El elefante en la habitación

Cuando Trump fue vetado de Twitter y Facebook después de instigar la “toma del Capitolio”, algunos celebraron la medida: ¡por fin hicieron lo que deberían haber hecho mucho antes! Otros retrocedieron incómodos: la libertad de expresión, incluso de Trump, era un valor que valía la pena preservar. En el espíritu de John Stuart Mill: no es con menos, sino con más apertura a diferentes opiniones como se preserva la democracia y como se avanza como sociedad. Más allá de apoyar o rechazar la medida de las dos redes sociales, lo que quedó claro—perdón por la perogrullada—es el poder que éstas detentan; no sólo el poder económico, forjado a punta de ingeniosos contadores y abogados especialistas en minimizar el pago de impuestos a nivel global, sino el poder político de decidir quién merece tener voz y quién no. Hoy nos alegramos porque callaron a Trump, pero mañana, ¿a quién callarán?

Con 275 millones de usuarios, Twitter tiene un grupo cautivo equivalente a la población de Indonesia, el cuarto país más poblado del mundo, mientras que Facebook, con dos mil setecientos millones de usuarios, representa las poblaciones de los dos países más poblados del mundo, China e India. Hasta ahora, estos millones de usuarios han sido considerados como consumidores netos. Se les extrae información a cambio de los servicios provistos, para luego venderla a empresas que sabrán utilizarla en su propio beneficio; se los bombardea con (des)información que un algoritmo avispado anticipa que les gustará recibir; y se los llena de publicidad que otro algoritmo avispado estima que los tentará a comprar.

No es casualidad entonces que, con creciente urgencia, los estados se estén preguntando cómo domesticar a estas mega compañías. En Estados Unidos se habla de romper sus monopolios, en Europa se busca regular la extracción de datos de los usuarios, y en Australia se les quiere hacer pagar un porcentaje de sus utilidades locales a los medios noticiosos que hoy citan en sus páginas virtuales a costo cero (un análisis comprehensivo de los problemas éticos y políticos que plantean estas compañías es el de Shoshanna Zuboff en su libro sobre el capitalismo de vigilancia: en inglés, “The Age of Surveillance Capitalism”). Sin embargo, un elemento que ha estado ausente en la discusión es la responsabilidad de los usuarios mismos en demandar mayor regulación: éste es el elefante en la habitación. Si (algunos de) los millones de usuarios se organizaran, su poder no podría ser desestimado por estas compañías. Ellos son su capital, al fin y al cabo. Las demandas de éstos podrían dar lugar, por fin, a las primeras democracias globales.

Facebook y Twitter no son simples compañías, sino verdaderos gobiernos. Mientras esta dimensión política sea ignorada, funcionan en la práctica como dictaduras de la opinión pública, con el poder de decidir qué y quién tiene voz, cuánta voz tiene, qué criterios son los correctos para decidir cuándo alguien debería perder la voz, etc. Lo mínimo, como usuario de una plataforma de este tipo, sería demandar que fueran aquellos sujetos a las reglas quienes pudieran decidirlas, y no la dictadura (benevolente o no) de un Orwelliano Panel de Supervisión o de un caprichoso algoritmo. Curiosamente, la mayoría de mis amigos usuarios de estos servicios se sorprenden cuando les planteo esta cuestión. A pocos parece pasárseles por la cabeza que demandar su democratización es lo que corresponde. Me pregunto, por mi parte, cómo reaccionarían las compañías: ¿bloquearían a los insurrectos o los dejarían viralizarse? En lo personal, me exilié de Twitter cuando me hastió el hecho de saber que el mundo que me mostraba no era el mismo que les mostraba a mis vecinos. Si volviera, sería para ver el nacimiento de un foro de opinión pública global regido por normas mínimamente democráticas. ¿Se sumaría alguien al movimiento?

4 comentarios sobre “El elefante en la habitación

  1. El problema también tiene una arista técnica, que tiene que ver con la arquitectura de internet. La forma en que se almacenan, se revelan y se comparten datos, todo bajo el control de entidades privadas con fines de lucro, y en un contexto capitalista, crea parte de este circulo vicioso que termina en la explotación del usuario y la creación de guetos virtuales.

    > Si volviera, sería para ver el nacimiento de un foro de opinión pública global regido por normas mínimamente democráticas

    Esto, lamentablemente, es fácil de decir, pero en la practica, muy muy difícil de implementar. Basta que tú y yo entremos al detalle de esta discusión para que nos demos cuenta de lo que significa realmente.

    Hay gente que ya ha tratado de hacer una versión de Facebook bajo un paradigma más respetuoso con los datos de los usuarios y una estructura más descentralizada (eg. Diaspora). Pero entiendo que ningún proyecto ha logrado ser sustentable y ganar relevancia. Diaspora es bastante antiguo por cierto.

    El movimiento crypto es quizás al que le tengo más fé, porque ofrece una solución a varios problemas: la gestión de datos personales (via identidad descentralizada), auto-sustentabilidad financiera (cuando los datos personales no se transan por publicidad) y al de la gobernanza en redes descentralizadas (poniendo incentivos para que los usuario se involucren en el protocolo). Además, el modelo de DAO (decentralised autonomous organisation), que es como una versión digital del concepto de cooperativa, también me da algunas esperanzas de que puedan aparecer actores que contrapesen a GAFA. Pero todo esto también suena bien en el papel—en realidad, hay un montón de desafíos técnicos y socioculturales detrás.

    No tengo, lamentablemente, ninguna esperanza de que la nacionalización de empresas de este tipo sea una solución viable. Aunque me encantaría ver experimentos que me demuestren lo contrario.

    1. Gracias por el comentario. Se ve que conoces cómo funcionan estas plataformas con mucho detalle, y por lo mismo tienes una visión cautelosa y suspicaz de ellas. Creo que, si esa misma actitud fuera compartida masivamente por los usuarios, habría esperanza. Por lo mismo, me parece que es importante hacer que los futuros usuarios (nuestros hijos) sepan lo más posible cómo funcionan los medios sociales, qué información está siendo usada y guardada, cómo el mismo medio les presenta “realidades” totalmente distintas dependiendo de los “likes” y clics que hayan hecho. Mientras seamos analfabetos en lo que se refiere al funcionamiento de estos medios, habrá explotación de los usuarios. Tiene que crearse un nuevo nicho de personas que, sin tener el conocimiento de programadores, sepan lo suficiente como para ser selectivos en su uso. Quizás esto también es fácil decirlo y difícil hacerlo. Por mi parte, me parece tan fundamental que creo que debería ser materia obligada en los colegios. ¿Quizás eso incentivaría a más gente a optar por medios más descentralizados o, al menos, a ser más críticos y cuidadosos con el uso de medios como Facebook y Twitter?

  2. Estupendo análisis. Sin tener tu inteligencia ni preparación, intuí algo peligroso en el que le cortaran el Twitt a Trump por mucho que éste me desagradaba. Ojalá se pudiera hacer algo en concreto por la Democracia!

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