No ikearás

Cuando el Dios de Moisés plantó sobre la cumbre del Monte Sinaí sus 10 mandamientos, hubo uno que se le quedó en el tintero. Quizás le rompía la armonía de la decena, y prefirió sacrificar la regla en aras de la estética. Quizás no le dio la importancia que se merecía, incapaz de imaginar que su violación podría traer la ruina de la creación completa. Quizás – y esto me parece lo más plausible – simplemente careció de visión de futuro, y no pronosticó que dicha actividad alguna vez se convertiría en una de las más recurrentes de la humanidad. El Dios de Moisés, en buenas cuentas, no le dio a su rebaño ninguna indicación acerca del comportamiento debido en malls y multitiendas. Y así dejó que lugares como Ikeas, Zaras y demases se transformaran en los nuevos templos donde venerar y gastarse con creces lo ganado con el sudor de la frente.

Tomo el caso de Ikea porque, aunque poco conocida en Chile (hacia donde áun no extiende sus redes), es la tentación perfecta de millones de personas en el mundo entero. A través de ciertas decisiones de consumo, estos millones de personas influyen negativamente en la vida de millones de otras y del medio ambiente, y crean una cultura que va a todas luces en contra de lo recomendado si queremos siquiera acercarnos a una mínima sustentabilidad. Cabe decir aquí que, aunque partí esta columna en tono religioso, no es mi intención condenar a la megacadena sueca de muebles y cosas de hogar como el demonio encubierto, ni mandar al infierno a quienes sucumban a sus productos. Mi preocupación es, más bien, con la manera como ciertos patrones de comportamiento son aceptados y hasta promovidos por la sociedad como inocuos y aparentemente “inocentes” cuando no lo son. Mi precocupación es que si espacios de consumo como Ikea siguen reproduciéndose y validándose por el mundo vamos a explotar más temprano que tarde, y la responsabilidad será de todos nosotros juntos… por tontera culpable.

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Vaya una rápida introducción para quienes no tienen familiaridad con la cadena sueca. En Oslo, la capital de Noruega, por ejemplo, Ikea es la tienda más popular por lejos. Como queda en los suburbios de la ciudad, en una gigantesca bodega, y no todo su público objetivo (léase estudiantes, jóvenes profesionales e inmigrantes) tiene auto para llegar, hay buses que salen desde el centro mismo cada hora en dirección a la tienda. Uno puede pasarsse fácilmente el día entero ahí. Hay baños y casino, con comida a precios imposibles de batir. Un café en la ciudad cuesta unos cinco dólares; en Ikea, 20 centavos de dólar; un plato de comida en la ciudad cuesta 12 dólares; en Ikea, seis. Para Carmelas como yo, que nunca habían estado antes en una tienda de éstas, la primera vez es inolvidable. Traspasado el umbral, se llega a una verdadera sala de exhibiciones, donde los diferentes espacios de la casa van recreándose para diferentes gustos. Con lápiz, papel y huincha de medir Ikea en mano (para anotar las futuras compras y chequear que cabrán en la casa) uno va pasando por livings floreados, minimalistas, juveniles y maduros; por baños rústicos y metálicos; por piezas cool, románticas, despojadas y recargadas. Y todo esto con poca chance de volver atrás, ya que todo está diseñado para hacer el tour de comienzo a fin. Dicen que en China, donde la cadena ha sido un éxito, la gente va a dormir la siesta a los dormitorios en muestra. En Oslo no vi nada parecido, aunque los niños sí se entretenían jugando en su sección mientras los padres trataban de decidir con qué muebles renovar (por enésima vez) la casa. Hecho el tour, va uno al próximo piso con la hojita con todos los productos ordenadamente anotados, los saca de las repisas y pasa por la caja. Se puede literalmente armar la casa completa en un día de compras.

Lo peor de todo es que Ikea es insuperablemente barato para lo bonito de su diseño. Éste es el anzuelo que hace tan difícil no caer en sus redes, y que lo convierte en la favorita de quienes arman su casa por primera vez. En los países escandinavos, además, se da la paradoja de que comprar un mueble Ikea nuevo y pagar el flete es más barato que recibir uno gratis de alguien y pagar el flete. Ni modo que sus ventas sean multimillonarias y que Ingvar Kamprad, su dueño, sea el segundo europeo más rico (después de Amancio Ortega, el dueño de Zara, la Ikea de la ropa).

“¿Y cuál es el problema con esto?”, estarán pensando algunos. “¿No es el objetivo del capitalismo precisamente crear competencia para abaratar los precios y hacer que más personas puedan disfrutar de lo que antes sólo podían disfrutar unos pocos?”

El problema no es uno, son varios. Para empezar, Ikea promueve el tipo de cultura que debemos evitar. Si bien es cierto que sus muebles y productos son baratos para lo lindos que aparecen (enfatícese esta última palabra), todos saben en el fondo que son desechables, y es por eso que las páginas web donde la gente regala cosas están repletas de ellos, y nadie los quiere: son casi imposibles de reciclar. Es la cultura de querer tenerlo todo de inmediato, aunque todo sea de mala calidad. Es la cultura de de vivir en una casa como en un estudio de televisión, de “lujo” en cartón piedra. Es la cultura del terror al vacío y de buscar ilusamente la seguridad en los objetos.

Para seguir, Ikea promueve el tipo de desarrollo que debemos evitar; un desarrollo basado en crear y traer más cosas en el mundo de las que ya hay, manteniendo precios bajos para el público a costa de pagar sueldos bajos en países lejanos que no nos importan, y a costa de no traspasar al consumidor final los costos medioambientales de dicha producción. No por nada, Ikea ha estado varias veces en el ojo de la crítica de ONGs verdes y pro derechos laborales. No por nada todo su diseño es sueco y (casi) nada de su producción lo es.

Para terminar, tiendas como ésta descubren uno de los efectos menos deseables de la globalización: la monocultura triunfando por sobre la biodiversidad. Ikea hace que la producción a precios realmente justos (donde se ha pagado un sueldo digno no sólo al creador intelectual, sino que también al ejecutor, y donde se han minimizado los costos ambientales) parezca exorbitantemente cara. Y esto hace, a su vez, que cada vez sean menos quienes pueden competir.

Aunque un mundo entero amoblado de diseño escandinavo puede parecer de sueño, el costo real que tendría hace imperioso mandar: “No ikearás”. Nuestras decisiones de consumo sí hacen una diferencia, aunque nos parezca pequeña y, si elegimos a pesar de todo seguir ikeando (o, a escala local, zareando, ripleyando o “liderando”), deberíamos tener claro al menos que dicha elección nada tiene de inocente ni de inocua.

Esta columna fue publicada originalmente en Lamansaguman

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Un comentario en “No ikearás

  1. Aquí en Australia, también IKEA es muy popular. No sólo estudiantes o familias jóvenes viajan largas distancias para comprar el sueñó de diseño que promete IKEA, sino que la mayoría de los llamados aspiring. Incluso hasta me atrevería a decir que tener productos IKEA en Australia te da un cierto status. Será porque es una empresa europea y Australia sufre de Eurocentrismo?
    Agradezco esta columna y espero que más consumidores se informen de dónde y c´omo se producen lo que compramos diariamente.
    Agrego a esta columna otro hecho que cuestiona áun más la ética de IKEA. El año recién pasado IKEA fue acusada de haber utilizado a prisioneros de la Alemania del este como obreros en los 80. http://www.nytimes.com/2012/11/17/business/global/ikea-to-report-on-allegations-of-using-forced-labor-during-cold-war.html?_r=0

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