¡Punta Arenas, ciudad antártica 2048!

Hace poco más de un año publiqué una columna titulada ¡Punta Arenas, ciudad antártica 2016!, donde explicaba por qué me parecía una decisión acertada organizar la reunión consultiva anual del Tratado Antártico en esta ciudad. Desgraciadamente, ello no ocurrió esta vez, y la reunión acaba de culminar en Santiago. Durante dos semanas, nuestro país no sólo se lució como anfitrión de los otros 52 países miembros, sino también como parte proactiva en las discusiones que tuvieron lugar, en temas tan variados como las inspecciones a bases científicas, la aprobación de nuevas ASPAS y ASMAS (Areas Especialmente Protegidas y Areas Especialmente Administradas), el manejo de sitios turísticos, la importancia de la educación antártica, y la voluntad para profundizar el cumplimiento de los diferentes puntos del Protocolo Ambiental (que cumplió un cuarto de siglo).

Como soñar no cuesta nada, viajo a 2048, cuando podría tener lugar la próxima reunión consultiva en Chile (digo “podría”, porque la reunión se realiza cada año en un país consultivo, siguiendo el orden alfabético en inglés. Si en las próximas décadas se incorporan a los 29 actuales un par más, entonces a nuestro país le tocaría nuevamente ser sede ese año).

En esta ocasión, Punta Arenas es designada sin dudas como la ciudad anfitriona de los cerca de 500 delegados de más de 60 países (en las tres décadas pasadas, se han ido incorporando a este sistema multilateral países de Centroamérica y África, antes casi totalmente ausentes). Al llegar, los visitantes se maravillan con el Centro Antártico Internacional (CAI) que, a poco más de 25 años de inaugurado, ha cumplido el objetivo de convertir a Punta Arenas en un centro de ciencias polares. Los laboratorios del Instituto Antártico Chileno y de la UNAC (Universidad Antártica de Chile, ex-UMAG) intercambian ideas y colaboran en proyectos con otros expertos mundiales en glaciología, ciencias del clima, oceanografía y paleontología, entre otras disciplinas. Al alero del CAI, el Instituto de Humanidades Antárticas organiza cursos para audiencias cosmopolitas. En el museo interactivo, los visitantes aprenden de la historia del Continente Blanco y de su estrecho vínculo con nuestra tierra, y se pasean por entre la flora y fauna más austral del mundo, recreada en jardines, acuarios y pantallas gigantes que muestran la oculta vida submarina.

2048 es por lo demás un año clave para el Sistema del Tratado Antártico. Hace 50 años ha entrado en vigencia el Protocolo Ambiental, que convirtió al medio ambiente antártico en el más resguardado del mundo. Los países consultivos, que tienen voz y voto en la toma de decisiones, renuevan este compromiso, dejando así libre a la Antártica de la prospección y explotación de sus recursos minerales.

A estas alturas, el modelo de gobernanza de recursos naturales promovido por el Sistema del Tratado Antártico se ha convertido en un ejemplo de cómo administrar de manera responsable y con un enfoque precautorio. Por un lado, se ha puesto coto al número de turistas, luego de que éstos aumentaran explosivamente en las primeras décadas del siglo XXI, alcanzando los 50 mil al año en 2020. El Fondo Antártico de Protección Ambiental, financiado por las entradas que pagan quienes visitan el continente blanco, recauda cada año varios millones de dólares para investigación. Por otro lado, la pesca de krill y bacalao de profundidad siguen en aumento, pero el sistema de observadores a bordo se ha perfeccionado y la detección de embarcaciones ilegales se ha hecho mucho más eficiente. Más aún, el krill ya casi no se ocupa para alimentar salmones ni para hacer pastillas de Omega-3. Gracias a una exitosa campaña de marketing, ahora es tan popular como los camarones y los chefs se lo pelean para inventar nutritivas recetas.

Algunos pocos delegados valientes se aventuran a tomar el avión a la Isla Rey Jorge, para visitar el poblado antártico de Villa Las Estrellas. Administrado por Chile, sus cien habitantes son familias de diferentes nacionalidades que han postulado a una lotería para vivir en carne propia la experiencia de habitar en este paraje extremo por unos años, para luego convertirse en sus embajadores y guardianes. En la isla, los molinos de viento han reemplazado hace rato a los generadores a diésel, y las bases de diferentes nacionalidades ahora convierten la basura en biogas. Después de la visita, los delegados quedan convencidos de que los esquemas de soberanía tradicional han quedado atrás –para bien – en el caso de la Antártica.

Suena el despertador.

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