Ooommm

yoga shalaComo los años no pasan en vano y he comenzado a sentir machucadas ciertas partes de mi anatomía que de veinteañera nunca supe que existían, decidí meterme hace un tiempo a clases de yoga o, más precisamente, “yoga flow” (“yoga fluido” o “flujo de yoga”).

En mi calidad asumida de occidental a quien le integraron el pensamiento dicotómico en lo más profundo de su disco duro, me cuesta comprarme el discurso oriental de la meditación y la respiración como cura de todos los males, pero gozo al mismo tiempo estirando músculos, logrando posiciones imbricadas y olvidándome de los problemas cotidianos al ritmo de unas campanas indias y unos cánticos en sánscrito. Creí ingenuamente, cuando comencé en esta práctica, que se podía dividir al yoga espiritual del yoga como ejercicio físico o alternativa al kinesiólogo. Ahora, sin embargo, cada vez me caben más dudas al respecto, y cada vez voy con más aires de sospecha a mi clase semanal. Lo que me pasa es lo siguiente: más y más siento a mi alrededor, durante la hora de práctica, que estoy en una misa y no en un gimnasio. No hay sacerdote, sino sacerdotisa: la profesora que nos va llevando desde los movimientos más suaves a los más intensos, siempre por medio de la respiración. No hay acólitos lanzando incienso, pero sí un par de botellitas de aromaterapia que la sacerdotisa reparte por la sala para hacer más relajante la sesión. Siempre hay un orden que se repite, un ritual que después de un rato se aprende de memoria y se puede seguir sin pensarlo, mecánicamente. Aunque no hay mea culpa ni golpearse el pecho, sí hay movimientos que recuerdan que somos pecadores y vinimos al mundo a sufrir. Y hacia el final, aunque no hay comunión ni darse la paz, existe un momento en que todos los participantes estiramos los brazos al cielo y pedimos claridad, sabiduría y amor, para luego dar un largo ‘ooommm’ seguido de un pausado ‘Namasté’ (que significa ‘Gracias’). El aire a la salida de la clase, mientras todos levantan sus colchonetas y las enrollan para la próxima sesión, es un poco de transmigración. Pasamos por el lado de quienes hacen pesas y abdominales con un soterrado desprecio, como si por un rato estuviéramos caminando en las nubes, por sobre ellos. Es también curioso cómo se dividen los participantes, desde aquellos devotos que no se pierden sesión alguna y ya tienen colchoneta propia y vestimenta ad hoc, hasta los principiantes que miran para el lado tratando de seguir la rutina sin llamar la atención (pero llamándola igual).

Desde que prendió fuerte en los años 60 en Europa y Estados Unidos, la práctica del yoga se ha ido extendiendo por Occidente más rápido y más fuerte de lo que cualquier religión soñaría. A diferencia de las misas y rituales religiosos convencionales, físicamente pasivos, la atracción de esta disciplina es que junto con lograr un cuerpo sano y bien delineado, se puede ganar la paz. La promesa suena demasiado buena como para ser cierta, me digo, mientras sigo las instrucciones de la profesora y respiro trabajosamente estirada en cuatro patas, cabeza abajo. Quizás ya me lavaron el cerebro y no me di ni cuenta. No lo sé ni me importa. Se siente bien.

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