Nadie sabe para quién trabaja

Uno de los fenómenos que más preocupación me causa dentro del marco económico capitalista en que nos hallamos metidos es que parece ser inevitable que los chicos y medianos se coman a los chicos y medianos, sin darse ni cuenta. Aquí va cómo (y se basa en historias reales).

R, un pequeño agente de viajes tiene que cerrar su oficina, después de diez años de esfuerzo para sacarla adelante. Aunque es experto en el nicho en el cual se especializa –el sur de Chile y Argentina– las ventas han ido bajando año a año, no tanto por la crisis económica cuanto por la aparición de grandes mayoristas que, dada la escala a la que trabajan, pueden ofrecer unos precios con los que ni él ni otros de su tamaño pueden competir. Mientras ve a qué se dedica ahora (quizás, a intercambiar su conocimiento por un sueldo fijo para los mismos peces grandes que se lo comieron), ahorra en las cosas de cada día: cambia sus marcas favoritas por las marcas que ofrece el mega supermercado donde hace las compras, y deja de ir al verdulero de la esquina. Serán mejores sus duraznos, piensa, pero los del supermercado cuestan la mitad.

Después de una vida cultivando duraznos conserveros, C, pequeño agricultor, decide vender su campo vecino a San Fernando a una de las grandes empresas frutícolas de la zona. En los últimos años, entre la sequía y los precios bajos, el negocio no da para más. Antes le pagaban mejor, cuando vendía directo a los pequeños almacenes, pero ahora los grandes distribuidores tienen la última palabra, y hacen con los proveedores básicamente lo que quieren. Cuando ve a cuánto venden los duraznos en las grandes cadenas de supermercados, le duele el estómago: en cinco y hasta diez veces más de lo que le pagan a él… ¡y así y todo la gente lo encuentra barato! Para pasar la depresión, el pequeño agricultor decide tomarse unas merecidas vacaciones: si antes solía comprarle a su agente de viaje, esta vez lo hace por internet, directo con las nuevas mayoristas. Será impersonal el trato, piensa, pero sale harto más a cuenta.

Aunque indirectamente, sin saberlo y sin quererlo R y C están siendo perjudicados por el sistema, al mismo tiempo que contribuyen a su mantenimiento y consolidación. Lejos del sueño de Adam Smith, donde un millón de pequeños capitalistas se dedican a hacer lo que mejor hacen, y compiten con otros pequeños capitalistas, vigorizando de esta manera la industria y también mejorando constantemente la calidad de los productos ofrecidos, hoy nos hallamos en una transición hacia un esquema muy diferente: de vuelta a oligarquías, o hasta monopolios, tan grandes y poderosos que, tras haber arrasado con la competencia, pueden dormirse en sus laureles. Y esto, gracias a la complicidad (culpable o inocente) de los mismos consumidores. Si R no entiende a tiempo que comprándole a la mega cadena está contribuyendo (aunque sea indirectamente) a que éstas revienten a otros chicos como él, tal como a él lo reventaron las mayoristas de viajes, y si C no cae en la cuenta que comprarle a la mayorista es caer en la misma lógica de los que compran duraznos en el mega supermercado, pues parece que no hay salida para este aprieto. Siempre se acusa a los políticos de tener una mirada cortoplacista: pareciera ser que del mismo cargo puede acusársenos a cada uno de nosotros cuando caemos en este juego peligroso.

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