Educación cívica

No sé cómo estará el currículum de educación media a estas alturas del nuevo milenio, pero yo que salí del colegio en el anterior recuerdo que había un ramo llamado “Educación Cívica”, donde se enseñaba una majamama de contenidos teóricos y habilidades prácticas, sin mucha forma ni propósito. Recuerdo, por ejemplo, que se veía la composición del Congreso y los tipos de voto; pero también aprendíamos a distinguir entre una cuenta corriente y una cuenta vista. El objetivo del ramo, reflexiono ahora, estaba muy lejos de llenarse con esa malla. Si algo debiera hacer un curso de educación cívica es entrenarnos en nuestro rol de ciudadanos, haciéndonos conscientes de los beneficios y responsabilidades que ello implica: más que a memorizar el número de senadores, a comprender la importancia de la participación política en nuestras vidas; y en lugar de enseñarnos a llenar cheques cruzados, a distinguir precisamente el papel de consumidor del de ciudadano, haciéndonos conscientes de que nada bueno puede venir de ejercer sólo el primero, olvidando el segundo.

El “invierno de los estudiantes”, el “verano aysenino”, el “otoño calameño” y las protestas que se multiplican en el mundo contra una clase política no representativa, las austeridades por decreto, las ideologías disfrazadas de técnica, y cientos de medidas tan legales como ilegítimas confirman, sin embargo, que con o sin educación cívica los seres humanos sabemos ser políticos al final del día. El zoon politikon (el animal político tan bien descrito por Aristóteles) es el que está reapareciendo hoy en las noticias. Esto, a pesar de quienes preferirían hacerle creer que todas las decisiones del Estado son neutras, científicas, objetivas, y de que es mejor dejar en manos de los “expertos” lo que en realidad debería ser materia de discusión democrática. Pero, ¿por qué ha despertado ahora este animal político, después de varias décadas hibernando? ¿Qué ha hecho salir al zoon politikon de su cubil?

Déjeseme esbozar aquí tres razones, todas las cuales parten de algún tipo de cansancio.

La primera es que la gente se cansó de consumir por decreto. Cuando unos señores de rostro serio y bien trajeados nos dicen que la única manera de salvar al país es reactivando el consumo, tienta creerles. Cuando ello se traduce a la vida misma, sin embargo, el mandato es absurdo: si no compra, está fallando a su deber cívico; suya será en parte la causa de la recesión; ¡si no gasta plata, es un mal ciudadano! Que hay algo que huele podrido en un sistema que funciona sobre esa premisa es una de las razones del descontento generalizado.

La segunda razón es cansancio de que siempre sean los mismos los que salen ganando. En el caso de Chile y de todos los países cuya fuente de riqueza son los recursos naturales, es cansancio de que un par de multinacionales de un puñado de privilegiados chilenos y extranjeros se lleven la mayor lonja de un queque que arbitrariamente se corta a su favor. ¿Por qué no cambiar el corte por otro quizás igual de arbitrario, pero al menos más equitativo?

La tercera razón es cansancio de que los representantes no nos representen. En lugares como Estados Unidos, la falta de representatividad –y, por tanto, de legitimidad– de los partidos políticos ha alcanzado niveles de absurdo. Pero en países como Chile tampoco estamos lejos de ese escenario. Parlamentarios que se suben el sueldo mutuamente, mientras el 15 por ciento de sus representados sigue en la pobreza; propuestas de gobierno que le llaman “reforma” a lo que no alcanza ni para “rasguño” tributario, y políticos que sólo saben ponerse la camiseta por ellos mismos son parte del paisaje que ya no queremos ver.

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