Contigo, soya y maíz… ¡transgénicos!

En las últimas elecciones estadounidenses los californianos no sólo votaron por presidente, sino además por una larga lista de otras iniciativas. Junto con reelegir a Obama, ese día los votantes de California tuvieron que decidir además si querían ponerle un impuesto a las bebidas gaseosas, para paliar los índices de obesidad mórbida crecientes; y si querían ejercer su derecho a saber lo que hay en la comida, mediante la aprobación de una ley de etiquetado obligatorio para los productos que contienen ingredientes transgénicos.

A pesar de la reputación progresista de este estado (a modo de ejemplo, San Francisco se convirtió hace poco en la primera ciudad en prohibir el consumo y producción del inhumano foie-gras), ambos proyectos fueron rechazados por amplia mayoría. La oposición al primero se basó sobre todo en su mal diseño: como afectaba sólo a los habitantes de Richmond, bastaba con que éstos manejaran al supermercado de la ciudad más próxima para abastecerse de Cocas y Pepsis sin pagar impuestos, haciendo demasiado fácil evadir la regla. En cuanto al proyecto de etiquetado de transgénicos, conocido como la Propuesta 37, ésta fue rechazada por 53 contra 47 por ciento. Cuando recién se lanzó la propuesta, tras recolectarse un millón de firmas a su favor, las encuestas la daban por ganadora absoluta. Una sostenida campaña en su contra, sin embargo, fue revirtiendo los resultados hasta dejarla en nada. Los intereses en contra eran demasiado poderosos para darse el lujo de perder.

De haberse aprobado la Propuesta 37, las estimaciones eran que hasta un 80 por ciento de todos los alimentos vendidos iban a requerir ser etiquetados. ¡Un 80 por ciento, por tanto, contenían algún tipo de transgénico! Quienes creían hasta entonces que los elementos básicos de su dieta eran el pan y la cebolla, tuvieron que revisar su despensa. Ubicuos en galletas, consomés instantáneos, cereales, mermeladas, salsas varias y comidas preparadas, los verdaderos elementos básicos de la dieta humana occidental (de californianos y de nosotros también) son el almidón de maíz y el aceite de soya – ambos provenientes de plantas genéticamente modificadas y sobrevivientes del herbicida Round-up, producto estrella de la multinacional Monsanto.

Se calcula que el gasto publicitario de compañías como Monsanto, Syngenta, Bayer, Kellog, PepsiCo y Coca-Cola contra la propuesta quintuplicó el de quienes sí querían saber qué había en sus comidas. Muchos llamaron a este proyecto de ley, por eso, Misión Imposible, o David contra Goliat; una guerra contra dos de los frentes más poderosos de la industria actual: la agroindustria y los alimentos procesados.

En un país donde más de la mitad de las tierras agrícolas ya están ocupadas por plantaciones trasngénicas, y donde la casi absoluta mayoría de éstas son productos resistentes al Round-up (soya, algodón, maíz y remolacha), la preocupación de científicos e investigadores un poco más suspicaces que el promedio es entendible. Desde que comenzaron a usarse masivamente, hace unos 20 años, no se han llevado a cabo estudios serios sobre los efectos a largo plazo que tienen los transgénicos de este tipo sobre la salud humana. Se han hecho, sí, varios sobre el efecto sobre la salud de los ratones, y los resultados no han sido del todo alentadores. Uno reciente y polémico, del investigador francés Gilles-Eric Seralini, relaciona la muerte prematura en ratones y la aparición de tumores con el consumo de maíz transgénico y exposición al Round-up. Más allá de si se puede extrapolar de esto que la salud humana también estaría en peligro, estudios como éste deberían ser el mejor acicate para investigar de una vez por todas si ése es el caso. (Los efectos nocivos para el medio ambiente y la aparición de super malezas, por otra parte, sí está bien documentado, pero no es suficiente para detener el avance por inercia de las industrias ya establecidas).

¿Qué podemos aprender de esta fallida propuesta californiana? Apunto tres cosas. Primero, que antes de caer en la “espiral transgénica” de países como Estados Unidos, otros como Chile – de enorme potencial alimentario – deberíamos informarnos mejor sobre sus efectos para la salud humana, ambiental y animal. Segundo, que los consumidores deberíamos ser más exigentes y pedir saber qué comemos, así como lo pidieron – aunque sin éxito esta vez – los californianos. De hecho, un proyecto de ley similar está en trámite en nuestro Congreso, aunque éste ha pasado prácticamente inadvertido por los medios. Y tercero, que en un mundo que tiende a la homogeneidad (en este caso, en la forma de producción industrial de monocultivos), el mejor negocio y también la mejor medida precautoria es mantenerse diversos: ante la duda, en este caso, es difícil abstenerse, pero se puede al menos equilibrar el consumo de estos productos con otros cuya proveniencia y efectos ya conocemos, como verduras y frutas orgánicas y comidas caseras. Que no vaya a transformarse el antiguo “Contigo, pan y cebolla” en “Contigo, soya y maíz… ¡transgénicos!”

Esta columna apareció originalmente en La Mansa Guman

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