El pastel noruego

Skrik!, Edvard Munch

Sigo con la boca abierta como en el Grito del pintor noruego Edvard Munch (arrriba), pero afortunadamente por estos lares ya hace demasiado frío para que entren moscas. Hace dos semanas, escribí sobre lo que llamé la “receta noruega”: una exitosa combinación de políticas públicas democráticas y participativas, cultura igualitaria y ganancias billonarias gracias a las exportaciones de petróleo, que convierten a este país en un envidiado modelo. En la presente columna, quiero decir algo más sobre el “pastel noruego” a través de tres episodios.

Siguiendo las usanzas locales, el fin de semana partí al Marka (el bosque vecino a Oslo) a recolectar las últimas callampas de la temporada. ¿Instinto suicida? No. Simple aplicación del principio que aquí reina: la confianza. Como buena chilena, harto me costó creerle a mi guía experto que estábamos sacando los champiñones comestibles, y que no íbamos a terminar peripatéticos al primer mordisco. Como sería mi suspicacia que lo dejé a él que probara primero, cual gato de pescador en época de marea roja. Como era de esperar, sigo vivita y coleando, y la generosa platada de chanterelles quedará registrada en mi memoria.

Además del ejercicio de confiar, me ha tocado practicar también el de la ley pareja… tan pareja que no se puede creer. Invitada por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Oslo, tuve la suerte de coincidir con otra visita: nada menos que el archiconocido y archipolémico filósofo estadounidense Noam Chomsky. Como era de esperar, la facultad le organizó una comida para homenajearlo, con sólo 30 invitados. ¡Y entre ellos estaba yo! Después de mis experiencias laborales en mi propia tierra, donde varias veces quedé descalificada de las cenas de aniversario y de fin de año por falta de méritos, resulta que aquí, apenas llegada, me hacen parte del equipo y me invitan al evento más exclusivo del año. Si eso no es buena práctica para ganarse la lealtad de la gente, no sé qué podría serlo.

La tercera parte del pastel no es tan alegre, me temo, y tiene que ver con el petróleo, motor de la bonanza económica del país y del alto estándar de vida de sus habitantes. “¿Cómo puede salir algo tan verde de algo tan negro?”, me preguntó retórico un amigo. Y no podría haber sintetizado mejor el dilema de una sociedad que se dice y se cree sustentable, pero cuya principal fuente de ingresos de sustentable no tiene nada. Quizás porque ven venir lo que se conoce como peak oil (el punto máximo de extracción de petróleo mundial, tras el cual viene el declive sí o sí), crearon el Fondo de Pensiones Noruego, donde van a parar todas las ganancias de esta industria, incluidos los impuestos y royalties a las compañías privadas que lo explotan. Gracias a él, las generaciones actuales de noruegos tienen su vejez asegurada. Después, algo inventarán o quién sabe qué vueltas dará el destino. Por mientras, sus menos de cinco millones de habitantes pueden seguir huyendo en sus autos eléctricos a sus “cabañas” de fin de semana de cinco habitaciones y con jacuzzi incluido, trotando para la salud de lunes a viernes y disfrutando intensamente del pastel que todavía no se acaba.

Auto eléctrico enchufado en una calle de Oslo
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