Privilegiada

Soy una privilegiada. Tuve la suerte de ir a colegio particular, porque mi madre era profesora de inglés y, como docente, sabía que el futuro para su hija empezaba por aprender un segundo idioma (“El que sabe un idioma vale por uno, el que sabe dos vale por dos, el que sabe tres vale por tres”, me repetía, y algo de razón tenía). Luego quise ir a la universidad, y de nuevo fui privilegiada. Estirando las finanzas hogareñas, decidieron mis padres que la educación era la prioridad, y gracias a su subsidio no tuve que pedir créditos ni hipotecar mi futuro. La “beca de honor” de mi ilustre casa de estudios sólo pagaba la mitad de la matrícula, y la beca Presidente de la República alcanzaba, más que para lo sustantivo, para los extras de cada día. Cuando salí titulada de periodista, sentí que la carrera se la debía cien por ciento a mi familia. A la universidad no le agradecí nada (pagarle sólo la mitad de la anualidad al mejor alumno de la generación me parece, por decir lo menos, mezquino), y al estado le agradecí el gesto, aunque ese solo gesto no me habría llevado a ninguna parte sin el esfuerzo mayor de mis padres.

Por eso hoy, cuando sigo los avatares del movimiento estudiantil, me baja una rabia negra y me dan ganas de ir a bailar mi propio thriller de la educación frente a palacio, y de correr mi propia maratón de protesta en torno a la Moneda. Quienes hoy alegan, a diferencia mía, no tuvieron la suerte de tener padres que pudieran solventar los costos cada vez más altos de colegios privados y universidades (públicas o no); y el Estado no les ofrece soluciones adecuadas.

En Australia, donde curso un doctorado gracias a la Beca Chile (sin duda, una de las mejores iniciativas del gobierno de Bachelet, a pesar de ser mejorable), mis amigos también han sido privilegiados, pero de otra manera. Mi amiga Lelde, por ejemplo, se crió en el campo de manera humilde con sus cinco hermanos. Sus padres, de origen lituano, mantenían a la familia con un gallinero y, si no hubiera sido porque los mandaron a todos al colegio (que era bueno, era público, y era gratis), ninguno hubiera llegado a la universidad. Obviamente sin dinero para pagarla, todos ellos se licenciaron y hasta se doctoraron, sin embargo, gracias al sistema de crédito que rige aquí. Cuando la persona encuentra trabajo, el estado comienza a descontar automáticamente las cuotas del crédito universitario a través de los impuestos. Los cesantes no tienen de qué angustiarse, y los que trabajan no tienen que preocuparse de andar pagando mes a mes. Además, es fácil combinar trabajo con estudios, lo que en Chile es casi imposible.

Me extraña que, a quienes tanto preocupa el dogmático crecimiento económico todavía no hayan sido capaces de darse cuenta de este otro dogma: que sin educación no hay crecimiento. Ni económico, ni social, ni individual. Más que megawatts, lo que necesitamos en este momento es megaeducación. De la buena, de la abierta para todos, de la que se paga con impuestos que todos están felices de pagar, porque ése es el precio de vivir en un país civilizado y desarrollado de verdad.

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