Una nueva era antártica

Hoy domingo 6 de noviembre se celebra el día de la Antártica chilena. Y este año el regalo recibido es particularmente importante: la designación de 1,57 millones de kilómetros cuadrados en el Mar de Ross como Área Marina Protegida (AMP), ahora la reserva más grande del mundo en tierra y mar.

Después de años de persistente muñequeo diplomático acompañado de poderosos argumentos científicos y técnicos, el pasado 28 de octubre los 24 estados miembros de la Comisión para la Conservación de Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA) –entre los cuales está nuestro país – más la Unión Europea, aprobaron la creación de este parque marino cuya superficie equivale aproximadamente a dos Chiles continentales. Se trató de un logro sorpresivo, considerando que por años Rusia y China se habían opuesto a la idea. En la práctica, esto significa que en los próximos 35 años este ecosistema (uno de los más prístinos que van quedando en el planeta) estará reservado a la investigación científica, destinado a la conservación y cerrado casi totalmente a la pesca industrial de krill y bacalao de profundidad.

Pero, dirán los escépticos, ¿qué tiene que ver esto con el día de la Antártica chilena, si el Mar de Ross queda al otro lado de nuestra reclamación territorial? ¿Por qué vamos a celebrar la creación de una reserva marina antártica en un área donde no hay presencia chilena ni probablemente la habrá? ¿Qué puede importarnos y en que podría afectarnos lo que pase allí, en otro extremo del Continente Blanco?

Hay al menos tres razones por las cuales hoy, en el día de la Antártica chilena, debemos celebrar junto a la CCRVMA el nuevo status del Mar de Ross.

En primer lugar, esta decisión marca el comienzo de una nueva era en la política antártica internacional. Hoy los países con intereses antárticos manifiestan a través de este acto que las pretensiones soberanas no sólo se refieren a ejercer derechos, sino también (y quizás sobre todo) a cumplir con ciertos deberes. En este caso, el deber es mantener la Antártica como un continente de paz, reservado a la protección del medio ambiente y a la cooperación e investigación científica, convirtiendo en letra viva los objetivos estipulados en el Protocolo de Madrid hace 25 años. La vocación antártica hoy ya no es aquella con aire imperialista que rigió la mayor parte del siglo XX, cuando los contrincantes clavaban banderas en medio del hielo y efectuaban actos de ocupación apenas presenciados por la colonia de pingüinos más cercana, con la esperanza de declararse dueños del territorio para luego explotarlo económicamente. La vocación antártica hoy, al contrario, está en conocer y proteger lo que se cree y quiere como propio. Si se atiende al contexto mundial, marcado por el aumento de la población humana y por su impacto en el medio ambiente, éste es un giro necesario y bienvenido, sobre todo para quienes creemos que el destino de las generaciones futuras sí debe importarnos y que para ellas nuestro actual manejo de la Antártica será definitorio.

indiceEn segundo lugar, como chilenos debemos celebrar esta decisión, porque refuerza la legitimidad del Sistema del Tratado Antártico (STA), en el que Chile ha jugado desde su gestación un rol protagónico. Está claro que el régimen de “quien llega, lleva” (más elegantemente conocido como res nullius) funciona desastrosamente en un mundo con cada vez más consumidores bajo un sistema económico basado en una idea de crecimiento lineal e infinito. Por suerte, al alero de este bicho raro pero eficiente del derecho internacional que es el STA, la Antártica es hoy “administrada” por un consorcio creciente de países que libremente se involucran en la toma de decisiones. Tras partir con 12 signatarios del Tratado de Washington en 1959, hoy el Tratado Antártico cuenta con 53 miembros, 24 con derecho a voz, y 29 con derecho a voz y voto. Ellos representan un tercio del total de países del mundo y más de la mitad de la población. En este escenario, por su privilegiada cercanía geográfica a la Península Antártica y su privilegiado know-how logístico en el continente blanco, Chile a través de su Dirección Antártica debe continuar siendo un actor clave dentro de este sistema. Esto lo logrará cumpliendo un rol propositivo y liderando en los nuevos pasos que se den en lo que a protección del medio ambiente antártico se refiere.

Por último, la creación de esta AMP será un acicate para nuestra propia ciencia antártica. Con 1.900 millones de pesos invertidos en la Expedición Científica Antártica pasada, el Programa Nacional de Ciencia Antártica del INACH no es el más rico del mundo, pero sí uno de los más eficientes y productivos; un best value que esta temporada contará con 91 proyectos de 31 universidades e institutos del país. Así como hoy los ojos de la prensa mundial están puestos sobre el Mar de Ross, mañana quizás lo estén sobre las aguas que rodean la Península Antártica, donde se concentra la mayor parte de la actividad científica chilena. A medida que sepamos más sobre los ecosistemas marinos y su funcionamiento en esta zona, es probable que tengamos evidencia suficiente para proponer la protección de nuevas AMPs aquí también, impulsando así aún más la investigación científica y creando un círculo virtuoso.

Proteger para conocer y conocer para proteger: ese debería ser nuestro compromiso en este día de la Antártica chilena, y nuestra manera de celebrar el inicio de esta nueva antártica: una era de soberanía entendida como custodia responsable.

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¡Punta Arenas, ciudad antártica 2048!

Hace poco más de un año publiqué una columna titulada ¡Punta Arenas, ciudad antártica 2016!, donde explicaba por qué me parecía una decisión acertada organizar la reunión consultiva anual del Tratado Antártico en esta ciudad. Desgraciadamente, ello no ocurrió esta vez, y la reunión acaba de culminar en Santiago. Durante dos semanas, nuestro país no sólo se lució como anfitrión de los otros 52 países miembros, sino también como parte proactiva en las discusiones que tuvieron lugar, en temas tan variados como las inspecciones a bases científicas, la aprobación de nuevas ASPAS y ASMAS (Areas Especialmente Protegidas y Areas Especialmente Administradas), el manejo de sitios turísticos, la importancia de la educación antártica, y la voluntad para profundizar el cumplimiento de los diferentes puntos del Protocolo Ambiental (que cumplió un cuarto de siglo).

Como soñar no cuesta nada, viajo a 2048, cuando podría tener lugar la próxima reunión consultiva en Chile (digo “podría”, porque la reunión se realiza cada año en un país consultivo, siguiendo el orden alfabético en inglés. Si en las próximas décadas se incorporan a los 29 actuales un par más, entonces a nuestro país le tocaría nuevamente ser sede ese año).

En esta ocasión, Punta Arenas es designada sin dudas como la ciudad anfitriona de los cerca de 500 delegados de más de 60 países (en las tres décadas pasadas, se han ido incorporando a este sistema multilateral países de Centroamérica y África, antes casi totalmente ausentes). Al llegar, los visitantes se maravillan con el Centro Antártico Internacional (CAI) que, a poco más de 25 años de inaugurado, ha cumplido el objetivo de convertir a Punta Arenas en un centro de ciencias polares. Los laboratorios del Instituto Antártico Chileno y de la UNAC (Universidad Antártica de Chile, ex-UMAG) intercambian ideas y colaboran en proyectos con otros expertos mundiales en glaciología, ciencias del clima, oceanografía y paleontología, entre otras disciplinas. Al alero del CAI, el Instituto de Humanidades Antárticas organiza cursos para audiencias cosmopolitas. En el museo interactivo, los visitantes aprenden de la historia del Continente Blanco y de su estrecho vínculo con nuestra tierra, y se pasean por entre la flora y fauna más austral del mundo, recreada en jardines, acuarios y pantallas gigantes que muestran la oculta vida submarina.

2048 es por lo demás un año clave para el Sistema del Tratado Antártico. Hace 50 años ha entrado en vigencia el Protocolo Ambiental, que convirtió al medio ambiente antártico en el más resguardado del mundo. Los países consultivos, que tienen voz y voto en la toma de decisiones, renuevan este compromiso, dejando así libre a la Antártica de la prospección y explotación de sus recursos minerales.

A estas alturas, el modelo de gobernanza de recursos naturales promovido por el Sistema del Tratado Antártico se ha convertido en un ejemplo de cómo administrar de manera responsable y con un enfoque precautorio. Por un lado, se ha puesto coto al número de turistas, luego de que éstos aumentaran explosivamente en las primeras décadas del siglo XXI, alcanzando los 50 mil al año en 2020. El Fondo Antártico de Protección Ambiental, financiado por las entradas que pagan quienes visitan el continente blanco, recauda cada año varios millones de dólares para investigación. Por otro lado, la pesca de krill y bacalao de profundidad siguen en aumento, pero el sistema de observadores a bordo se ha perfeccionado y la detección de embarcaciones ilegales se ha hecho mucho más eficiente. Más aún, el krill ya casi no se ocupa para alimentar salmones ni para hacer pastillas de Omega-3. Gracias a una exitosa campaña de marketing, ahora es tan popular como los camarones y los chefs se lo pelean para inventar nutritivas recetas.

Algunos pocos delegados valientes se aventuran a tomar el avión a la Isla Rey Jorge, para visitar el poblado antártico de Villa Las Estrellas. Administrado por Chile, sus cien habitantes son familias de diferentes nacionalidades que han postulado a una lotería para vivir en carne propia la experiencia de habitar en este paraje extremo por unos años, para luego convertirse en sus embajadores y guardianes. En la isla, los molinos de viento han reemplazado hace rato a los generadores a diésel, y las bases de diferentes nacionalidades ahora convierten la basura en biogas. Después de la visita, los delegados quedan convencidos de que los esquemas de soberanía tradicional han quedado atrás –para bien – en el caso de la Antártica.

Suena el despertador.

Punta Arenas, ¡ciudad antártica 2016!

parenasLa Reunión Consultiva del Tratado Antártico (RCTA) es el encuentro anual más importante de sus 52 países miembros, “con el fin de intercambiar informaciones, consultarse mutuamente sobre asuntos de interés común relacionados con la Antártida, y formular, considerar y recomendar a sus Gobiernos medidas para promover los principios y objetivos del Tratado” – según lo estipula el Artículo IX del Tratado. A la RCTA asisten representantes de las 29 Partes Consultivas (que toman parte en la toma de decisiones) y de las 23 No Consultivas que lo deseen (con derecho a voz, pero no a voto); observadores del Comité Científico de Investigación Antártica (SCAR), la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA), y el Consejo de Administradores de los Programas Antárticos Nacionales (COMNAP); y expertos invitados como la Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC) y la Asociación Internacional de Operadores Turísticos en la Antártica (IAATO). Además, desde 1998, cuando entró en vigencia el Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente (más conocido como Protocolo de Madrid), se estableció el Comité para la Protección del Medio Ambiente (CPA), que se reúne de manera paralela y entrega sus recomendaciones a los delegados de las Partes Consultivas. En suma, son diez días durante los cuales la crème de la crème de la política antártica mundial se encuentra en un solo lugar, conversando y tomando café; conociéndose e intercambiando ideas; pensando en los desafíos presentes y futuros que enfrenta el Continente Blanco y analizando los peligros que lo acechan; viendo las oportunidades y las posibilidades de colaboración y, en fin, creando redes dentro de la sala de reuniones pero también informalmente – a la hora de la cena y de los paseos turísticos de rigor.

Con esto en mente, y considerando que en 2016 le toca el turno a Chile como país anfitrión, elegir a Punta Arenas como ciudad sede de la reunión sería un acierto político, estratégico y comunicacional de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores. Aún más importante: sería lo justo. Mientras todavía se discute el lugar del encuentro (Santiago y Viña se han barajado como alternativas), esgrimo las razones de por qué nuestra ciudad y no otra debería recibir a los cerca de 400 delegados de la RCTA.

En el ámbito político, desarrollar este encuentro en Punta Arenas significa llevar a la práctica el discurso del gobierno – práctica ya iniciada por el Ministro Heraldo Muñoz cuando, en diciembre pasado, encabezó aquí por primera vez la Reunión del Consejo de Política Antártica, para aprobar el plan estratégico 2015-19. Como dijo Muñoz entonces, “nos parece especialmente simbólico e importante que el Consejo sea acá, porque esta es la puerta de entrada a la Antártica y es como pretende la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, un polo de atracción y desarrollo científico, tecnológico pero además turístico y, por cierto, también económico.” Elegir a Punta Arenas como sede del encuentro internacional más importante de política antártica reafirma estos objetivos, y reafirma también el camino descentralizador ya iniciado en 2003, cuando se trasladó (no sin resistencias de por medio) al Instituto Antártico Chileno (INACH) a Punta Arenas.

Estratégicamente, elegir Punta Arenas como la sede de la RCTA es poner la mirada de mediano y largo plazo al centro de nuestra política exterior antártica. Es revelador que aquellos países que se dicen con mayor vocación polar no han organizado el encuentro en sus capitales, sino en aquellas ciudades que tienen mayor conexión con el Continente Blanco: Christchurch en el caso de Nueva Zelandia (1997), Tromsø en el caso de Noruega (1998), y Hobart en el caso de Australia (2012). En lugar de seguir el camino centralista convencional de nuestra vecina Argentina (que designó a Buenos Aires como sede en 2011), Chile se convertiría en el país con la RCTA más austral del mundo – y esto, no con el afán de meter récords, sino de avanzar en el camino ya iniciado de potenciar a nuestra ciudad como puerta a la Antártica. Este camino, por lo demás, hace sentido, considerando que nos hallamos a dos horas de vuelo de la Isla Rey Jorge (la “metrópolis” del Continente Blanco), y que la mayor parte de éstos despegan desde aquí.

Comunicacionalmente, tener durante diez días en nuestra ciudad a los delegados antárticos de todo el mundo es la oportunidad perfecta para mostrarles el INACH, el Circuito Antártico (por los lugares donde estuvieron en su paso a la Antártica expedicionarios como Amundsen, Scott, Charcot y De Gerlache), y promover desde ya el futuro Centro Antártico Internacional –que, de acuerdo al Canciller Muñoz, “es una de las iniciativas más importante para el país, de acuerdo a la visión de la Presidenta de la República.” No se me ocurre mejor manera que ésta de grabar en los asistentes el real compromiso de Chile con esta zona extrema.

Por último, hacer de Punta Arenas la sede de la RCTA 2016 es lo justo. Desde que el INACH se instaló en Magallanes hace 12 años, la sensibilidad antártica de nuestros habitantes ha aumentado exponencialmente, gracias a la organización de eventos como la Feria Antártica Escolar, pero también al simple hecho de tener al Instituto en plena Plaza de Armas, simbolizando su importancia para la región. Las autoridades regionales, por otra parte, muestran un interés creciente por la Antártica, y ésta se repite en los discursos como área prioritaria. Quienes temen que la logística no dé (porque no hay salas de conferencia lo suficientemente grandes o no alcanzarán las camas para todos) deberían por tanto considerar crear estos medios en lugar de trasladar la reunión a otro lado. Tarde o temprano, Punta Arenas será la Ciudad Antártica Chilena. ¿Por qué no mejor temprano?

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Epistemologías polares

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El reconocido pensador portugués Boaventura de Sousa Santos ha acuñado la expresión “epistemologías del sur”,  por oposición a las “epistemologías del norte”, para referirse a las maneras de conocer y comprender del mundo que surgen fuera del paradigma occidental eurocéntrico. Contra las epistemologías del norte, que han sido tradicionalmente dualistas, racionalistas y reduccionistas en su examen de la realidad, las epistemologías del sur plantean una mirada alternativa más holista e integradora, menos dicotómica y simplificadora. De Sousa Santos ejemplifica esta diferencia contrastando el Foro Económico Mundial de Davos con el Foro Social Mundial: mientras en el primero se juntan los principales poderes capitalistas del mundo a ver cómo parchar las fallas de este sistema para que continúe rigiendo las leyes de la economía a nivel mundial, en el segundo se reúnen aquellos que ven en el capitalismo deficiencias estructurales e imaginan una sociedad mundial regida por otras leyes, pluralista y heterogénea en sus principios y sin temor a la diferencia.

El desarrollo del concepto de “epistemologías del sur”, principalmente en manos de intelectuales latinoamericanos, africanos y asiáticos, es loable y ha sido un importante contrapeso al paradigma eurocéntrico predominante durante siglos. Que hoy sean tema los derechos de las mujeres, de los discapacitados, de los niños, de los pueblos indígenas y de tantos otros que fueron hasta hace poco invisibilizados está relacionado sin duda con esta crítica a la mirada única del modelo occidental. En esta columna, sin embargo, me gustaría sugerir que es quizás hora de moverse hacia otra epistemología aun: una “epistemología polar”. Lo que sigue son ideas apenas fraguadas y que todavía necesitan desarrollarse, pero al menos como esbozo pueden ser útiles para imaginar la alternativa a la que me refiero.

Aunque opuestas en los sentidos expuestos arriba, las epistemologías del norte y del sur comparten un antropocentrismo que ya se ha mostrado a todas luces insuficiente cuando se trata de enfrentar los desafíos del cambio climático, la crisis de la biodiversidad, el empeoramiento de la calidad del aire y del agua y cuanto otro problema ambiental al que nos vemos enfrentados. Cuando se parte de la centralidad del ser humano y se ve a todo lo demás girando en torno a aquél, no pueden esperarse sino soluciones parche a los problemas globales que nos aquejan – tal como en Davos se buscan soluciones parche a los hoyos que va dejando el capitalismo. Incluso cuando se parte desde la mirada “del sur”, atenta a la pobreza y desigualdad social, y a la discriminación por color, sexo, edad o capacidades, el eje seguimos siendo nosotros y sólo subsidiariamente aquéllos y aquello que nos rodea. Una mirada “polar”, en cambio, tendría la virtud de sacar al ser humano del centro de nuestro universo epistemológico, colocando al planeta entero como protagonista y a nosotros como sus habitantes responsables. Esto ya lo ha dicho y repetido el pensamiento verde y ambientalista, dirán algunos: ¿qué agrega de nuevo entonces esta epistemología polar?

Si bien una epistemología polar se alineará sin dificultades con una mirada ambientalista y verde en el sentido tradicional, lo particular de ella está en mirar desde dos rincones del planeta (el Ártico y la Antártica) donde la vida humana es la excepción en lugar de la regla. Mirar desde los polos es mirar desde lo poco que nos va quedando de naturaleza no intervenida. Es mirar desde la comprensión de que las personas no necesariamente debemos colonizarlo todo. Es mirar abierto a la posibilidad de flexibilizar conceptos rígidos como “soberanía” y “propiedad”, y dejar a un lado la obsesión humana de ocupar para reinar. Tras más de dos milenios mirando desde el ombligo, nadie dice que sea fácil comenzar a mirar desde el extremo. Pero vale la pena intentarlo, sobre todo cuando se hace claro que las otras miradas han resultado insuficientes.

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