La receta noruega

Estoy en Oslo, con la boca abierta la mayor parte del tiempo y una reacción de entre sana envidia y suspicacia que no logro quitarme. Estoy, después de todo, en la capital de Noruega, país convertido en mito por aquellos que creen que el Estado no es inevitablemente un elefante torpe que absorbe recursos sin provecho; un ejemplo favorito para quienes buscan demostrar que el Estado de bienestar fundado en una democracia activa funciona, y genera una sociedad donde nadie tiene que angustiarse porque mañana no tendrá pan en la mesa, ni educación para sus hijos, ni una buena cobertura de salud en caso de emergencias.

Si hay barrios callampa en esta ciudad, todavía no los encuentro, y debo decir que me he pasado buenas horas recorriéndola de punta a punta gracias a un servicio de transporte público que está entre los mejores del mundo. Mendigos he visto varios, gitanos sobre todo, pero noruego ninguno. Para ver que la igualdad hombre-mujer funciona basta pasearse por las calles: nunca había visto más padres llevando coches que aquí, y no sólo los domingos, sino toda la semana. El friluftsliv, o vida al aire libre, es otra nota alta de la salud social: uno de cada tres noruegos practica deportes de manera sistemática, y en el invierno el esquí es gratis para todos: basta con tomarse el metro hasta la estación Frognerseteren, en la punta del cerro, y volver a casa esquiando, por los senderos municipales que en invierno se convierten en pistas.

¿Cuál es el secreto noruego? En un artículo llamado “El modelo nórdico: ¿Sustentable y exportable?”, los economistas Carlos Joly y Per Ingvar Olsen dan seis razones que apuntan a explicar por qué el estado de bienestar no es un mito y no genera necesariamente masas de sanguijuelas felices de vivir a costa de los demás. En breve, éstas son las razones que dan (y que cuentan también para los demás escandinavos): un mecanismo constitucional para resolver disputas laborales, que rara vez termina en huelga y donde el Estado es mediador; un régimen de impuestos que, contra lo que generalmente se cree, no es altísimo para los más ricos, sino más bien igualitario (28% sobre utilidades en promedio), con bajísima evasión y un impuesto sobre los recursos naturales que, por sobre cierto nivel de utilidades, obliga a las empresas a pagar extra por “cosechar” dichos recursos. (Me pregunto cuánto habría pagado Escondida bajo estas leyes. Sólo este primer semestre, la minera australiana aumentó sus utilidades en 23%, de 1.607 a 1.979 millones de dólares).

A lo anterior se suma que no se cuestiona el rol del Estado como regulador del mercado; que las fuentes más importantes de patrimonio son las propiedades (casas y tierra), y no los papeles volátiles que llevaron a la economía mundial al colapso. Los bancos y aseguradoras, además, son mayoritariamente locales y no transnacionales y, por último, el sistema está armado de tal manera que los incentivos son para colaborar en lugar de competir con los demás.

Dicho esto, creo que hay al menos otros dos ingredientes indispensables en la “receta” noruega: primero, la cultura democrática e igualitaria –y con fuertes raíces protestantes– que ha tomado siglos  construir, y la riqueza generada por el petróleo (son los sextos exportadores en el mundo). Que todas las anteriores condiciones no son sólo suficientes, sino también necesarias para llegar al resultado noruego es mi sospecha… sospecha que, de ser cierta, pone la vara alta para quienes quieran replicarlo.

Esta columna también se encuentra en La Prensa Austral

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