¿SOPA? No, gracias

He sido una usuaria pertinaz de internet desde que empezó a hacerse pública, a mediados de los años 90. Estaba estudiando en Escocia y había aparecido un programa llamado Pine, para mandarles correos electrónicos a aquellos amigos que tuvieran la suerte de tener acceso a él, que no eran muchos. Ya entonces, me di cuenta del potencial de esta herramienta para compartir información. En pocos años, apareció Hotmail, y luego Yahoo, y luego Google. Wikipedia, Youtube, Facebook, Skype y Twitter los siguieron, mientras el uso se masificaba y simplificaba. “Forwardeos”, “attachments” y “posts” se transformaron en terminología diaria, con o sin la aprobación de la RAE (internet está más allá de los organismos jerarquizadores y controladores). Hoy, en menos de dos décadas, la “red” es mi manera de informarme, de comunicarme con amigos y lectores y de interactuar con un mundo al que antes –hace sólo décadas atrás– sólo tenían acceso unos pocos privilegiados: el mundo de la información fresca e inmediata.

Pero he ahí justamente el problema. Internet empodera, y surgen entonces quienes quieren apoderarse de ella y concentrar ese poder en pocas manos. Twitter fue una herramienta clave tanto en las movilizaciones de la primavera árabe como en las del invierno chileno. Por youtube y facebook se denuncian en horas imágenes que a muchos no les gustaría que se vieran nunca. El control de la información, antes jerárquico, se ha democratizado, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Como nunca, existe hoy la oportunidad de pertenecer a una comunidad de intereses global, el sueño cosmopolita.

Algo me dice, sin embargo, que hoy estamos viviendo los años dorados de la información libre, así como los hippies vivieron a fines de los 60 y 70 los años del sexo libre, sin condones ni remordimientos. Y así como llegó el sida y con él el fin de los hijos de las flores, quizás nos esté por llegar un virus que pondrá fin a esta lujuria digital; un virus creado por humanos y del que SOPA y PIPA podrían ser su vanguardia.

El 18 de enero pasado, los principales servidores y páginas web del mundo se “apagaron” en protesta por estas dos leyes que amenazan con ser aprobadas en el Congreso de Estados Unidos, y cuyos resultados funestos podrían sentirse en cada rincón del mundo donde exista un computador conectado a internet. No entraré en los detalles, pero básicamente SOPA y PIPA dan vuelta el peso de la prueba: cualquier página web que se sospeche que avale a quienes violen las leyes de propiedad intelectual de Estados Unidos (música, videos, literatura, etc.) serán prohibidas, a menos que prueben su inocencia. En lugar de llevar a juicio a quienes se cree culpables (por ejemplo, una página que tenga un link a un video propiedad de Fox y no haya pagado los derechos de autor), se los sacará de circuito hasta que prueben su inocencia. En la práctica, con un solo usuario de Facebook que suba a su página una canción de su artista favorito del sello Warner, Facebook puede ser acusado de violar la SOPA y el sitio puede hacerse inaccesible para sus otros millones de usuarios –al mejor estilo chino.

Cuando los expertos de Silicon Valley dicen que esta ley estadounidense podría significar el fin de la era del compartir digital, les creo. Y cuando los que se empeñan en convertirnos en consumidores pasivos tratan de vender al mundo su ley como una protección contra los piratas, enarco las cejas como Mafalda. Esta SOPA no me la tomo, señores.

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