Adiós y buenas noches

“Me quitaré la vida hoy a mediodía. La demencia me está pasando la cuenta y casi me he perdido. Jonathan, el más brillante y fiel de los hombres, estará a mi lado como amante testigo.” Así comienza la carta de despedida que la psicoterapeuta canadiense Gillian Bennett dejó a su familia y al mundo en la página web deadatnoon.com. Tenía 85 años y hacía tres le habían diagnosticado demencia senil. El día de su muerte, arrastró un colchón desde su casa a su lugar favorito, al borde de un acantilado en la isla de Bowen, en el estado de British Columbia, Canadá. Ahí, acompañada de su esposo durante 57 años, tomó una dosil letal de barbitúricos seguida de un buen trago de whisky, y se durmió para siempre.
La página de Bennett es tan lúcida y sincera que en esta columna le dejo la palabra a ella casi sin intromisiones: ““La demencia no da cuartel ni admite negociaciones. Las investigaciones nos dicen que es una enfermedad silenciosa  que puede rondar por años o incluso décadas antes de que se manifiesten sus síntomas. Gradualmente al comienzo, pero cada vez más rápido, me estoy convirtiendo en un vegetal. Me cuesta recordar que mi nieta viene en tres días más y no hoy. ‘¿Dónde guardamos X?’ (el café, la licuadora, el libro que estoy leyendo) me pasa todo el tiempo. Hay un momento, a medida que la demencia progresa, cuando uno ya no es competente para llevar sus propios asuntos. No quiero llegar a ese día.”

“Entiendan que no estoy renunciando a nada al suicidarme”, continúa. “Lo único que pierdo es un número indefinido de años como vegetal en un ambiente de hospital, gastando el dinero del estado sin tener idea de quién soy.”

La razón de Bennett para escribir una página web de este calibre y anunciar así su muerte anticipada se debió, según sus propias palabras, a la urgente necesidad que tenemos como sociedad de hablar sobre la muerte. Gran parte de su decisión, de hecho, se basó en su preocupación de convertirse en un lastre no sólo para su familia y amigos más cercanos, sino también para los contribuyentes canadienses: “Cada día me pierdo un poco más y es obvio que me encamino al estado al que todos los pacientes de demencia llegan: no saber quién soy y requerir cuidado a tiempo completo. Sé que dentro de seis, nueve meses, yo, Gillian, ya no estaré aquí. ¿Qué harán con mi cáscara? Estará físicamente viva, pero no habrá nadie adentro… Puedo vivir o vegetar por diez años en un hospital a costa de Canadá, por un valor de entre 50 y 75 mil dólares anuales. Eso es sólo el comienzo del daño. Las enfermeras, que creyeron que estudiaban una carrera de gran importancia, se encontrarán perpetuamente cambiándome los pañales y reportando los cambios físicos de una cáscara vacía. Sería absurdo, derrochador e injusto.”

Se calcula que hacia el 2045 habrá en Canadá y Estados Unidos 10 jubilados por cada 16 personas en edad laboral, lo que Bennett ve como un desastre social y económico en ciernes. Frente a una pirámide demográfica invertida por el aumento de las expectativas de vida y la disminución de la tasa de natalidad, Bennett urge a discutir las opciones disponibles. Su propuesta es que, alrededor de los 50 años, toda persona mentalmente competente debería firmar un testamento donde estipulara cómo quieren morir, bajo qué circunstancias no quiere ser sometida a resucitación, etc. Legalmente, debería existir una copia electrónica y en línea de este testamento, a la que pudiera accederse desde cualquier hospital del mundo y, a quienes no firmaran, debería aplicárseles un testamento genérico, acordado por defecto. Además, debería legalizarse la administración de una dosis letal a pacientes terminales que así lo requieran.

Más allá de si las soluciones sugeridas son deseables o no, el testamento de Gillian Bennett es valioso por atreverse a plantear preguntas y enfrentar una asimetría que preferimos ignorar: que la libertad no consiste sólo en decidir qué tipo de vida queremos vivir, sino también (dentro de lo posible) qué tipo de muerte queremos morir. Para una existencia plena, la segunda  parte debería ser tan importante como la primera

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