El mal llamado “Antropoceno”

El término “Antropoceno” se ha puesto de moda para designar una nueva era geológica caracterizada por la influencia del ser humano sobre los ecosistemas terrestres. Especialmente en la discusión del calentamiento global, el “Antropoceno” hace referencia a los efectos que ha tenido para el pĺaneta nuestro uso y abuso de combustibles fósiles y, con ello, la consiguiente acumulación en la atmósfera de gases de efecto invernadero. También es una prueba del Antropoceno la creciente presencia de plásticos en agua, mar y tierra a nivel global, así como la extinción masiva de especies. El Premio Nobel de Química, Paul Crutzen, fue quien popularizó el término el año 2000, y desde entonces cada vez más estudios tanto en las ciencias naturales como sociales invocan esta nueva era geológica que vendría a reemplazar al Holoceno.
Pero, ¿no es una frescura llamar a esta nueva era geológica por ese nombre? “Antropoceno”, al fin y al cabo, viene del griego y quiere decir “ser humano nuevo”. La alusión, entonces, sería a que es el ser humano como especie entera la responsable de provocar estos cambios y de llevarnos a nosotros mismos y a todos los demás hacia destinos temidos, pero aún desconocidos. La verdad de la milanesa, sin embargo, es que ha sido una mínima fracción de la humanidad quien ha provocado estos cambios profundos: más específicamente, un pequeño grupo de hombres blancos occidentales enfrascados primero en la Revolución Industrial y luego en la expansión del capitalismo como sistema económico y productivo global. En estricto rigor, el “Antropoceno” debería renombrarse “Androceno” o “Patriarcoceno”, si se considera la baja o nula participación femenina en la puesta en marcha de esta máquina de cambios profundos, y en la estructura de sometimiento femenino que contribuyó a hacer posibles estos cambios (a través de, por ejemplo, el limitado acceso a la educación, el vetado acceso a la vida política, y el trabajo de madre y dueña de casa y cuidadora no remunerado durante la mayor parte de nuestra historia). Más preciso sería también llamarlo “Industrioceno”, “Europeoceno” o “Gringoceno”, considerando que los cambios profundos a los que ha sido sometida nuestra tierra tienen su origen no en la China de la dinastía Ming ni en la edad de oro de los mayas, sino en la revolución industrial iniciada en Europa en el siglo XVIII y llevada a la apoteosis por Estados Unidos.
Acorde con lo anterior y dependiendo del contexto de la discusión, habría que cambiar el concepto asociado de “antropogénico” (esto es, originado por el ser humano) por los adjetivos “androgénico”, “patriarcogénico”, “industriogénico” o “europeogénico”. Esto no es un asunto meramente formal o cosmético. Cuando les preguntan a los vecinos de Fuenteovejuna quién mató al cruel Comendador Fernán Fernández de Guzmán, éstos responden al unísono que fue “todo el pueblo a una: Fuenteovejuna”. Y no mienten, pues cada uno tuvo un grado de participación en el hecho y todos juntos lo planearon. El Antropoceno, en cambio, no es resultado de las acciones de “toda la humanidad a una”, y hacer creer a quienes no tuvieron nada que ver en el asunto que sí tuvieron que ver es una distorsión de los hechos. Esta distorsión tiene impactos reales en, por ejemplo, la discusión acerca de mitigación y adaptación al cambio climático, y en los deberes que cada país debe asumir al respecto. Tener un impacto geológico a la escala de los que estamos produciendo hoy no es el destino inevitable del ser humano como especie, sino el resultado de una manera de vernos en el mundo y apropiarnos de él que ya se revela simplemente insostenible.

13/02/10 ¿Cangurianos al rescate?

¿Cangurianos al rescate?

Mientras por estos días los chilenos que buscan estar bien informados se abocan a revisar los currículos y referencias del futuro gabinete, en tierras australianas el tema cotidiano es cómo disminuir las emisiones de carbono sin detener la máquina económica; un reto nada menor para quienes ostentan el título de país más contaminante del mundo per cápita.
Hasta el momento, no hay acuerdo acerca de cuál es la mejor manera de enfrentar el reto, pero uno puede deleitarse cada mañana leyendo los diarios y encontrándose con propuestas que, más allá de si funcionan o no, merecen un monumento a la creatividad o, más bien, a lo rebuscado.
Imposible es dejar de mencionar en esta línea al movimiento canguriano (“kangarootarianists”, en inglés), cuyo fin es convertir la carne de canguro en la más cotizada, desplazando a vacas, ovejas, chanchos y pollos. El argumento detrás es que estos nativos habitantes son una plaga (no tienen más depredadores que el hombre… como si eso fuera poco) y es por lo tanto mucho más eficiente en términos económicos y ambientales comérselos a ellos que mantener las granjas industriales con toda la polución, gasto energético y sufrimiento animal que conllevan. Mientras los canguros llevan una vida feliz brincando libres y sufren una muerte “humanitaria” –de un solo tiro seco en la nuca–, los animales de fábrica nacen, viven y mueren miserablemente. El gasto de energía de esta industria carnívora en auge es casi nulo y… lo mejor de todo: a diferencia de vacunos y ovejas, sus ventosidades contienen niveles mínimos de metano, uno de los gases responsables del calentamiento global.

Considerando que un 13% de las emisiones de carbono australianas provienen de los intestinos de las vacas, más allá de las risas hay muchos ya que se están tomando esta moda en serio. Las revistas gourmet publican recetas de costillas de canguro asadas o filete de canguro, los restoranes más caros lo agregan a la carta y las parrilladas dominicales no se consideran completas sin un choripán de “roo”.
Pero más rebuscados que los cangurianos son todavía los carnívoros acérrimos quienes, ante esta amenaza a su dieta, han propuesto inyectar la bacteria mágica que habita los estómagos marsupiales en los estómagos vacunos y ovinos, para así obtener carne fresca con pedos “libres de metano”.
Lo que ninguno de ambos grupos se ha preguntado, sin embargo, es si no será mejor eliminar la carne de su dieta y punto. El argumento de que somos carnívoros por naturaleza y de que tenemos que usar los colmillos para algo me parece tan pobre como defensa como el argumento de que somos violentos por naturaleza y de que, por ende, no podemos evitar la guerra. En cuanto a la muerte “humanitaria” de los “roos”, ésta omite el hecho de que por cada madre que matan, hay que sacrificar al “joey” o guagua que llevan en su bolsa, demasiado pequeño para comerlo y demasiado pequeño para sobrevivir por sí solo. Que una sea la opción más “ecológica” no quiere decir que sea la menos sangrienta.

24/10/10 El estirón (Parte II)

El estirón (Parte II)

En la columna pasada prometí continuar con la analogía entre el “estirón” que pilla de sorpresa a los adolescentes y el “estirón” que vivimos hoy como especie. La idea es que –tal como los quinceañeros que andan a empellones contra el mundo, aún no adaptados a su aumentado radio de operación–, así andamos hoy los seres humanos, no del todo conscientes del nuevo alcance de nuestras acciones. Un ejemplo de esto es cómo un gesto que parece inocente, como tomarse un café, en realidad no lo es tanto, en la medida en que hoy podemos saber de dónde viene, quién lo produjo y en qué condiciones. Así, nuestra elección deja de ser éticamente neutra: nuestro poder de compra es nuestro poder de mejorar (o empeorar) la vida de quienes producen, procesan y transportan ese grano desde su lugar de origen hasta nuestra taza.
Esta idea está presente también en el debate acerca de cómo distribuir las responsabilidades del cambio climático. Adaptados durante siglos para responder por nuestros actos ante nuestra comunidad inmediata, es difícil aceptar que nuestro estilo de vida en general ya no sólo afecta a quienes literalmente nos rodean. La calefacción a full capacidad, el cuatro por cuatro de puerta a puerta y el carnivorismo de lunes a domingo de un habitante patagónico estándar hoy guarda una conexión –por mínima que parezca– con la sequía que golpea a los campesinos indios de Andhra Pradesh, con la tormenta roja que azotó a Sydney hace poco y con el derretimiento acelerado de los glaciares andinos. Por tratarse de responsabilidades colectivas, sin embargo, es fácil encoger los hombros y calmar nuestras conciencias individuales diciéndonos que nuestra contribución es una gota en la mar y que no hace ninguna diferencia. Es la vieja paradoja “sorites”: tres granos de arena no son un montón, pero un millón sí lo son.
Pero no todo son malas noticias. El estirón que ha dado la humanidad también tiene aspectos positivos, dados sobre todo por las nuevas tecnologías de comunicación. Basten dos ejemplos. Primero, la información se ha democratizado y con ello se ha democratizado el poder que de ella emana: esto significa que ya no tenemos excusas del tipo “Si hubiera sabido…” Hoy podemos tomar mejores decisiones. Segundo, el auge del dinero “plástico” permite que podamos ayudar a quienes antes estaban fuera de nuestro alcance. En 1759, Adam Smith escribió que un europeo humanitario se entera de un terrible terremoto en China, se lamenta de ello un rato y luego se va cómodamente a dormir. Y está bien que así sea, continúa, porque no tiene sentido afanarse por algo donde nada puede hacerse. Si Smith viviera hoy, seguramente su visión sería distinta: cualquier habitante de país civilizado del siglo XXI, después de ver las noticias, puede entrar a internet y hacer su donación online en cinco minutos. Lo que falta es actualizar nuestras conciencias al nuevo escenario. Después de todo, no hay que olvidar que el “estirón” es un estado pasajero, y no permanente.

28/08/09 “Tanto y tan poco”

Tanto y tan poco

En la cuarta ciudad más grande de Irak, Nasiriyah, se preparan para un apagón total y sin fecha de término. Esta vez la causa no son los bombardeos estadounidenses, sino la naturaleza encaprichada y unos países vecinos sedientos de agua y electricidad. Y el protagonista del conflicto es el Eufrates, ese río cuyo nombre aprendimos en el colegio cuando estudiábamos Mesopotamia, una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad.
El problema es el siguiente: en los últimos cinco años, mientras el país se hallaba en caos interno, Turquía, Siria e Irán –con quienes Irak comparte el Eufrates– comenzaron a construir represas río arriba, lo que disminuyó drásticamente el nivel de las aguas, sobre todo en el sur de Irak. Esto, unido a las escasas lluvias, tiene hoy a los dos millones de habitantes de Nasiriyah y de las aldeas aledañas al borde del colapso, casi sin luz eléctrica y con racionamiento de agua potable, al punto que ya comienza el movimiento de desplazados hacia otras ciudades. En cuanto a la agricultura, los planos fértiles han dado paso a un paisaje semidesértico donde ya poco se cosecha. Las tierras que antes alcanzaban para alimentar a toda la población del país, en 2009 apenas alcanzarán para cubrir el 40 por ciento de la demanda de frutas y verduras.
En Kiribati, uno de los países más pequeños del mundo, compuesto por una serie de atolones que apenas sobresalen en medio del ancho océano Pacífico, el agua también se está convirtiendo en un problema, pero por otras razones. Esta vez es su exceso y no su falta la que tiene a los casi cien mil habitantes construyendo murallones de piedra para contener su avance; agua salada que amenaza con hundirlos a ellos y a sus casas y a su cultura ancestral en un futuro cercano, futuro negro que comparten con otros archipiélagos vecinos, como las Islas Marshall y las turísticas Maldivas.
Aquí también se confabulan factores políticos y naturales para conducir a la tragedia. Los kiribatianos aducen como principales responsables de su suerte a los Estados Unidos y, en menor medida, a todos los países desarrollados que en su conjunto han gatillado el calentamiento global y que aún no se comprometen a una reducción drástica en sus emisiones de CO2. Un alza de un par de centímetros en los niveles del mar bastará para hacer desaparecer a Kiribati del mapa… literalmente. Tan desesperada es la situación que ya el gobierno ha puesto en marcha una política para enviar a mil jóvenes anualmente a estudiar a Australia y Nueva Zelandia, con la esperanza de que hagan de esos países su nuevo hogar.
Por exceso o por defecto, en Nasiriyah, en la Polinesia y en miles de otros lugares los efectos patentes del cambio climático se empiezan a sentir. Lo que aún no se siente es el cambio de actitud necesario para hacerle frente. ¿Tendrán que tocar a nuestras puertas las inundaciones o las sequías para formar por fin una conciencia planetaria?