Petróleo sangriento

Este es el título del contundente libro del filósofo Leif Wenar, que explora por qué algunos países ricos en recursos naturales como gas y petróleo se hunden sin embargo en la pobreza y el desgobierno. La teoría conocida como “maldición de los recursos naturales” postula que, en lugar de ayudar a los países a elevar el nivel de vida de sus habitantes y la calidad de sus instituciones públicas, la abundancia de recursos naturales (sobre todo minerales) es una amenaza cuando dichos países no cuentan ya con una cultura democrática y una institucionalidad fuerte. Un ejemplo clásico de esta maldición es Sierra Leona, cuyos conflictos y violencia interna se hicieron conocidos en la peĺícula protagonizada por Leonardo Di Caprio, Diamantes de sangre. Un contraejemplo clásico es Noruega, exportadora neta de petróleo, pero dueña sin embargo de uno de los mejores índices de desarrollo humano del planeta.

La tesis de Wenar es tan sugestiva como provocativa: la maldición de los recursos naturales no es, en realidad, una maldición, sino el resultado de seguir un principio que ha gobernado las relaciones internacionales de todos los tiempos, pero que es insostenible moralmente; esto es, que el poder hace el derecho o, para ponerlo en términos más chilenos, que la fuerza hace la razón. Este principio justificó en el pasado la existencia de esclavos (quien tenía el poder para conquistarlos, se convertía en su dueño), y la conquista territorial (quien podía dominar a otro pueblo por las armas, lo convertía en colonia suya). Mientras el derecho internacional hoy rechaza de plano la esclavitud y la conquista como prácticas aceptables, cuando se trata del comercio de recursos naturales, sin embargo, este principio sigue plenamente vigente.

¿Cómo así? Pues muy simple, dice Wenar. En la actualidad, quien quiera que sea capaz de hacerse con el gobierno de un país adquiere el derecho inmediato de actuar como su representante en todas las materias que tengan que ver con la explotación de los recursos naturales de dicho país. Así, por ejemplo, sólo por el hecho de ser la cabeza de gobierno de Arabi Saudita, la autocrática familia Saudi hace y deshace con el petróleo de ese país y financia con el dinero obtenido desde campañas para promover el islamismo extremo en todo el mundo hasta instrumentos de represión para evitar que sus ciudadanos se manifiesten. Occidente, al comprar el petróleo saudí, se hace cómplice de esta usurpación de recursos que pertenecen a todos los saudíes, así como quien compra un reloj de oro en el Persa Bío-Bío se hace cómplice con el vendedor del probable hurto de dicha mercancía. Sin saberlo y sin quererlo, así, al echarle bencina a su auto un estadounidense puede estar sin saberlo ni quererlo auspiciando una dictadura en tierras lejanas.

La solución, propone Wenar, es que los estados dejen de importar recursos naturales desde países con gobiernos autocráticos e ilegítimos, que se aprovechan de su posición para robar lo que pertenece a todos sus ciudadanos y se mantienen en su posición gracias a las utilidades obtenidas por dichas exportaciones. Según el principio de Soberanía Permanente sobre los Recursos Naturales (adoptado por la ley internacional desde 1962), los pueblos (y nos sus gobernantes) son los dueños y soberanos sobre los recursos naturales de sus territorios. Es éste principio que en el papel ya han aceptado la gran mayoría de los países del mundo el que debe convertirse en letra viva. Apoyar una Ley de Comercio Limpio y tal vez un Fondo Internacional de Comercio Limpio son las formas que tienen los estados de sumarse a esta causa. A nivel individual, propone Wenar, como consumidores deberíamos organizarnos y promover boycotts de productos que sabemos fueron fabricados con petróleo sangriento; por ejemplo, juguetes chinos (China es uno de los principales importadores de materias primas de países de dudosa reputación).

Hay mucho que discutir en el libro de Wenar, desde su visión de Occidente como responsable de los mayores progresos, pero también como causante y redentor al mismo tiempo de los mayores problemas de la humanidad; hasta su manera de tratar como auto-evidente el principio que dice que los pueblos son dueños de sus recursos, y su desdén por miradas como el “cosmopolitanismo de recursos” (que propone distribuir globalmente de manera más justa los beneficios obtenidos por éstos). Pero más allá de si uno comparte o no sus premisas y argumentos, Petróleo sangriento es un libro que hay que leer, tanto por la cantidad de información que entrega como por la invitación que hace a repensar el actual status quo sobre la repartición de los recursos naturales del planeta.

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