Hacia una educación más humana

En Undercover Robot, de David Edmonds y Bertie Fraser, Dotty es una robot cuya misión es pasar inadvertida entre un curso de niños humanos durante todo un semestre. Si lo logra, su creador y el equipo científico que lo apoya ganará un premio millonario, entre otros robots en competencia. Por un lado, el mensaje del libro es que la inteligencia artificial (IA) se hace cada vez más sofisticada, tanto que quizás nos sea imposible distinguir, en un tiempo más, entre un ser humano y un androide. Si todavía las “conversaciones” con IA dejan mucho que desear (¿ha probado alguien tener un diálogo fluido de los “asistentes” que atienden en algunos bancos en línea, por ejemplo?), éstos “aprenden” a paso exponencial, y se hacen “mejores”, esto es, más humanos, a cada interacción. Por otro lado, “Undercover Robot” muestra con humor los límites y las dificultades de enseñar a una máquina a comportarse como un ser humano. Entre los desafíos está enseñarles conceptos como “pelado”: mientras los Homo sapiens sabemos intuitivamente cuando nos encontramos con uno, la pobre Dotty sólo es capaz de emitir descripciones como “el hombre con 48% de su cráneo cubierto de pelo”. Otra dificultad es hacerles entender la diferencia entre ética y etiqueta. Mientras nuestros prepúberes parecen distinguir sin problemas entre una falta moral y una acción que viola las convenciones sociales, para Dotty todas las reglas son reglas, y violar cualquiera de ellas es igual de grave (tercer desafío: saber cuándo la excepción a la regla, y no la regla, es lo apropiado).

Más allá de celebrar lo entretenido y bien escrito del libro, Undercover Robot me dejó pensando en cómo debemos educar a nuestros niños para hacerse más humanos, de manera tal que una Dotty nunca pueda pasar inadvertida entre nosotros. Esto podría despertar preocupación entre quienes temen que los seres humanos nos convirtamos en tiranos y abusadores de la IA que, si llega a ser tan sofisticada como Dotty, debería adquirir algún tipo de estatus moral o incluso de derecho… humano. Pero mi punto no es desmerecer a los androides. Mi punto es preguntarse en cuáles capacidades, habilidades, talentos deberíamos poner énfasis (en tanto difíciles de replicar por una máquina). Dotty plagia a los grandes maestros renacentistas sin ningún problema, bate en ajedrez a quien se le ponga por delante, no tiene competidores si se trata de elegir la opción más eficiente. Y, sin embargo, trastabilla y arriesga ser delatada cuando se trata de sutilezas, matices, humor, ironía. Por supuesto, la carencia más evidente es en el plano emocional: ¿cómo sería, para un robot, emocionarse? Pienso en aquellas ocupaciones donde la perfección no es una ventaja, porque lleva a un producto desalmado. Si bien la IA ya está reemplazando a operadores telefónicos, secretarios, dibujantes técnicos, analistas de datos, choferes, pilotos, ingenieros y hasta cierto tipo de novelistas, ¿podrá reemplazar alguna vez a poetas, cantantes líricas, bailarines, profesores, cuidadores, psicólogos, jueces? Quiero creer que no. Quiero creer que nuestro curioso ensamblaje de animal encarnado con pensamiento abstracto y creativo (no sólo calculador) y con potencial para canalizar las emociones seguirá siendo único, a pesar de la competencia. Y que será en cultivar ese original ensamblaje que la educación de nuestros niños futuros estará focalizada.

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