Bullying institucional

Cuando se habla de bullying en los colegios, por lo general se tiene en mente a alumnos atacantes contra alumnos atacados: el cĺásico Kiko que se desquita contra el pobre Chavo, o la pandilla de malandrines que siembra el terror entre los más débiles e introvertidos. En mi experiencia, sin embargo, algunos de los recuerdos más traumáticos que tengo de mis años escolares fueron de bullying institucional, quiero creer que no intencionado por los responsables en perpetrarlo, pero dañino igual.

Inolvidable esa mañana de cuarto básico, cuando un par de señoras desconocidas llegaron a interrumpir la clase de Mr. Eduardo, anunciando que la plaga de piojos había llegado al colegio y que ellas eran las encargadas de exterminarla. Obedientes sin alternativa fuimos pasando todos, uno por uno, bajo la mirada escrutadora de las fiscalizadoras capilares. Hasta que llegó el turno de Teruca y las mujeres intercambiaron miradas decidoras, para entonces separarla del resto. Mientras a la pobre crespa le asomaban las primeras lágrimas, me tocó mi turno… y tal como ella fui segregada. Cuando terminó la revisión y empezaron las bromas amargas de los compañeros, las dos lloronas fuimos retiradas de la sala y se les informó a nuestros apoderados que debíamos quedarnos en casa hasta que el doloroso Lindano hiciera sus efectos. Casi más dolorosa fue la vuelta, con la cabeza gacha para no encontrarse con la mirada burlona de los compañeros.

Inolvidable esa mañana de octavo básico, cuando llegaron un par de señoras desconocidas a la clase de castellano, anunciando que eran las encargadas de casting del nuevo anuncio de Lan, que mostraría a cientos de niños chilenos cantando los encantos de volar. Después de ojearnos a la rápida, empezaron a apuntar a los seleccionados y seleccionadas que, curiosamente, eran los menos criollos del conjunto. Mientras los de ojitos claros, piel clara y pelito claro pasaban adelante triunfales, los que no cumplíamos con el paradigma estético de la línea aérea de todos los daneses, perdón, chilenos, nos íbamos encogiendo en nuestros puestos. Hasta varios meses después del evento, el mundo, perdón, el curso, se dividió entre los chicos Lan y el perraje de a pie.

Inolvidable también el estrés de la fila que había que hacer antes de la asamblea semanal, desde el más bajo hasta el más alto de la clase. ¡Qué bien me sentí durante años, erguida y mirando por sobre el resto, cuando era una de las más largas del grupo. ¡Y cuántas angustias pasé en los años púberes, esperando el estirón que no llegaba, mientras me iba acercando peligrosamente al medio de la fila y hasta los históricamente petacos me superaban. ¡Qué alegría también a la vuelta de vacaciones de verano, cuando el sol y los duraznos me ayudaron a recuperar mis primeras (o mejor dicho últimas) posiciones. Pero qué innecesario todo el mal rato, las bromas y los sobrenombres surgidos por culpa de la maldita fila, que podría haber sido en vez inocuamente alfabética.

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