La paradoja de los minimalistas

Joshua Fields y Ryan Nicodemus son Los Minimalistas (www.theminimalists.com), una dupla de amigos estadunidenses de treinta y tanto que, alcanzados por un rayo de sabiduría, descubrieron y hoy predican las virtudes de una vida simple y de pocas cosas. Hasta 2011, ambos llevaban exitosas carreras en el mundo del marketing y de las finanzas corporativas, ganaban lo que querían y compraban todos sus antojos. “Pero algo seguía faltándoles”. Oh, misterio. Ese año, cuentan en su página web, Joshua vio en un flash de lucidez la solución de sus problemas, y Ryan siguió sus pasos. La respuesta estaba en ser minimalistas.

Pero, ¿qué es el minimalismo? Así como lo entienden Fields y Nicodemus, no tiene que ver con la arquitectura Bauhaus ni con la música de John Cage. Tampoco con la estética japonesa ni con los diseños de Alvar Aalto. A primera vista, consiste en deshacerse de cuanto objeto material se pueda, quedándose sólo con lo indispensable (Un par de calzoncillos, cepillo y pasta de dientes. Cama, almohada y plumón. Una taza de café. Un cuchillo. Un lápiz BIC). En su discurso, sin embargo, remover el exceso es parte del asunto, pero sólo parte. Lo esencial es que al tener menos se deja espacio para más: “Más tiempo, más pasión, más experiencias, más crecimiento y felicidad. Más libertad”.

Hasta aquí va todo bien, si no fuera porque convertirse en minimalista requiere consumir los productos de esta dupla de amigos-socios. Así, en su página web se anuncian los cuatro bestsellers producidos por ellos en versión tapa blanda, ebook o audio: ‘Los Minimalistas’, ‘Simplicidad’, ‘Un día en la vida de un minimalista’, y ‘Esenciales, Los mejores ensayos de Los Minimalistas.’ Así, quienes celebran el camino de la austeridad material y el desprendimiento tientan a sus seguidores con nuevos objetos para el carrito de compras. Y no sólo eso. También dan charlas y hacen coaching “por módicas tarifas.”

Fields y Nicodemus, me temo, son parte del sistema que critican. Vendedores innatos, viven de predicar la nueva fórmula mágica para ser felices y asesorar a quien se lo pida para seguir el camino minimalista. Es loable la idea de tener sólo lo justo y dedicar el tiempo y los esfuerzos no a llenarse de cosas. Es loable celebrar las virtudes de la vida simple y austera. La paradoja está en convertir en objeto de consumo la idea misma de que hay que liberarse de dichos objetos. La paradoja está en vender el camino al minimalismo como si fuera posible de conseguir “en 21 pasos” como dicen Fields y Nicodemus.

Un cambio tan estructural como el de consumidor a vividor, de comprador a experienciador, de acumulador a gozador, no se logra de un día para otro siguiendo recetas prefabricadas. Para que sea profundo y duradero, éste tiene que venir de adentro. Que hacer dicho cambio vale la pena, pero no es tan fácil como lo predican es la verdad que les falta decir a Los Minimalistas.

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