Soya, carne, hambre y autos: una oculta conexión

“Hay que hacer más eficiente la agricultura si no queremos que los desnutridos del mundo se sigan multiplicando por millones.” “Negarse a los transgénicos es negarse a alimentar a los pobres de la Tierra”. “A este ritmo de crecimiento demográfico, sólo la agricultura industrializada y teconologizada podrá salvarnos de hambrunas masivas.” Etc.

Las frases anteriores se repiten insistentemente en el debate de cómo eliminar el hambre en un mundo de sobreabundancia, tanto que terminan por convencer a las audiencias confiadas y temerosas de que los oscuros vaticinios se cumplan. Basta con mirar un par de casos concretos donde estas ideas se han aplicado sin piedad, sin embargo, para caer en la cuenta de que algo no calza en el discurso.

Paraguay es el sexto mayor productor de soya del mundo, y el cuarto mayor exportador (un 90 por ciento es transgénica). En 2010, su economía creció 14,5% gracias al boom soyero, convirtiéndose en el país número uno de América Latina y el tercero del mundo en este ranking que encandila a los economistas. Al mismo tiempo, Paraguay se ubicó como el segundo país más pobre del continente, con un 20 por ciento de su población sobreviviendo con un dólar diario, y casi la mitad viviendo con dos. No ha dejado de ser, más aún, uno de los países con la distribución de tierra más desigual del mundo. Cada año, se estima que nueve mil familias campesinas se ven presionadas a vender sus tierras y desplazarse a los barrios callampas de Asunción y Ciudad del Este, si es que no son directamente desalojadas por una policía que obliga a aceptar leyes que de justas nada tienen, legado de la dictadura de Stroessner.

A comienzos de este año, lo absurdo del discurso de “plantemos transgénicos y solucionemos el hambre” quedó en evidencia cuando, en enero y tras una sequía prolongada, más de cien mil campesinos debieron recibir ayuda de emergencia, amenazados por la hambruna tras perder enteramente sus cosechas. Al mismo tiempo, los grandes latifundistas y empresarios soyeros se lamentaban porque sus utilidades caerían estrepitosamente. ¡Cuándo se repetiría la cosecha del año pasado, con la que ganaron 1.59 mil millones de dólares? Mientras los camiones cargados del alimenticio grano atravesaban los caminos con destino a mercados extranjeros, los pequeños agricultores no tenían qué comer.

Este cereal no alimenta a personas, contra lo que las empresas – especialmente Monsanto – predican. En el caso específico de Paraguay, por el contrario, casi la mitad de la producción se exporta a Argentina, donde se produce biodiésel para alimentar los autos “sustentables” de Europa, mientras que la otra mitad es consumida por las vacas, chanchos y pollos europeos y chinos que luego llegarán al plato de quienes puedan pagar por ello.
Aunque desde fuera no pareciera haber conexión alguna, los hambrientos del mundo, los animales explotados en granjas industriales para ser convertidos en carne, y la creencia de que consumismo (de diesel, en este caso) se iguala a comodidad y felicidad están directamente relacionados. Mientras no hagamos estas conexiones explícitas y las discutamos abiertamente, los problemas que la agricultura industrial jura que resolverá no harán más que intensificarse.

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