“Izquierdos registrados”

Debería partir diciendo que el concepto que titula esta columna lo inspiró María Ignacia, una amiga de Verdeseo (grupo promotor de la Ecología Política de la Felicidad, al que me enorgullezco de pertenecer). Ella fue la primera que puso en mi vocabulario el término de ‘copyleft’, una variación de ‘copyright’ o ‘derechos registrados’. Aunque hace tiempo que conocía la idea, no sabía que tenía un nombre, lo que me parece un buen signo (los nombres, si no otorgan existencia, al menos la reafirman). Se trata de lo siguiente.

El copyleft (que, para jugar con las palabras, denomino aquí ‘izquierdos registrados’), se basa en la idea de que un autor puede disponer de la propiedad intelectual de su obra con el fin de que otros puedan repetirla y esparcirla libremente, siempre y cuando reconozcan la autoría original y no distorsionen el mensaje. En vez de asirse con garras y uñas a sus creaciones, los autores que se suman al copyleft dan así una especie de licencia pública general cediendo parte de sus derechos, pero no todos. En internet, por ejemplo, son cada vez más populares los software que pueden descargarse gratis, pero que –obviamente– no pueden revenderse ni patentarse completos ni en parte. Lo mismo con las obras de arte: si bien en esto no hay unanimidad y hay algunos que prefieren seguir protegiendo con uñas y dientes los derechos sobre sus ideas, artistas plásticos, músicos, escritores y creadores todos pueden ‘subir’ sus obras para uso y disfrute de todos. Abiertos al ágora. Gratis.

Los izquierdos registrados o copyleft ponen en tela de juicio un concepto de propiedad privada que venimos arrastrando desde la temprana Modernidad y que resulta cada vez más insuficiente para los requerimientos actuales. Éste se basa, casi sin modificaciones, en la idea del filósofo inglés John Locke, que sugirió que la propiedad surgía de mezclar el trabajo propio con lo que nos daba la tierra: fórmula clarísima en una campiña minifundista, donde el que cosecha las uvas es el legítimo dueño del vino, pero no tanto en un mundo donde una idea tan abstracta y lejana de la tierra como una página web (Facebook), o algo tan concreto y cercano a ella como un organismo con un gen cambiado (transgénicos y ratones de laboratorio Made in Harvard) se consideran ambos como propiedad intelectual.

Aunque las áreas obvias de copyleft son hoy textos, programas de computación, obras de arte, música y fotografías, el concepto plantea un desafío para otros reinos donde la propiedad de ideas se ejerce de manera estricta y dudosamente justificada. Por nombrar una, la de los medicamentos en general. Que se prohíban las versiones genéricas de los remedios que salvan vidas porque éstos son ‘propiedad’ de los laboratorios farmacéuticos es tanto malentender el sentido original de la propiedad, como torcer las reglas morales y legales para beneficio de unos pocos. Si el copyleft fuera la regla en este tipo de negocio, en cambio, no sólo se salvarían millones de vidas al año, sino también billeteras y conciencias.

Una innovadora idea para cambiar el mapa de la propiedad intelectual de los medicamentos es el Health Impact Fund

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