Matrimonio y crecimiento

Si se observa algunos de los debates políticos que hoy se dan en nuestro país, se descubre a poco andar que algunos de sus protagonistas se hayan enfrascados en una suerte de prisión conceptual que les hace otorgar a las palabras un aura de eternidad e inmutabilidad como si fuéramos nosotros –sus creadores– quienes debiéramos subyugarnos a éstas… y no al revés.

Así, por ejemplo, en el curso de la discusión del ni-chicha-ni-limonada Acuerdo de Vida en Común (AVC), se suele decir que el matrimonio es necesariamente entre un hombre y una mujer, como si aquello fuera una verdad analítica y como si decir lo contrario –“matrimonio homosexual”– equivaliera a decir “soltero casado” o “círculo cuadrado”. Antes de aprobarse la ley de divorcio, quienes se oponían argumentaban de manera similar que ésta no era una opción, ya que iba contra la definición misma del matrimonio, que en esa ocasión era entendido como un contrato indisoluble y para toda la vida. Cuando la ley entró en vigencia, sin embargo, los casados no dejaron de estarlo y el matrimonio no dejó de existir como institución. De aprobarse un matrimonio igualitario para personas del mismo sexo, lejos de dársele el golpe de gracia a la tradicional institución, se estaría refrendando su continuidad y abriéndolo a parejas que hasta ahora han sido discriminadas no sólo económica, sino ante todo social y políticamente.

El “crecimiento” nacional es otro ejemplo: por desacuerdos profundos en torno a su definición canónica es que los chilenos han marchado por miles durante los últimos meses, contra el megaproyecto eléctrico Hidroaysén en la Patagonia (supuestamente indispensable para seguir trotando al mismo ritmo (¿Hacia dónde? Nadie lo dice…); contra las termoeléctricas en el norte; contra el proyecto de ley para abrir el país al cultivo interno de transgénicos, etc. En todos estos casos, frente al mantra que dice que el país tiene que crecer, crecer y crecer, y que dicho crecimiento sólo puede obtenerse consumiendo más energía y suscribiendo cuanto tratado internacional ‘liberalice’ nuestro mercado, cabe preguntarse si no sería hora ya de poner en el tapete esta verdad sagrada de Microeconomía 1 y buscar otra mejor. Que el crecimiento del país se haya definido hasta aquí como limitado a lo económico –el valor de los bienes y servicios finales producido–, nada dice acerca de cómo sea mejor definirlo en el futuro. En esta suma ciega de productos tangibles e intangibles no se cuentan parámetros tan importantes como la desigualdad social, las horas que un trabajador promedio necesita para ganarse su sustento, las áreas verdes per cápita, la calidad de vida de la tercera edad, las oportunidades de educación para todos… Mientras no revisemos esta definición, la brecha entre las alegres cifras oficiales y las opacas percepciones individuales se hará cada vez más abismante. Dejemos por fin que las palabras evolucionen y evolucionemos con ellas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s