Peras con perros

Leo en la página web de Fundación Terram que, según reciente información entregada por el Ministerio Público, Carabineros e Investigaciones, los dos principales delitos contra la naturaleza que se cometen en Chile son el maltrato animal y la contaminación de aguas. Si mi inolvidable y estrictísima profesora de matemáticas, Nelda Barassi, hubiera leído la noticia, no me cabe duda de que habría exclamado “¡No mezcle peras con manzanas, mijito!”
Poner en el mismo saco la matanza de quiltros callejeros en la comuna de San Joaquín con los derrames de químicos contaminantes en la Laguna de Aculeo no sirve para aclarar el marco normativo –tanto ético como legal– al que deberíamos aspirar en nuestro trato con los animales no humanos, por un lado, y con el medio ambiente en general, por otro. Si lo que se quiere es una institucionalidad ambiental de verdad mejorada, deberíamos partir por trazar estas distinciones. Por un lado, están en juego los intereses de seres que sienten placer y dolor como nosotros (en el caso de los mamíferos superiores), que tienen vidas propias y cuyas capacidades cognitivas y emocionales apenas empezamos a comprender –la etología es una ciencia en pañales y sus descubrimientos suelen ser el mejor antídoto para el orgullo antropocéntrico. Por otro lado, está en juego la salud y sustentabilidad de los complejos hábitats donde estas vidas se desarrollan y de los cuales éstas dependen.
Pero la inconsecuencia no termina ahí. Entre los casos de maltrato animal, se incluye como emblemático el “asado” de dos culebras de cola larga perpetrado durante un reality show de Canal 13. Terrible, sin lugar a dudas, pero cabe la pregunta obvia: ¿por qué es maltrato animal comerse a las culebras y no lo es el asado de vacuno dominical de cientos de miles de chilenos? ¿Porque son nativas y están en extinción, porque simplemente está mal comerse a otros seres vivos y sintientes como nosotros, o porque es de pésimo –y literal– mal gusto? Si se opta por la primera respuesta, pues entonces lo que importa no es el sufrimiento del individuo, sino la importancia que éste tiene dentro del sistema, y el delito debería recalificarse como daño al medio ambiente –así como lo es cortar alerces milenarios para fabricar tejas. Si lo que importa es el daño directo al individuo, entonces si se castiga el asado de serpientes con más razón debería penalizarse el de vacas, chanchos, pavos y pollos, con quienes compartimos una historia evolutiva más larga y con quienes empatizamos mucho más. Podría decirse, incluso, que estos últimos la pasan mucho peor que las serpientes, quienes al menos tuvieron una existencia digna y libre antes de morir, y no vivieron encerradas bajo luces de neón prendidas 24 horas. Y que, por tanto, deberíamos preocuparnos por el bienestar de éstos de manera más urgente que por el bienestar de aquéllas. Por último, si lo que se está castigando es el gusto torcido de cazar serpientes y comérselas, la justicia estética debería prohibir con más razón los mataderos y los criaderos industriales de aves y cerdos.
Mientras no nos detengamos a revisar las similitudes y diferencias que deberíamos trazar entre leyes animales y leyes ambientales, pues ni modo que seguiremos confundiendo peras con manzanas, o mejor dicho, peras con perros.

Esta columna apareció originalmente en El Magallanes

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