Un cambio de mirada profundo: Parte II

En una columna anterior me referí a tres acusaciones infundadas que se hacen a la ecología profunda, un movimiento filosófico impulsado por el pensador noruego Arne Naess (1912 –2009), y que se hizo conocida en Chile a través del fundador del Parque Pumalín, Douglas Tompkins (1947–2015). Al contrario de las caricaturizaciones, sugerí que la ecología profunda no pone en la misma balanza la vida de una hormiga con la vida de una guagua; no ve al ser humano como enemigo de la naturaleza, sino a ambos intrínsecamente relacionados; y no busca solucionar la crisis ambiental que nos aqueja a través de una dictadura verde.

Sin desconocer sus muchos problemas y vacíos teóricos, en esta columna me refiero a la influencia que ha tenido la ecología profunda en las actuales miradas críticas al modelo económico y productivo global.

Frente a la crisis evidente del capitalismo en los setenta, y frente a la evidencia elocuente de que se nos venía encima la extinción masiva de especies, la contaminación generalizada de agua y aire, y el calentamiento global, el movimiento ecológico profundo cumplió la función de mostrar el otro extremo del péndulo. Si en algo fue radical, fue en requerir cuestionarse no las reformas posibles a un sistema en decadencia, sino las bases mismas sobre las cuales se construía el sistema. Para quienes creemos que otra manera de hacer las cosas es posible, decir hoy que el crecimiento indefinido es imposible e indeseable, criticar la noción de progreso lineal y atacar las mediciones de riqueza y pobreza sólo en términos de ingreso per cápita suenan a obviedad. Que suenen a obviedad sólo fue posible, sin embargo, gracias a posiciones “extremas” como la de Naess, que despejaron el territorio para que floreciera la diversidad en los terrenos medios.

Que proyectos de la escala de los propuestos por la Fundación Conservación Patagónica sean posibles hoy en Chile sólo se entiende, en este sentido, tomando en cuenta la influencia lenta pero segura que ha ido ganando esta filosofía en el discurso ético y político diario. Cuando reconocemos la necesidad de conservar ecosistemas completos y a gran escala, y cuando nos abrimos a la posibilidad de que regiones enteras hagan de la conservación un tema prioritario, estamos parados ya sobre un nuevo paradigma que era impensable en los tiempos en que Naess formulaba su teoría.

Lo que ayer fue radical hoy es moderado; los que ayer fueron acusados de locos hoy pasan por visionarios; lo que ayer era un lema profundo hoy es de sentido común: “La crisis de las condiciones de vida en la Tierra podría ayudarnos a elegir un nuevo camino con nuevos criterios de progreso, eficiencia y acción racional.” ¿Se atrevería alguien a dudar de ello?

En el plano estrictamente filosófico, suele criticarse que luego de su fuerte presencia en los debates en los años setenta, ochenta y noventa, el movimiento ecológico profundo se quedó sin voces y sin hacer nuevos aportes. En la práctica, sin embargo, lo que hicieron Naess y un puñado más de filósofos profundos fue abrir una verdadera cuña en el discurso ético y político del status quo; una cuña que hoy es habitada por un número cada vez más grande de convencidos de que lo dado no es necesariamente lo deseable. Por mucho que intenten los críticos asociar a la ecología profunda con fanatismo, extremismo e intolerancia, lo cierto es que su rol fue exactamente lo contrario: mostrar que el discurso de que las medidas económicas que nos rigen no son ideológicas, sino meramente “técnicas” y “neutrales” es en sí mismo fanático; desenmascarar ese mismo discurso como extremo a la hora de descalificar toda voz que se le oponga; y ser la vanguardia que abrió el camino para que esas otras muchas voces pudieran expresarse y ser tomadas en serio.

Esta columna es una adaptación del artículo “Un cambio de mirada profundo“, aparecido en el especial Tompkins, de Verdeseo.

El mal llamado “Antropoceno”

El término “Antropoceno” se ha puesto de moda para designar una nueva era geológica caracterizada por la influencia del ser humano sobre los ecosistemas terrestres. Especialmente en la discusión del calentamiento global, el “Antropoceno” hace referencia a los efectos que ha tenido para el pĺaneta nuestro uso y abuso de combustibles fósiles y, con ello, la consiguiente acumulación en la atmósfera de gases de efecto invernadero. También es una prueba del Antropoceno la creciente presencia de plásticos en agua, mar y tierra a nivel global, así como la extinción masiva de especies. El Premio Nobel de Química, Paul Crutzen, fue quien popularizó el término el año 2000, y desde entonces cada vez más estudios tanto en las ciencias naturales como sociales invocan esta nueva era geológica que vendría a reemplazar al Holoceno.
Pero, ¿no es una frescura llamar a esta nueva era geológica por ese nombre? “Antropoceno”, al fin y al cabo, viene del griego y quiere decir “ser humano nuevo”. La alusión, entonces, sería a que es el ser humano como especie entera la responsable de provocar estos cambios y de llevarnos a nosotros mismos y a todos los demás hacia destinos temidos, pero aún desconocidos. La verdad de la milanesa, sin embargo, es que ha sido una mínima fracción de la humanidad quien ha provocado estos cambios profundos: más específicamente, un pequeño grupo de hombres blancos occidentales enfrascados primero en la Revolución Industrial y luego en la expansión del capitalismo como sistema económico y productivo global. En estricto rigor, el “Antropoceno” debería renombrarse “Androceno” o “Patriarcoceno”, si se considera la baja o nula participación femenina en la puesta en marcha de esta máquina de cambios profundos, y en la estructura de sometimiento femenino que contribuyó a hacer posibles estos cambios (a través de, por ejemplo, el limitado acceso a la educación, el vetado acceso a la vida política, y el trabajo de madre y dueña de casa y cuidadora no remunerado durante la mayor parte de nuestra historia). Más preciso sería también llamarlo “Industrioceno”, “Europeoceno” o “Gringoceno”, considerando que los cambios profundos a los que ha sido sometida nuestra tierra tienen su origen no en la China de la dinastía Ming ni en la edad de oro de los mayas, sino en la revolución industrial iniciada en Europa en el siglo XVIII y llevada a la apoteosis por Estados Unidos.
Acorde con lo anterior y dependiendo del contexto de la discusión, habría que cambiar el concepto asociado de “antropogénico” (esto es, originado por el ser humano) por los adjetivos “androgénico”, “patriarcogénico”, “industriogénico” o “europeogénico”. Esto no es un asunto meramente formal o cosmético. Cuando les preguntan a los vecinos de Fuenteovejuna quién mató al cruel Comendador Fernán Fernández de Guzmán, éstos responden al unísono que fue “todo el pueblo a una: Fuenteovejuna”. Y no mienten, pues cada uno tuvo un grado de participación en el hecho y todos juntos lo planearon. El Antropoceno, en cambio, no es resultado de las acciones de “toda la humanidad a una”, y hacer creer a quienes no tuvieron nada que ver en el asunto que sí tuvieron que ver es una distorsión de los hechos. Esta distorsión tiene impactos reales en, por ejemplo, la discusión acerca de mitigación y adaptación al cambio climático, y en los deberes que cada país debe asumir al respecto. Tener un impacto geológico a la escala de los que estamos produciendo hoy no es el destino inevitable del ser humano como especie, sino el resultado de una manera de vernos en el mundo y apropiarnos de él que ya se revela simplemente insostenible.

Arriba y abajo

Durante décadas, las categorías de derecha e izquierda marcaron opciones excluyentes en su acercamiento a la política, la economía, los valores morales y, en general, en su manera de ver el mundo o “cosmovisión”, para ponerlo en terminología antropológica. A un lado, la izquierda se abanderaba con el “pueblo” y la representatividad democrática, la igualdad política y económica, el estado benefactor y solidario protector de sus ciudadanos, la propiedad estatal como generadora de recursos, la educación y la salud como derechos básicos a quienes todos debían tener acceso garantizado. Al otro lado, la derecha se preocupaba ante todo de la protección del derecho de propiedad, suponiendo que garantizar éste garantizaba todo aquello que la izquierda buscaba, pero sin imponer lastres a los ciudadanos más “exitosos”. En vez de subir los impuestos, había que bajarlos para aumentar la competividad; en vez de agrandar el estado, había que achicarlo y poner la confianza en los privados, que solos y guiados por una mano invisible proveerían sin querer queriendo todos esos bienes y servicios considerados como esenciales para llevar una vida humana digna. Etc. No hace falta aquí repetir la historia completa, que ya es conocida por los lectores.

Hoy, sin embargo, resulta ya evidente no sólo en Chile, sino en las democracias de los cinco continentes, que ni derecha ni izquierda representan lo que solían representar, y que han terminado por fundir sus cosmovisiones tan distintas en prácticamente una sola. Ésta es la cosmovisión “de arriba”, pensada y reproducida por quienes llevan décadas asentados en el poder económico y político. Apoyados en una prensa de la que son dueños o a la que seducen fácilmente, los de arriba intentan vender el sistema económico crecientemente oligopólico y anti-competitivo como capitalismo (¡si Adam Smith pudiera levantarse de su tumba!). Intentan convencernos de que el desarrollo es lineal y progresivo y requiere para mantenerse de un consumo de recursos siempre creciente (¿qué hacer si no sospechar cuando las máximas autoridades económicas declaran que comprar es un deber cívico?). Entienden la “globalización” como la apropiación de las principales materias primas y medios de producción por un par de mega-empresas; la “revolución verde” como la eliminación de la agricultura diversa y de pequeña escala y su reemplazo por monocultivos completamente mecanizados; y la “energía limpia” como aquella que permite a dichas mega-empresas mantener el ritmo al menor costo posible para sus propios bolsillos. Los cucos con los que aún seducen (o, mejor dicho, asustan) a sus votantes son la amenaza de desempleo, el alza de los precios y la pérdida de competitividad.

No es raro, frente a este panorama, que un número creciente de personas miren con sospecha a los tradicionales candidatos y declaren con un dejo cínico que da lo mismo por quién votar, cuando se sabe que en lo fundamental los de aquí y los de allá comparten no sólo opinión, sino también intereses en las mismas compañías, amigos en los mismos directorios y casas en los mismos balnearios.

Es mejor por esto asumir que derecha e izquierda se han transformado en etiquetas rancias y anacrónicas y reemplazar la dicotomía (si es que tiene que haberla) por los de arriba y los de abajo. Frente a los de arriba, los de abajo podrían definirse como aquellos que aún creen en la solidaridad como principio fundamental para la existencia de una sociedad viable. Los de abajo simpatizan en general con los valores de la antigua izquierda, pero no apoyan las soluciones estatistas macro y dan preferencia a la diversificación económica, política y social. No creen en el estado como la solución de todos los males, pero tampoco son ciegamente privatizadores; saben además que confiar en la autorregulación de los privados es como confiar en la contención del gato en la carnicería, y es por eso que gritan por mayor fiscalización. Los de abajo son quienes han revitalizado los olvidados valores democráticos y republicanos y han recordado por fin que votar constituye un porcentaje menor de lo que significa ser ciudadano, mientras que el resto es estar atento a las leyes que se proponen y aprueban, y conocer y ejercer los propios derechos y deberes para no sentirse al final del día como meras víctimas del sistema.

En filosofía moral se ha puesto de moda la distinción entre el enfoque top-down (de arriba hacia abajo) y el bottom-up (de abajo hacia arriba). Mientras quienes favorecen el primero parten de principios que luego intentan imponer como verdades universales e incuestionables, sin atención al contexto, los partidarios del segundo parten de las raíces, de las diferentes realidades contextuales para ver desde ahí si es posible coincidir en un par de principios. En este sentido es también que los de arriba son de arriba y los de abajo, de abajo: mientras los primeros intentan hacernos creer en recetas homogéneas universalmente aplicables, los de abajo creen que lo único que puede salvar no sólo a nuestra sociedad, sino a nuestro planeta, son las recetas a medida del entorno, atentas a las particularidades de aquí y de allá. Para los de abajo, la globalización es la universalización de lo local; la revolución verde es la revitalización de la riqueza de lo diverso, y la energía limpia es la que busca en cada lugar la ventaja comparativa sin pretender una solución que calce para todo. Y más importante aún, no meten cucos: simplemente muestran lo que hay y proponen una alternativa. ¿Podrán los de abajo llegar a formar parte del sistema político sin convertirse en los de arriba? Esto sería tema para otra columna, pero grupos como los Verdes en países como Australia apuntan a que la respuesta es positiva.

Esta columna también se puede leer en Lamansaguman

Los piratas del Caribe (y del resto del mundo también)

Qué diferente sería si los libros de historia que nos hacen tragar en el colegio y en la universidad fueran tan bien escritos como Villanos de todas las Naciones (Villains of All Nations, en el original inglés) de Marcus Rediker. Éste es un examen crítico, acucioso, profundamente bien investigado y sin torcidas pretensiones de objetividad sobre la época de oro (y de sangre) de los piratas del Atlántico y del Caribe. En la década de 1716 a 1726, afirma Rediker, cerca de cuatro mil marinos de todas las naciones se lanzaron contra los barcos mercantes en esta ruta y capturaron cientos de ellos, quemándolos, hundiéndolos o apropiándoselos, frente a la furia de sus dueños y de las autoridades de Europa y las colonias de Norteamérica.

Contra el discurso establecido, donde los piratas se pintan como mercenarios sedientos de riqueza, sin Dios ni ley, Rediker propone una lectura mucho más matizada del asunto. Los piratas eran pobres diablos que, sin nada que perder y aburridos de los abusos habituales de los capitanes, decidieron armar sus propias leyes y su propia leyenda. Cierto, en su mayoría se burlaban de la religión y no le temían a la idea de arder eternamente en el infierno. No guardaban tesoros ni pensaban en acumular riquezas –como sus enemigos– sino que preferían gastarse el botín apenas llegados a puerto, fieles a la máxima de carpe diem.

Pero tenían leyes, y leyes estrictas, sólo que no eran las del status quo, que beneficiaban a un puñado de mercaderes y capitalistas a costa del abuso de una mano de obra que se consideraba casi desechable. Según Rediker, en el mejor de los casos, “los piratas construyeron su propia y distintiva sociedad igualitaria, eligiendo democráticamente a sus oficiales y capitanes, dividiendo el botín equitativamente y manteniendo un orden social multinacional.” Muchos eran africanos liberados de los barcos de esclavos que, sin chance de volver atrás, eran aceptados por las tripulaciones mayoritariamente europeas. Algunos incluso eran algunas, como Anne Bonny y Mary Read, disfrazadas de hombres y liberadas de las restricciones que se les imponían en sus respectivas sociedades.

Su bandera negra, el Jolly Roger, resumía sus principios: navegar bajo el signo de la calavera era navegar asumiendo que no pertenecían a más nación que a la de los expoliados y explotados, que seguramente vivirían poco, pero que lo poco que vivieran lo vivirían bien. Por supuesto que los había vengativos y sedientos de sangre y destrucción, admite Rediker. Pero éstos no eran la mayoría, tanto que, al contrario de lo que cuenta la historia oficial, durante sus juicios y ejecuciones públicas desde Boston a Londres más de una vez la audiencia (expoliada y explotada como ellos) se puso de su lado.

Sin idealizarlos, Rediker logra sumergir al lector en un mundo con el que grandes y chicos siempre fantaseamos, y da luces de por qué. Algo hay en esta historia que hace recordar a David contra Goliat, y demás está decir con quién se quedan nuestras simpatías.

Nadie sabe para quién trabaja

Uno de los fenómenos que más preocupación me causa dentro del marco económico capitalista en que nos hallamos metidos es que parece ser inevitable que los chicos y medianos se coman a los chicos y medianos, sin darse ni cuenta. Aquí va cómo (y se basa en historias reales).

R, un pequeño agente de viajes tiene que cerrar su oficina, después de diez años de esfuerzo para sacarla adelante. Aunque es experto en el nicho en el cual se especializa –el sur de Chile y Argentina– las ventas han ido bajando año a año, no tanto por la crisis económica cuanto por la aparición de grandes mayoristas que, dada la escala a la que trabajan, pueden ofrecer unos precios con los que ni él ni otros de su tamaño pueden competir. Mientras ve a qué se dedica ahora (quizás, a intercambiar su conocimiento por un sueldo fijo para los mismos peces grandes que se lo comieron), ahorra en las cosas de cada día: cambia sus marcas favoritas por las marcas que ofrece el mega supermercado donde hace las compras, y deja de ir al verdulero de la esquina. Serán mejores sus duraznos, piensa, pero los del supermercado cuestan la mitad.

Después de una vida cultivando duraznos conserveros, C, pequeño agricultor, decide vender su campo vecino a San Fernando a una de las grandes empresas frutícolas de la zona. En los últimos años, entre la sequía y los precios bajos, el negocio no da para más. Antes le pagaban mejor, cuando vendía directo a los pequeños almacenes, pero ahora los grandes distribuidores tienen la última palabra, y hacen con los proveedores básicamente lo que quieren. Cuando ve a cuánto venden los duraznos en las grandes cadenas de supermercados, le duele el estómago: en cinco y hasta diez veces más de lo que le pagan a él… ¡y así y todo la gente lo encuentra barato! Para pasar la depresión, el pequeño agricultor decide tomarse unas merecidas vacaciones: si antes solía comprarle a su agente de viaje, esta vez lo hace por internet, directo con las nuevas mayoristas. Será impersonal el trato, piensa, pero sale harto más a cuenta.

Aunque indirectamente, sin saberlo y sin quererlo R y C están siendo perjudicados por el sistema, al mismo tiempo que contribuyen a su mantenimiento y consolidación. Lejos del sueño de Adam Smith, donde un millón de pequeños capitalistas se dedican a hacer lo que mejor hacen, y compiten con otros pequeños capitalistas, vigorizando de esta manera la industria y también mejorando constantemente la calidad de los productos ofrecidos, hoy nos hallamos en una transición hacia un esquema muy diferente: de vuelta a oligarquías, o hasta monopolios, tan grandes y poderosos que, tras haber arrasado con la competencia, pueden dormirse en sus laureles. Y esto, gracias a la complicidad (culpable o inocente) de los mismos consumidores. Si R no entiende a tiempo que comprándole a la mega cadena está contribuyendo (aunque sea indirectamente) a que éstas revienten a otros chicos como él, tal como a él lo reventaron las mayoristas de viajes, y si C no cae en la cuenta que comprarle a la mayorista es caer en la misma lógica de los que compran duraznos en el mega supermercado, pues parece que no hay salida para este aprieto. Siempre se acusa a los políticos de tener una mirada cortoplacista: pareciera ser que del mismo cargo puede acusársenos a cada uno de nosotros cuando caemos en este juego peligroso.

Lo barato cuesta caro

Los lugares comunes, para pesar de quienes tratamos de evitarlos,en el fondo siempre tienen algo de cierto. Aquí va uno.

“Lo barato cuesta caro” me decía mi mamá cuando íbamos a la Zona Franca a comprar algún electrodoméstico. La idea era que, por ahorrarse unos pesos y comprar una marca poco conocida, al final uno terminaba por llevarse un artefacto que colapsaba al tercer uso, hacía cortocircuito al enchufarlo o se desarmaba con sólo mirarlo, a pesar de su buena apariencia inicial. Mejor era invertir un poco más al comienzo, continuaba la lección, y armarse de un objeto durable y confiable. “Made in Taiwan” era sinónimo por aquellos días de lo que era mejor evitar.

Un documental de la BBC que vi el otro día, sin embargo, me dejó meditando sobre otros dos significados igual de ciertos pero menos obvios del lugar común en cuestión. Éste trataba sobre una marca de chalecos de lana escoceses caros y exclusivos que había cerrado la fábrica en Edimburgo para mudarse a Mongolia, con el obvio objetivo de abaratar costos. La idea, desde un punto de vista estrictamente económico, es perfecta. Aunque las instalaciones quedan en Mongolia, los trabajadores son ‘importados’ desde Corea del Norte; viven en la fábrica y no tienen permiso para salir de ella; y no reciben sueldo, ya que el pago va directo al gobierno norcoreano. Paradójicamente, como bien indicaba el periodista, el capitalismo occidental en este caso subsidia directamente al régimen comunista de Kim Yong -il, dictador y maquinador de uno de los regímenes totalitarios más represivos del mundo.

“Lo barato cuesta caro” se hace cierto en este caso en dos sentidos más allá del habitual. Por un lado, para aumentar su margen de ganancias, la compañía escocesa ha optado por mano de obra barata, sin tomar en cuenta el alto costo de su decisión en términos de violación a los derechos humanos y apoyo económico directo a un régimen abiertamente repudiado por las democracias occidentales. Por ahorrarse unas libras, los dueños del negocio se meten al bolsillo la libertad de esos trabajadores que, sin lugar a dudas, poco o nada reciben como beneficio de su trabajo, dando de paso un incentivo a que otras compañías imiten su ejemplo.

Por otro lado, “lo barato cuesta caro” significa también que la reducción en los costos de producción ni siquiera se ve reflejada en los precios finales, tan altos como siempre. Ya no hechos, pero todavía “diseñados” en Escocia, los modelitos siguen igual de demandados por los consumidores, ávidos de un producto exclusivo y de buena calidad, pero en su mayoría ignorantes de su verdadero origen. Pagan mucho, en suma, por algo que ha costado muy poco producir, mientras los dueños del negocio se llenan los bolsillos y los ‘dealers’ de mano de obra norcoreanos se aprovechan del absurdo en que se transforma el capitalismo llevado a un extremo.

Los dos nuevos significados de este lugar común deberían sumarse al ya conocido y nosotros –los consumidores– deberíamos dejar de taparnos los ojos al respecto.

De chorreo a gotera

Adam Smith dice en su Teoría de los Sentimientos Morales que el rico avaro, por muy rico y avaro que sea, no puede abarcar con su estómago lo que abarca su vista, por lo que se ve en la obligación de compartir sus posesiones, una vez que su apetito se haya satisfecho. En esta sana idea se basa el maleado concepto capitalista del “chorreo”, que supone que la riqueza inevitablemente se distribuye en la sociedad, permitiendo que hasta el más pobre se beneficie –directa o indirectamente– de las grandes fortunas.

Un espíritu similar habita, tres siglos más tarde, Una Teoría de la Justicia, del filósofo estadounidense, John Rawls. En este ya clásico volumen de filosofía política, Rawls se pregunta cómo construir una sociedad moderna y liberal que se funde sobre la justa cooperación de sus habitantes. Para ello, Rawls imagina qué principios de justicia elegirían personas como nosotros tras un velo de ignorancia, es decir, sin saber qué lugar ocupan en la escala económica y social, si son hombres o mujeres, blancos o negros, doctorados o analfabetos. El resultado de este experimento mental, que llama “posición original”, es que la sociedad se regiría por dos principios: el primero, un respeto prioritario por las libertades básicas civiles y políticas (de conciencia, palabra, reunión, integridad física y mental); y el segundo, justa igualdad de oportunidades (en la postulación a cargos públicos, etc.) y respeto por el “principio de diferencia”. ¿Qué significa este último? Pues que las desigualdades  económicas sólo son aceptables cuando mejoran la situación de quienes están peor (es decir, una confirmación de que el chorreo siempre es bueno, cuando de verdad ocurre).

Me siento frente Smith y a Rawls después de hacer un rápido escaneo por la prensa local y mundial, y me pregunto si estos grandes teóricos imaginaron siquiera la dirección que podía tomar el capitalismo en el que tanta fe depositaron. Partiendo por casa, veo en Forbes que el grupo Luksic pasó de tener recursos por 11.000 millones a 19.000 millones de dólares en 2010, mientras que el holding de Horst Paulmann subió de 5.000 a 10.500 en el mismo período. Para ponerlo en lenguaje lego, suponiendo un gordo de loto de 500 millones de pesos, Luksic se ganó 7.800 gordos en un solo año, y Paulmann, 5.500. ¡Y uno que se queda feliz con sacarse una quina o una terna de vez en cuando! A nivel mundial, por poner sólo un ejemplo: la minera australiana BHP Billiton acaba de reportar un récord de utilidades en sólo seis meses por 10.600 millones de dólares, algo inédito en su historia (con esas cifras, los 4 millones de dólares que gastó en campañas publicitarias contra el tan batallado proyecto de impuesto a la minería parece un rasguño).

Pero mientras el número de billonarios y las ganancias de las transnacionales siguen creciendo a escala global, la evidencia de que la pobreza disminuya no es tan clara. ¿Será, parafraseando a Adam Smith, que los estómagos de los ricos han crecido junto con sus fortunas? ¿O será que, pasado cierto punto, las desigualdades económicas dejan de beneficiar a los menos aventajados, contra lo que pensaba Rawls? Voto por lo segundo. El chorreo, cuando los de arriba están tan lejos de los de abajo se transforma en gotera.

Adam Smith en CasaPiedra

Adam Smith, filósofo y economista (1723-1790)

Rara vez oímos hablar de las asociaciones de patrones y frecuentemente de las de obreros. Pero quien se imagine por esto que los patrones rara vez se asocian, es tan ignorante del mundo como del tema.

De buenas a primeras, la cita parece sacada del Capital, pero lo cierto es que pertenece a Adam Smith, uno de los autores más malinterpretados y tergiversados de la historia de la filosofía y economía. En su tratado magistral sobre La riqueza de las naciones (que es donde aparece esta cita y las siguientes) el escocés afirma –es cierto– que el desarrollo económico de un país ocurre gracias al interés propio y no a la benevolencia. De ahí a convertirlo en el supuesto padre de un capitalismo desbocado que todo lo permite hay, sin embargo, una brecha profunda; una brecha insalvable.

Si algo conozco a Smith (que, debo confesar, es uno de mis autores favoritos), no me cabe duda de que por estos días se revuelca en su tumba edimburguesa. Frente al estado doméstico y global de creciente concentración económica, donde las medidas “liberalizadoras” se practican unilateralmente sobre los más débiles, mientras los fuertes siguen protegiendo sus mercados con tarifas y subsidios, Adam sin duda levantaría la voz, rojo de escocesa furia.

Si viviera hoy, seguramente, el catedrático de Glasgow se pasaría la vida de conferencia en conferencia, auspiciado por think-tanks ansiosos de oír su opinión. Y si de soñar se trata, imagino que lo invitan a Chile, a Santiago, por supuesto, a dar una conferencia en CasaPiedra, por la cual los asistentes pagan una entrada de cinco cifras. Comienza diciéndoles:

Cuandoquiera que la legislatura intenta regular las diferencias entre patrones y trabajadores, sus consejeros siempre son los patrones.

Como, está demas decirlo, quienes escuchan a Smith en ese momento clasifican en la primera y no en la segunda categoría de aludidos, hay en la audiencia incómodos cruces de miradas y crujir de asientos. Smith se lamenta de las asimetrías de poder, donde el obrero necesita al patrón, y el patrón al obrero, pero este último de manera mucho más inmediata y urgente, por lo que las negociaciones entre ambos nunca son equitativas. Muchos a estas alturas se preguntan si no se habrán equivocado de seminario. Pero no: es Adam, el mismísmo padre del liberalismo económico quien les habla, el promotor del mercado desregulado y del capitalismo, sí, pero a escala humana y no corporativa. La crítica de Napoleón, de que Inglaterra era, siguiendo el modelo smithiano, una “nación de comerciantes” apuntaba precisamente a esto: a que la verdadera riqueza de las naciones ocurre cuando el poder se encuentra disperso entre miles, y no concentrado en unos pocos.

A la hora de las preguntas, sigo soñando, alguien le pide al ilustre invitado que dé su opinión sobre el reciente juicio por adulteración fraudulenta de precios que se lleva contra 18 ejecutivos de las tres mayores farmacias de Chile y de cinco grandes laboratorios. A lo que responde tajante:

Los empresarios del mismo rubro rara vez se juntan para divertirse, pero [cuando lo hacen] la conversación termina en conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios.

Si estuviera allí, pienso, le pediría que dé su dictamen también sobre la fusión Lan-Tam, la creciente concentración de la generación eléctrica en el Sistema Interconectado Central (SIC) y la desaparición de los minimarkets a manos de un par de gigantes del retail. Pero no hay necesidad, me digo, pues ya se lo que respondería… y sé que sería algo tras lo cual los patrones, perdón, presentes, se retirarían indignados.

 

Esta columna también puede leerse en Verdeseo