción de los liberacionistas – recuérdense, por ejemplo, las acciones y declaraciones de Eligeveganismo tras lo occurido en el (mal)criadero de cerdos de Agrosuper en Freirina. Pero, aunque ingenioso, clasificar la preocupación por los animales no humanos como una religión funcional es excesivamente estrecho y peligrosamente exclusionario. Sin pertenecer a grupos (ni ecuménicos ni sectarios), sin hacer penitencia cuando la voluntad flaquea y se incurre en el pecado de la carne, sin ponerse la bandera animalista como la Única Verdad, hay muchos que vivimos en medio del mundo tratando cada día de respetar los derechos de gallinas, atunes y terneros, y asumiendo los costos de esa decisión sin sentirnos mártires, ni iluminados ni superiores. Limitar el veganismo y el vegetarianismo a las cuatro paredes de una iglesia le hace daño al movimiento, a sus partícipes y, sobre todo, a los animales.
Esta columna también puede leerse en Mansaguman y El Magallanes

Peras con perros

Leo en la página web de Fundación Terram que, según reciente información entregada por el Ministerio Público, Carabineros e Investigaciones, los dos principales delitos contra la naturaleza que se cometen en Chile son el maltrato animal y la contaminación de aguas. Si mi inolvidable y estrictísima profesora de matemáticas, Nelda Barassi, hubiera leído la noticia, no me cabe duda de que habría exclamado “¡No mezcle peras con manzanas, mijito!”
Poner en el mismo saco la matanza de quiltros callejeros en la comuna de San Joaquín con los derrames de químicos contaminantes en la Laguna de Aculeo no sirve para aclarar el marco normativo –tanto ético como legal– al que deberíamos aspirar en nuestro trato con los animales no humanos, por un lado, y con el medio ambiente en general, por otro. Si lo que se quiere es una institucionalidad ambiental de verdad mejorada, deberíamos partir por trazar estas distinciones. Por un lado, están en juego los intereses de seres que sienten placer y dolor como nosotros (en el caso de los mamíferos superiores), que tienen vidas propias y cuyas capacidades cognitivas y emocionales apenas empezamos a comprender –la etología es una ciencia en pañales y sus descubrimientos suelen ser el mejor antídoto para el orgullo antropocéntrico. Por otro lado, está en juego la salud y sustentabilidad de los complejos hábitats donde estas vidas se desarrollan y de los cuales éstas dependen.
Pero la inconsecuencia no termina ahí. Entre los casos de maltrato animal, se incluye como emblemático el “asado” de dos culebras de cola larga perpetrado durante un reality show de Canal 13. Terrible, sin lugar a dudas, pero cabe la pregunta obvia: ¿por qué es maltrato animal comerse a las culebras y no lo es el asado de vacuno dominical de cientos de miles de chilenos? ¿Porque son nativas y están en extinción, porque simplemente está mal comerse a otros seres vivos y sintientes como nosotros, o porque es de pésimo –y literal– mal gusto? Si se opta por la primera respuesta, pues entonces lo que importa no es el sufrimiento del individuo, sino la importancia que éste tiene dentro del sistema, y el delito debería recalificarse como daño al medio ambiente –así como lo es cortar alerces milenarios para fabricar tejas. Si lo que importa es el daño directo al individuo, entonces si se castiga el asado de serpientes con más razón debería penalizarse el de vacas, chanchos, pavos y pollos, con quienes compartimos una historia evolutiva más larga y con quienes empatizamos mucho más. Podría decirse, incluso, que estos últimos la pasan mucho peor que las serpientes, quienes al menos tuvieron una existencia digna y libre antes de morir, y no vivieron encerradas bajo luces de neón prendidas 24 horas. Y que, por tanto, deberíamos preocuparnos por el bienestar de éstos de manera más urgente que por el bienestar de aquéllas. Por último, si lo que se está castigando es el gusto torcido de cazar serpientes y comérselas, la justicia estética debería prohibir con más razón los mataderos y los criaderos industriales de aves y cerdos.
Mientras no nos detengamos a revisar las similitudes y diferencias que deberíamos trazar entre leyes animales y leyes ambientales, pues ni modo que seguiremos confundiendo peras con manzanas, o mejor dicho, peras con perros.

Esta columna apareció originalmente en El Magallanes

Vegetarianos versus veganos, Parte II

Si viviera en el campo y pudiera tener gallinas que me dieran huevos, vacas que me dieran leche y ovejas que me dieran lana, creo que no tendría reparos en hacerlas parte de mi familia. Sin duda les pondría un nombre, y probablemente dedicaría tiempo a interactuar con ellas y reconocer sus diferentes personalidades. A pesar de mis limitadas incursiones al mundo de los animales domésticos, no tengo dudas de que cada uno de ellos es un ser con un carácter especial, igual que cualquier humano, y que se relacionan con uno si uno quiere relacionarse con ellos. Como vivo en la ciudad, sin embargo, el sueño del gallinero propio y del queso casero está lejano (incluso utopico), y debo conformarme por mientras con huevos y quesos de otros campos, de gente en la que confío que trata bien a sus animales y les da una vida buena.

Pero esto para un vegano es insuficiente y es hipocresía. El ala más extrema del vegetarianismo, los veganos no consumen ni usan ningún producto de origen animal: en su dieta no hay huevos ni leche, ni siquiera miel; en su clóset no hay cuero ni lana ni seda ni piel; y en su botiquín no existen las cremas ni los cosméticos probados en animales. Si las razones de los vegetarianos son variadas, las de los veganos suelen reducirse a una: la creencia de que los animales son sujetos de derechos, con una vida autónoma e intereses propios, y que respetarlos significa abstenerse de explotarlos, ya sea para transformarlos en comida, ropa o incluso mascotas (la relación dueño-Bobbyffrecuentemente la consideran de subordinación y paternalismo inaceptable). Muchos veganos –y en esto algunos vegetarianos se les suman– añaden una consideración ambiental: la producción de carne es una de las industrias más contaminantes y menos eficientes que existe: no sólo dispara el cambio climático, con las altas emisiones de metano de vacas, ovejas y chanchos; también gasta cantidades absurdas de agua y requiere alimentar a millones de animales con productos vegetales que bien podríamos consumir directamente, como soya y maíz.

En general, los veganos son mucho más militantes que los vegetarianos. En Europa, algunos han terminado presos por atacar laboratorios donde se experimenta con primates, o por intentar secuestrar a los científicos responsables de éstos. Otros se dedican a tirarles baldes de pintura a las divas que osan aparecer en público con abrigos de piel, y hacen campañas públicas para acabar con el abuso en las granjas factorías, circos y zoológicos. En la Unión Europea sobre todo, estas protestas iniciales han gatillado cambios de leyes para beneficio animal.

Aunque simpatizo con la mayoría de las causas y de las razones veganas, creo que su visión de los animales como seres absolutamente independientes del hombre peca en parte del mismo individualismo que nos tiene fritos hoy. Concuerdo absolutamente en que uno no se come a los iguales, pero es un non sequitur negar que se pueda tener una relación amistosa con ellos: al contrario, creo que la vida se hace mucho más rica cuando aprendemos a relacionarnos con todo tipo de criaturas y no sólo con seres humanos. Por otro lado, comprendo sus razones para seguir esta línea extrema. En un mundo donde la igualdad humana apenas se respeta en el papel y poco o nada en la práctica, la igualdad animal parece una utopía irrealizable. Mostrar que no lo es y que luchar por ella radica en parte en cosas tan simples como nuestra dieta y nuestras opciones de consumo cotidianas suena a imperativo.

 

Esta columna también puede leerse en La Prensa Austral

Vegetarianos versus veganos, Parte I

Dicen que los vegetarianos que se toman su vegetarianismo en serio se transforman obligadamente en veganos, los únicos realmente consecuentes con los principios que predican. Quienes no se manejan en estos conceptos probablemente no conocen la diferencia y, como no dudo de que cada vez habrán más personas que elijan una de estas dos opciones, creo que vale la pena detenerse un poco en lo que significan, y en sus implicancias respectivas.

Contra los que creen que los platos vegetarianos pueden llevar jamón, pescado o pollo (porque, al final, no son “carne”…¡?), la verdad de la milanesa o, mejor dicho, de la lenteja, es que vegetarianos son sólo aquellos que no consumen carne animal en ninguna versión. Nada tienen, sin embargo, contra los productos de origen animal, como los lácteos, huevos o miel. De hecho, éstos generalmente figuran de forma central en su dieta, como en el caso de los hare krishna, vegetarianos por motivos religiosos en cuyas recetas no falta la mantequilla ni la crema; o los hindúes, que temen comerse a algún amigo reencarnado en vacuno, pero no tienen conflictos morales con tomarse su leche o fabricar con ella el panir, un delicioso queso arricotado.

Las razones para hacerse vegetariano son múltiples. Además de quienes lo son por religión, la más esgrimida es la de los bienestaristas, que se oponen al sufrimiento animal y rehúsan por eso comer la carne o los productos animales de origen industrial. En estas fábricas de muerte que suelen ubicarse lejos de los ojos de los consumidores, los pollos pasan cortas y miserables vidas encerrados en jaulas más chicas que una hoja de oficio; los chanchos (por lejos los animales domésticos más sociables e inteligentes) son separados de su grupo y se encierran también en jaulas, donde terminan volviéndose locos; y los terneros, que se llevan la peor parte, son separados de sus madres y crecen encerrados e inmovilizados en la oscuridad, para así mantener esa carne blanca y pura que es para algunos el manjar supremo. Ciertos bienestaristas, sin embargo, no se oponen a comer carnes “libres de crueldad”, de animales que vivieron vidas decentes, usualmente en granjas a escala humana, y murieron de manera rápida y sin sufrir. Lo mismo vale para los productos animales: mientras los huevos sean de gallinas que corren libres en el día y empollan en la noche, y la leche venga de vacas bien cuidadas, no tienen problemas con consumirlos. Su vegetarianismo, en suma, es revocable, en la medida en que las actuales prácticas inhumanas se eliminen.

Se puede ser vegetariano también por motivos de salud, pero en este caso la preocupación principal es el bienestar humano y no animal.

Pero, ¿qué pasa cuando el malestar con el carnivorismo es más profundo, cuando se piensa que hay algo esencialmente equivocado en quitarle a otro individuo la vida sólo porque su carne es sabrosa y nos da la gana comerla? Y no sólo eso: ¿qué pasa cuando se cree que no sólo está mal comer carne de cualquier tipo, sino también cualquier producto animal independientemente de cómo haya sido obtenido, porque se han violado los derechos y el bienestar de otras criaturas que tienen sus propias vidas y sus propios intereses, igual que nosotros? Éstas son las preguntas que separan a vegetarianos de veganos, los más fanáticos (o consecuentes, dependiendo de cómo se lo mire), del movimiento animalista y anti-carnívoro.