Asimetría volcánica

Nadie cuestiona que los recursos naturales de un país son propiedad de su gente. Desde la ONU para abajo y en las constituciones individuales se establece generalmente que los habitantes de una nación tienen derechos de soberanía sobre su territorio, con todo lo que éste incluye. Por eso es que Chile puede decidir explotar el cobre por medio de Codelco, o dar concesiones mineras a compañías extranjeras para que hagan lo propio. Por eso es que el Estado – en representación de su gente– entrega derechos de agua a individuos o personas jurídicas, expropia tierras cuando es por interés nacional, et cétera. Todos los beneficios que nos ha otorgado la madre tierra, en otras palabras, los consideramos como propios, y los administramos a voluntad sin aceptar interferencias de otros estados soberanos.
Esta lógica de hacerse cargo de lo que posee un territorio no se aplica, sin embargo, cuando lo que está en juego no son los beneficios (riquezas minerales, forestales, paisajísticas), sino las desventajas. Hace unos meses, cuando el complejo volcánico Puyehue entró en candente actividad, a ningún chileno se le pasó por la mente que el estado era el responsable de controlar la situación o –si no de controlarla– al menos de compensar a aquellos que resultaron dañados. Por cierto, los ciudadanos nacionales sí fueron ayudados de inmediato, pero no por un asunto de justicia, sino de solidaridad patriótica. Lo más irónico es que a los vecinos allende Los Andes, e incluso a los australianos y neozelandeses que fueron los más perjudicados por la lluvia de cenizas, no les dimos ni las disculpas del caso. Cuando Puyehue funcionaba como complejo turístico y los argentinos llegaban a sumergirse en sus aguas termales, nadie dudaba en cobrarles la entrada. Pero cuando el  mismo motor de dichas aguas provocó una emergencia en lugar de un beneficio, pues entonces automáticamente le echamos la culpa a la Naturaleza, al destino o a la Mala Suerte. Y nos desentendimos.
Cuando una persona es dueña de un perro y el perro ataca al vecino, no es excusa que no pudimos controlarlo, o que el animal, cual “fuerza de la naturaleza”, se nos escapó de las manos. Tenemos que pagar por los daños y punto. Simétricamente, si el perro se gana todos los premios caninos, el dueño no duda en cobrar su parte En este caso hay simetría tanto cuando se trata de hacernos cargo de lo bueno como de lo malo de nuestra “propiedad”. ¿Cómo se explica entonces esta asimetría en el tratamiento de los objetos naturales?
Dar una respuesta acabada es parte de un proyecto mayor que aquí no alcanzo a esbozar, pero dejo planteada al menos una objeción con su respuesta. Dirán los Lockeanos que cuando Chile se dice dueño de una mina de cobre, lo es porque el obrero ha “mezclado” su trabajo con la tierra. Desde el minuto en que el hombre interviene sobre la naturaleza, se apropia de ésta. Incluso asumiendo que este principio es obvio (aunque no lo es), esto no alcanza para justificar por qué un país se dice dueño de lugares que sus ciudadanos quizás ni han pisado, y se siente con libertad para administrarlos – como, por  ejemplo, nuestros Campos de Hielo Patagónicos). Apenas un volcán entra en erupción o una placa se reacomoda, por el contrario, es pura mala fortuna y todo lo que se hace para arreglar el desastre es con actitud caritativa y de pura generosidad. A mi juicio, más que probar que Chile debería indemnizar a todos los extranjeros que salieron afectados por la erupción del Cordón Caulle, lo que este caso muestra es por qué debemos cuestionar inlcuso lo que nos parece obvio… pero que tras un segundo examen más cuidadoso simplemente reprueba.

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2 comentarios en “Asimetría volcánica

    • Muchas gracias, Paula. Si algo me parece una buena bandera de lucha, es cuestionar aquellas cosas sobre las que nos “sentamos” por obvias… pero que no necesariamente lo son. En cuanto esta idea, espero desarrollarla mejor, pero no pude resistir condensarla en esta breve columna… Saludos!

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