Un estado en estado de naturaleza

Somalia, en el cuerno de África, es un país casi desconocido para la mayoría de los chilenos. Su nombre evoca –si es que evoca algo– niños desnutridos, mujeres escuálidas arrastrando una fuente con agua al hombro, carcazas de vacas muertas de inanición pudriéndose a la orilla de polvorientos caminos, ayuda humanitaria, campos de refugiados, médicos sin fronteras… en fin, nada que queramos visitar en nuestras próximas vacaciones.
Desde 1991, esta nación de siete millones de habitantes no tiene un gobierno estable. Ese año fue derrocado el general Siad Barre, y desde entonces diferentes guerrillas se han enzarzado en una disputa por el poder central. Aunque existe un gobierno de transición desde 2004, la verdad es que la mayor parte del país aún carece de esas institutiones mínimas de un estado civil, sin las cuales la vida se transforma más bien en sobrevivencia. Dos de las instituciones que más de menos se echan, en particular, son la guardia costera y la Armada, que al dejar de existir dejaron en manos de nadie 3,330 kilómetros de costa.
Pronto, buques factorías principalmente provenientes de Europa y Asia comenzaron a saquear sus aguas, ilegalmente, no reportados e indocumentados. Sin pagar impuestos ni royalties, atemozarizando y matando a los pescadores locales y usando métodos como explosivos y redes de arrastre, se calcula que cada año sacan en atunes, camarones, tiburones y langostas unos 300 millones de dólares, más que lo que las Naciones Unidas pidió el año pasado donar para paliar la hambruna que azotó el interior del país. Además de convertirse en el paraíso de la pesca ilegal, las aguas somalíes se transformaron también en el basurero preferido para las compañías europeas que querían deshacerse a bajo costo de sus desechos tóxicos, desde uranio hasta plomo y mercurio. Los barriles oxidados y rotos arrojados durante años cerca de sus costas salieron a la luz en el tsunami de 2004, y como consecuencia cientos de personas murieron y muchos más hoy todavía sufren las consecuencias. Mientras las noticias se centraban en los pobres turistas arrasados por la ola de Tailandia, pocos repararon en estos otros muertos, olvidados de la comunidad internacional.
Quienes conocen la situación en Somalia –donde un 80 por ciento de la población es analfabeta y tres cuartos viven con menos de dos dólares diarios– no se sorprenden de que hoy el país se esté haciendo famoso por sus feroces piratas que, dicen, partieron como simples pescadores intentando proteger sus  aguas a falta de un autoridad que lo hiciera por ellos. Cierta o no esta versión de los eventos, si algo es claro es que el florecimiento de la piratería es el resultado lógico de la falta de oportunidades de los hombres jóvenes de ese país, y del desconocimiento de esa otra piratería que lleva ya dos décadas practicándose: la de los buques-factorías extranjeros y la de quienes convirtieron sus aguas en un basural tóxico. Sin tomar en cuenta esta parte de la historia, difícil será que la comunidad internacional se gane su confianza.

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