Obesidad a la magallánica

Se supo recientemente que Magallanes ocupa el primer lugar a nivel nacional de obesos mayores de 15 años, con un 34 por ciento de este segmento de la población en esa categoría (versus el 26 por ciento del promedio nacional). Por si eso fuera poco, nuestra región también lidera el ranking de niños obesos menores de seis años, con más de un 13 por ciento del total (versus el casi 10 por ciento nacional). Le planteo el tema a una amiga doctora, que lidia día a día con quienes llevan a cuestas esos kilos demás, y me responde en una frase: prevención es la solución.

Basta con mirar un poco alrededor, sin embargo, para darse cuenta de que los incentivos para prevenir no están dados. Al contrario, lo que más hay son soluciones parches (literalmente) para quienes ya cruzaron el umbral hace rato. Cuando es más fácil dejar que un cirujano plástico nos abra para sacarnos la grasa acumulada que cerrar la boca para dejar que esa grasa se haga parte de nosotros, la tentación es grande de recurrir al primero. Cuando hacerse un baipás gástrico se convierte en algo tan común como taparse una caries, muchos gorditos pierden la mala conciencia de seguir sumando kilos. Total, los pecados se expían en la sala de operaciones… y con anestesia. Y a la hora de las compras, ¿para qué comprar verduras y frutas frescas, cuando muchas veces son más baratos los alimentos envasados, los chocolates, las galletitas? Diabéticos, hipertensos e infartados, los magallánicos no estamos para ganar maratones, ni siquiera las que se corren en nuestra propia tierra.

El ejemplo más indesmentible de que la campaña para prevenir la obesidad no existe es nuestro templo de la salud: el Hospital Regional. Aquellos que han estado en alguna cola o sentados esperando su turno sabrán a qué me refiero cuando digo que el olor a fritanga fresca (y no a desinfectante) es el aroma distintivo de dicho recinto. Diligentes comerciantas se hacen la América vendiendo sus creaciones hipercalóricas por los pasillos, y tentando de capitán a paje. Más de alguien rememorará la experiencia de llegar al mesón y ser atendido por una funcionaria que empuña el lápiz en una mano y disimula con la otra un milcao bien grasiento envuelto en alusa (añorando que llegue la hora de colación para zampárselo). Y esto, para no hablar de la cafetería con la comida menos de hospital del mundo. En ésta, el combo de desayuno más sano es el nescafé con aliado de jamón y queso derretido. Las alternativas son nescafé con sopaipillas chilotas, o calzones rotos, o masitas con crema pastelera. ¿Habrán oído alguna vez hablar del colesterol alto y de las arterias tapadas? ¿O será que están necesitados de clientes, y desde la cafetería los derivan directo a pabellón? ¿Qué dirán los nutricionistas del recinto, si es que los hay? ¿O se habrán tomado un sabático?

Por un lado, es admirable la honestidad brutal de este lugar. Es como si hasta los propios doctores hubieran tirado la toalla y hubieran asumido que somos la capital de la obesidad en Chile, ¡y a mucha honra! Por otro lado, es penoso que se sigan curando las enfermedades que resultan de la gordura con pastillas, cuando sería mucho más eficiente cortar la dosis de chicharrones y punto. Si no toma la iniciativa quien pone el afrecho, desgraciadamente, difícil será pedirle abstención a los chanchitos.

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