El principio del menor daño

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Desde la aparición de Liberación Animal del filósofo australiano Peter Singer, en 1975, la lucha por los derechos y por el bienestar de los animales no humanos ha seguido un camino ascendente. Un terreno donde esta lucha se hace más patente es en el de la alimentación. Si otorgamos consideración moral a los animales no humanos, entonces lo que elegimos llevarnos a la boca ya no da lo mismo. Y esto es un desafío sobre todo en sociedades como ésta, donde comer pollo con arroz o salchicha con puré son actos tan poco cuestionados que pasan por normales o naturales.

Cada vez más, menos mal, es más fuerte la crítica hacia un tipo de alimentación que ignora hasta la compasión más mínima hacia sus objetos (que en realidad son sujetos) de consumo. En las granjas industriales, pollos y pavos son vistos y tratados de nacimiento a fin como carne y no como seres que sienten placer y dolor. Las vacas no son madres de terneros ansiosos de mamar, sino máquinas productoras de leche a las que hay que inyectar hormonas una y otra vez, sin domingos ni festivos. Los cerdos no son tratados como los seres inteligentes que son, sino como jamones con patas que tienen los días contados desde el nacimiento.

No voy a repetir aquí décadas de información y trabajo investigativo documentando la total falta de empatía y humanidad que tiene lugar cada día a la sombra de nuestras sociedades urbanas para garantizar el consumo de productos animales (¿sabe usted dónde faenaron al animal del que salió esa mortadela que tiene en su plato de desayuno? ¿Ha visto alguna vez un letrero de “Matadero” anunciado con luces neón?). Me interesa más bien explicitar el principio ético que está presente de manera tácita en los argumentos de quienes optan por el vegetarianismo, el veganismo o alguna variante similar de alimentación “ética”. Quienes caricaturizan estas opciones de vida generalmente no ven lo que hay al fondo de todas ellas. Cuando esto aparece, sin embargo, es mucho más difícil no tomarlas en serio. Se lo conoce como el “principio del menor daño”, y podría resumirse así: Actuar de manera ética es actuar minimizando el daño. Consumir productos animales produce más daño que no consumirlos. Ergo, una alimentación ética es una que se abstiene en lo posible del consumo de productos animales.

Esto es, por supuesto, una gruesa generalización de muy diferentes posturas. Para los que podrían llamarse vegetarianos “pragmáticos”, por ejemplo, comerse un bife no es malo en sí mismo. El tema es que en la práctica es casi imposible encontrar un bife que se haya producido siguiendo el principio del menor daño posible (a menos que uno cace su propio jabalí silvestre, o críe a su vaca a campo abierto y la mate de un certero tiro en la nuca). Dadas las presentes circunstancias, así, el vegetariano pragmático no consume este tipo de productos a la espera de que los patrones de consumo y producción se modifiquen radicalmente. Para los veganos abolicionistas, en cambio, lo que está mal es atribuirnos derechos de propiedad sobre seres que en principio no son apropiables. Desde esta posición, tratar a un animal como objeto de consumo nunca es aceptable, no importa con cuánto cariño lo hayamos criado ni con cuán buena puntería lo hayamos matado. Además, como los animales no humanos no son objeto de propiedad, sus productos tampoco lo son. En breve, minimizar el daño para los veganos abolicionistas implica respetar la libertad de vida de los animales no humanos al punto de abstenerse de consumir no sólo carne animal, sino también cualquier producto derivado como leche, huevos y hasta miel. En una próxima columna exploro las implicancias y problemas de este principio.

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2 comentarios en “El principio del menor daño

  1. Siempre leo tus columnas con mucho interés, muchas veces quiero comentar pero por uno u otro motivo no lo hago… cosa que acabe de cambiar ahora.
    Esta nota me parece una muy buena introducción a un tema muy interesante. No quiero explayarme pero me gustaría que en este tipo de discusiones se mencionara el tema de las mascotas. Por que he conocidos muchos veganos defensores de los animales que tienen un chiguagua (o bioequivalente) como mascota en su departamento.
    Yo no discuto que lo amen y lo saquen a pasear, pero me parece incongruente estar en contra de la producción animal para alimentos pero de acuerdo con la cruza selectiva de animales para producir razas “a la medida” de las necesidades humanas, o simplemente para hacerlos más “tiernos”, sin importar que esa bizarra cruza selectiva genere individuos con problemas funcionales y orgánicos que reducen su calidad y expectativa de vida.

    No me entra en la cabeza que de luchemos por que los pollos tengan espacio para expresar su comportamiento natural, pero al mismo tiempo se tienen perros en departamentos, impidiéndoles expresar su comportamiento natural, como vivir en jaurías, con estructura social, etc.

    Si se hacen consideraciones éticas con los animales como con los humanos, un perro o gato mascota no tiene diferencia con los esclavos negros que las familias adineradas tenían como compañía, “nanas”, etc. Bien alimentadas, queridas como un miembro de la familia… pero esclav@s al fin y al cabo.

    Los animales deben estar en su nicho ecológico en la naturaleza, no en una industria. Ni tampoco en un departamento como objeto de entretenimiento o compañia. De hecho hasta se podría argumentar que matar a un animal para comer es más valido y natural que encerrarlo para que se “enamore de ti” y te entretenga. ¿O no?

    Otro pensamiento que siempre me pasa por la cabeza en estos temas es que los animales domésticos están en una suerte de simbiosis con los humanos. No existirían sin nosotros, sus poblaciones crecen gracias a nosotros y la nuestra gracias a ellos. En el mundo natural eso no sería un mal trato.

    Hay hormigas que cuidan rebaños de pulgones, guardando huevos para que pasen el invierno y llevándolos a plantas apropiadas cuando nacen, los defienden de depredadores, pero todo a cambio de “ordeñarlos”, pues se alimentan de sus secreciones. Las “granjas” de hormigas son más densas que poblaciones naturales de pulgones ¿es eso cruel?

    Nosotros somos un animal más, tal como las hormigas. ¿No es válida la relación que tenemos con los animales domésticos?… no lo sé.

    Personalmente estoy de acuerdo con minimizar el sufrimiento animal, no por ellos solamente, sino porque nos haces más humanos a nosotros. Pero creo que es un tema polémico. ¿Tiene sentido aumentar los costos de la alimentación para que menos animales sufran cuando hay tantas personas sufriendo por hambre debido a los costos de la alimentación? ¿No deberíamos preocuparnos del bienestar de nuestra propia especie primero y luego de las demás?, tal vez hay que intentar ambas cosas al mismo tiempo… puede ser.

    Son solo reflexiones, pero dado que seguirás elaborando este tema quise compartirlas.

    Felicitaciones por todas tus columnas! Un abrazo

    • Hola Camilo y muchas gracias por estoy muy atinados comentarios. Hay harto que decir aquí, así que voy por parte:
      -Veganismo y mascotas. Como bien planteas, los veganos consistentes están en contra de la tenencia de mascotas, y sólo la aceptan cuando se trata de animales que de otra maneras estarían en la calle, abandonados, o en peores condiciones. Para quienes el veganismo consiste en dejar de ver a los animales como propiedad (los llamados “abolicionistas”), tener mascotas significa tener a seres libres subyugados a nuestros caprichos, tal como los esclavos que tú mencionas. Algunos han criticado esta visión, diciendo que bloquea la posibilidad de amistad inter-especies. En cualquier caso, diseñar animales a medida y criarlos sólo con el fin de venderlos como compañía humana no se condice con los principios básicos del veganismo fundado en los derechos de los animales. Ahora bien, si uno decide ser vegano por otras consideraciones (sufrimiento de animales en cautiverio, salud humana, cuidado del medio ambiente), entonces sí podría caber la tenencia de mascotas: no la de chihuahuas en departamento, pero sí quizás la de perros ovejeros que corran libres por la Patagonia. Esto último, claro está, es debatible también…
      -Animales para comer vs. animales como mascotas: Creo que hay que responder esta pregunta dependiendo del contexto, pero un vegano duro discreparía. Por ejemplo, me parece que es más defendible éticamente el trabajo de un pescador artesanal que el capricho de un citadino que quiere comprarse la última raza de perro de moda. Sin embargo, no sé si es más defendible el consumo de carne industrial (cuando existen alternativas) que la tenencia de mascotas compradas. En este último caso me parece que ambos provocan daño de manera innecesaria.
      -Simbiosis humanos-animales domésticos: esta idea es muy interesante y genial ejemplo el de las hormigas. Muchos de los críticos del veganismo justamente apelan a que los animales domésticos en un mundo vegano dejarían de existir. Esto, que puede parecernos problemático, es una conclusión que los veganos duros aceptan sin problemas. Por mi parte, creo de nuevo que hay que atender al contexto y que el daño que se mide no debe ser sólo el sufrimiento de los animales. Por ejemplo, en el caso de poblaciones que viven en medio de las montañas, donde la agricultura es imposible, el menor daño es probablemente tener cabras que les den leche, carne y cuero. O en el caso de isleños mal conectados al mundo, quizás el menor daño es desarrollar granjas de subsistencia. Pero me parece difícil de tragar que nuestra relación con los animales industriales sea “simbiótica”. Diría simplemente que es de explotación y abuso.
      -Costos de alimentar a la población del mundo. Este argumento es clásico de quienes quieren mantener las cosas como están, y se escudan en la necesidad de alimentar a los 800 millones de desnutridos que hoy hay en el planeta. Sin embargo, está más que probado que el problema de la desnutrición no es de falta de comida, sino de mala distribución. E incluso si se tratara de falta de comida, la pregunta sería qué tipo de comida producir de la manera menos dañina y eficiente. De nuevo me parece difícil de tragar que la solución al hambre mundial sea criando más millones de pollos, pavos, chanchos y vacas, con la enorme contaminación de agua y aire que ello significa (18 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero), y la presión por extender aún más los terrenos agrícolas (lo que acarrea más deforestación).
      -Bienestar humano vs bienestar de otras especies. Cuanto más leo de ecología, más me parece que las dos cosas no son antitéticas, sino que deben ir juntas. Habrá, por supuesto, casos extremos donde deberemos decidir entre una vida humana y una no humana, pero en lo que a alimentación se refiere creo que si adoptáramos una dieta más rica en legumbres, cereales y vegetales, dejando la carne del todo o para ocasiones especiales (domingos y festivos) muchos de los problemas que hoy enfrentamos como especie se alivianarían: calentamiento global, contaminación del agua, deforestación, enfermedades como diabetes, hipertensión y obesidad, etc, etc.
      Por último, escribí hace poco una entrada sobre veganismo para una enciclopedia de filosofía. Ahí hay más de esto y de otras cosas, por si quiere seguir leyendo: Veganism
      ¡Un abrazo!

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