Tolerancia de museo

Estoy en Dunedin, la segunda ciudad más grande en la isla sur de Nueva Zelandia, pintorescamente ubicada en una geografía de laderas escarpadas que miran una angosta bahía. Dunedin, que significa ‘Edimburgo’ en gaélico, tiene en verdad todo el aire de Escocia, con su calle principal llena de tiendas pequeñas que casi permiten olvidarse del presente globalizado; pubs que ofrecen catas de whisky y mil tipos de cervezas diferentes; y un frío invernal que hace comprender por qué las ovejas crecen aquí como si fueran nativas.
Como suele ocurrirme en los viajes, terminé en el museo de Otago (el nombre de esta región), en busca de lo peculiar y característico de este paisaje y de esta cultura. Y como suele ocurrirme en los museos de países desarrollados, salí enrabiada a pesar de lo cuidado de la exposición y de la belleza de ciertos objetos: esqueletos de pájaros extinguidos, porcelanas de la época colonial, albatroses gigantes embalsamados y pedazos completos de las aldeas de los habitantes originarios.
La peor parte fue recorrer las galerías de la Polinesia, con máscaras temibles de Vanuatu, una canoa ceremonial melanésica de unos 20 metros de largo tallada con un nivel de detalle que nada tenía que envidiarle a las catedrales góticas, y hasta un petit moai de Rapa Nui. Todo presentado, como digo, con el máximo rigor museológico y sin escatimar costos. Espacios amplios y bien iluminados. Historias de apoyo bien contadas. Un trabajo bien hecho, por decir lo menos.
Creo que lo que provocó mi irritación esta vez fue recordar el precario museo en Port Vila, la capital de Vanuatu, y compararlo con éste, con una colección mil veces mejor y más completa. ¿Es que no sería mejor dejar a los dueños de estas culturas presentar por sí mismos su historia, en lugar de que otros la cuenten por ellos?
La tolerancia de museo me parece que esconde una intolerancia profunda, en último término, hacia las culturas que busca representar. De alguna manera, lo que acaba en el museo se asume muerto, domesticado, dominado, aunque por encima se lo presente como objeto de admiración y reverencia.  Si alguna vez tuviera un enemigo acérrimo y quisiera vencerlo, creo que una de las cosas que haría sería convertirlo en objeto de estudio museológico. Sería una manera de ganarle la partida con elegancia, con un paternalismo disfrazado de benevolente que en realidad añora ponerle el pie encima para mantenerlo bajo control.
No digo que todos los museos sean así, pero suele ser el caso que en los que se dedican a revivir culturas que ellos mismos (o sus antepasados) destruyeron, se respira la violencia contenida… como si los dioramas fueran a estallar en cualquier momento y los nativos allí representados fueran a salir a defenderse de los visitantes con sus arcos y flechas; como si las máscaras fueran a revivir para maldecir eternamente a quienes les quitaron sus poderes mágicos poniéndolas en ese contexto aséptico.
Si bien valen para satisfacer el goce estético, estas visitas me dejan siempre un mal sabor social, moral, político. Y me pregunto si no será una estrategia sucia, después de todo, intentar desviar la mirada desde el horror de lo que fue aniquilado hacia la belleza de lo que sobrevivió.

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