Hijos de las flores… plásticas

ImageEn lo más vibrante del movimiento hippie en los años 60 y comienzos de los 70, el gran tabú de siglos, el sexo libre, se convirtió en una manifestación de libertad y en una afirmación de la igualdad de hombres y mujeres. Ya no eran sólo ellos quienes podían hacer lo que se les diera la gana; desde ahora, también ellas podían decidir qué, con quién, cómo y cuánto querían hacer. Eso, hasta que el SIDA a comienzos de los 80 puso un brusco fin a ese sueño de libertad sexual ilimitada. Ya no podríamos repetir con la misma soltura ni espontaneidad las historias de nuestros padres y abuelos. Había que “cuidarse”. Para bien o para mal, las costumbres tuvieron que cambiar otra vez, moderarse, adaptarse a la nueva realidad. Algunos miran hoy con envidia a los protagonistas de esos años, resignándose a pertenecer a una época post-hippie. Y esos protagonistas, probablemente, no pueden creer hoy sus recuerdos y se preguntan cómo todo puede haber sido tan excesivo, abierto, desenfrenado…

Me parece que un fenémeno similar se está dando hoy en otro ámbito, y estamos recién despertando a la conciencia de lo que vendrá. Esta vez se trata de los hijos de las flores, pero plásticas, quienes hemos vivido en el exceso material y empezamos a notar sus consecuencias en la economía, en nuestra salud y en las escaras cada vez más profundas dejadas por este modo de vida en el medio ambiente, local y global. Para quien, como yo, nació y se crió en la cultura “Made in China” y “Todo a Mil”, la luz de alarma ya se encendió hace rato, pero muchos todavía no la ven. Los 80, 90 y 2000 vieron la explosión del consumo, la apertura de nuevos mercados y la aparición de nuevos centros de producción: a China se sumaron India, Bangladesh, Tailandia, Vietnam, los países del este europeo, Perú, México. Todo lo que antes duraba años y costaba varias cuotas y mucho esfuerzo, se convirtió en progresivamente desechable y absurdamente barato. Lo que dos o tres generaciones atrás habría sido impensable (como botar un par de zapatos después de usarlos una sola temporada, o cambiar de teléfono cada año) se han vuelto actividades cotidianas y habituales que nadie cuestiona. Lo que hace un par de décadas eran malas costumbres reservadas para la élite (luces prendidas por doquier, duchas de media hora, calefacción prendida con ventanas abiertas), han pasado a ser casi derechos ciudadanos, da lo mismo si el costo del derroche es construir mega-represas y centrales a carbón ecológica y socialmente insustentables.

Si la revolución de los verdaderos hijos de las flores puede ser vista como promiscuidad pura sin más, también puede leerse como una manifestación política, un signo de rebeldía, un gesto significativo dentro de un contexto histórico más amplio. La revolución de los hijos de las flores plásticas, sin embargo, nada tiene de político, ni de rebelde, ni de significativo. Sin saber muy bien ni cómo ni por qué, como sociedad nos hemos dejado llenar de cosas que no necesitamos, desconociendo su procedencia y lo que realmente costaron. La falacia de lo “barato” y “desechable” se está empezando a desenmascarar, y se está empezando a ver lo que realmente cuesta mantener este estilo de vida en el que nos hallamos inmersos y que nuestros propios gobiernos nos incitan a mantener.

En dos o tres generaciones más mirarán hacia atrás y no podrán creer lo despilfarradores que fuimos; hippies del consumo, liberados en el mal sentido de la palabra de toda preocupación por los efectos de nuestras acciones. Es hora de iniciar la transición y de ser capaces de mirar un poco más allá de nuestras narices: una virtud poco humana, pero que nos quedará más que desarrollar si queremos dejarles algo a los que vienen.

No ikearás

Cuando el Dios de Moisés plantó sobre la cumbre del Monte Sinaí sus 10 mandamientos, hubo uno que se le quedó en el tintero. Quizás le rompía la armonía de la decena, y prefirió sacrificar la regla en aras de la estética. Quizás no le dio la importancia que se merecía, incapaz de imaginar que su violación podría traer la ruina de la creación completa. Quizás – y esto me parece lo más plausible – simplemente careció de visión de futuro, y no pronosticó que dicha actividad alguna vez se convertiría en una de las más recurrentes de la humanidad. El Dios de Moisés, en buenas cuentas, no le dio a su rebaño ninguna indicación acerca del comportamiento debido en malls y multitiendas. Y así dejó que lugares como Ikeas, Zaras y demases se transformaran en los nuevos templos donde venerar y gastarse con creces lo ganado con el sudor de la frente.

Tomo el caso de Ikea porque, aunque poco conocida en Chile (hacia donde áun no extiende sus redes), es la tentación perfecta de millones de personas en el mundo entero. A través de ciertas decisiones de consumo, estos millones de personas influyen negativamente en la vida de millones de otras y del medio ambiente, y crean una cultura que va a todas luces en contra de lo recomendado si queremos siquiera acercarnos a una mínima sustentabilidad. Cabe decir aquí que, aunque partí esta columna en tono religioso, no es mi intención condenar a la megacadena sueca de muebles y cosas de hogar como el demonio encubierto, ni mandar al infierno a quienes sucumban a sus productos. Mi preocupación es, más bien, con la manera como ciertos patrones de comportamiento son aceptados y hasta promovidos por la sociedad como inocuos y aparentemente “inocentes” cuando no lo son. Mi precocupación es que si espacios de consumo como Ikea siguen reproduciéndose y validándose por el mundo vamos a explotar más temprano que tarde, y la responsabilidad será de todos nosotros juntos… por tontera culpable.

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Vaya una rápida introducción para quienes no tienen familiaridad con la cadena sueca. En Oslo, la capital de Noruega, por ejemplo, Ikea es la tienda más popular por lejos. Como queda en los suburbios de la ciudad, en una gigantesca bodega, y no todo su público objetivo (léase estudiantes, jóvenes profesionales e inmigrantes) tiene auto para llegar, hay buses que salen desde el centro mismo cada hora en dirección a la tienda. Uno puede pasarsse fácilmente el día entero ahí. Hay baños y casino, con comida a precios imposibles de batir. Un café en la ciudad cuesta unos cinco dólares; en Ikea, 20 centavos de dólar; un plato de comida en la ciudad cuesta 12 dólares; en Ikea, seis. Para Carmelas como yo, que nunca habían estado antes en una tienda de éstas, la primera vez es inolvidable. Traspasado el umbral, se llega a una verdadera sala de exhibiciones, donde los diferentes espacios de la casa van recreándose para diferentes gustos. Con lápiz, papel y huincha de medir Ikea en mano (para anotar las futuras compras y chequear que cabrán en la casa) uno va pasando por livings floreados, minimalistas, juveniles y maduros; por baños rústicos y metálicos; por piezas cool, románticas, despojadas y recargadas. Y todo esto con poca chance de volver atrás, ya que todo está diseñado para hacer el tour de comienzo a fin. Dicen que en China, donde la cadena ha sido un éxito, la gente va a dormir la siesta a los dormitorios en muestra. En Oslo no vi nada parecido, aunque los niños sí se entretenían jugando en su sección mientras los padres trataban de decidir con qué muebles renovar (por enésima vez) la casa. Hecho el tour, va uno al próximo piso con la hojita con todos los productos ordenadamente anotados, los saca de las repisas y pasa por la caja. Se puede literalmente armar la casa completa en un día de compras.

Lo peor de todo es que Ikea es insuperablemente barato para lo bonito de su diseño. Éste es el anzuelo que hace tan difícil no caer en sus redes, y que lo convierte en la favorita de quienes arman su casa por primera vez. En los países escandinavos, además, se da la paradoja de que comprar un mueble Ikea nuevo y pagar el flete es más barato que recibir uno gratis de alguien y pagar el flete. Ni modo que sus ventas sean multimillonarias y que Ingvar Kamprad, su dueño, sea el segundo europeo más rico (después de Amancio Ortega, el dueño de Zara, la Ikea de la ropa).

“¿Y cuál es el problema con esto?”, estarán pensando algunos. “¿No es el objetivo del capitalismo precisamente crear competencia para abaratar los precios y hacer que más personas puedan disfrutar de lo que antes sólo podían disfrutar unos pocos?”

El problema no es uno, son varios. Para empezar, Ikea promueve el tipo de cultura que debemos evitar. Si bien es cierto que sus muebles y productos son baratos para lo lindos que aparecen (enfatícese esta última palabra), todos saben en el fondo que son desechables, y es por eso que las páginas web donde la gente regala cosas están repletas de ellos, y nadie los quiere: son casi imposibles de reciclar. Es la cultura de querer tenerlo todo de inmediato, aunque todo sea de mala calidad. Es la cultura de de vivir en una casa como en un estudio de televisión, de “lujo” en cartón piedra. Es la cultura del terror al vacío y de buscar ilusamente la seguridad en los objetos.

Para seguir, Ikea promueve el tipo de desarrollo que debemos evitar; un desarrollo basado en crear y traer más cosas en el mundo de las que ya hay, manteniendo precios bajos para el público a costa de pagar sueldos bajos en países lejanos que no nos importan, y a costa de no traspasar al consumidor final los costos medioambientales de dicha producción. No por nada, Ikea ha estado varias veces en el ojo de la crítica de ONGs verdes y pro derechos laborales. No por nada todo su diseño es sueco y (casi) nada de su producción lo es.

Para terminar, tiendas como ésta descubren uno de los efectos menos deseables de la globalización: la monocultura triunfando por sobre la biodiversidad. Ikea hace que la producción a precios realmente justos (donde se ha pagado un sueldo digno no sólo al creador intelectual, sino que también al ejecutor, y donde se han minimizado los costos ambientales) parezca exorbitantemente cara. Y esto hace, a su vez, que cada vez sean menos quienes pueden competir.

Aunque un mundo entero amoblado de diseño escandinavo puede parecer de sueño, el costo real que tendría hace imperioso mandar: “No ikearás”. Nuestras decisiones de consumo sí hacen una diferencia, aunque nos parezca pequeña y, si elegimos a pesar de todo seguir ikeando (o, a escala local, zareando, ripleyando o “liderando”), deberíamos tener claro al menos que dicha elección nada tiene de inocente ni de inocua.

Esta columna fue publicada originalmente en Lamansaguman

Educación cívica

No sé cómo estará el currículum de educación media a estas alturas del nuevo milenio, pero yo que salí del colegio en el anterior recuerdo que había un ramo llamado “Educación Cívica”, donde se enseñaba una majamama de contenidos teóricos y habilidades prácticas, sin mucha forma ni propósito. Recuerdo, por ejemplo, que se veía la composición del Congreso y los tipos de voto; pero también aprendíamos a distinguir entre una cuenta corriente y una cuenta vista. El objetivo del ramo, reflexiono ahora, estaba muy lejos de llenarse con esa malla. Si algo debiera hacer un curso de educación cívica es entrenarnos en nuestro rol de ciudadanos, haciéndonos conscientes de los beneficios y responsabilidades que ello implica: más que a memorizar el número de senadores, a comprender la importancia de la participación política en nuestras vidas; y en lugar de enseñarnos a llenar cheques cruzados, a distinguir precisamente el papel de consumidor del de ciudadano, haciéndonos conscientes de que nada bueno puede venir de ejercer sólo el primero, olvidando el segundo.

El “invierno de los estudiantes”, el “verano aysenino”, el “otoño calameño” y las protestas que se multiplican en el mundo contra una clase política no representativa, las austeridades por decreto, las ideologías disfrazadas de técnica, y cientos de medidas tan legales como ilegítimas confirman, sin embargo, que con o sin educación cívica los seres humanos sabemos ser políticos al final del día. El zoon politikon (el animal político tan bien descrito por Aristóteles) es el que está reapareciendo hoy en las noticias. Esto, a pesar de quienes preferirían hacerle creer que todas las decisiones del Estado son neutras, científicas, objetivas, y de que es mejor dejar en manos de los “expertos” lo que en realidad debería ser materia de discusión democrática. Pero, ¿por qué ha despertado ahora este animal político, después de varias décadas hibernando? ¿Qué ha hecho salir al zoon politikon de su cubil?

Déjeseme esbozar aquí tres razones, todas las cuales parten de algún tipo de cansancio.

La primera es que la gente se cansó de consumir por decreto. Cuando unos señores de rostro serio y bien trajeados nos dicen que la única manera de salvar al país es reactivando el consumo, tienta creerles. Cuando ello se traduce a la vida misma, sin embargo, el mandato es absurdo: si no compra, está fallando a su deber cívico; suya será en parte la causa de la recesión; ¡si no gasta plata, es un mal ciudadano! Que hay algo que huele podrido en un sistema que funciona sobre esa premisa es una de las razones del descontento generalizado.

La segunda razón es cansancio de que siempre sean los mismos los que salen ganando. En el caso de Chile y de todos los países cuya fuente de riqueza son los recursos naturales, es cansancio de que un par de multinacionales de un puñado de privilegiados chilenos y extranjeros se lleven la mayor lonja de un queque que arbitrariamente se corta a su favor. ¿Por qué no cambiar el corte por otro quizás igual de arbitrario, pero al menos más equitativo?

La tercera razón es cansancio de que los representantes no nos representen. En lugares como Estados Unidos, la falta de representatividad –y, por tanto, de legitimidad– de los partidos políticos ha alcanzado niveles de absurdo. Pero en países como Chile tampoco estamos lejos de ese escenario. Parlamentarios que se suben el sueldo mutuamente, mientras el 15 por ciento de sus representados sigue en la pobreza; propuestas de gobierno que le llaman “reforma” a lo que no alcanza ni para “rasguño” tributario, y políticos que sólo saben ponerse la camiseta por ellos mismos son parte del paisaje que ya no queremos ver.

Justo, orgánico, local

Visitar el supermercado puede ser una experiencia abrumadora por el exceso de oferta: ¿Cuál cereal elegir para los retoños, cuando las opciones ocupan medio pasillo de arriba abajo, y vienen en todas las formas, texturas, colores y precios? ¿Qué aliño echarle a la ensalada, cuando al clásico trío limón-aceite-sal se suman el Mil Islas, Exótico, Thai, bajas-calorías, et cétera? ¿Cómo decidirse por una marca de café, cuando vienen de diez países diferentes y molidos para cuatro o cinco propósitos distintos?

A continuación, presento una guía que no sólo debiera ayudar a evitarse el dolor de cabeza y la pérdida de tiempo, sino también contribuir a hacer de este mundo un lugar mejor (o, quizás más realísticamente, no contribuir a embarrarlo aún más). Se basa en tres principios fundamentales que, si se quieren respetar, reducen drásticamente la oferta disponible: comprar justo, comprar orgánico y comprar local.

Las campañas de OXFAM en el mundo entero promoviendo los precios justos en productos como el café, chocolate, algodón y arroz han hecho que los consumidores globales recuperen la conciencia del origen de lo que compran. Comprar justo generalmente implica no comprar lo que aparece más barato, y por eso muchas personas se resisten a la idea. Claro, es válido preguntarse para qué pagar 300 ó 500 pesos más por algo que en sabor probablemente será igual, pero lo que esta pregunta olvida es que el costo real de los productos que hoy consumimos no se refleja en el precio. Para graficar esto con un ejemplo personal: cuando viajé a Chiapas, México, en 2003, los campesinos productores de café ese año dejaron que se pudriera la cosecha, porque la entrada al mercado de Vietnam había provocado tal sobreoferta mundial de café que cosechar tenía un costo más alto que lo que ganarían. Como voluntaria de Sexto Sol, una ONG dedicada a organizar a los mini-productores en Chiapas y Guatemala para vender su café a precio justo, me enteré de las cuitas de los campesinos y de los precios miserables que se les ofrecían y que, en realidad, no justificaban ni mover un dedo. Cuando se compra café de “comercio justo”, uno tiene la garantía de que el productor no fue explotado, y que puede llevar una vida digna gracias a su trabajo. 300 ó 500 pesos valen esa diferencia.

Comprar orgánico también suele ser un poco más “caro” (de nuevo, según los estrechos estándares de lo que “caro” significa), pero de nuevo vale la pena. Y aquí, en algunos casos al menos, sí que el producto es indudablemente de mejor calidad. Para qué voy a entrar en la obviedad de comparar un huevo de campo con uno salido de una fábrica de pollos con gusto a harina de pescado, o decir que una zanahoria de huerto es más sabrosa que una de la agroindustria. Aquí, además, hay que sumar los beneficios para el medio ambiente (menos pesticidas en el aire y en las aguas), y para la salud humana (menos pesticidas, menos hormonas, menos antibióticos).

Por último, hacer un esfuerzo por comprar productos locales (o localivorismo) es un tercer criterio útil para hacer las compras.Éstos no sólo suelen ser más ricos –excúseseme el chauvinismo culinario– , sino que se ahorran toda la energía de la distribución y el combustible que eso significa.

Aunque parece difícil, tratar de cumplir con estos parámetros dentro de lo posible simplifica la vida en vez de complicarla. Si no me creen, los invito a hacer la prueba.

Lunes sin carne: respuesta a algunas objeciones

Como era esperable ante la sugerencia de dejar de lado la carne por un solo día de la semana (en pro de la salud propia, de las demás personas, del medio ambiente y sobre todo en pro del bienestar de los animales mismos), recibí varias respuestas e inquietudes de lectores y amigos que paso a atender en lo que sigue:

  1. “Los Tuaregs no pueden vivir en el desierto y no comer carne.”

La idea del comentario es que comer carne, para al menos algunas culturas, es parte esencial de lo que son y de cómo lo son. Ok, toda la razón. Mi prima Berta vive en La Chacra, cerca de Castro, y parte de su negocio es vender lechones para la época del reitimiento chilote. No por eso la quiero menos ni la creo desalmada: en su mesa respeto que ellos coman carne, así como ellos también respetan que me quede con las papas y la lechuga. Pretender que el Lunes Sin Carne se transforme en una medida autoritaria y universal sería denegar que ciertos grupos humanos, efectivamente, aún la tienen como su sustento fundamental. El punto es que son minorías y que, la mayoría de las veces, son ellos mismos los que producen lo que comen: no conocen las bandejas de pechugas, sino sólo los pollos completos. En términos medio ambientales, en otras palabras, su daño es mínimo comparado con el que ocasionan las granjas industriales, que son lamentablemente las que proveen carne para la mayoría.

  1. “Yo como carne, y uno de los argumentos que más me conmueven y me invitan a pensar en dejarla es el del sistema productivo de la carne. Aunque más que dejarla, eso me hace pensar en disminuir el consumo y/o hacerlo más selectivo. El argumento del sufrimiento animal no me conmueve mucho, ya que pienso que hacemos sufrir a los animales (más bien a los ecosistemas) de muchas otras formas, como al consumir papel, sillas, vegetales, etc, todo eso implica cambio en el uso del suelo y por lo tanto perdida de habitat para animales.”

Entiendo que, para muchos, no es obvio que hacer sufrir a los animales sea algo moralmente incorrecto. Ésta es una de las preguntas más capciosas que me aparecen cuando me enfrento a un grupo de omnívoros: “¿Y si las espinacas también sufren? ¿Te morirías de hambre?” Pues no, obvio que no. Me la seguría comiendo, porque con lo poco que sé de biología me basta para saber que, sin sistema nervioso desarrollado, su “sufrimiento” (si existiera) sería tan extraño a nuestra comprensión que no podríamos aprehenderlo siquiera. Al contrario, el sufrimiento de un cerdo, de una vaca o de un pollo incluso me parecen tan evidentes e incuestionables que no tengo nada más que decir al respecto. Dicho esto, comparto la aprehensión de que hacemos sufrir a otros animales indirectamente, a través del consumo de madera o papel, por ejemplo. Y esto me hace pensar que, mientras no nos detengamos a pensar para qué consumimos todo lo que consumimos, seguiremos ganándonos el premio limón de las especies planetarias. Si bien no una solución, creo que en este caso específico el pensamiento de Albert Schweitzer es visionario: no nos queda más que asumir que para vivir necesitamos destruir, y ésa es la tragedia de la vida humana. Ante eso, la ética se impone como un deber de reflexión antes de la acción, pensar antes de actuar, preguntarnos con honestidad si de verdad el placer de comer foie gras vale el sufrimiento del pato al que le reventaron el hígado con grasa para que quedara más sabroso. En suma: pisar lo más livianamente posible sobre la Tierra, para parafrasear a otro filósofo visonario, el noruego Arne Naess.

  1. “Y si no nos comemos a los animales, ¿qué vamos a hacer con ellos?”

Esta pregunta-objeción es la que menos debería preocuparnos en la coyuntura en la que nos encontramos. Estamos a tantos años luz de que esto llegue a ocurrir siquiera, que no vale la pena ni preocuparse por responderla. En todo caso, es obvio que los 27 millones de pollos que mueren diariamente en Estados Unidos solamente (sólo por dar una cifra) no existirían si no fuera por el consumo desbandado. Y no puedo ver sino como tremendamente positivo que esos millones de vidas de miseria dejen de existir… Si bien hay algunos que quieren ir más lejos y apuntan a eliminar por completo la tenencia de animales, incluso domésticos, sólo lograr a la eliminación de las granjas industriales sería ya un paso gigante. En el vegetarianismo, como en todas las áreas donde se quiere crear conciencia, creo que no resulta ser talibán. Pero explicar esto sería motivo de otra columna…

Mi pedido de Navidad

Suponiendo que los oscuros pronósticos mayas y hollywoodenses para el 2012 pasen tan sin pena ni gloria como los augurios de Nostradamus para el 2000, y que el 2011 no sea simplemente el año para despedirse de nuestra existencia antes de la hecatombe, me gustaría que lo viviéramos de la siguiente manera: con razón de ser, como si por fin hubiéramos caído en la cuenta de quiénes somos y qué cosas nos están destinadas en este fugaz paso por la infinitamente minúscula (pero única e irremplazable) Tierra.

Mi pedido para este año es uno solo, pero no está en mis manos cumplirlo, sino en las de miles de millones. Es simple y, como todas las cosas simples, más complicado de lo que parece: pido que los consumidores por fin nos demos cuenta de que tenemos el poder, lo asumamos y lo ocupemos para batallar contra las injusticias globales y locales, para mejorar fallas que pueden fácilmente corregirse y para hacer de este frágil planeta un lugar más acogedor no sólo para unos pocos humanos afortunados, sino para todos los que lo habitan.

El consumismo es una y otra vez vilipendiado, acusado del cambio climático, de la miseria de millones, del colapso de la biodiversidad y del rápido agotamiento de los recursos naturales. Con puras malas connotaciones, se presenta ante el público como una verdad inevitable, el sino al cual la Humanidad está predestinada.

Lo que se dice menos y creo que debería recalcarse, al contrario, es que consumir es opinar, es dar nuestro voto, es hacerle un tic al costado a nuestro candidato preferido (sea lavalozas, línea aérea o marca de ropa). Más aún, tan análogo es consumir a acudir a las urnas electorales que incluso podemos votar nulo si no nos gusta ninguna de las opciones: no compramos, pasamos de largo, no agregamos ese ítem al carro de compras. Créanlo o no, señoras y señores, ese acto marca una diferencia.

Si Revlon decidió a fines de los años ’90 dejar de testear sus productos en animales, fue por la amenaza de un grupo organizado de compradoras de abandonar en bloque su lealtad a la marca. Si Coca-Cola Zero le quitó por fin el ciclamato de sodio a su versión latinoamericana fue por la protesta de asociaciones de consumidores de diferentes países, cuando descubrieron que se trataba de un agente cancerígeno prohibido en Estados Unidos y Europa. Si en 2015 California no tendrá más pollos enjaulados es por la presión que ciudadanos contrarios al maltrato animal pusieron sobre la legislación vigente. Si Nike ha mejorado en algo sus condiciones laborales y ambientales en sus fábricas asiáticas, ha sido por la activa oposición y denuncia de organizaciones de derechos humanos y medio ambiente.

Que a la lista de arriba siga un largo etcétera depende de cada uno de nosotros, pero no separados, sino todos juntos. Ahí está lo simple y lo complicado de este deseo de año nuevo. Al menos me comprometo aquí a hacer mi parte para cumplirlo.

11/04/10 Predeciblemente irracionales

Escenario 1: Es viernes por la noche y usted acaba de armar panorama. De tanto que la han comentado, decide ir a ver “Avatar” a la sala Estrella en buena compañía. Cuando llega a la boletería, desgraciadamente, se da cuenta de que en algún lugar perdió seis mil pesos, que es lo que cuestan las entradas. Con lo que tiene en la billetera, sin embargo, todavía le alcanza para comprarlas, y hasta para irse a tomar un trago a la Taberna después de la película. ¿Sigue adelante con su plan original?
Escenario 2: Es viernes por la noche y usted acaba de armar panorama. De tanto que la han comentado, decide ir a ver “Avatar” a la sala Estrella en buena compañía. Como es precavido, compra las entradas con anterioridad (por seis mil pesos en total). Cuando llega al cine, desgraciadamente, no las encuentra por ningún lado, y no tiene forma de recuperarlas. Con lo que le queda en la billetera, sin embargo, todavía le alcanza para comprar dos entradas de nuevo, y hasta para irse a tomar un trago a la Taberna después de la película. ¿Sigue adelante con su plan original?

Si responde “sí” a 1 y “no” a 2… ¡bienvenido al club de consumidores predeciblemente irracionales (que son, por lo demás, la mayoría: 88 por ciento en el primer escenario y 54 por ciento en el segundo)! Diseñado por Tverski y Kahneman en 1981, este experimento fue uno de los primeros en economía conductual, una de las disciplinas de crecimiento más explosivo en la actualidad. El punto era probar la “irracionalidad” de los consumidores, a quienes la economía clásica había tratado hasta entonces como maximizadores racionales de utilidad. Contra el paradigma del “homo economicus”, estos psicólogos desarrollaron a partir de este y otros experimentos la Teoría de Prospectos, que intenta dar cuenta de nuestro proceso de toma de decisiones a veces inexplicable a primera vista.
“Predeciblemente irracionales” es también el título del bestseller de Dan Ariely, uno de los gurús de esta naciente ciencia social, que intenta acomodar los principios de la teoría económica neoclásica a los impulsos, tincadas, caprichos, prejuicios y pataletas del consumidor promedio. Los publicistas y expertos en marketing siguen atentos sus últimos descubrimientos, para apuntar mejor a lo que los compradores quieren (o creen querer, o quieren creer). Y, en vez de darse por vencidos definitivamente en sus ansias de predecir con precisión los vaivenes del mercado, los economistas renuevan su esperanza de sacarse de encima, gracias a ella, su reputación de “generales después de la batalla”. Con la ayuda de la psicología y la neurociencia, esperan que su gremio se aleje de los especialistas en análisis retrospectivo –junto a sismólogos y DTs de fútbol– y se acerque por fin al de físicos y químicos, capaces de determinar con anterioridad el resultado de tal o cual reacción.
Frente a tan ambiciosas expectativas, recomiendo la calma. Creo que un aura de excesivo optimismo rodea a quienes de verdad creen que podrán reducir a ecuaciones el comportamiento de miles de individuos en su diario vivir. El sueño determinista se repite cada tanto en la historia de la humanidad, pero hasta aquí no ha dejado de ser eso: sólo un sueño. Irracional o no.

19/12/09 Espíritu navideño

Léase presto in crescrendo.
“Paz y amor en estas Fiestas”, jingle bells, jingle bells… botas pascueras de plástico, galletas de jengibre de Alemania, galletas Spekulatius de Holanda, panetone italiano, Christmas pudding negro y denso de fruta confitada muy inglés, arbolitos Made in China disfrazados de árboles de verdad, árboles de verdad disfrazados de arbolitos Made in China, bolas plateadas, bolas doradas, bolones rojos, verdes y blancos, guirnaldas, luces intermitentes y no siempre confiables, peligro de corto circuito.
“Paz y Amor en estas Fiestas”, Navidad en la oficina, amigo secreto, felices deseos, hoy salgo a las 5, aguinaldo, guirnaldas, gracias jefecito.
“Paz y Amor en estas Fiestas”, música de mall ad hoc, qué calor, sidra helada, champagne helado, cola de mono, rompón. Gran venta de fin de año, sale, sale, más barato con tarjeta (siempre es más caro con tarjeta), moñas, papeles, cajas, bolsas. Pesebres de yeso, pesebres clásicos, pesebres conceptuales. Todo a mil, todo a cien, horarios extendidos, estantes colapsados, la lista de regalos: al primo, a la prima y a la tía, la abuela, el cuñado y la suegra, los niños son lo más importante, para ellos es la fiesta (el discurso no calza con la praxis).
Para los niños son las fiestas. El último juguete, no existe el último juguete, siempre hay uno más último que el último, y siempre es el que le regalan al hijo del vecino. Las voluntades infantiles se tornan dictatoriales, esto o nada, sí o sí. La bicicleta, el playstation 7, el i-pod con aún más memoria, para guardar tres mil canciones. ¿Tres mil canciones? ¿Cuánto se demora uno en escuchar tres mil canciones?
Ofertas, ofertones, dos por uno, tres por dos, cuatro por tres, llévese 5 y el sexto se lo regalamos (No quiero el sexto. No importa. Se lo regalamos igual). Compre ahora y pague en marzo. Pero es que en marzo empieza el colegio. Pero es que lo de marzo lo paga en julio. Pero es que en julio son vacaciones de invierno. Pero es que eso lo paga en septiembre. ¿Y el dieciocho? Lo paga en diciembre. ¡Navidad otra vez!
Lo que importa son los valores, estar en familia, con los seres queridos. Y la mayonesa, el pavo, la centolla, el corderito, tan bonito el corderito vivo, pero más rico en el plato, con la grasita que le chorrea. Por Dios que comimos. Un antiácido. Qué jaqueca.
Hace 2009 años, lo que se llevaba era regalar incienso y mirra. Hoy no. Algo hemos progresado en 2009 años.
¿Se pregunta alguien qué diría el festejado?