Un cambio de mirada profundo: Parte I

Que una hormiga importa tanto como una guagua. Que los seres humanos somos los enemigos número uno de la naturaleza. Que sólo el fascismo verde podrá salvar al planeta. Estos son tres de los clásicos clichés de ataque contra la ecología profunda, que se perpetúan 43 años después de la primera formulación teórica de este movimiento.

Concebida por el filósofo noruego Arne Naess (1912–2009), las principales ideas de la ecología profunda fueron popularizadas en Chile a través de la mirada de Douglas Tompkins ( 1943–2015), y caricaturizadas por quienes – sin darse el tiempo de hurgar en sus fundamentos teóricos – se pusieron en alerta ante el cambio de mirada radical planteado por ésta. En esta primera columna explico por qué los clichés de arriba no funcionan. En una segunda parte sugiero que, a pesar de sus muchos problemas y vacíos teóricos, este movimiento hizo posible el surgimiento de nuevas maneras de entender el lugar y el rol de los seres humanos en el planeta.

En un artículo de 1973 llamado ‘El movimiento ecológico superficial y el movimiento ecológico profundo, de largo alcance. Un resumen’, Naess contrapone dos cosmovisiones que se perfilaron con fuerza en esa década y que han aumentado su protagonismo con el paso del tiempo. Por un lado, el movimiento ecológico “superficial” “lucha contra la contaminación y el agotamiento de los recursos. Objetivo central: la salud y riqueza de las personas en los países ricos”. Por otro, el movimiento ecológico “profundo” se basa en dos ideas. Primero, las relaciones entre elementos son tan importantes como los elementos mismos: no hay “personas” aquí y “naturaleza” allá, sino personas y naturaleza constituyéndose mutuamente en esa relación. Segundo, se reconoce el igualitarismo biosférico “en principio”; es decir, se reconoce el derecho a vivir de todos los organismos, pero haciéndose cargo al mismo tiempo de que “cualquier praxis realista requiere algo de muerte, explotación y supresión”, o sea, que hay que matar para vivir.

Así, basta con leer un par de párrafos para darse cuenta de que las dos primeras acusaciones de arriba no tienen arraigo en sus bases filosóficas. “Que una hormiga importa tanto como una guagua” es una afirmación ontológica, pero no ética. Si bien cada organismo vivo tiene un valor dado por su existencia, a la hora de la práctica es obvio (“la tragedia de la vida”, como la llamaba Albert Schweitzer), que no tratamos a guaguas y hormigas de la misma manera, y que damos más valor a unas que a otras. El punto de afirmar el igualitarismo biosférico es recordarnos a los seres humanos que somos una especie más en la tierra y que no tenemos un estatuto ontológico privilegiado por sobre las demás. Para vivir, hemos de matar a cada paso, respiro y mordisco que damos. El asunto es hacerse consciente de ello y no tomarse a la ligera el hecho de que cada una de nuestras decisiones tiene un costo para otros organismos que también quieren vivir y florecer.

“Que los seres humanos somos el enemigo número uno de la naturaleza” es otra distorsión de lo que implica la ecología profunda. Influido por el budismo y por las teorías psicológicas de la gestalt (que proponen una mirada holística de la realidad), Naess no contrapone ser humano y naturaleza como si éstos estuvieran separados, sino que insiste en la importancia de las relaciones y en la imposibilidad de analizar los elementos del conjunto al margen de éstas.

En vez de sostener una mirada dualista y negativa de las personas en su entorno, lo que Naess subraya es la importancia de tomar conciencia del nudo de relaciones que somos y en el que nos constituimos. De ahí que su llamada a “salir a la naturaleza” no deba interpretarse como un viaje a lo externo y desconocido, sino como un activo reconocimiento de que no hay escisión entre ella y nosotros.

Por último, si bien Naess fue un activo crítico de las instituciones democráticas (y en esto Tompkins lo seguía), de ahí a soñar con un dictador global verde y benevolente que toma decisiones iluminadas para salvar al planeta hay un gran paso. Naess llama a quienes comparten sus ideas a participar directa e indirectamente en un cambio ideológico profundo, y exclama que “¡la diversidad es una norma de alto nivel!” Con esto se refiere a que las opiniones divergentes hay que cultivarlas en lugar de vetarlas, que las propuestas concretas habrá que negociarlas, y que no todos estarán de acuerdo en los detalles. Así, contra la propaganda que se le ha hecho, su filosofía abraza y no aplasta la pluralidad.

Despejados estos malos entendidos, en una segunda parte subrayo la influencia que ha tenido la ecología profunda en las actuales miradas críticas al capitalismo global, y en las miradas alternativas a éste.

Esta columna es una adaptación del artículo “Un cambio de mirada profundo”, aparecido en el especial Tompkins, de Verdeseo.

Anuncios

Un comentario en “Un cambio de mirada profundo: Parte I

  1. Que bueno es leer esta columna. Si bien uno puede intuir la falacia en las afirmaciones corrientes, no hay tiempo ni expertise para desmontarlas. Por eso esta columna se agradece.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s