La falacia del status quo

Llevo poco más de medio año embarcada en una investigación acerca de los fundamentos morales más recurrentes a los que se apela para justificar la propiedad de la tierra y los recursos naturales, así como también los derechos de jurisdicción y control de los Estados sobre sus territorios. En lo que se refiere a esto último, si hay algo que ha capturado mi atención es la obsesión de muchos filósofos políticos contemporáneos por alinear sus teorías con el status quo existente, como si ello fuera necesariamente una ventaja o, más enfáticamente aún, una condición para ser tomados en serio.

En ética y filosofía moral, uno de los criterios para medir las bondades de una teoría es ver en qué medida ésta refleja los rasgos característicos de la naturaleza humana (o, para quienes no creen que haya algo así como una “naturaleza humana”, en qué medida la teoría se acerca o se aleja del comportamiento de las personas). Así, por ejemplo, una de las críticas a las teorías utilitaristas hedonistas (basadas en la maximización individual del bien/placer/felicidad, y minimización individual del mal/dolor/infelicidad), es que no somos máquinas calculadoras que a cada paso deciden su próxima acción basados en las unidades de placer o dolor que generaremos para nuestros fines. Muchas veces actuamos de manera gratuita, o heroica, o incluso a contrapelo de los propios intereses, y esto es algo que para quienes siguen esta línea resulta irracional. A los kantianos, en tanto, se les reprocha que su concepto del individuo moral es por lejos demasiado purista y exigente, así como su intento por dejar toda emoción al margen de la moralidad va claramente en contra de las motivaciones que los humanos de hecho tenemos para tomar este o aquel curso de acción. Quizás por eso es que una teoría de los sentimientos morales informada por juicios racionales, como la que propone Adam Smith, está hoy en alza y se vuelve a estudiar con interés. En lugar de pintarnos sólo como criaturas egoístas (a lo Hobbes) o de ángeles benevolentes (como su profesor, Francis Hutcheson), Smith ve que tanto el autointerés como la empatía (“simpatía”, en su vocabulario) juegan un rol clave en la acción humana y que ambos deben ser tomados en cuenta a la hora de construir una teoría moral plausible.

Pero este método de observar lo que hay y, basado en ello, construir una teoría de lo que debería haber, no puede ser tan simplemente extrapolado al campo de la filosofía política. Hasta cierto punto, por cierto, una teoría de cómo nos organizamos como sociedad, o – más específicamente – cómo asignamos derechos y deberes sobre el control de la tierra y los recursos naturales, tiene que tomar en cuenta nuestras limitaciones y las limitaciones del medio ambiente en que nos encontramos. Sin embargo, no puede olvidarse la flexibilidad de las organizaciones humanas a lo largo de la historia y entre diferentes culturas, y la manera dramática en que muchas veces éstas han sido modificadas.

Así, quienes hoy defienden los derechos territoriales exclusivos y totales de los estados actuales y descartan alternativas más micro (autonomías de comunidades más pequeñas) o macro (gobiernos supra o multi nacionales), me recuerdan a quienes en el siglo XVII se alineaban con la monarquía absoluta y daban argumentos de por qué era esa y no otra la mejor manera de reinar. Que éste sea el método favorito de quienes gobiernan y de los funcionarios públicos a cargo de elaborar las políticas del Estado no es, por supuesto, sorprendente. Lo que sí sorprende (y preocupa) es que aquellos cuya misión es pensar libremente en las alternativas se aten de manera innecesaria a los patrones establecidos. Si no son los filósofos políticos los que sueñan y despliegan su imaginación y sus argumentos para provocar la discusión de lo que hay, ¿quién jugará entonces ese papel? Es de ideas que inicialmente parecieron descabelladas que aparecen muchas veces políticas e instituciones concretas y aterrizadas, y es inspirados en ideales como muchas veces nos conducimos en la práctica. En el caso concreto del uso y control de la tierra y los recursos naturales, la discusión no puede partir asumiendo las formas establecidas, sino al contrario, debe partir sometiéndolas a análisis y contrastándolas con otras posibilidades. Si al final del juego se llega a la conclusión de que lo tenemos es deficiente, pues entonces se propondrán maneras de cambiarlo. Y si concluimos que lo que hay es lo que deberíamos tener, pues entonces el status quo habrá ganado en legitimidad. Pero esto debe ser el final y no el punto de partida.

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