Contra el libertinaje alimenticio

Entre tanta mala noticia, la aprobación en el Senado de la ley para regular la venta y etiquetado de alimentos fue lejos lo mejor de la semana. Que se prohíba la venta de comida chatarra en los colegios es sin duda el punto más importante dentro de ésta: con uno de cada cuatro menores de seis años con sobrepeso, la única manera de atajar este problema es educando. Y esta ley reconoce que la educación no pasa sólo por la lectura de textos y por la entrega de panfletos informativos, sino también y sobre todo por transmitir una forma de vivir y de comer más saludable. El tema de etiquetar claramente los contenidos de sal, grasa y azúcar de los productos también es clave, considerando que los artilugios de los publicistas para vender productos chatarra como saludables son infinitos. A modo de ejemplo: aquí en Australia publicaron hace poco un estudio donde mostraban cómo los cereales para niños más dulces y menos alimenticios atraían a los padres compradores con el mensaje de “enriquecido con calcio y minerales”. Por suerte, este “lavado de ingredientes” fue denunciado, pero por mucho tiempo pasó anónimo.

Que esta ley esté por salir adelante, sin embargo, no ha sido gratis. De hecho, pasó por comprometerse a aceptar un veto presidencial que supuestamente la “suavizará” y eliminará algunos de los artículos que más nerviosos pusieron a ciertos empresarios, autoridades y supuestos liberales. Hay una afirmación de estos últimos, sobre todo, que me gustaría analizar: que esta ley generará un mercado negro de golosinas, ¡sólo comparable a la ley seca de alcoholes que rigió a Estados Unidos en los años ’20!, y que viola la libertad de elegir de los consumidores, asumiendo que éstos son incompetentes para tomar decisiones sobre su alimentación.

Creo que quienes hacen este tipo de declaraciones confunden libertad con libertinaje. Amenazar a la audiencia con estos argumentos sobre un “negro” verde panorama donde lo único que podremos comer –por orden del Estado serán pepinos y lechugas, desinforma y confunde. La comida chatarra no se prohíbe en todo el territorio chileno, sino sólo en los colegios, estos recintos donde se inculcan –querámoslo o no– buena parte de los hábitos de los futuros ciudadanos. Además, hasta donde sé, la ley tampoco prohíbe la venta ni consumo de estos productos menores de 18 años, por lo que fuera de estos establecimientos los niños y jóvenes pueden comer lo que quieran (si a estos padres les preocupan tanto las libertades de sus niños, pues que los abarroten de golosinas llegando a casa… ) Presentar la ley sólo como prohibitiva tampoco es justo, ya que ésta también propone: incluye entre sus puntos el fomento de la actividad física en los colegios (problema crítico para la generación virtual), y programas educativos sobre alimentación saludable.

En cuanto a revelar claramente el contenido de los alimentos en las etiquetas, si esto no es aumentar la libertad de los consumidores, entonces ¿qué es? ¿No es más libre acaso quien sabe lo que come que quien lo desconoce? Quienes de verdad se preocupen de la autonomía de los consumidores actuales y potenciales debería estar celebrando –y no entrabando– esta ley de buen sentido.

It was good to have coffee the other day. Let’s do it again soon.

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