Entre Robespierre y Adam Smith

Hay días en que confío en la humanidad; en que –cual en una postal Village– veo a desconocidos completos dándose la mano en señal de paz; gestos de samaritanismo gratuito que me hacen pensar que no todo está perdido; situaciones donde, valgan las palabras de Juan Pablo II, el amor es más grande. En esos días leo a Adam Smith y le encuentro toda la razón: quien quiere hacer cambios profundos y  duraderos en la sociedad, debe ir de a poco y tener paciencia. Tarde o temprano, las personas evolucionan para mejor, con argumentos y ejemplos, no a palos ni escupos. El buen gobernante entiende esto, y nunca impone su voluntad contra la mayoría. Al final, él mismo se sabe falible, sin prueba de tener la verdad absoluta.  Quizás hay una idea, un principio en el que cree de manera tan profunda que no ve la hora de que los demás lo aprehendan y lo compartan. Pero a esto llega por medio del diálogo, nunca por medio de la coerción.
En esos días, mi espíritu es de reforma y de moderación. Más temprano que tarde, por ejemplo, los seres humanos nos daremos cuenta de que necesitamos reconectarnos con las demás formas de vida, y entender que la separación entre naturaleza y cultura poco nos ha hecho más que daño. En terreno más concreto, pronto tendremos que darnos cuenta de que hemos hecho las cuentas mal, que el valor de un ecosistema patagónico no es conmesurable con el costo de una planta de energía hidroeléctrica; que la belleza de un fiordo no se puede poner a competir con las ganancias de la industria salmonífera, que elegir entre los beneficios económicos de una mina de carbón y los de un grupo de ballenas jorobadas es como elegir entre un cuadrado y una espinaca: absurdo.
Otros días son más negros. Otros días sólo veo lobos que se comen a otros lobos; a un público acrítico que se mueve según los dictámenes de la publicidad como una ameba que sigue los estímulos de quien experimenta con ella. Veo mezquindad y estupidez, criaturas que no miran más allá de su ombligo. En esos días me inspira más Robespierre, el héroe villano de la Revolución Francesa, ése que, de tanto cortar cabezas por infundir de vida los principios universales de la libertad, la igualdad y la fraternidad, terminó con la suya propia en el canasto. A veces hay que ser radical, me digo, y cuando quienes gobiernan le sugieren a los súbditos muertos de hambre que coman queque si no tienen pan, pues ése es el momento de serlo. Hay un tiempo para explicar por qué ciertos cambios deberían ocurrir, y un tiempo para esperar que esos cambios ocurran. Y si no ocurren, pues entonces nada se saca con seguir esperando. A las cabezas duras hay que pasarlas por la guillotina si no ha habido otra manera de ablandarlas. Ya sabrá un dictador iluminado cómo dirigir a quienes quedan hacia un mejor futuro, aunque éstos no se den cuenta que lo es.
En el talibanismo de Robespierre, sin embargo, se esconde una contradicción que está ausente en la actitud cautelosa de Smith: mientras el primero quiere imponerles su verdad iluminada de igualitarismo a quienes –en la práctica– no trata como iguales, el segundo está dispuesto a sacrificar la que cree ser la verdad por respeto a los demás, de quienes se siente un igual. Si sólo por esto, mis días Smithianos me parecen más deseables.

 

Esta columna también puede leerse en El Magallanes

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