Los piratas del Caribe (y del resto del mundo también)

Qué diferente sería si los libros de historia que nos hacen tragar en el colegio y en la universidad fueran tan bien escritos como Villanos de todas las Naciones (Villains of All Nations, en el original inglés) de Marcus Rediker. Éste es un examen crítico, acucioso, profundamente bien investigado y sin torcidas pretensiones de objetividad sobre la época de oro (y de sangre) de los piratas del Atlántico y del Caribe. En la década de 1716 a 1726, afirma Rediker, cerca de cuatro mil marinos de todas las naciones se lanzaron contra los barcos mercantes en esta ruta y capturaron cientos de ellos, quemándolos, hundiéndolos o apropiándoselos, frente a la furia de sus dueños y de las autoridades de Europa y las colonias de Norteamérica.

Contra el discurso establecido, donde los piratas se pintan como mercenarios sedientos de riqueza, sin Dios ni ley, Rediker propone una lectura mucho más matizada del asunto. Los piratas eran pobres diablos que, sin nada que perder y aburridos de los abusos habituales de los capitanes, decidieron armar sus propias leyes y su propia leyenda. Cierto, en su mayoría se burlaban de la religión y no le temían a la idea de arder eternamente en el infierno. No guardaban tesoros ni pensaban en acumular riquezas –como sus enemigos– sino que preferían gastarse el botín apenas llegados a puerto, fieles a la máxima de carpe diem.

Pero tenían leyes, y leyes estrictas, sólo que no eran las del status quo, que beneficiaban a un puñado de mercaderes y capitalistas a costa del abuso de una mano de obra que se consideraba casi desechable. Según Rediker, en el mejor de los casos, “los piratas construyeron su propia y distintiva sociedad igualitaria, eligiendo democráticamente a sus oficiales y capitanes, dividiendo el botín equitativamente y manteniendo un orden social multinacional.” Muchos eran africanos liberados de los barcos de esclavos que, sin chance de volver atrás, eran aceptados por las tripulaciones mayoritariamente europeas. Algunos incluso eran algunas, como Anne Bonny y Mary Read, disfrazadas de hombres y liberadas de las restricciones que se les imponían en sus respectivas sociedades.

Su bandera negra, el Jolly Roger, resumía sus principios: navegar bajo el signo de la calavera era navegar asumiendo que no pertenecían a más nación que a la de los expoliados y explotados, que seguramente vivirían poco, pero que lo poco que vivieran lo vivirían bien. Por supuesto que los había vengativos y sedientos de sangre y destrucción, admite Rediker. Pero éstos no eran la mayoría, tanto que, al contrario de lo que cuenta la historia oficial, durante sus juicios y ejecuciones públicas desde Boston a Londres más de una vez la audiencia (expoliada y explotada como ellos) se puso de su lado.

Sin idealizarlos, Rediker logra sumergir al lector en un mundo con el que grandes y chicos siempre fantaseamos, y da luces de por qué. Algo hay en esta historia que hace recordar a David contra Goliat, y demás está decir con quién se quedan nuestras simpatías.

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Un comentario en “Los piratas del Caribe (y del resto del mundo también)

  1. Asi es…. nuestra sociedad esta cubierta con un velo engañoso donde las apariencias mandan.

    Los verdadros villanos son distinguidos y poderosos caballeros, que casi sin excepción tienen mucho dinero y poder. Usan inteligentemente su infuencia en las instituciones de la sociedad para nublar la conciencia de la gente, especialmente a través de los medo de comunicación y de los gobiernos.

    Quienes tienen la lucidez de entenderlo y el valor de desafiarlos, son transformados en alienados, desadaptados,terroristas.

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