Ojos que no ven, corazón que no siente

ojos que no venSi hay un refrán que haría desaparecer de la faz del idioma es “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Éste hace pensar en ciertos rasgos que corroen a una sociedad en lugar de fortalecerla; que ensalzan lo que no es motivo de ensalzamiento; que celebran como una gracia lo que de gracioso nada tiene. Hipocresía, mentiras, omisiones culpables, elección de la ignorancia como forma de vida. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, piensa la mujer que pretende no saber que su hombre le es infiel porque es mejor estar casada, después de todo, que separada o divorciada. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, dicen aquellos que saben de un jefe abusador, pero han tenido la suerte de no ser abusados. “Ojos que no ven, corazón que no siente”, es la actitud de todos aquellos que compran sus patitas de pollo en aséptica bandeja de plumavit, prefiriendo ignorar de dónde salió el pollo, cómo fue su vida y qué cosas hicieron posible que llegara al lejano estante de supermercado.

Tiene que ocurrir algo que dañe demasiado a los ciegos por elección para que el refrán se deje de lado. Esto ocurre cuando el marido infiel ya no es sólo infiel, sino además golpeador; cuando uno mismo se transforma en el objeto de los abusos del jefe; cuando resulta que el aséptico pollo no es tan aséptico y termina enfermando a quienes lo consumen. Esto último acaba de ocurrir hace poco con la noticia de que 43 mil kilos de pollo de Agrosuper (o mejor dicho 21 mil animales, si se quiere ser humano con el uso del lenguaje) presentaban altos niveles de dioxina, un agente tóxico con efectos nocivos para la salud humana a corto y largo plazo. Episodios así tienen que salir a la luz para que los medios y la opinión pública fijen su atención en la producción industrial de carne y cuestionen sus métodos. Aunque la actitud general sigue siendo que es mejor no saber demasiado acerca de qué comemos (¡las sorpresas desagradables que nos llevaríamos!) si está en juego el propio bienestar, pues ahí cambia la cosa.

De ahí la importancia de desenmascarar, para que los consumidores tarde o temprano extiendan su preocupación exclusiva por la salud propia a la preocupación por el bienestar de aquellos seres sacrificados a su servicio.

Este desenmascaramiento es precisamente lo que busca eliminar una ley que ya ha sido aprobada en varios estados de Estados Unidos y que, es de esperar, no se contagie a otros lares. Conocida como la Ley de Terrorismo Animal y Ecológico (Animal and Ecological Terrorism Act), lo que pretende es justamente convertir el refrán citado más arriba en una obligación legal: quien se atreva a fotografiar o filmar lo que pasa dentro de un criadero de pavos o chanchos o cualquier otra granja industrial no sólo será calificado de criminal, sino que además será ingresado en un registro nacional de “terroristas animales y ecológicos.” Parece de Orwell, pero es cierto, y es el resultado del poderoso lobby de aquellos que buscan mantener al público en la ignorancia para seguir vendiendo carne tan poco ética como saludable. Una medida así es para ponerse en alerta: si se califica de “terroristas” a quienes valientemente fiscalizan por sus propios medios lo que las instituciones estatales deberían fiscalizar (y esto ad honorem y para beneficio de humanos y no humanos), pues entonces qué hay de todo otro tipo de fiscalización independiente? ¿Se transformará “buen periodista” en sinónimo de “terrorista”, y se condenará toda investigación que no sea llevada a cabo por agentes oficiales?

Lo terrorista y terrorífico, en realidad es prohibirles a los consumidores que sepan lo que consumen. Si éstos prefieren seguir con la banda sobre los ojos, allá ellos. Pero elegir el camino de ojos que no ven, corazón que no siente, debería ser una decisión propia y nunca impuesta por quienes se dicen representantes de la ciudadanía.

Esta columna también puede leerse en Lamansaguman

 

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