El océano humano

Si pasa las pruebas de varias comisiones científicas que estudian sus méritos, el Antropoceno dejará de ser un término de moda y pasará a designar oficialmente una época geológica caracterizada por los cambios que ha perpetrado la especie humana en el planeta. Entre éstos, las redes viales, las grandes ciudades y la transformación del paisaje por la agricultura se cuentan entre las modificaciones más superficiales que hemos producido. El aumento explosivo en la emisión de gases de efecto invernadero desde el inicio de la Revolución Industrial —con sus consecuentes efectos en el clima global y en la extinción masiva de especies— suele considerarse en cambio como el argumento más poderoso a favor de la creación del Antropoceno como medida geológica independiente.

En alguna columna anterior ya me he referido al debate de si realmente la especie humana ha tenido el mérito (o, mejor dicho, el impacto) suficiente para atribuirse una época geológica propia. Y también me he referido a la discusión de si es justo llamar a tal época Antropoceno (en lugar de, por ejemplo, Industrioceno, Capitaloceno o Patriarcoceno). Aquí, en cambio, me gustaría comentar el proyecto de un artista visual que parte de la base de que ya vivimos en el Antropoceno, y que basta con pasearnos por la playa para darnos cuenta. En Antropocéano (muestra que puede verse en La Galería), Tomás Browne transforma nuestra contaminación del océano con desechos plásticos en un asunto estético, y llama la atención del espectador sobre este problema creciente.

Apoyándose en la información de artículos científicos (que también sirven de soporte material a la obra), esta muestra quiere denunciar lo que estamos haciendo hoy con nuestro mar. La confusión de luches y bolsas plásticas que se hacen indistinguibles para el espectador busca recrear, además, la propia confusión que acaso sienten los animales que se alimentan de los primeros y que sin darse ni cuenta terminan ingiriendo las segundas (se calcula que un 44 por ciento de todas las especies de aves marinas ingieren plástico, y que hacia el 2050 el 99 por ciento de ellas tendrán plástico en sus estómagos).

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Martin Thiel, biólogo marino y director general del programa Científicos de la Basura, es probablemente quien más sabe de este tema en Chile. En sus investigaciones, ha descubierto que la mayoría de la basura a lo largo de nuestras costas proviene de fuentes locales. En nuestra zona sur, por ejemplo, predominan las boyas, hilos de pesca, redes y bolsas de alimento provenientes de la acuicultura y de la industria pesquera. Al romperse en pedazos cada vez más pequeños, esta basura entra a la cadena alimenticia marina, o es arrastrada por corrientes hacia el giro del Pacífico sur, una especie de gran remolino que circula contrarreloj y en cuyo centro se va acumulando una isla flotante de plástico.

Si algo está claro es que no podemos seguir al presente ritmo, con ocho millones de toneladas nuevas de plástico llegando al mar cada año. Thiel llama a partir en casa, usando menos productos desechables y reciclando. Pero también es necesario repensar nuestras leyes. Por ejemplo, eliminar el uso de microplásticos en productos de limpieza y cosméticos (como lo hizo California), restringir progresivamente el uso de botellas plásticas, y multar con más severidad a las industrias que viertan sus desechos plásticos al mar. Lo importante es tomar conciencia ya para que en nuestro “Antropocéano” sean los luches (y no las bolsas plásticas) los que reinen.

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