Cuatro notas sobre el concepto de soberanía

1. El concepto de soberanía está en la base del derecho natural moderno, contenido en la idea del suum, entendido como lo propio o lo que nos pertenece en virtud de ser humanos. Para Grocio, por ejemplo, el suum está formado por nuestra vida, nuestro cuerpo y nuestra libertad, y aquello requerido para mantenerlos. En la soberanía individual sobre esos tres elementos se juega el estatuto mismo de ser humano, estatuto que es defendible por la fuerza: de ahí surgen el derecho reactivo de auto-defensa, si alguien osa poner en riesgo dicha trilogía; y de ahí surge también proactivamente el derecho de auto-preservación o necesidad, que permite al individuo hacer lo que sea necesario, sin interferencias ajenas, para mantenerse con vida. La paradoja de este derecho de necesidad, sin embargo, es que es también un deber hacia el Creador: la soberanía sobre la vida, el cuerpo y la libertad es también así una tiranía de la vida, el cuerpo y la libertad, no renunciables sino por la Mano Divina.

2. Los pensadores de la Modernidad temprana no sólo intentaron justificar la soberanía individual sobre la esfera del suum, sino también la soberanía colectiva sobre diferentes pedazos del planeta. Si bien era relativamente fácil explicar cómo una manzana del pozo común pasaba a ser propia (mediante el acto físico de tomarla con las manos y llevársela a la boca), no lo era tanto dar cuenta de cómo vastas extensiones pasaban a ser parte de una nación o de un reino – tema nada menor en época de conquista y colonizaciones. Aquí no bastaba con apelar a actos físicos, sino que se requería apelar también a la imaginación – una imaginación convenientemente adaptada a los propósitos del conquistador-colonizador. Para ocupar un pedazo de tierra, así, no era necesario pisar cada centímetro de ella (aclaraba, de nuevo, Grocio) –, sino que bastaba con delimitarla y con tener la intención de ocuparla, intención expresada en ciertos actos definidos a criterio del ocupador. Agréguese de paso que, como la delimitación no era posible en el caso de los Mares, éstos quedaban como patrimonio común de libre uso para todos. Sobre la Alta Mar, a diferencia de la tierra, era soberana la Humanidad completa.

3. En el caso de Locke es tal vez donde se hace más patente la adecuación de la definición de soberanía a los propósitos de los ocupadores. Para el empirista inglés, apropiarse de un pedazo de tierra implicaba mezclar el trabajo individual con éste, agregándole así valor humano. Este trabajo individual, sin embargo, se mide mediante parámetros europeos: no es el de cazadores-recolectores ni el de pastores nómades, sino el de agricultores sedentarios. Así se justifica la colonización inglesa en América del Norte: como los pueblos originarios no han sabido trabajar la tierra de la manera apropiada y no la han, por lo tanto, ocupado, es menester que ésta pase a manos de quienes sí sabrán hacerla producir.

4. Insistiendo en la historicidad de los conceptos, otro hecho notable es cómo en derecho internacional se ha apelado hasta recientemente a la sobre-explotación y abuso de los recursos naturales como fundamento de soberanía. Nótese por ejemplo, en el caso de la Antártica, que países como Chile, Argentina, Noruega y el Reino Unido han invocado las actividades de loberos y balleneros en las islas subantárticas para justificar sus derechos territoriales en esas zonas y mucho más al sur. La irresponsabilidad pasada en la tenencia y administración de X – que debería funcionar como un impedimento – se transforma así en un argumento para justificar el control continuado sobre X.

Tolerancia de museo

Estoy en Dunedin, la segunda ciudad más grande en la isla sur de Nueva Zelandia, pintorescamente ubicada en una geografía de laderas escarpadas que miran una angosta bahía. Dunedin, que significa ‘Edimburgo’ en gaélico, tiene en verdad todo el aire de Escocia, con su calle principal llena de tiendas pequeñas que casi permiten olvidarse del presente globalizado; pubs que ofrecen catas de whisky y mil tipos de cervezas diferentes; y un frío invernal que hace comprender por qué las ovejas crecen aquí como si fueran nativas.
Como suele ocurrirme en los viajes, terminé en el museo de Otago (el nombre de esta región), en busca de lo peculiar y característico de este paisaje y de esta cultura. Y como suele ocurrirme en los museos de países desarrollados, salí enrabiada a pesar de lo cuidado de la exposición y de la belleza de ciertos objetos: esqueletos de pájaros extinguidos, porcelanas de la época colonial, albatroses gigantes embalsamados y pedazos completos de las aldeas de los habitantes originarios.
La peor parte fue recorrer las galerías de la Polinesia, con máscaras temibles de Vanuatu, una canoa ceremonial melanésica de unos 20 metros de largo tallada con un nivel de detalle que nada tenía que envidiarle a las catedrales góticas, y hasta un petit moai de Rapa Nui. Todo presentado, como digo, con el máximo rigor museológico y sin escatimar costos. Espacios amplios y bien iluminados. Historias de apoyo bien contadas. Un trabajo bien hecho, por decir lo menos.
Creo que lo que provocó mi irritación esta vez fue recordar el precario museo en Port Vila, la capital de Vanuatu, y compararlo con éste, con una colección mil veces mejor y más completa. ¿Es que no sería mejor dejar a los dueños de estas culturas presentar por sí mismos su historia, en lugar de que otros la cuenten por ellos?
La tolerancia de museo me parece que esconde una intolerancia profunda, en último término, hacia las culturas que busca representar. De alguna manera, lo que acaba en el museo se asume muerto, domesticado, dominado, aunque por encima se lo presente como objeto de admiración y reverencia.  Si alguna vez tuviera un enemigo acérrimo y quisiera vencerlo, creo que una de las cosas que haría sería convertirlo en objeto de estudio museológico. Sería una manera de ganarle la partida con elegancia, con un paternalismo disfrazado de benevolente que en realidad añora ponerle el pie encima para mantenerlo bajo control.
No digo que todos los museos sean así, pero suele ser el caso que en los que se dedican a revivir culturas que ellos mismos (o sus antepasados) destruyeron, se respira la violencia contenida… como si los dioramas fueran a estallar en cualquier momento y los nativos allí representados fueran a salir a defenderse de los visitantes con sus arcos y flechas; como si las máscaras fueran a revivir para maldecir eternamente a quienes les quitaron sus poderes mágicos poniéndolas en ese contexto aséptico.
Si bien valen para satisfacer el goce estético, estas visitas me dejan siempre un mal sabor social, moral, político. Y me pregunto si no será una estrategia sucia, después de todo, intentar desviar la mirada desde el horror de lo que fue aniquilado hacia la belleza de lo que sobrevivió.