Chao pescao

Imaginemos a tres personas en una isla: Pedro, Juan y Diego. E imaginemos luego que estas tres personas se ganan su sustento de la misma forma, esto es, pescando lo que el mar les ofrezca. Pedro, Juan y Diego, sin embargo, no llegaron a la isla en las mismas condiciones. Pedro se instaló con un buque factoría (supongamos, ya que estamos imaginativos, que puede manejarlo solo). Como recolecta toneladas de pescado y sólo consume unos pocos, exporta la mayoría y piensa pronto con el dinero juntado comprarse otro más (que funcionará con piloto automático), para así ir aumentando la flota y también sus fondos, depositados en el extranjero. Juan, en tanto, heredó un bote artesanal y el conocimiento del oficio de sus antepasados. No puede competir con Pedro, que arrastra con sus redes en pocos minutos más de lo que él puede esperar capturar en varias semanas. No obstante, la pesca le da suficiente para vivir e incluso, cuando el tiempo lo acompaña, para vender el excedente a un par de clientes que tiene en islas vecinas. Diego, por último, no tiene ni el conocimiento heredado de Juan, ni el equipo de Pedro, pero sí las ganas y la necesidad de pescar. Pesca como puede, la verdad, desde su kayak improvisado. Con lo que captura le alcanza para vivir apenas. No pasa hambre ni miseria, pero tampoco saca ninguna ganancia extra de su actividad.

Pasa el tiempo. Pedro multiplica sus buques factorías, Juan lucha cada vez más por sacar una cuota de pescado decente (sospecha que es Pedro quien se está llevando todo), y Diego sigue igual, rasguñando para sobrevivir. Hasta que un día Pedro decide unilateralmente que hay que dictar una ley. “No podemos seguir así – dice. Debemos regular la extracción de peces, y tengo una genial propuesta para hacerlo”. “Qué genial propuesta?”, preguntan Juan y Diego: “Muy simple. Nos guiaremos por lo que cada uno ha extraído hasta ahora del mar, para decidir cuánto podrá cada uno sacar en el futuro. Así, Diego, que apenas saca para su consumo, podrá sacar de aquí en adelante eso mismo: sólo lo que necesite para su consumo. Juan, que a veces vuelve a casa con pesca abundante, podrá seguir pescando en esa proporción. Y yo, que he ido aumentando progresivamente tanto mi cuota de pesca como mi flota pesquera, gozaré de mayores derechos. Será así la historia quien nos dé la pauta sobre lo que vendrá.”

Juan y Diego se miraron, no muy convencidos. “¿Cómo podré yo superarme y hacer crecer mi pequeño negocio si la ley me pone este tope arbitrario?, preguntó Juan: “Después de todo, partimos de posiciones diferentes y es injusto que, porque tú hayas tenido buques factorías desde un comienzo (a diferencia de nosotros), te perpetúes como el más favorecido de aquí a la posteridad. Y dijo Diego: “¿Y cómo podré yo salir de mi estado de subsistencia si no se me dan posibilidades de crecer? Que tú, Pedro, hayas pescado más que yo hasta ahora no me ha favorecido en nada, y tampoco me favorecerá en el futuro”.

El alegato de Juan y Diego contra Pedro es el alegato actual de los pescadores artesanales, de los pueblos originarios y de todos los ciudadanos chilenos que tienen derecho sobre su mar (aunque no tengan hoy los medios para explotarlo), contra la nueva ley de pesca. Basarse en las cuotas de pesca históricas para decidir las futuras es a todas luces injusto, sobre todo si quienes salen perjudicados no recibirán siquiera una compensación directa o indirecta de los beneficiados. Es la lógica de darle más derecho a depredar a quien más ha depredado; más derecho a seguir profitando de la riqueza común a quienes más han ya profitado. Sin un proyecto de royalty conjunto o una mejor clarificación de lo que ganará “el país” por aprobar esta iniciativa, sacarla adelante es mantener el status quo. Y que las cuotas de ahora en adelante sean determinadas por un comité de científicos (y no por los mismos empresarios del rubro) es ciertamente un avance desde el punto de vista de la sustentabilidad, pero no atenúa en nada esta demanda de justicia social. Sin antes dar respuesta a las preguntas de Diego y Juan, legitimar y legalizar la explotación del mar chileno sólo por unos pocos durante dos décadas más es algo que sólo en su frío juicio alguien como Pedro podría apoyar.

Esta columna también puede leerse en la Mansaguman

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s